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]]>O vieja novedad. O nueva antigüedad. O antigua modernidad. O moderno pasado. O lo que sea… La reacción inmediata de este bloguero al escuchar por primera vez el psicodélico sueño de fiesta mayor de los Trau se asemejó al agradable desconcierto que se deduce del arranque de esta entrada. Supongo -no lo supongo, lo sé- que una banda se puede dar ya por satisfecha si de antemano provoca cierto impacto en el oyente. Pues puede estar seguro este cuarteto de la otrora llamada San Baudilio que lo logra. De lo contrario, no sé explica su reciente victoria en el concurso Sona 9, ese que ya ha encumbrado –en un modesto monte, todo sea dicho de paso- a varios grupos locales.
El secreto está en el sonido. Ninguna otra banda suena igual en Catalunya e incluso diría en el resto de las Españas. Y, paradójicamente, o no tanto; no estamos hablando de un sonido que no se encuentre más que consolidado en el imaginario colectivo. Todo lo contrario. A no ser que seas un marciano y no hayas escuchado a lords como Who, Zombies, Small Faces, Traffic (sí, claro, y a Beatles) o a yankees como Byrds, Jefferson Airplane o 13th Floor Elevators, por citar algunos. Pues, por ahí se mueven los Trau y sin darse de bruces. (Antes de que nostálgicos y/o listillos se me lancen a la yugular, hay que aclarar que solo son referentes sonoros. No se trata de equiparar).
“¡Ninguna banda suena bla bla y bla…!”. Vamos a ver, sería quizás más acertado añadir que nadie por aquí lo hace con esta combinación de cuidado sonoro revivalista sin caer en un puro ejercicio melancólico y, mucho menos, con el objetivo de montar la enésima banda clónica que aspira a tocar en recuperadas fiestas ye-ye. Se trata de dar personalidad a ese material. Y ese es el equilibrio meritorio que, a juicio de este crítico de Navidad a Pascua pero también a juicio de un jurado con currículum más vasto, consiguen.
Es curioso como algo tan viejuno y tan novedoso (por inusual) en lo sonoro reciba ahora el premio del reto a presentarse como algo escuchable en estos tiempos e incluso a tener un cierto grado de repercusión comercial. Pero no hay que descartarlo. El potencial de ganarse la simpatía de críticos con mentalidad popenciclopédica pero a la vez de atraer a sectores más amplios por naturalidad y originalidad esta ahí. Satisfacer al esnob y al normal. ¡Claro que sí! Pero para ello, hará falta ver en qué traducen el disco que el galardón les da derecho a elaborar.
De momento, nos queda un EP/maqueta de notable calidad, con especiales menciones para tres temas: el himno hippie Cant de Quan la Sang ens Bull, el rockero Borinot de Bardissa y el más californiano Somni de Festa Major, la auténtica joya de la corona. Las letras en catalán y sus referentes cotidianos, incluso de folklore rural –impagables los gigantes y cabezudos que se cuelan en el imaginario de Somni de Festa Major-, dan además ese toque que a ellos les ayuda a configurar una personalidad propia y a ti, oyente, te obligan a esbozar una simpática sonrisa.
Y es que, quizás no te gusten estos, los Trau, pero seguro que no vas a odiarlos. No, no es posible.
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]]>Los aires otoñales de septiembre nos traen propuestas frescas. El mes de la ‘vuelta al cole’ y de los coleccionables suele ser la fecha escogida por muchos artistas para lanzar proyectos ambiciosos. Y, ahora y aquí, nos ocuparemos de dos con firma barcelonesa y que comparten algunos puntos en común, siendo el principal la expectativa creada en los círculos del sector musical pero también su apuesta irredenta por un género -cada uno, el suyo- y, por qué no, porque asumen riesgos.
Era sabido. La Fundación volvía. Los fans lo sabían y lo esperaban. La crítica estaba expectante. Aunque nunca se fue del todo, se habían retirado de la primera línea y solo se dejaban ver en algún directo especial y muy celebrado entre los seguidores. Arriesgaron, se apartaron tras el revés comercial de Pandilleros (2009) y optaron por priorizar proyectos paralelos sin alejarse de su funk marca de la casa (Cardova, Chocadelia Internacional…) aunque de más pequeño formato.
Y de lo pequeño, recuperándose de los golpes que la trayectoria musical les ha dado, han ido construyendo a fuego lento su vuelta. Después de que la noche barcelonesa les haya reconocido la paternidad de una escena emergente de la música negra, hay que entender el nuevo Superficial (Music Bus, 2014) como una suerte de reconciliación de los maneros con sus raíces, con lo que siempre quisieron ser: una banda disco-funk con su propia marca, con su repertorio y personalidad. Sin renunciar al trabajo artesanal de banda en oposición al sistema fordista de la industria.
Los nuevos temas recordarán obligatoriamente a sus dos primeros discos de estudio -que podríamos bautizar como su sonido clásico- sin olvidar destellos de su tercer álbum, Click, que se abría a timbres más ochenteros. Como entonces, Superficial combina hits bailables, medios tiempos y baladas sensuales y alguna pista de funk más puro. Lo que marca la diferencia puede sonar a tópico, teniendo en cuenta los años que la Fundación lleva a sus espaldas, pero no se le ocurre nada mejor a éste, quién escribe: la madurez. FTM sabe claramente qué quiere y cómo lo quiere. Se nota en los detalles. Quizás es difícil competir con esos discos de cambio de siglo, especialmente por su carácter novedoso, pero el listón se mantiene. Y además, resultaría injusto acusar de falta de ambición a un grupo que lo ha arriesgado todo –no es exagerado- por la autenticidad, en definitiva, por una determinada manera de entender la música.
Y, finalmente, el disco es sucio. Queridamente y felizmente sucio. Puede sonar mal pero es así. Repasemos algunos títulos: Lo haces tan bien, Despacio, Me enciendes, Chica B, Tus piernas. Digamos que no se han cortado un pelo: un homenaje en toda regla a la chica de la discoteca que queremos llevarnos a la cama –con éxito o no- y a todas las fantasías eróticas que de allí subyacen. ¿Un tópico del género? Quizás. Pero explotado hasta sus últimas consecuencias. Y porque nos da la gana.
Un proyecto bien diferente es Jazzmaica (BankRobber, 2014), el cuarto y también esperado álbum de The Gramophone Allstars. La ecuación es sencilla: música jamaicana y big band. Poco más, que no es poco. En realidad se trata de un trabajo de enorme ambición que pasa por reclutar a músicos de nivel y cohesionar una banda, escoger las canciones más adecuadas, componer los mejores arreglos y equilibrar los toques genuinos de los géneros y la sonoridad de una gran banda de metales que asociamos generalmente al swing.
En todas estas tareas, los del gramófono -y en particular el cerebro de todo esto, Genís Bou- se salen con la suya. El elenco de músicos que forman la big band es notable. Son jóvenes, gestados en la academia y, en algunos casos, pertenecen a lo mejor de la nueva generación de jazzmen catalanes. La elección de las canciones no tiene grandes peros. Barry White, Stevie Wonder, Sam Cooke, Smokey Robinson y representantes de lo mejor de la música ska-reggae (Roland Alphonso o Toots Hibbert) tienen su versión en este disco. Y el resultado suena equilibrado. La big band le da potencia pero no pomposidad a los ritmos jamaicanos, que no quedan ocultados en pro de una sofisticación vacía.
La calidad se le supone. Pero uno nunca sabe si este tipo de experimentos encuentran suficientes adeptos y si los aficionados a la música jamaicana y el jazz, cada por su lado, se siente los bastante cómodos. Nos gusta pensar que sí, que todos tenemos estómago para tolerar este tipo de ensaladas. Pero después cada uno valora y cada uno pone sus límites. Tampoco hay que exagerar: no estamos hablando de mezclar reggaeton y shoegaze. En definitiva, la música jamaicana tiene raíces en el conjunto de las músicas afroamericanas: es un encuentro de primos hermanos.
En todo caso, lo que tiene más valor es precisamente el valor de los promotores de la empresa. No hace falta decir que el montaje de semejante disco no es sencillo, por lo que, debemos aplaudir el riesgo, la ambición, y las ganas de hacer música más allá del rendimiento. Jazzmaica ya ha sido llevado a algún escenario con la big band completa. No será fácil que sea siempre así por la dificultad logística. Las ocasiones serán contadas. Cabrá aprovecharlas.
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]]>“Por unas horas, ese recinto fue territorio libre”. La frase es de Jaume Sisa y la pronunció en un documental grabado hace diez años. Y se refiere, claro, al primer festival Canet Rock, el que tuvo lugar en 1975 y que vuelve: la localidad del Maresme será escenario casi cuarenta años más tarde de un ciclo de estas características, heredando el mismo nombre y quizás el mismo espíritu.

Una multitud de jóvenes se reunió en Canet de Mar en los años 70 para escuchar lo mejor del rock de Catalunya (Efe)
Pero sólo quizás. Porque vistas algunas de las cosas que ocurrieron en aquellas cuatro ediciones del histórico Canet Rock, del 75 al 78, y visto también el contexto político y social de la época, se hace difícil pensar que algo de aquel entonces podrá volver a ser vivido en 2014. Solo el propio Sisa vuelve al cartel como único enlace del festival de los setenta y de ésta, su edición moderna. Curiosamente, el cantautor galáctico fue el único que, pese a estar anunciado, no pudo actuar en la primera edición a causa de la censura. Lo hizo a la mañana siguiente sin micrófonos y sentado en la arena junto al público que había aguantado la noche.
¿Qué fue el Canet Rock? Para empezar, una especie de mito para los que lo vivieron. Un símbolo de unos tiempos de cambio. Una reunión de más de 40.000 jóvenes melenudos y mochileros –en su primera edición- que querían experimentar y que se creían rebeldes frente a una dictadura política que se resquebrajaba (aunque sólo transitaba) y a un sistema cultural que consideraban que les oprimía. “Muchos se quisieron, muchos probaron cosas que nunca habían probado, muchos simplemente se dejaron llevar y comprobaron que estaban en una isla de libertad”, dijo uno de sus artistas Oriol Tramvia. Por eso, lo del Woodstock catalán. De ahí el mito.
En lo musical, el Canet Rock fue una de las expresiones más claras del cambio que se estaba produciendo (tardío en España) entre la canción de autor y el rock. Si nos centramos en Barcelona, entre la Nova Cançó y el llamado Rock Laietà. De alguna forma, el Canet Rock fue un punto de inflexión entre el declive del primero y la eclosión del segundo. Sirva como símbolo de esta otra transición la presencia de Maria del Mar Bonet en la primera edición del festival rodeada de rockeros como Pau Riba, Barcelona Traction, Fusioon, Companyia Elèctrica Dharma, Ia y Batiste, Jordi Sabatés o Iceberg. Desgraciadamente, muchos de estos nombres no resultarán muy conocidos hoy en día, pero cabe rendir homenaje a una generación de artistas, que después devoró la democracia y la industria (es un decir, todos han tenido largas y prolíficas carreras), pero que protagonizaron una explosión creativa basada en una visión abierta de la música de la que hoy todos somos deudores. Su experimentación entre jazz, rock, folk y otros géneros no volverá a repetirse. Todo ha cambiado: la creatividad, la industria, los gustos y los hábitos de consumo.
La Vanguardia, en su edición de 31 de julio de 1975, todavía vivo el dictador, acuñaba la expresión canetazo y calificaba el festival de “efeméride histórica”. Algunos detalles de la crónica prueban el carácter artesano, para ser generosos, de la organización. Aquello no era una empresa, era una reunión de amigos que organizaba una reunión de amigos. Un ejemplo, la presencia del célebre pianista Tete Montoliu en el cartel. ¡Ni siquiera el propio Tete sabía que tenía que estar en Canet! Y, claro, se encontraba en un bolo a miles de kilómetros. De hecho, los propios organizadores cuentan que perdieron dinero.
Pero quizá en aquel entusiasmo amateur (¡redundancia!) residió el encanto que recuerdan aquellos que allí estuvieron. Una magia mezclada de muchas sustancias –algunas poco legales- que hizo posible esa “isla de libertad” en medio de un país que salía de un largo túnel. Un hechizo que difícilmente recuperaremos en el nuevo Canet, que contará con toda nuestra experiencia colectiva: la de años de pop de masas, la de años de organización de grandes eventos y la de la madurez que nos da haber nacido y/o vivido en un sistema, al menos en apariencia, más abierto y libre.
Cualquier tiempo pasado no fue mejor. Más que recuperar un determinado espíritu, supongo que se trata de aprovechar una marca con ecos míticos para celebrar una nueva generación de creatividad catalana. Supongo que en eso pensamos cuando hablamos del nuevo Canet Rock: no de un ejercicio de nostalgia, sino de continuidad. Siendo todo eso cierto, no está de más que, aunque sea para ensanchar nuestra cultura general, todas las generaciones recordemos lo que fuimos. Y lo que somos. El nuevo canetazo nos da la oportunidad.
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]]>¿Cuál es la primera vez que el término jazz aparece impreso en La Vanguardia? Si mis habilidades para la búsqueda en la hemeroteca digital no han fallado, hablamos de diciembre de 1919. Nada menos. No está nada mal teniendo en cuenta que los expertos sitúan el origen del término en torno a siete o seis años atrás. De hecho, la historia nos da una explicación lógica. Las primeras grabaciones de jazz se fechan en 1917 y son de la Original Dixieland Jazz Band, una formación de Nueva Orleans, la ciudad que por aquel entonces fue la cuna en la que se gestó el nuevo género. Y lo que aparece en 1919 en La Vanguardia es el anuncio de este primer registro sonoro, coincidiendo con la primera gira del grupo presentando el estilo de moda en la vieja Europa, concretamente, en Londres. La publicidad de la marca Gramófono incluye un catálogo que va desde sardanas hasta cuplés y grabaciones operísticas de Caruso y Galli-Curci. Los hits del momento.
¿Por qué cuento todo esto? Para llegar a otra de las apariciones de esta palabreja –debía sonar modernísima y extranjerísima en esa época- en el diario. Viajamos unos meses más tarde, hacia abril de 1920, cuando el rotativo da cuenta de un evento de gran relevancia local: la inauguración del Gran Casino de Terrassa. “Levantado está ya el Gran Casino con su amplio hall y sus soberbios salones que en la noche del domingo recibieron su bautizo de frivolidad las notas alegres y embriagadoras de la ‘jazz-band’”, narra el cronista. Jazz y Terrassa, juntos en 1920.
Confieso que cuando lo leí, me quedé estupefacto. El diario solo menciona jazz en aquellos primeros años veinte en ocasión de eventos en Barcelona (incluso el célebre Gaziel lo menciona en una de sus crónicas) o, como no, de la publicidad de un nuevo disco. Excepto en este caso: Terrassa. Según el artículo, los encargados de amenizar la velada en la que los burgueses de la industrial Terrassa -y algunos de Barcelona y Sarrià, dice la crónica- lucieron sus mejores galas, fueron el quinteto del Principal Palace de Barcelona, nombre que ostentó en un corto periodo el histórico Principal convertido en sala de fiestas tras su declive como gran teatro de la ciudad.
Se trata pues de uno de los primeros contactos de Terrassa con el jazz, una aproximación que puede explicarse por las ansias de modernidad de algunos de aquellos industriales. O quizá no. Seguramente hubo otras veladas con jazz-band en otras localidades catalanas. Pudo haberlas en otros ateneos o casinos porque, de hecho, muchas orquestas de la época se adaptaron rápidamente e incluyeron en su repertorio lo más chic del momento. Pero aunque fuera casualidad que solamente este acto jazzero celebrado en la cocapital vallesana tenga unas líneas en el diario, no deja de ser significativo. De hecho, la hemeroteca de La Vanguardia viene a certificar, desde los orígenes del desembarco del jazz en Catalunya, la importancia que ha tenido Terrassa en el desarrollo de este estilo musical en nuestro país. ¿Fue realmente esa noche de 1920 el arranque de un idilio entre el jazz y Terrassa que ha llegado hasta nuestros días? Imposible saberlo de veras. ¿Casualidad? Bendita sea, pues.
Y después llegaron la sociedad Amics de les Arts. Y más tarde el Hot Club. Y la Cava y, claro, el Festival. Estos días Terrassa celebra su ciclo anual. El número 33. Aunque estos últimos años los organizadores han tenido que adaptarse a una coyuntura económica desfavorable que se ha notado en el cartel; la llama sigue viva. Terrassa es Terrassa. Conserva ese prestigio. Figuras internacionales siguen viniendo y la organización combina esa exigencia en seguir atrayendo calidad con conciertos más populares para acercar los distintos géneros a cuántos más públicos mejor. Que vengan menos de fuera también ayuda a las escenas locales, riquísimas y, afortunadamente, cada vez menos desconocidas. La crisis ha afectado, no se puede negar. Pero el esfuerzo se mantiene y los egarenses (junto a catalanes y muchos otros llegados de todas partes) siguen escuchando y bailando los ritmos y sonidos que antaño escucharon y bailaron sus bisabuelos.
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]]>He entrevistado a los miembros de la Companyia Elèctrica Dharma dos veces. En ambas ocasiones, por el lanzamiento de dos de sus casi 25 álbumes que han lanzado al mercado. A menudo, me he cruzado -y lo seguiré haciendo- con algunos de sus miembros por las callejuelas de su querido barrio de Sants, quizás por la plaza Iberia, quizás por Olzinelles o por Sagunt. Sin embargo, mis recuerdos del grupo son lejanos. Se remontan a las escuchas en casa de aquel ya mítico y enérgico Tramuntana y del no menos importante Catalluna, con el evocador tema que da nombre al disco.
Hoy, debido a la repentina muerte de Josep Fortuny -uno de sus fundadores, baterista, voz ocasional, letrista, el mayor de los hermanos y también el ideólogo de la Cia.-, no puedo evitar rememorarme a mí mismo, y dejarlo por escrito, lo que ha supuesto esta banda no sólo para este bloguero de poca monta, sino para tanta gente de este país. Oficialmente, la Dharma quedó disuelta en 2011 de forma indefinida y, aunque preparaban un nuevo proyecto para este otoño con otro nombre y esperaban celebrar su 40 cumpleaños el año que viene -también los pudimos ver en el pasado Concert per la Llibertat-, la tragedia de hoy nos obliga a hablar en pasado del recorrido de un grupo que, no nos debería sorprender, es quizás el más importante del rock en Catalunya. Trayectoria e influencia así lo avalan. Y así deberá constar algún día en los libros.
Por eso es el momento de reivindicarlos, hoy que quizás muchos se habrán preguntado quién era Josep Fortuny al ver la noticia publicada en las webs, demostrando cómo la ignorancia en este país no es atrevida, no . Es más que eso. Es imprudente y desvergonzada.
Entre el común -especialmente, los jóvenes-, la Dharma es un grupo folclórico. Poco más que sardanístico y para chiquillos con barretina y espardenyes. O es un grupo de himnos para independentistas. O es Joan Fortuny brincando por el escenario tocando eso que suena como una tenora. Y basta. Este es el imaginario reduccionista creado a su alrededor. Profundamente injusto. Fundados en 1974, fueron pioneros en reivindicar que la música mediterránea de raíz podía ser un complemento rotundo y original a la electricidad rockera que venía del norte en los años de la transición. Síntesis de folk propio (como todo el rock ha bebido del folk americano) y modernidad. El objetivo siempre ha sido el mismo: hacer moderno lo que te es propio y cercano.
Formaron entonces parte del so laietà, aquella explosión de creatividad barcelonesa también tan olvidada. Junto con otros grupos como Triana o Smash en Andalucía o Errobi en Euskadi -y tantos otros que no incluyo-, representaron una escena de rock progresivo española interesantísima que bebía de las músicas locales y no renunciaba a ningún estilo contemporáneo. En definitiva, el intento cultural más serio de España plural. Hasta que la movida del centro arrasó con todo. Lo más curioso del caso es que lo que hoy es visto como algo anticuado (no para todos, afortunadamente), era en aquellos tiempos pura vanguardia. Y es razonable pensar que todavía suenan más arriesgados aquellos discos que productos de hoy en día.
Durante estos casi cuarenta años, las han pasado de todos los colores. La muerte prematura de Esteve Fortuny, su guitarrista y también fundador, en 1986, fue un duro golpe. Pero la banda siguió e incluso resurgió en plena eclosión del Rock Catalán de los 90. En todo este tiempo, se han atrevido con todo: músicas tradicionales de todas partes (África, especialmente), estilos de lo más variado, revisiones de música culta (Mompou, Satie), medieval (Llibre vermell de Montserrat) o jazz (Miles Davis) y reinterpretación del cancionero tradicional catalán en todas las claves posibles. También han combinado discos con voz y mensaje con otros instrumentales donde brillaban canciones de más de 7 minutos, a las que el público digital ya no es capaz de atender. Y sí, también han creado himnos festivos de innegable penetración entre jovenzuelos politizados porque ellos tampoco han ocultado lo que pensaban. Será imposible no relacionarlos con La presó del Rei de França, claro.
En definitiva, han hecho lo que les ha dado en gana. Sin duda, el cliché les ha perjudicado. “¡Los que nos dicen que siempre hacemos lo mismo, deberían escucharnos un poco!”, reclamaban recientemente. Pero, sea como sea, tantos años son muchos en música y aunque la crítica y el público no siempre han sido amables al reconocer sus méritos, ellos no han parado nunca. En un reciente documental, el bajista Carles Vidal lo decía claro: “La Dharma es una forma de vida”.
No sabemos qué ocurrirá en el futuro. El día es oscuro y no es momento ahora de conjeturas. En todo caso, como rezaba el título de uno de sus discos, que no es perdi aquest so.
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PS: Para los rebosantes de prejuicios, una simple recomendación: la versión espléndida de la tradicional El Testament d’Amèlia, en la que la combinación de flamenco, rock, blues y el sonido inconfundible del saxo soprano de Joan Fortuny parece lo más natural.
‘El Testament d’Amèlia’ , del Álbum: ‘Catalluna’ (1983)
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]]>The post El retorno de las esencias: 08001 appeared first on Jam Session.
]]>En ese contexto, apareció un proyecto que, desde la asunción de su condición mestiza, huía del mainstream del nuevo género y daba un paso más allá. Proyecto casi personal del productor Julián Urigoitia, 08001 se trataba de algo más serio, más adulto. ‘La globalización no es ninguna broma’, parecía proclamar. Sosteniéndose en una base trip-hop sólida; se recorría de verdad el globo, se creaban ambientes, las canciones evolucionaban, progresaban, se iban construyendo y sorprendían. Y, además, se daba voz al lamento y a las injusticias reales del mundo global y se nos quitaba a todos la sonrisita de la boca, sin que el resultado fuera ni mucho menos aburrido.
La crítica los adoró. Su primer Raval Ta Joie (2003), construido en el antiguo barrio chino por casi 30 tipos de todas partes, fue acogido con entusiasmo. Nada que se llamara mestizaje en Barcelona había sonado tan distinto. Ya eran grupo de culto. Con Vorágine (2007), se mantuvo el listón, aunque la banda se simplificó con el objetivo de consolidarse, expandirse y tratar de salir con mayor asiduidad del estudio (era muy difícil para una multibanda multiétnica moverse por los escenarios). Lo lograron en parte pero esta Barcelona nuestra tan mestiza no los acogió con las ganas que cabría pensar y muchas veces fueron más reconocidos fuera de nuestras fronteras que en casa. Si és que hi ha cases d’algú, que decía aquél.

Y ahora vuelven. Sí. Vuelven. Tras años de silencio, uno de los proyectos más estimulantes de la última década de esta ciudad vuelve. El 10 de septiembre, según anunciaron la pasada semana. Después de una presentación en la sala Apolo el pasado otoño, el lanzamiento del álbum se ha ido gestando poco a poco, por las redes sociales, como se hacen ahora estas cosas. Han ido creando la expectación sin buscar grandes promociones y dando pocas pistas. Táctica de manual de la mercadotecnia. Ahora ya sabemos que el álbum se titula No Pain No Gain y hemos podido escuchar el primer single, Children Rise. De entrada, a primera escucha, parece que Urigoitia y los suyos (la banda se ha vuelto a renovar casi por completo y ha reclutado músicos en Londres) apuestan por un sonido más pop y menos complejo, y por un mensaje de dolor, en consonancia con unos tiempos menos esperanzadores. Se vislumbran cambios pero la esencia seguirá ahí.
Pero solo es un sencillo: no hay que hacer juicios antes de tiempo. No cabe esperar otra cosa que un trabajo cocido a fuego lento, con calma y mirando al detalle que todo esté dónde debe estar. En todo caso, habrá qué comprobarlo cuando acabe la canícula. El próximo 14 de septiembre estarán en Vic, ya con disco bajo el brazo. Veremos. Bienvenidos de nuevo.
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Sara Pi, voz soul imprescindible
Tengo que admitirlo: me fascinó el fenómeno Sara Pi. Sí, ya saben, la cantante barcelonesa que ha sido una de las revelaciones del pasado año en Catalunya por un disco, Burning, que… ¡publicó en 2010! Aquí, mi prima –espero que ella y el lector me perdonen el chiste malo: no existe ningún parentesco–, paseaba su característica voz soulera por los clubes y salas de la ciudad desde hacía años y muchos en el mundo de la música de Barcelona sabían de sus virtudes. Hasta servidor, que no acude a estos antros con la asiduidad que quisiera, la conocía, la escuchó en directo una vez, quedó complacido y se interesó por su música. Pero he aquí que un día, Pi y su acompañante Erico Moreira suenan en directo en el programa matinal de la radio más escuchada de Catalunya, RAC1, y eso: se convierte casi de la noche a la mañana en un fenómeno.
Entonces, hay buenas y malas noticias. Las buenas es que hay talento en Barcelona. Y mucho. Las malas es que muchas veces queda escondido y no se sabe muy bien el por qué. Que se lo digan a Sixto Rodríguez, ese protagonista de la oscarizada e imprescindible Searching for Sugar Man (y no digo más porque no voy a hacer spoilers). El debate de porque hay productos culturales, en este caso musicales, que triunfan y otros que no es largo y no es el objetivo de esta entrada. Sin embargo, no seamos ingenuos: la promoción o la falta de la misma siempre tienen algo que ver.
Hablemos pues de talento que se halla escondido en las salas y los bares. Solo hay que entrar un día, y casi por casualidad, en uno de los muchos lugares donde se trata de hacer música en vivo pese a las restricciones gubernamentales. Es así como, por ejemplo, se puede dar con propuestas a las que hay que darles un pequeño espacio en estas líneas.
Fue en el Cafè de les Delícies (nombre muy apropiado para el caso), en el corazón del Raval, y donde la cantante y actriz canaria Alicia Martel organiza cada viernes Dona Cançó, un miniciclo en el que las artistas son eso, las artistas. Ellas. Las protagonistas. Abrió la noche un trío de jovencísimas músicos de Sant Cugat que responden al nombre de Blue Velvet, como la canción que cantaban The Clovers o como la película de David Lynch. Se trata de una propuesta que, con violín, teclado y guitarra y sus tres aterciopeladas voces, se mueve con naturalidad entre el pop, el jazz, la bossa nova, el flamenco y otros tantos estilos y ritmos. En el Raval, avanzaron píldoras de material nuevo para futuros proyectos aunque ya tienen (auto)editado desde el año pasado un primer álbum, Érase una vez… la curiosidad. Por lo tanto, Anna Figueras, Leticia Martín y Laura Peinado no son unas novatas. Será curioso seguir de cerca a estas chicas porque tienen los ingredientes para ser algo más de lo que son ahora: calidad artística e interpretativa y buen gusto. Veremos.

Zoila Herranz cantó junto a Lucrecia
La noche también deparó otras sorpresas. Las más llamativas fueron la presencia imprevista en el escenario de cantantes bien conocidas como Sílvia Comes o Lucrecia. Además de la enormemente divertida Itziar Castro –recientemente nominada al insólito premio Gaudí a mejor actriz terciaria por su papel en Blancanieves– y de la siempre positiva y reivindicativa Martel; cabe destacar otra voz, la de Zoila Herranz, quien no gozó de mucho tiempo durante la loca velada para mostrar sus particulares composiciones, que tienen esa virtud de sonar sencillas y complejas a la vez, por muy contradictorio que pueda parecer. Más temprano que tarde, probablemente en otoño, lanzará su primer disco y algunos podremos comprobar cómo suenan grabadas sus canciones, que evocan inevitablemente a Norah Jones. También veremos.
Por lo tanto, talento. Talento femenino, que lo hay (da vergüenza hasta tener que decirlo) y más que me dejo y que acude semanalmente al citado evento, al que habrá que ir más a menudo. Veremos –sí, veremos– si todo ello tiene su reflejo y hablamos de nuevos fenómenos en breve.
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]]>Sigue habiendo mucho camino por recorrer pero poco a poco Barcelona va situándose a la altura de las ciudades del rico norte europeo en la ‘normalización’ de circuitos internos para la llamada música negra, es decir, todo el abanico de estilos que abarcan el jazz, el blues, el soul, el rhythm’n’blues, el funk, el acid y otros derivados y mezclas oscuras. No quiere decir este bloguero que eso no existiera ni que no hubiera clubs ni aficionados ni especialistas ni bandas ni solistas ni un largo etc. Pero lo cierto es que todo este conjunto de estilos han sido olvidados en la ciudad a favor de otros que han ganado más atención de promotores, medios, público e instituciones por distintos motivos, como puede ser la llamada música alternativa, la electrónica o las músicas mestizas.
No se trata de ninguna competición pero es bueno señalar que muchos y muchas han ido contribuyendo en los últimos años a que esto cambie, lo que equivale a que este conjunto de músicas gane espacio(s) en la ciudad, surjan nuevas propuestas y se revaloricen, es decir que se consideren cool. Como diría Yoda, apuntar debemos factores externos algunos. El primero, la apertura de la ciudad al mundo –nadie, por ejemplo, debería menoscabar la importancia del factor turismo para que clubes y salas hayan programado más estos estilos– y, el segundo, el auge del revival en el mundo entero.
Algunas iniciativas que han ido naciendo estos últimos años ayudan a ello. Es el caso por ejemplo de Urbaanjazz. ¿Qué es? Pues, en realidad, poca cosa. Nada más (pero tampoco menos) que una web agenda que reúne todos los conciertos de jazz y otras músicas que se programan en las salas y clubes de la ciudad, con la particularidad de que el músico o programador puede incluir un concierto nuevo para alimentar la página. Emprendida con absoluto desinterés hace unos años y llenando un vacío incomprensible, ha ido creciendo y con ella el número de salas que programan estos conciertos. Aunque el boca a boca funcionaba, es habitual ahora que el aficionado acuda a la web para ver donde acabará la noche. Y no hay que menospreciarlo de ninguna manera porque ha contribuido a crear circuito y, como dirían los cursis, a crear más comunidad alrededor del jazz y ayudar a su difusión.

El trompetista Raynald Colom, en la anterior fiesta que reunió a los seguidores de Urbaanjazz
Es por ello que ahora los gestores de la web se dan el lujo de organizar fiestas amenizadas, por supuesto, por bandas de la ciudad y así los freakies pueden reunirse y hallar alguien que hable su mismo lenguaje con naturalidad. Por cierto, este jueves es la tercera fiesta Urbaanjazz. Tocan en el Café Royale dos bandas: el cuarteto del saxofonista Víctor de Diego y la jovencísima vocalista de Sant Vicenç dels Horts Marina Tuset acompañada de Mart’s Trio. (Nota al pie: Un consejo. Sigan a la tal Tuset. Ya ha pasado por el festival de Jazz de Barcelona y es una de las grandes promesas catalanas del momento).
Muy distinta es otra iniciativa pero que de igual forma trata de crear circuitos y dar voz a la música negra de la ciudad. En este caso no es solo una web, que también. Es Blackcelona, el intento más serio hasta el momento de reunir a cuantos más grupos mejor que se dedican hoy en día en la ciudad a restaurar y sobre todo a reinventar las músicas negras como el soul clásico, el rythm’n’blues, el funk y otros subgéneros. Blackcelona es todo: es punto virtual de encuentro, es plataforma de lanzamiento y promoción, es álbum y es festival. Todo por y para la música negra de Barcelona. La cosa surgió a partir del disco compilatorio que vio la luz el pasado septiembre, A collection of soul & funk music from the city of Barcelona (Discmedi) y a partir de entonces se constituyeron como plataforma e impulsaron una muestra de conciertos en las salas más especializadas como son el Marula Café y la clásica Jamboree.

Portada del disco de Blackcelona
El pasado miércoles, en la mítica cava de la plaza Reial, finalizó la muestra con un memorable directo de The Excitements liderados por una explosiva y sugerente Koko Jean Davis. Pero no acabará aquí Blackcelona, que tendrá un papel relevante en el Black Music Festival de Girona y promete seguir moviendo el circuito de estos grupos. Reseñar finalmente algunas de las bandas más interesantes del proyecto sin menospreciar a ninguna: el soul-jazz elegante de Vermouth Time, el funk en catalán de Tirantlofunk, el bogaloo de Los Fulanos, el áspero deep-funk de Cardova, los inclasificables Astrio o la multibanda de soul The Black Beltones.

Gorka Ruiz y Abel Boquera están detrás de la Superfly Party
Más iniciativas de base para la música negra. Desde hace más de tres años, los amantes del funk tienen una cita semanal con este género. Ante la falta de locales que programaran estos estilos, un grupo de músicos decidió aplicar eso del Do it yourself y montar unas alocadas fiestas para los más funkeros de la urbe. Se inventaron el nombre de Superflyparty –homenaje a la película de los 70 cuya banda sonora puso Curtis Mayfield-, hallaron un local en el que caer muertos (primero la Sala Cara B y ahora se han trasladado a El Col·leccionista) y diseñaron unas divertidas promociones para difundir los eventos a través de Youtube. Abel Boquera y Gorka Ruiz están detrás del proyecto y de la banda fija, The Flytones, que cada semana se prepara los temas con más groove junto un invitado especial. En tres años siguen creciendo y ahora su web ya es una página más de difusión de toda la cultura asociada a estos géneros así como punto de encuentro para músicos.
Solo detalles. Anécdotas. Páginas web. Eventos en pequeñas salas. Pero sobre todo son muestras de que la ciudad es dinámica y apuesta también por el negro, el color alegre para la música.
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]]>Pero no por ello no voy a seguir esta presentación. Un párrafo me parece poco y, aunque solo sea para recordármelo en voz alta, trataré de explicar las intenciones del blog que una tarde improductiva pensé en titular Jam Session. En un brote inusitado de originalidad e imaginación, el nombre trata de explicar que las entradas del blog se basan en la improvisación de quien lo escribe. En una frase algo grandilocuente, ya expuse en su momento que se trataba de tomar el pulso de la música que se hace en Barcelona. Y, en este aspecto, no habrá ninguna novedad. Volverán a aparecer bandas, solistas, proyectos e iniciativas privadas o públicas de todo tipo. Y no importará ni el género ni el impacto social. El único límite será la llamada música clásica o culta, a la cual no me atrevo a enfrentarme pese a tener algunos gustos aunque poco desarrollados.
Precisamente sobre estos objetivos, algunos –esos que me leían– me apuntaron que el blog pecaba de dispersión, de no centrarse en nada en concreto. Cierto es. El único nexo de unión es la ciudad, donde se concentran las inquietudes de los músicos y resto de agentes del mundillo. No nos interesa aquí Manchester, Memphis, Saint Germain de París, Santiago de Cuba o Salvador de Bahia. Nos importa Barcelona como esa ciudad más capaz de lo que parece de impulsar proyectos atractivos y de calidad, y salvar de esta manera la barrera mental injusta que nos hace pensar que todo lo extranjero es mejor simplemente por ser extranjero.
Por suerte, estos últimos años esta barrera se ha ido rompiendo y los indígenas de esta ciudad ya llevamos con cierto orgullo la música de casa. Ha ayudado bastante la hiperfragmentación del mercado y la democratización de los medios de producción, algo que sin duda ha contribuido a la eclosión de escenas locales como la nuestra. De forma parecida a los mercados de productos hechos a mano (handmade decimos los cursis), la música ha vuelto a la artesanía y eso ha ayudado a la difusión de pequeños proyectos interesantes y de calidad. La cara mala es que el pastel se ha repartido tanto que desgraciadamente son pocos los que pueden vivir realmente de la música. Esta explosión de múltiples proyectos creativos compensa (en parte) el poco apoyo de nuestras autoridades competentes, que se empeñan en castigar a la música, condenándola a producto cultural de segunda o a simple entretenimiento, poniendo continuas trabas a músicos, productores, promotores y dueños de salas. Por suerte y para ser justos, hay excepciones.
Advertencia: quien escribe estas líneas, y en contra de lo que expresan en voz alta muchos en el sector, es un optimista compulsivo –no en todo en la vida– y considera que vivimos una época riquísima en creatividad y calidad. Pese a los muchos contras, el aficionado debe animarse a descubrir viejos y nuevos proyectos y el músico debe mantener la cabeza alta y tratar de disfrutar de su pasión. Parecerá un poco naïf pero que nadie espere un discurso derrotista porque aquí no lo van a encontrar. Esto se va a parecer más a las entrevistas amables de Andreu Buenafuente que al látigo castigador pero sutil de Jordi Évole. Puede gustar más o menos pero ya dicen que el que avisa no es traidor.
(Como muestra de esta alegría absurda e inconsciente, adjunto un vídeo que sin duda es lo mejor de este post)
Los que hayan llegado hasta aquí, bienvenidos de nuevo.
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]]>En el caso estrictamente badalonés, este ciclo de nombre vacilante -se llamó Jazzorrilla– pero de sólido arraigo, es solo la punta del iceberg del esmero de la tercera ciudad de Catalunya estos últimos años para situarse como plaza fija del desequilibrado mapa del jazz catalán. De hecho, si algo sitúa Badalona en el mapa es su apuesta por la formación de jóvenes músicos y la proyección de algunos intérpretes consolidados de la ciudad más allá de la cantidad o calidad de conciertos y festivales.
Los tiempos de vacas flacas que sufrimos han obligado a que el ciclo este año haya quedado un poco descafeinado, reducido a un puñado de conciertos de grupos locales que sustituyen a los antaño estrellitas extranjeras de suculento caché. No hay mal que por bien no venga, como dicen algunos. Ello nos da la oportunidad de disfrutar de los valores de casa.
Así es como el pasado fin de semana, la pianista Elisabet Raspall presentó ante el selecto público del Teatre Principal su último trabajo con cuarteto, Plujazz, que la ha llevado de gira por varias poblaciones catalanas. Su propuesta de jazz lírico, rico en colores y de sabor noreuropeo casó a la perfección con los espíritus más melancólicos de la sala. La influencia contrapuntística de Raspall se dejó ver con claridad con melodías situada en férreas estructuras de milimétrica composición.
La calidad compositiva de Raspall se complementó con la creatividad de los intérpretes, entre los que destacó, como no, el saxofonista estadounidense Chris Cheek, quien por cierto será compañero en solitario de aventuras de la pianista catalana en un dúo que apunta muy buenas maneras. Cheek aportó su gusto por la improvisación reflexiva, es decir, intentar dar en cada momento el complemento adecuado a la armonía con melodías constructivas e intensas. El mejor en la escena, en una buena muestra de reunión de talentos de aquí y de allende los mares.
Pero el plato fuerte del ciclo vendrá este próximo fin de semana en el concierto más popular. Como compensación a la reducción de conciertos, el certamen estrena por primera vez una jornada al aire libre. El parque de Ca l’Arnús será el escenario en que las big bands de casa serán las protagonistas, en un programa que incluye a dos clásicos, La Locomotora Negra y La Vella Dixieland, y la gran revelación de este tipo de formaciones, la Sant Andreu Jazz Band, configurada por músicos de entre 12 y 16 años, nada menos. Pese a su juventud, destacan por ser una banda disciplinada y de impecable sonido. La cita será este domingo 13 de junio durante todo el día. Buena ocasión para los vecinos de disfrutar de algo de música y buen tiempo, si lo hubiese.
Dicho lo cual, desde aquí ánimamos a los valientes que siguen apostando por la música en vivo de calidad ahora, cuando más cuesta.
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