La entrada Decálogo para disfrutar de la vida se publicó primero en Borja Vilaseca.
]]>1. Haz terapia. Busca y encuentra un buen terapeuta o coach transpersonal. Es decir, alguien que combine la psicología con la espiritualidad. Verifica que sea un ser humano feliz que sepa disfrutar de la vida. Y que cuente con la sabiduría necesaria para acompañarte emocionalmente para sanar tus heridas de infancia, cuestionar tus creencias limitantes e iluminar tus sombras más oscuras.
2. Conócete a ti mismo. Invierte tiempo y energía en tu autoconocimiento por medio de libros y formaciones sobre educación emocional y espiritual. Adquiere una mentalidad de crecimiento y una actitud resiliente para afrontar cualquier desafío que te traiga la vida. Combina el estudio de filosofías orientales ancestrales con los últimos descubrimientos en el ámbito de la neurociencia.
3. Practica el autocuidado diario. Prioriza cada día el cuidado tu cuerpo, tu mente, tu espíritu y tu sistema nervioso para vivir lo más conectado y centrado posible. Cultiva hábitos saludables y establece rutinas productivas que te permitan gozar de salud, energía y vitalidad desde una perspectiva holística. No olvides que el amor propio comienza por priorizar tu bienestar.
4. Honra tu singularidad. Ser fiel a tu esencia pasa por seguir tu dicha. Cuestiona las convenciones sociales de tu tiempo. Mantén la mente abierta. Sé muy curioso. Prueba cosas diferentes. Experimenta todo lo que puedas. Y estate atento a las intuiciones y sensaciones que te transmite tu cuerpo. Haz aquellas cosas que te interesen y apasionen. Y desecha lo que te aleja de la felicidad.
5. Camina en una dirección que tenga sentido. Dedícate profesionalmente a una actividad que te guste, que se te dé bien y que contribuya positivamente a la sociedad. Tiene que ser algo que te motive y te haga sentir útil. Y una vez lo descubras, encuentra a un mentor. Es decir, a alguien con mucha más experiencia que tú que haya tenido éxito logrando lo que quieres conseguir.
6. Vive el presente. Medita todos los días para entrenar la atención plena (mindfulness), de manera que estés cada vez más conectado con el momento presente. Domestica tu mente para evitar quedarte atrapado por recuerdos del pasado y por expectativas del futuro. Recuerda que no hay felicidad fuera del aquí y ahora. Y procura dar siempre lo mejor de ti mismo ahí donde estés.
7. Crea vínculos auténticos. Atrévete a ser honesto y vulnerable, permitiendo que otros te conozcan en profundidad. Rodéate de personas que te amen y respeten por ser quién eres. Y con quienes te sientas a gusto de verdad. Tu familia son las personas a las que eliges en libertad y con las que puedes ser genuinamente tú mismo. La calidad de tus vínculos define la calidad de tu vida.
8. Hazte amigo de la vida. Confía en el devenir de la existencia. La vida sabe perfectamente lo que hace. No te creas más listo que ella. Mantén una relación basada en la confianza y la complicidad. Transforma tu victimismo en resiliencia. Y aprovecha todo lo que te pasa ⎯especialmente las situaciones más adversas, traumáticas y dolorosas⎯ para aprender, crecer y evolucionar espiritualmente.
9. Abraza el cambio. No te acomodes nunca demasiado. Preserva tu espíritu aventurero. Vive de tal forma que siempre haya un componente de incertidumbre en tu vida. No justifiques nunca tu infelicidad. Ten en cuenta que nada es para siempre y todo está en continuo cambio. Si sientes que algo no está funcionando busca la manera de cambiarlo. La realidad es un campo de infinitas posibilidades.
10. Cultiva la gratitud. Pon tu atención en lo positivo. Valora las pequeñas grandes cosas que sí están a tu alcance. No las des por sentado. Estás vivo y eso te convierte en un privilegiado. La vida es un misterio. Nadie tiene ni idea de para qué estamos aquí. Recuerda que tarde o temprano vas a morir. Disfruta de este regalo cósmico mientras puedas. Y obviamente, crea tu propio decálogo.
*Este artículo es un extracto de mi libro “Ser feliz es fácil. El método más simple para disfrutar de la vida”.
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]]>La entrada El arte del ‘kintsugi’ se publicó primero en Borja Vilaseca.
]]>Después de dos años, la vasija rota finalmente se atrevió a hablarle al aguador. Y con un tono de lo más apesadumbrado le dijo: «Me quiero disculpar contigo porque debido a mis grietas sólo puedes entregar la mitad de mi carga y sólo obtienes la mitad del valor que deberías recibir.» El aguador la miró con compasión y simplemente le contestó: «No te preocupes. Cuando regresemos a la casa quiero que notes las bellísimas flores que crecen a lo largo del camino.» Así lo hizo la vasija. Y en efecto vio muchísimas flores hermosas de todos los colores a lo largo del trayecto, pero de todos modos se sintió apenada porque al final sólo quedaba dentro de sí la mitad del agua que debía llevar.
El aguador le dijo entonces: «¿Te has dado cuenta de que las flores sólo crecen en tu lado del camino? Siempre he sabido de tus grietas y quise sacar el lado positivo de ello. Sembré semillas a lo largo de todo el camino para que tú las regaras a través de tus grietas. Y durante los últimos dos años he podido recoger estas flores para decorar el altar de mi madre. Si no fueras exactamente cómo eres, con tus defectos y tus grietas, no hubiera sido posible crear esta belleza.» Al escuchar estas palabras, la vasija agrietada sonrió y lloró de felicidad.
Es evidente que el paso del tiempo te va erosionando. La vida no deja de ser un cúmulo de experiencias que te van dando forma y -con suerte- transformando. Pero eso que se erosiona y se transforma no eres tú, sino tu mentalidad. Es decir, tu sistema de creencias, tu forma de pensar y, en definitiva, la actitud con la que afrontas lo que te sucede.
Esencialmente, tú eres el fondo. Y éste siempre permanece intacto; es tan intocable como inmutable. Nada ni nadie pueden acceder a él. Ni tampoco alterarlo. Es ahí donde habitan la felicidad y la paz que tanto anhelas. El quid de la cuestión es que este fondo está sepultado por una gruesa capa de asfalto -fruto de tu condicionamiento-, así como por la coraza y la máscara que sueles ponerte inconscientemente para interactuar con la sociedad.
Pues bien. Para que puedas deshacerte del asfalto y reconectar con tu naturaleza esencial es imprescindible que entres en contacto con el sufrimiento. Si no te doliera lo suficiente difícilmente te motivarías con mirar hacia dentro. Esa es precisamente la función de la adversidad y la tragedia: hacerte despertar. Eso sí, esta toma de consciencia suele dejarte grietas en el alma, muchas de las cuales pueden tardar años sanar y cicatrizar, si es que alguna vez las acabas de cerrar y curar del todo. Estas heridas son un prueba de que has vivido. Y cada una de ellas trae consigo una lección de vida y su correspondiente beneficio en forma aprendizaje.
En Japón han querido rendir homenaje a esta particularidad de nuestra condición humana mediante el arte del «kintsugi». Se trata de reparar objetos de cerámica rotos empleando barniz de color dorado o plateado para darle una nueva vida, transformándolos en piezas todavía más bellas que las originales. De este modo celebran la historia que hay detrás de cada objeto, poniendo énfasis en sus fracturas en lugar de ocultarlas o disimularlas.
El kintsugi no es solo un método de reparación: es una filosofía de vida. No importa lo hecho añicos que un objeto haya podido estar. Este arte antiguo promueve la idea de que cualquier cosa rota -además de ser reparada- puede ser embellecida y revalorizada. Las líneas doradas con las que se rellenan y pintan las grietas no solo realzan el objeto arreglado, sino que devienen en la parte más valiosa de la pieza. Son una oda a la vulnerabilidad y la imperfección. Y también a la sanación y la transformación. El proceso de reparación se convierte así en una forma majestuosa de revalorizar el objeto a partir de su historia única, celebrando sus defectos en lugar de lamentarse por ellos.
Lo mismo ocurre contigo. Es imposible que hayas llegado hasta aquí sin sufrir ningún tipo de golpe, fisura o trauma. Ser feliz no pasa porque evites el dolor o el sufrimiento, sino porque sepas reparar tus grietas con el oro del amor, la aceptación, la compasión y el perdón. No olvides nunca que cada vez que sufras una nueva fractura emocional tienes la oportunidad de trabajar en ti mismo y transformarla en algo valioso. Tus grietas -cuando las aceptas y sanas- no te debilitan, sino que te fortalecen y embellecen. Se convierten en las marcas doradas de tu historia.
*Este artículo es un extracto de mi libro “Ser feliz es fácil. El método más simple para disfrutar de la vida”.
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]]>En la medida que vas interiorizando estas verdades universales te vas volviendo cada vez más hábil a la hora de lidiar con tus circunstancias, sean las que sean. De hecho, cuanto más consciente y sabio eres, más paz experimentas en tu interior y más amor manifiestas hacia el exterior. Pero dado que tu evolución no se produce de forma lineal -sino más bien en espiral-, es importante que no caigas en las garras del «idealismo espiritual», pretendiendo estar siempre feliz mundanamente. Que hayas despertado del sueño egoico no quiere decir que permanezcas en un estado de atención plena las 24 horas del día. O que jamás vuelvas a experimentar perturbación y sufrimiento. Ni mucho menos. Vivir conscientemente consiste en saber que no eres la mente ni ninguna de las historias que ésta crea. Y tener cada vez más momentos de desidentificación del ego en tu día a día cotidiano, dejando así que la vida te viva.
Teniendo todo esto en cuenta, el tercer y último paso del proceso terapéutico que siguen las personas que han aprendido a estar genuinamente en paz con la existencia es «hacerle el amor al presente». La vida se asemeja mucho a cuando miras por la ventana mientras viajas en tren. ¿Acaso no es una sucesión de momentos únicos que van a toda velocidad y que nunca más se van a repetir? Solo existe el instante presente. Y éste está naciendo y muriendo constantemente. Uno detrás de otro, sin parar. Lo único que existe es un flujo continuo de aquís y ahoras que no cesan de emerger y desaparecer. Y cada uno de ellos es nuevo y diferente al anterior. Piénsalo bien: jamás va a volver a producirse lo que se está produciendo ahora mismo mientras lees esta última línea de este párrafo…
Para vivir en verde es fundamental que dejes de esperar que la existencia se convierta en tu proveedor de felicidad. Recuerda que la función de la vida no es hacerte feliz, sino consciente. El secreto de la verdadera felicidad es aceptar incondicionalmente el momento presente tal y como es, sin ponerle ningún tipo de resistencia. O dicho de otra forma: no querer estar en un sitio diferente de donde estás y no desear que pase nada distinto de lo que está pasando. Y esto pasa por aceptar, valorar aprovechar y sobre todo disfrutar de lo que está ocurriendo en este preciso momento. Y también por rendirte y fundirte con lo que está pasando mientras está sucediendo.
Hacerle el amor al presente se reduce a algo muy simple: se trata de aceptar y de estar en paz con cualquier cosa que ocurra, incluyendo el hecho de que en ocasiones sigas en guerra contigo y luches contra la realidad… Que pasa lo que quieres que pase, maravilloso. Lo abrazas y agradeces. Que te sientes conectado y feliz, brutal. Lo abrazas y lo disfrutas mientras dure. Que no ocurre lo que deseas, fantástico. Lo abrazas y tratas de aprender de ello. Que sientes alguna emoción dolorosa, fenomenal. Lo abrazas y lo gestionas como puedas. Que te peleas con lo que sucede, genial. Lo abrazas y aceptas que no estás aceptando lo que está ocurriendo. Que te perturbas a ti mismo, estupendo. Lo abrazas y te dejas en paz. Al final, todo se reduce a que te conviertas en una presencia amorosa para ti mismo…
A base de hacerle el amor al presente llega un momento en que notas como empieza a acompañarte una sonrisa interior que subyace a cualquier experiencia que esté aconteciendo. Así es como te das cuenta de que tú ⎯como consciencia⎯ eres el espacio donde todo ocurre. Esta revelación despierta en ti una mirada de asombro -llena de complicidad con la vida- al verificar que las cosas suceden sin que hagas algo al respecto. Curiosamente, a nivel mundano conectas con la motivación de dar lo mejor de ti mismo en cada momento, sabiendo que nunca más va a volver a darse la situación que estás viviendo. Y poco a poco el amor que esencialmente eres empieza a impregnar cada vez más instantes de tu vida, hasta que finalmente te enamoras de la realidad. Y sabes que ese día ha llegado cuando sueltas la fantasía de querer que las cosas sean diferentes a como son.
*Este artículo es un extracto de mi libro “Ser feliz es fácil. El método más simple para disfrutar de la vida”.
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]]>La entrada La actitud resiliente se publicó primero en Borja Vilaseca.
]]>Si bien el ego suele maldecir las desgracias que suelen asolar tu existencia, la verdaderamente tragedia consiste en no aprovechar lo que te pasa para evolucionar espiritualmente. De hecho, lo trágico es que no cuentes con las herramientas necesarias para encontrar el beneficio oculto en toda pérdida. De ahí la importancia de comprometerte con tu proceso de autoconocimiento y formarte en educación emocional y espiritual. Solo así puedes arremangarte y meterte en el fango terapéutico con la mirada adecuada, comprehendiendo que eso que te ha pasado se corresponde con creencias no cuestionadas, heridas no sanadas y sombras no iluminadas. Recuerda que no existe separación entre tú y la existencia; la realidad externa tiende a reflejar aspectos de tu mundo interno. De ahí que lo que no haces consciente se manifieste en tu vida como destino.
Por ejemplo, una ruptura sentimental suele ser una oportunidad para trabajar sobre el miedo al abandono y el sentimiento de no ser suficiente. También es una invitación para cultivar la autoestima y amar tu soledad, aprendiendo a sentirte completo por ti mismo. A su vez, seguramente te permita darte cuenta de habías encerrado el amor en la jaula del apego insano y la dependencia emocional. Y como consecuencia de volver a la soltería, descubrir nuevas formas de vivir tu sexoafectividad mucho más libres y satisfactorias. En el caso de aprovechar esta experiencia traumática para crecer espiritualmente, lo más probable es que te conviertas en una versión mejorada y evolucionada en este ámbito, atrayendo a tu vida a nuevas personas con las que disfrutar de tu intimidad mucho más de lo que sabías hacerlo antes de dicha separación.
Vivir en verde pasa por cultivar dos virtudes excepcionales. La primera es la «ecuanimidad»: la capacidad de mantener la calma, el equilibrio y la imparcialidad frente a los altibajos de la existencia, si dejarse arrastrar por la euforia del éxito ni por la desesperación del fracaso. Ser ecuánime no tiene nada que ver con ser indiferente. Se trata de evitar la tentación de proyectar historias ficticias sobre la realidad, pudiendo observar lo que sucede sin juicios extremos ni emociones desbordantes. Gracias a este sereno discernimiento puedes ver lo bueno en lo malo y lo malo en lo bueno, comprehendiendo que no existe ni lo uno ni lo otro porque la realidad es inherentemente neutra. Así es como dejas de estar a merced de los acontecimientos externos, sabiendo preservar tu paz y bienestar internos independientemente de lo que acontezca.
La segunda cualidad es la «resiliencia»: la habilidad de adaptarse a los cambios inesperados, afrontar los infortunios con fortaleza y transformar las dificultades en oportunidades de aprendizaje y crecimiento espiritual. Es lo que te permite levantarte cada vez que la realidad te tumba al suelo, convirtiendo los golpes de la vida en peldaños hacia una versión más sabia, madura y consciente de ti mismo. En última instancia, gozar de una actitud resiliente es lo que te posibilita renacer de tus cenizas -como el ave Fénix-, reconstruyendo tu existencia incluso después de haberte pasado lo peor que te podía suceder.
El principal beneficio de la resiliencia es que extirpa de raíz el victimismo para siempre. Así es como dejas de temer y de luchar contra la vida. Llega un momento en que confías en ella incondicionalmente, pues sabes que traiga lo que te traiga va a seguir siendo lo que necesitas para seguir aprendiendo y evolucionando. Gracias a esta mentalidad orientada al crecimiento te vuelves prácticamente invencible e indestructible. Y como consecuencia de tu autoconocimiento, cuantos más años cumples mejor te sientes contigo y más en paz estás con la existencia. De hecho, cada vez te gusta más vivir. Y cada vez te rodean personas de mayor calidad, las cuales reflejan el amor propio que has sabido cultivar gracias precisamente a las experiencias traumáticas que has tenido que transitar y transformar.
*Este artículo es un extracto de mi libro “Ser feliz es fácil. El método más simple para disfrutar de la vida”.
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]]>La entrada Vivir duele se publicó primero en Borja Vilaseca.
]]>Pérdidas. Enfermedades. Rupturas. Traiciones. Penurias. Accidentes… La vida está llena de acontecimientos que duelen, pero lo importante no es lo que te sucede, sino cómo tú decides responder. Todo se reduce a la interpretación que le das y a la actitud con la que lo afrontas. En este sentido, las personas que han aprendido a estar genuinamente en paz con la vida suelen seguir un mismo proceso terapéutico cada vez que la realidad les vuelve a dar una colleja existencial.
El primer paso es «hacer el duelo conscientemente». Por más trabajado y evolucionado que estés, vivir duele. Y para poder sanar es imprescindible sentir y atravesar el dolor que se despierte en tu interior. La clave reside en tu manera de transitarlo. Cuando el ego se apodera de tu atención enseguida aparecen la queja, la culpa y el victimismo, agregándole una capa de drama y negatividad al necesario proceso que estás viviendo. Recuerda que el sufrimiento deviene siempre como consecuencia de resistirte al dolor, de pelearte mentalmente con lo que ha ocurrido.
Luchar contra lo que te trae la vida pone de manifiesto que sigues en guerra contigo mismo. No es de extrañar que en estos casos priorices la enajenación, la evasión y la narcotización por delante del autoconocimiento y el trabajo interior. Al sentir un malestar tan grande haces todo lo posible para tapar y evitar sentir cualquier emoción dolorosa. Pero ten mucho cuidado, porque actuando así puedes acabar -paradójicamente- padeciendo un luto eterno. Más que nada porque lo que niegas te somete y lo que no afrontas termina volviéndose gigante. Además, si huyes del dolor acabas somatizándolo. Y en muchos casos, enfermando. Si bien parece contraintuitivo, escapar del dolor causa mucho más sufrimiento del que aparentemente te ahorra.
En cambio, cuando aprendes a gestionar tu proceso de duelo de manera consciente sientes dolor, pero no sufres por ello. Experimentas tristeza, pero te sientes en paz con el hecho de estar triste, pues sabes que ésta emoción es pasajera. Simplemente te das el tiempo y el espacio necesarios para sentir cualquier sentimiento que vaya emergiendo desde adentro, abrazándolo y acogiéndolo con amor. Así es como descubres que sentir dolor te sana. Y cuanto más te permites sentirlo, antes avanzas en tu proceso de sanación. En caso de que el dolor sea demasiado intenso, es fundamental que cuentes con una red de apoyo que esté ahí para cuando tú no puedas autosostenerte. Contar con amigos y terapeutas que sepan acompañarte emocionalmente es esencial para salir de cualquier hoyo.
Actuando de este modo descubres que el duelo es como llevar una piedra en tu bolsillo. Vayas donde vayas, siempre está ahí. Notas su presencia y su peso. Eso sí, en la medida en que va pasando el tiempo cargar con esa piedra te va volviendo más fuerte. Y al irte fortaleciendo no es que la piedra desaparezca: simplemente se vuelve más ligera y mucho más fácil de llevar. Y es que hay experiencias tan traumáticas que jamás se superan y son imposibles de olvidar. Algunas incluso siempre van a formar parte de ti. Pero al hacerte tú más fuerte, el dolor cada vez pesa menos, hasta que llega un día en que cargas con él sin esfuerzo, casi sin notarlo. Es entonces cuando sabes tu transformación se ha completado.
*Este artículo es un extracto de mi libro “Ser feliz es fácil. El método más simple para disfrutar de la vida”.
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