¿Por qué hay gente que vota, aparentemente, a políticos que les perjudican? Esta pregunta se la hace mucha gente, más ahora que parece que partidos iliberales van a obtener unos resultados espectaculares.
La respuesta mayoritaria es que los líderes de estas fuerzas ―con la ayuda de los medios y, ahora, de las redes sociales― los manipulan con una estrategia que los expertos denominan out-group animosity. Para evitar que los ciudadanos se rebelen, los agrupan alrededor de la idea de un enemigo común, interno o externo, y dejan de mirar aquello que es relevante.
La tesis es que, mientras unos poderosos se comen el pastel, señalan a un grupo débil ―digamos, inmigrantes― que, a duras penas, tiene a su alcance las pocas migajas que caen al suelo de las clases medias, y los hacen culpables de todo.
Un ejemplo cercano para todos es el acceso a la compra de vivienda. La generación del baby boom, con esfuerzo, se compró un piso. Sus hijos también accedieron a ello, siempre que los padres les ayudaran con la entrada. Los nietos, ni así. Y la culpa es de quienes no pueden pagar un alquiler ni siquiera en grupo. Los mismos que recuperan el barraquismo en Barcelona. Mientras tanto, fondos buitre y trabajadores con salarios desorbitados de otros países compran áticos preciosos y edificios para convertirlos en pequeños lofts y alquilarlos a precios de palacio condal. ¿Cómo puede ser que no se den cuenta?, se preguntan.
De ello se desprende que los votantes son dóciles y manipulables. Que la única razón por la que la gente es xenófoba ―o machista, o anticatalana, u homófoba…― es que hay unos señores que instrumentalizan los medios y los partidos para proteger sus intereses. En definitiva, que la gente es idiota.
La paradoja es que la respuesta al problema de por qué los ciudadanos se dejan llevar por discursos fáciles es… fácil. Tremendamente fácil. Y pone a quien la defiende en una posición de superioridad. Porque quien la formula sí ve las causas reales de las problemáticas de todos.
Está claro que el fenómeno de la normalización de valores iliberales se sustenta en la propaganda y las mentiras. Tenemos ejemplos cada semana. Parece que nos basta con encontrar una explicación a los problemas más comprensible que real. Pero es insuficiente para explicar la paradoja del votante que se perjudica a sí mismo.
El contexto
Una primera capa de complejidad nos la proporciona el contexto, que tiene un impacto en las ideas. Por ejemplo, sabemos que, cuando se producen grandes flujos migratorios, el rechazo al extranjero aumenta significativamente respecto a cuando la población se estabiliza, con independencia de la estructura étnica o del origen del territorio.
Lo mismo podemos decir de la evolución de la tecnología, que avanza imparable y hace difícil prever el futuro. La gente quizá busca valores más sólidos e invariantes para ganar en seguridad.
Y, aunque el contexto es importante, sigue siendo insuficiente si, de verdad, estas ideas van en contra de sus intereses. La tesis de la población idiotizada acierta en que esto va de lucha por los recursos, pero yerra con la simplificación del conflicto. En primer lugar, porque considera sinónimos recursos y dinero y, aunque la relación es obvia, no es única ni unidireccional. Y, en segundo lugar, porque asume que la única lucha por los recursos se da entre los ricos y los demás.
La multiplicidad de jerarquías
En las charlas para emprendedores, una pregunta habitual de los ponentes es: «¿Qué prefieres? ¿Ser cola de león o cabeza de ratón?». Formar parte de una organización importante donde eres irrelevante, o bien liderar un proyecto pequeño donde eres crítico. Quizá no podemos trasladar la pregunta como tal a la sociedad, pero sí tomar la metáfora.
Hay personas que son cabeza de ratón y a quienes ofrecer derechos y posibilidades a quienes todavía no las tienen les hace sentir que pueden convertirse en cola de ratón. Defender los intereses de los más poderosos también es asegurarse de que nada cambia. Eso les garantiza, al menos, el estatus dentro de su cotidianidad.
Esto se puede ver muy bien con el progreso de las mujeres en la sociedad. El acceso femenino a posiciones de liderazgo es bueno para el conjunto. No hace falta ni siquiera entrar en la enorme injusticia que supone el desequilibrio entre sexos. Si nos ponemos pragmáticos, desaprovechábamos el 50 % del talento ―todavía lo hacemos en buena parte. Pero eso implica que muchos hombres, que en el pasado ―y hoy― tienen una carrera «fácil» para progresar económica y profesionalmente, ahora tienen que competir con el doble de candidatos.
Este es el problema de simplificar el combate en ricos vs. pobres. Nos impide ver que, efectivamente, un hombre puede sentirse más seguro en un entorno en el que los ricos extraen parte de su riqueza, pero, a cambio, le garantizan que podrá tomar las decisiones domésticas porque será la única persona económicamente independiente de la familia.
¿Es racional que mujeres casadas con hombres poderosos renuncien a su derecho al voto, como proponen en EE. UU. las tradicionalistas? Sí, si es a cambio de garantizar que, tanto ellas como su descendencia, mantienen el estatus económico y social. Por mucho que perjudique a las mujeres en su conjunto. Incluso mujeres pobres, que ya hoy tienen una sola fuente de ingresos familiar, pueden anteponer garantizarla a otorgarse derechos. ¿Qué pierden? ¿La posibilidad de convertirse en directora de Coca-Cola? ¿Habrían accedido a ello en cualquier caso?
Al contrario de lo que mucha gente afirma, las jerarquías sociales son múltiples. La riqueza es una de ellas, quizá la más importante. Pero hay otras. Muchas, de hecho. El sexo, el color de la piel, el origen, las habilidades, el barrio de nacimiento… Las jerarquías se expresan en dinero, pero no solo. También existe el poder de la representación simbólica, que no tiene una traslación directa en dinero. Por eso, a tantos hombres les preocupa que, cada vez, haya más heroínas en el cine. Ir al cine y que el protagonista tenga tus mismas inquietudes hace que conectes con él. Reconocerse y saberse reconocido tiene valor.
La representación no sirve necesariamente para, después, hacerse más rico. De hecho, muchas veces el dinero se utiliza, precisamente, para conseguir esa representación y no al revés. Como los deportistas de élite que financian documentales, o profesionales que ganan más que los políticos y aceptan cargos como ministros.
Intereses cruzados
Si no hubiera ninguna otra jerarquía que la de ricos vs. pobres, ni ningún otro interés que el económico, se deduciría que los intereses de los ricos son un todo, y los del resto, otro. Pero es fácil ver que esto es falaz cuando lo aplicamos a la vida cotidiana.
A las clases medias catalanas les interesa que Rodalies tenga muchas frecuencias, buenos trenes y puntualidad. Unas buenas infraestructuras hacen la vida más fácil y mejoran la renta. Tanto por el lado de reducir gastos ―a mucha gente no le haría falta utilizar el coche― como por el lado del salario ―con el tiempo, unas buenas infraestructuras mejoran la competitividad y, por tanto, las condiciones laborales.
A las clases altas catalanas puede resultarles indiferente que los trabajadores pierdan tiempo en los vagones como sardinas en lata. Aun así, también les benefician las mejoras en Rodalies porque hacen que la economía catalana sea más competitiva.
Pero, ¿y a las clases altas madrileñas ―las que, de verdad, toman las decisiones―, les benefician como a las catalanas? ¡En absoluto! En la medida en que hacen más competitiva la segunda ciudad del Estado, pierden opciones de negocio. Lo que les interesa es aumentar al máximo el diferencial de inversiones estatales en su territorio por delante de cualquier otro. Y, por la misma razón, los trabajadores de Madrid tampoco tienen ningún incentivo para defender los intereses de sus compañeros catalanes.
La visión simplificada de la pura lucha de clases no solo nos ciega ante esta confluencia de intereses interclasista. Además, necesita o bien hacer ver que todo es lo mismo, o bien invisibilizar o desprestigiar a quien hace explícito el conflicto porque muestra las limitaciones del argumento ―y porque, en ocasiones, algunos de estos señaladores salen beneficiados en otros «combates» y señalarlos los pone en crisis.
Conclusión
Es difícil convencer a alguien de que es idiota. Si este es el argumento que tenemos que utilizar para atraer a los votantes de opciones que no nos gustan, no recuperaremos ningún apoyo.
No se trata de ignorar que hay ciertas emociones fáciles de amplificar, como el miedo a la inseguridad o al diferente. Tampoco que hay unas élites extractivas que aspiran a quedarse con todo y utilizan todo lo que está a su alcance. Que las noticias falsas o, incluso, informaciones ciertas, pero con una presencia en los medios desmesurada respecto a su impacto real, utilizan la emotividad para posicionarnos. Entre otras cosas porque estamos diseñados para evitar espacios inseguros. La diferencia es uno de ellos.
Tampoco es una invitación a concederles espacio. Las conquistas en derechos de los inmigrantes, las mujeres, los movimientos queer o los nacionales las debemos seguir defendiendo si creemos en los derechos humanos, porque se derivan de ellos. Y, naturalmente, debemos detener la concentración de riqueza en pocas manos o las democracias liberales se nos escurrirán entre las manos.
Pero comprender las resistencias detrás de los derechos que defendemos es fundamental para seguir avanzando. Sí, los ricos pueden utilizar estos conflictos para evitar que los miremos a ellos. Pero esto no se resuelve fingiendo que no existen. Aceptar que las jerarquías son complejas, que, al superponerse, se comportan como las ondas, que se suman o se cancelan según dónde se encuentran, nos da la oportunidad de entender de una forma más profunda los porqués, y nos abre una puerta a dialogar sobre ello, sin la superioridad inherente al argumento idiota de la idiotización.
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Uno de los comentarios más repetidos en entornos políticamente activos es la necesidad de estar presentes en las redes. Les preocupa la insuperable presencia de ideas iliberales y la enorme difusión de su mensaje. Si ellos han podido hacerlo, nosotros también deberíamos ser capaces. Tenemos que llegar a los jóvenes, dicen.
De hecho, algunos se lanzan a hacer vídeos, publicaciones y explicaciones breves de las decisiones políticas que toman los grupos en los que participan. Muchas horas de trabajo para conseguir el mismo puñado de «me gusta», siempre de las mismas personas y con una difusión mínima.
¿Qué es lo que ellos hacen bien y nosotros no? ¿Se trata de publicar con más frecuencia? ¿De ser más sintéticos? ¿De apelar a las emociones? ¿Quizá no difundimos suficientemente esos contenidos a través de los grupos informales de WhatsApp que articulan la comunicación de las agrupaciones políticas, sindicales o de las entidades? ¿O el problema es que «nuestra» gente no se lo toma en serio, no abre los contenidos y no los comparte lo suficiente, dejándonos enterrados en la inmensa riada de publicaciones? ¿Por qué ellos sí y nosotros no?
Las herramientas —las redes públicas, las privadas, los portales de vídeo, los pseudomedios…— que han difundido a gran velocidad su discurso no existían a comienzos de siglo. Podría deducirse, por tanto, que la principal causa de este proceso es su aparición. Sin embargo, se trata de una explicación parcial por dos motivos.
No hay que olvidar que, del mismo modo que se ha difundido el discurso de pseudoperiodistas y analistas fanáticos gracias a las redes, también nos han llegado con fuerza discursos procedentes de la disidencia. Aunque no acabaran bien, las Primaveras Árabes son inexplicables sin Twitter —mantendré el nombre antiguo porque tengo la sensación de que «X» resulta poco explicativo—, como tampoco se entienden sin las redes los movimientos sociales previos a la guerra en Irán o la organización de los movimientos democráticos en Hong Kong. En una conferencia que dio en Barcelona, Cristina Fallarás destacaba que sin las redes no se entiende el éxito del movimiento #MeToo. Las redes, por tanto, tienen potencial para difundir toda clase de causas.
Lo que ha permitido que estos discursos arraiguen es el momento histórico. Si esos mismos discursos extremos se hubieran producido a finales del siglo pasado, ¿habrían tenido el éxito que tienen ahora? Lo dudo. De hecho, ya había personas defendiendo esos valores desde grandes medios, sobre todo emisoras de radio, pero muy poca gente las escuchaba seriamente. Si las condiciones sociales y políticas fueran las de hace dos décadas, probablemente no hablaríamos de la actualidad en los términos en que lo hacemos hoy.
Existe un sustrato, un poso que alimenta ese crecimiento mediante dos factores. El primero es muy sutil, escurridizo y hasta cierto punto incómodo. Durante cuarenta años, la sociedad ha mejorado a base de reconocer derechos a las personas. Algunos hemos recibido esos cambios con alegría, convencidos de que otorgar derechos no es más que reconocer a los demás en su diversidad. Según decíamos, no perjudica a nadie y mejora la vida de quienes los reciben. Otros, como el viento soplaba a favor de ampliar esos derechos, los aceptaban con los dientes apretados. Pero nos engañábamos.
Es ingenuo pensar que las conquistas del feminismo, por poner un ejemplo, salen gratis para los hombres. Reconocer que las mujeres pueden ejercer las mismas responsabilidades que un hombre implica que aumenta la competencia por los puestos de trabajo. El éxito del fútbol femenino resta tiempo de atención —uno de los bienes más valiosos— a otros deportes, esencialmente masculinos, porque prácticamente todos los que gozan de prestigio social lo son. La presencia de heroínas en el cine reduce la nómina de superhéroes masculinos —aunque nunca lleguen al 50 %, muchos espectadores se quejan y lo consideran ridículo y forzado—. La lista es tan larga que no terminaríamos nunca.
Cuando un grupo con poder y reconocimiento social —los hombres, en este caso— acepta o se ve obligado a aceptar los derechos de otro colectivo, se ve forzado a compartir recursos —económicos, prestigio social, presencia e importancia— que antes disfrutaba sin competencia. ¿Hasta qué punto un colectivo poderoso cede sin hacer ruido? Depende.
Aquí entra el segundo factor. Cuando las condiciones, sobre todo las materiales, mejoran de forma evidente, hay recursos para todos y las renuncias resultan menos costosas, o al menos lo parecen. Pero cuando deja de entrar riqueza y los recursos dejan de crecer, la lucha por lo que queda sobre la mesa se endurece. Es entonces cuando quienes aceptaban esos cambios con los dientes apretados escuchan a quienes dicen que las mujeres han ido demasiado lejos. Y quienes lo aceptaban de buen grado pueden sentir la tentación de concluir que quizá, efectivamente, se ha exagerado. Es ahora cuando mantenerse firme resulta más difícil.
Lo mismo puede aplicarse a los homosexuales —que implican pensiones de viudedad o adopciones—, a las personas trans —financiación de los procesos de transición de género, medicamentos costosos—, a las minorías nacionales —compartir decisiones políticas estratégicas que pueden ir en contra de tus propios intereses— o a los inmigrantes. Existe abundante literatura que demuestra que el rechazo a los recién llegados no se asocia tanto a su origen o etnia como al propio proceso migratorio. Allí donde las poblaciones son estables, aunque convivan diferentes etnias y orígenes, disminuyen las actitudes contrarias a la inmigración; es lo que se conoce como la «hipótesis del contacto». En cambio, allí donde se producen cambios demográficos rápidos, con independencia de las diferencias étnicas o del volumen real de población inmigrante, aumentan las reacciones negativas: la llamada «teoría de la amenaza al grupo». Cuando existe el temor a tener que repartir tu porción del pastel, crece el rechazo.
Decía antes que las redes solo explican parcialmente las causas y que, potencialmente, pueden difundir cualquier otro mensaje. Pero que tengan ese potencial no significa que lo hagan en la práctica ni que lo hagan con la misma intensidad. Por sus propias características, son al mismo tiempo causa y consecuencia.
La desvinculación entre productividad y salarios comienza con la llegada de la tecnología y las deslocalizaciones durante los años ochenta. Ahí empieza la reconcentración de la riqueza en pocas manos que hoy convierte a nuestras sociedades en profundamente desiguales. La aparición de internet en los años noventa consistía, en sus primeras etapas, esencialmente en contenido. Las expectativas que generó hicieron crecer las bolsas hasta que estalló la burbuja de las puntocom a comienzos de siglo. Para evitar una paralización de la economía, las autoridades estadounidenses redujeron drásticamente los tipos de interés, lo que provocó la firma masiva de hipotecas para compensar los escasos márgenes del crédito, frenada bruscamente con el famoso colapso financiero de 2008. Desde entonces, la economía nunca se ha recuperado del todo —la escasez de recursos persiste— e internet, y especialmente las redes sociales actuando como medios de comunicación mediante la transmisión y el filtrado de contenidos, han alimentado y agravado el problema.
Es cierto que sin internet tampoco habrían existido movimientos como #MeToo, el 15-M, Occupy Wall Street, Fridays for Future —que dio notoriedad a Greta Thunberg—, Open Arms, Black Lives Matter, el Umbrella Movement de Hong Kong, las Primaveras Árabes o el Procés y Tsunami Democràtic en Cataluña.
Pero las redes son inseparables de la hipersimplificación de la comunicación: sin intermediarios, más directa y más «democrática», en el sentido de que cualquiera puede difundir su mensaje. Los algoritmos de estos entornos buscan mantenernos conectados el mayor tiempo posible, favoreciendo la especulación, la inmediatez sin verificación, la emocionalidad y la confrontación.
Cristina Fallarás, en la misma conferencia a la que hacía referencia, afirmó —y comparto plenamente esa idea— que el movimiento #MeToo no podía haber surgido en los medios tradicionales porque quienes los dirigían eran hombres; yo añadiría: hombres poderosos. Sin embargo, esas redes también tienen propietarios con intereses propios. No puede esperarse un algoritmo neutral, especialmente cuando, como hemos visto, forman parte inseparable de este proceso de concentración económica y de poder, con la consiguiente reducción de recursos disponibles para el resto.
Tenemos numerosos ejemplos de cómo las redes no han actuado de forma neutral: la manipulación del referéndum del Brexit mediante Cambridge Analytica, la intervención de Internet Research Agency en las elecciones estadounidenses de 2016 o los vínculos actuales con la administración Trump. Es un juego con las cartas marcadas, en el que la notoriedad que puedes alcanzar siempre está condicionada por lo que se decide en unos pocos despachos. El potencial amplificador del discurso siempre favorecerá las ideas que beneficien a quienes controlan esas plataformas.
Ante un contexto tan favorable a la reconcentración de los derechos —o, más exactamente, de su disfrute— resulta indudable que el uso que han hecho de las redes ha sido inteligente. En cambio, no es tan evidente que puedan utilizarse con la misma eficacia para difundir discursos opuestos, ni siquiera en un escenario teóricamente neutral desde el punto de vista del algoritmo.
Se trata de discursos antiinstitucionales, construidos desde los márgenes. Su fuerza reside, precisamente, en la sensación de que «no hay nadie detrás». Es simplemente alguien que, de forma libre y por convicción personal, decide defender una determinada posición. Si durante décadas el poder ha estado en manos de un conjunto de instituciones —partidos políticos, gobiernos, parlamentos, ONG, organizaciones supranacionales, la Iglesia…— y esas instituciones nos han conducido a una situación de competencia por las migajas, entonces carecen de autoridad moral para hablar del problema. Cuando organizaciones políticas, actuando de buena fe, intentan explicarse a través de las redes, lo que obtienen es un swipe up —el gesto de deslizar hacia arriba para pasar al siguiente contenido— en cuanto el usuario identifica quién es el emisor del mensaje. Todo ocurre antes incluso de que pueda escuchar una sola frase.
Son discursos emocionales, nacidos desde las entrañas o desde la herida, y muy dinámicos, con constantes cambios de ritmo y de tono. No son grandes reflexiones. Aunque existen excepciones —es evidente que algunos poseen amplios conocimientos y razonan con solvencia—, en términos generales presentan una lógica pobre. Expresan en voz alta aquello que «todo el mundo» piensa. «Las mujeres se aprovechan de que la ley las favorece» o «los inmigrantes se quedan con todo» no necesitan demostración porque «es evidente». «Todo el mundo lo ve». Quien no lo hace es porque o bien vive del sistema gracias a las «paguitas», o bien le falta inteligencia. La centralidad de estas ideas posee un enorme poder: hace innecesario demostrar aquello que se afirma. Está en la calle; basta con mirar alrededor.
Hablan de un mundo que ha empeorado, pero, puesto que creen haber identificado la raíz del problema, ofrecen una salida esperanzadora. Solo hace falta eliminar las causas. Si el problema es que la presencia de inmigrantes agota los impuestos que pagamos, basta con prohibir su entrada. No hay espacio para incorporar al debate las causas sociales y económicas del fenómeno migratorio —ni en origen ni, sobre todo, en destino—, ni para añadir variables de análisis como la demografía, la relación entre delincuencia y riqueza o los niveles de utilización de los servicios públicos. Da igual porque, como decíamos, «se ve en la calle». A sus ojos, la complejidad solo sirve para ocultar la verdadera causa del problema.
El lenguaje debe ser duro, contundente e implacable. Las redes compiten por nuestra atención. Cada plataforma tiene sus particularidades, pero, en términos generales, cualquier interacción con un contenido contribuye a amplificarlo: comentar, compartir o reproducir son las más evidentes. Pero incluso abrir la descripción o leer los comentarios ayuda a incrementar su difusión. Por eso quienes utilizan un tono agresivo y provocador parten con ventaja. Incluso quienes entran para insultarlos o burlarse de ellos acaban recompensándolos con más visualizaciones.
La política, cuando se hace bien, es compleja. Intentar reproducir esa complejidad desde organizaciones que llevan décadas actuando —partidos, entidades, periodistas o comunicadores— les resta credibilidad. No solo deberían explicar el nuevo mundo que desean construir, sino también por qué no lo han hecho hasta ahora. Y esa segunda explicación, necesariamente, resulta mucho menos apasionada.
Sin embargo, la principal característica de este fenómeno es que no responde a una comunicación centralizada ni corporativa. Los primeros grandes altavoces fueron personas sin una organización detrás. Uno de los casos más exitosos fue el de Sergio Candanedo. A mediados de la década de 2010 creó un canal de vídeo llamado «Un Tío Blanco Hetero». Disfrazado de preservativo, con gafas de sol y sudadera negra que ocultaban completamente su identidad, criticaba los avances del feminismo. Durante un tiempo nadie sabía con certeza quién era, hasta que decidió mostrarse públicamente. El carisma del personaje explotó y reunió cientos de miles de seguidores en muy poco tiempo. No era el proyecto de ningún lobby ni de ningún grupo interesado en difundir el discurso de un partido político. Como él aparecieron muchos otros, la mayoría sin éxito. Precisamente esa ausencia de articulación organizada en los inicios de muchos de estos divulgadores resulta clave para otorgarles legitimidad.
Cada vídeo tiene vida propia; el discurso aparece fragmentado. En uno puede atacar la feminización de la sociedad y en el siguiente afirmar que «todos los políticos son iguales». Así, una persona feminista que solo vea el segundo vídeo puede compartirlo convencida de que transmite una crítica razonable, sin darse cuenta de que está ayudando a ganar seguidores a alguien que en el siguiente contenido difundirá mensajes radicalmente opuestos a sus propios valores.
Se hizo especialmente conocido el caso de Rubén Gisbert. El joven abogado colaboraba con el medio conservador El Imparcial y publicaba vídeos en YouTube. Durante las inundaciones provocadas por la DANA que devastó la comarca valenciana de l’Horta Sud, publicó un vídeo en el que culpaba de la tragedia a todos los partidos políticos. El vídeo se difundió como la pólvora. El equipo del programa de Iker Jiménez lo contrató como colaborador y, antes de una conexión en directo, llegó incluso a mancharse los pantalones de barro para aumentar el dramatismo de la escena. Puro sensacionalismo en un contexto en el que acababa de morir tanta gente. Además, antes y después de aquel vídeo insistió una y otra vez en que en el aparcamiento de un centro comercial habían fallecido centenares de personas —afirmaba conocer perfectamente el lugar—, algo que era completamente falso. En su canal de YouTube abundan los vídeos de contenido delirante. Sin pretenderlo, muchas personas acabaron dando difusión a unas ideas profundamente contrarias a las suyas.
La constelación de creadores de contenido que transmiten mensajes similares es enorme. Además, es autorreferencial: se citan unos a otros, conversan entre sí, organizan charlas conjuntas y atacan e insultan a quienes hacen exactamente lo mismo desde otros espacios ideológicos. Una forma de mantener constantemente la olla hirviendo que genera comunidades de seguidores que viven esas disputas como si fueran combates de lucha libre.
De forma natural, cada red social se ha especializado en un tipo de contenido, aunque todas apuntan en la misma dirección.
YouTube y los pódcast están llenos de análisis, desmintiendo la idea de que los contenidos largos no tienen cabida. Un mismo creador puede analizar la DANA, la crisis en Irán, los movimientos democráticos de Hong Kong y los supuestos casos de corrupción de uno u otro partido.
TikTok e Instagram, con un estilo más desenfadado, distribuyen piezas breves que, en unos casos, buscan transmitir una idea concreta y, en otros, atraer audiencia hacia contenidos más extensos.
Twitter (o X) es el espacio del debate, la descalificación, el insulto y, por supuesto, también de la distribución de contenidos.
LinkedIn está lleno de análisis más elaborados, aunque igualmente extremistas, que con frecuencia conectan el universo financiero con los valores del sistema.
Todo termina conformando un metaverso narrativo, como Star Wars, en el que las distintas líneas temporales se entrecruzan y producen un contenido interdependiente que se retroalimenta constantemente. Un espectáculo. A fuerza de ver a creadores de contenido diciendo «lo evidente», aquello que «todo el mundo calla», el discurso acaba normalizándose y salta a la conversación pública. Pero eso no basta. Hace falta reconocimiento y credibilidad más allá de los usuarios de YouTube o LinkedIn.
Es ahí donde entra en juego el capital. Uno de los fenómenos más curiosos es la aparición de una red de pseudomedios que se alimentan casi exclusivamente de todo lo que ocurre en las redes sociales. Elaboran refritos de las noticias publicadas por los medios tradicionales y los rellenan con publicaciones de estos creadores de contenido. Los usuarios ven confirmados sus propios sesgos cuando alguien con apariencia de credibilidad —aunque desconozcan el medio o quién está detrás de él— refuerza esa tesis mediante un titular y un texto redactado, en el mejor de los casos, por un becario. No existe verificación de fuentes ni de datos. Porque, como hemos dicho, ese no es el objetivo.
Sin embargo, el gran salto desde los márgenes hasta la centralidad se apoya en la feroz lucha por unas décimas de audiencia. La televisión fue durante mucho tiempo una industria con enormes recursos económicos y audiencias muy concentradas, lo que permitía producir programas muy costosos. A medida que aparecieron nuevos canales, las audiencias se fragmentaron y fue necesario contener los costes. La forma más barata de producir contenido es la tertulia: no hace falta desplazar equipos al lugar de los hechos, enviar corresponsales al extranjero ni dedicar horas al montaje en una sala de edición. Y, del mismo modo que ocurre en internet, un tertuliano conflictivo siempre obtiene mejores resultados que uno pausado y reflexivo.
La efervescencia de las redes sociales acaba, de vez en cuando, aumentando de intensidad hasta lograr que determinados asuntos salten al debate público. Eso anima a los programas matinales y a los magazines de tarde a invitar a representantes de ambas posiciones y, finalmente, quienes antes permanecían en los márgenes obtienen la legitimidad de defender públicamente sus ideas.
Cuando una cuestión ocupa una posición tan central que discutirla conlleva un elevado coste social —hace veinte años, por ejemplo, resultaba muy difícil cuestionar que las mujeres merecían una mayor representación de la que tenían—, sentar frente a frente en una mesa a una persona que la defiende y a otra que la cuestiona supone legitimar a quien antes no disponía de ese espacio. Da igual la calidad de sus argumentos: el nuevo marco presenta dos posiciones donde antes solo existía una.
Esa es la razón principal por la que los medios de comunicación tienen una responsabilidad social. El poder que conceden a alguien simplemente por sentarlo a una mesa de debate es enorme. En primer lugar, porque lo dotan de credibilidad —mi abuela siempre repetía: «Si sale en la televisión, será verdad»—. Y, en segundo lugar, porque le otorgan influencia sobre uno de los bienes más valiosos: la agenda política.
Es en ese momento cuando nuevas herramientas políticas —nuevos medios de comunicación, partidos políticos u organizaciones sindicales— pueden recoger los frutos de ese proceso. Un rendimiento prácticamente imposible para los actores tradicionales, precisamente por todo lo que han tenido que gestionar hasta ahora en una realidad compleja.
Una figura o una idea puede hacerse grande fuera de las instituciones y ser incorporada posteriormente por ellas; hacerlo a la inversa despierta desconfianza. La única legitimidad que un partido puede ofrecer a un divulgador de sus ideas consiste en que la propia organización sea nueva, sin el peso de decisiones pasadas. Gestionar con éxito la complejidad nunca ha sido compatible con la simplificación. Por eso los partidos de nueva creación han crecido refugiándose en las redes sociales. Primero fue Podemos, impulsado por el 15-M —aunque en este caso la defensa de la democracia y de los sectores más vulnerables estaba clara, también compartía los problemas derivados de simplificar la realidad mediante un maniqueísmo difícil de sostener cuando se ejerce el poder—. Más tarde llegaron VOX en España y Aliança en Cataluña.
Si somos sinceros, los partidos tradicionales también han intentado reproducir este modelo. Hoy sabemos que prácticamente todos ellos han comprado perfiles falsos para desgastar a sus adversarios y defender a sus líderes y argumentos. El fracaso de esa estrategia resulta evidente.
De hecho, las reacciones de rechazo por parte de los actores tradicionales no hacen más que fortalecer a estos nuevos discursos, porque, al presentarse como críticos con quienes nos han conducido hasta la situación actual, esas reacciones se convierten en una prueba que confirma la validez de su relato.
Terminaba el año 2020, el año de la pandemia. La gente, confinada en casa con niños y personas mayores, había vivido la incertidumbre, perdido el trabajo y los ingresos y, en muchos casos, incluso a seres queridos. En ese contexto, Tatiana, una criminóloga de Segovia, publicó un vídeo muy bien realizado. En él aparecía caminando lentamente mientras recordaba todos los sacrificios que habían soportado los ciudadanos: quedarse en casa, comprar mascarillas a precios abusivos, cerrar negocios, educar a los hijos por internet, médicos y enfermeras haciendo dobles turnos…
Entonces aceleraba el paso tras afirmar que había llegado el momento de que fueran los ciudadanos quienes exigieran: que no subiera la factura de la luz, que se mantuviera la cuota de los autónomos, que se protegiera el presupuesto destinado a la investigación, que se blindaran los contratos de quienes habían estado en «primera línea» durante la crisis sanitaria, que se defendiera al sector de la restauración y que los políticos no se subieran el sueldo. Comenzaba el cierre reclamando «respeto, dignidad y honor», porque «España está muy por encima de vosotros» —de los políticos, se entiende—. Se preguntaba: «¿Votar? ¿A quién?». «España necesita un capitán para un barco que va a la deriva», un capitán que no se encuentra entre los actuales líderes. Finalmente, despedía el año citando —de forma inexacta— una frase atribuida a Abraham Lincoln: «Se puede engañar a una parte del pueblo durante algún tiempo, pero no se puede engañar a todo el pueblo todo el tiempo».
El vídeo estalló en las redes sociales porque reunía todos los ingredientes para hacerlo:
En definitiva, cumplía todos los requisitos para hacerse viral. Inmediatamente, mucha gente quiso saber quién era aquella mujer. Sobre todo porque algunos elementos de su discurso encajaban con la retórica populista utilizada por los divulgadores iliberales.
Establecía una separación muy clara entre unos ciudadanos que sufrían y unos políticos que se aprovechaban de la situación, insinuando incluso prácticas corruptas mediante referencias como las «mascarillas con sobreprecio» o la idea de que los políticos solo pedían sacrificios sin ofrecer nada a cambio.
Hacía constantes referencias a la identidad nacional, llegando en algunos momentos a una cierta exaltación patriótica, como cuando afirmaba que «España está muy por encima de vosotros».
Utilizaba valores habitualmente asociados al pensamiento conservador, como el «honor», y acompañaba sus palabras con un lenguaje corporal firme, señalando con el dedo índice en determinados momentos y proyectando una imagen de autoridad.
Introducía además, de forma sutil, una cuestión que entonces ocupaba el centro del debate político: si los bares debían permanecer abiertos o seguir cerrados. Los partidos conservadores llegaron a equiparar tomarse una cerveza con la libertad frente a un Gobierno que lo prohibía por razones sanitarias. Ella, sin decirlo explícitamente, apuntaba esa renuncia como otro sacrificio impuesto a la ciudadanía.
Incluso existía un cierto tono de amenaza cuando contrapone los cuarenta y siete millones de españoles frente al reducido número de políticos.
Poco después se descubrió que había colaborado con una emisora propiedad de falangistas, Radio Ya, donde dirigía una sección sobre crímenes, su especialidad profesional. A partir de ahí comenzó la batalla política. Los medios progresistas la señalaron como vinculada a la extrema derecha. Los medios conservadores, por el contrario, difundieron aún más el vídeo e incluso intentaron incorporarla a sus filas, según explicó ella misma posteriormente. Y los medios que legitiman el discurso ultra sin formar parte explícitamente de él —las televisiones de las que hablábamos antes— aprovecharon el caso para denunciar los excesos de la izquierda, acusándola de llamar fascista a cualquiera que no piense como ella.
Fue entrevistada en el programa «Todo es mentira», presentado por Risto Mejide. Sin embargo, la entrevista sirvió más para que el propio programa se defendiera de las constantes acusaciones de dar voz a la ultraderecha que para que Tatiana pudiera explicar realmente su posición. En el poco tiempo que tuvo para hacerlo, explicó que el detonante del vídeo había sido el incremento de la cuota de autónomos que pagaba su madre. Un problema tan concreto como transversal.
Lo cierto es que, desde entonces y hasta donde sé, Tatiana ha publicado principalmente vídeos de desarrollo personal y de promoción de sus novelas de ficción. Apenas he encontrado contenidos políticos posteriores y, de hecho, existe uno en el que defiende los derechos de los homosexuales. Probablemente, por tanto, se trate simplemente de una persona con un discurso político poco elaborado, pero con buenas intenciones y unas extraordinarias capacidades comunicativas.
Lo verdaderamente interesante de este caso es que, aun sin pertenecer a ninguno de los grupos interesados, todos intentaron apropiarse de ella para integrarla en su propio relato. Las reacciones posteriores terminaron legitimando a todos los actores implicados. Cada uno desempeñó exactamente el papel que le correspondía.
Ella era, literalmente, una persona anónima, ajena al sistema. Alguien con una preocupación ampliamente compartida hacia la clase política y otra muy concreta: la cuota de autónomos que pagaba su madre. Es decir, alguien como cualquiera de nosotros.
Los extremistas utilizaron su discurso para alimentar la idea de que era necesario acabar con el establishment. Una persona corriente decía en voz alta aquello que, según ellos, era «evidente»: que el problema eran los políticos.
Los medios de comunicación, que necesitan justificar continuamente su propio papel, aprovecharon tanto su anonimato como la dureza de los ataques procedentes de la izquierda para defender que ellos únicamente daban voz a todas las opiniones.
La izquierda se presentó como la única defensora de la democracia, llamando a proteger las instituciones actuales mientras señalaba con el dedo a la joven, a las fuerzas reaccionarias y a los medios tradicionales.
En definitiva, las reacciones de cada uno terminaron justificándose precisamente por las reacciones de los demás. Una espiral descendente que va erosionando lentamente la legitimidad del sistema.
¿Pueden los partidos y las organizaciones tradicionales utilizar las mismas herramientas? ¿O ya no tiene sentido que publiquen nada? Mientras sigan siendo representativos siempre habrá un grupo de personas motivadas a su alrededor y nunca está de más explicar sus posiciones. Tiene sentido seguir generando contenidos de carácter reflexivo o ideológico para exponer sus planteamientos, como continúa haciendo Pablo Iglesias a través de «La Tuerca» o Jordi Graupera mediante «Ensems». Sin embargo, para reproducir la estrategia de los extremistas tendrían que hacer exactamente lo mismo que ellos: construir un discurso sencillo, emocional, provocador y canalla. Y, respecto a ello, conviene plantearse dos preguntas.
¿Les resultaría realmente eficaz teniendo en cuenta el déficit de credibilidad que arrastran? La única vía razonablemente viable parece pasar por nuevos agentes independientes y, quizá, por fragmentar los contenidos. En lugar de agruparlo todo bajo el paraguas del partido, podrían crearse campañas centradas en cuestiones concretas, alineadas con su línea política, pero dotadas de una identidad propia.
Y, aun suponiendo que esa estrategia funcionara, ¿es ese el tipo de partidos que queremos? ¿Es realmente deseable que incluso quienes, por responsabilidad, están obligados a ofrecer explicaciones complejas acaben simplificando y diluyendo sus mensajes? A mi juicio, la respuesta es no.
Necesitamos ampliar el debate, añadirle matices en lugar de eliminarlos, ser conscientes de cómo aquello que defendemos puede perjudicar y beneficiar a otras personas y comprender también cómo nos afecta a nosotros mismos una vez superados los efectos inmediatos que perseguíamos. Tenemos sobre la mesa problemas extraordinariamente complejos: el aumento del precio de los alquileres, la desaparición de servicios en las grandes ciudades excesivamente orientadas al turismo, el estancamiento del poder adquisitivo de las familias desde hace más de dos décadas o un modelo de crecimiento basado casi exclusivamente en empleos de bajo valor añadido. ¿De verdad vamos a resolver todo eso con soluciones que pueden explicarse en treinta segundos?
Los partidos deben seguir explicándose, sí, pero dejando de tratar a los ciudadanos como si fueran idiotas. En realidad, no renuncian al discurso de los treinta segundos porque no quieran utilizarlo, sino porque carecen de la credibilidad necesaria para hacerlo funcionar. Necesitamos que todos los actores implicados en la vida pública sean honestos con la realidad al mismo tiempo que mantienen el compromiso con los cambios que han defendido. La alternativa no consiste en que los partidos tradicionales aprendan a comunicarse como quienes hablan desde los márgenes, sino en que esos discursos terminen ocupando todo el espacio que ellos abandonen.
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Cuando el bitcoin se convirtió en mainstream, me propuse entender su funcionamiento técnico y económico. Era la época en la que parecía que el blockchain cambiaría la forma en que gestionamos los activos, especialmente los digitales y, singularmente, las monedas. Leí algunos libros complementarios que reflexionaban sobre ello para comprenderlo de principio a fin.
El diseño técnico me maravilló, pero respecto a sus propiedades para convertirse en la herramienta con la que los bancos centrales, los fondos de inversión y nosotros mismos garantizaremos nuestra riqueza de la misma manera que ahora lo hacemos con el oro o los dólares, tengo mis reservas, aunque debo reconocer que el bitcoin ha ganado espacios de legitimidad. Sus defensores le atribuyen todas las virtudes necesarias para sustituir a los dos grandes valores de referencia: es escaso, duradero, divisible, fungible, verificable… Y, además, es más rápido que operar con oro.
El argumentario, sin embargo, no termina ahí. Destacan también su privacidad. Sin entrar en detalles, los bitcoin se acumulan en una especie de cuentas bancarias representadas por códigos alfanuméricos que no están asociados a ningún nombre. Por tanto, potencialmente cualquiera podría operar con su dinero sin supervisión del Estado. Y es que, dicen, el Estado sabe demasiado.
No hay duda de que la voracidad de la administración por obtener datos nuestros es desmesurada. Conocer nuestras transacciones no solo proporciona información sobre nuestra economía, sino también sobre lo que hacemos, adónde vamos, qué nos gusta, con quién nos relacionamos… ¿Es necesario que el Estado sepa todo eso?
La libertad individual, una de las bases sobre las que se sustenta el humanismo que forjó las democracias contemporáneas, encuentra en el Estado a veces un aliado y a veces un enemigo. La aspiración de los gobernantes por obtener datos de sus rivales internos para presionarlos, perseguirlos, desprestigiarlos o incluso asesinarlos es tan antigua como la humanidad.
Por desgracia, no hace falta remontarse mucho ni irse demasiado lejos para encontrar ejemplos. Los envenenamientos de los opositores a Putin son, quizá, los ejemplos más extremos de la Europa contemporánea. Pero en la propia España tenemos a un músico en prisión por acusar de ladrón al rey emérito (sic), encarcelamos durante una semana a dos titiriteros acusados de terrorismo, infiltramos policías en colectivos tan peligrosos como los profesores, y creamos, manipulamos y pervertimos pruebas, además de realizar escuchas ilegales, a decenas de personas por un delito despenalizado desde tiempos de Aznar, lo que acabó con condenas injustas y exilios. Todo ello con el beneplácito o la mirada estrábica de los medios que, en muchos casos, actúan como caja de resonancia del discurso que más interesa a los gobernantes. Y, por desgracia, probablemente España no sea una excepción.
Los riesgos de que alguien, ya sea la administración u otra institución, acumule demasiada información privada son altos. El conocimiento de dónde gastamos nuestro dinero no es neutro y puede utilizarse contra los ciudadanos que no pertenecen al grupo que gobierna. No es, por tanto, una cuestión menor.
Ahora bien, los defensores del bitcoin, en realidad, no hablan de nada de todo esto. Al contrario, nos alertan de que la administración lo hace para exigirnos después el pago de impuestos. Unos impuestos que sirven para financiar sus corruptelas, lo que legitima el uso de la tecnología que elude los controles.
Los humanos, como animales sociales, siempre hemos renunciado a espacios de libertad individual en favor del colectivo. Por tanto, un discurso que rechace completamente que puedan exigirse responsabilidades económicas hacia el grupo huye de la condición humana por puro egoísmo. Pero la discusión sobre si los impuestos se ajustan a lo que deberíamos pagar es legítima. Siempre podremos preguntarnos si pagamos suficiente, demasiado, si el conjunto recibe suficiente compensación por aquello que aporta y si distribuimos bien las cargas fiscales. No negaré que los impuestos reducen la libertad de quien los paga. Perdemos margen de decisión sobre a qué destinamos nuestros recursos, desde la cerveza más banal que dejamos de comprar, hasta el reciclaje formativo que nos permitiría ascender profesionalmente.
Pero si nos mantenemos en este esquema de ejercicio y privación de libertades, es necesario reconocer que también las otorgan. Los recursos no solo van a aprovechados y corruptos —y corruptores, los grandes olvidados—. También compran tiempo o margen —y, por tanto, libertad— a quienes reciben esos recursos de forma justa. El extremo más difícil de rebatir son los años de vida extra para enfermos que no habrían podido pagarse el tratamiento. Décadas de libertades imposibles de disfrutar desde el camposanto. Desde esta perspectiva, incluso el que paga impuestos y tiene la fortuna de no recibir un tratamiento de coste prohibitivo gana capacidad de gasto porque no se ve obligado a ahorrar para cubrirse de las contingencias.
Las cuestiones más interesantes relacionadas con los impuestos no tienen nada que ver con la capacidad recaudatoria —ni con los “metadatos” que la administración obtiene de ellos—, sino con la asignación de recursos, el exceso de burocracia, la fijación de prioridades e incluso la definición de cuáles son los niveles óptimos de impuestos —después de debatir para conseguir qué—.
Reducir la comprensión de las libertades individuales al derecho a no pagar impuestos es una trivialización de los fundamentos democráticos que, por desgracia, se ha extendido por la sociedad. Lo que delata este discurso es el total desinterés que sus defensores muestran hacia otras libertades. Tampoco nunca, o casi nunca, se oponen a empresas que acumulan la misma o incluso más información. Ni siquiera cuando ese poder les permite apropiarse de nuestra riqueza de una forma más o menos directa, situadas en posiciones privilegiadas dentro de las cadenas de valor productivas.
Hasta donde soy capaz de ver el futuro, tendremos que defendernos de la persecución de la administración y de sus connivencias. Debemos estar alerta. Las minorías, los colectivos minorizados, las oposiciones ―de derechas y de izquierdas, esto va por barrios―, los movimientos alternativos y, de hecho, los ciudadanos en general están hoy peor que hace una década. Es aquí donde hay que centrar la defensa del individuo como individuo libre, donde debemos plantar cara para defendernos de los abusos de las maquinarias estatales. De todos sus mecanismos, el de apropiarse de una parte de nuestro dinero no es, ni de lejos, el más limitante para nuestras libertades. No niego la necesidad de esos debates. ¿Están los impuestos en el nivel que toca? ¿Qué obtenemos colectivamente? ¿Para qué los hace servir la administración? Es necesario y legítimo. Pero reducir el concepto impuestos a aniquilación de libertad y gasto público a corrupción es infantil. Confunde su alcance e importancia, y toma una parte pequeña por el todo.
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El fenómeno de la creación de noticias falsas y su sistematización no es en absoluto nuevo. En El gran rumor, el experto en rumorología Marc Argemí, analiza las estrategias que siguieron las autoridades inglesas durante la Segunda Guerra Mundial. Al leerlo, te das cuenta de que las fórmulas actuales son las mismas que ya se utilizaban entonces, con el único añadido de que las redes sociales e internet se han demostrado un terreno fértil para hacerlas crecer y popularizarlas. Basta con un pequeño grupo de mentirosos para construirlas; del resto nos encargamos los demás, distribuyéndolas de manera acrítica cuando encajan con nuestros prejuicios.
Quizá si los medios tradicionales no sufrieran un gran descrédito social —ganado a pulso— la situación sería menos grave, porque, a pesar de todo, los mecanismos de control de la veracidad que ofrecían eran mejores que los actuales. Pero antes de poder investirlos de nuevo con esta responsabilidad, tendrán que repensarse, porque el tsunami de la desinformación es tan grande y devastador que también los ha transformado a ellos.
El papel de los medios de comunicación clásicos
Existe una gran controversia sobre el papel de quienes han sido históricamente nuestra fuente de información. Su función social era —y es— explicarnos qué pasa en el mundo y darnos elementos de criterio para formarnos una opinión propia. Gestionaban nuestra dieta informativa, que todos queremos equilibrada y sana.
Esto implica selección y priorización —de las que hablaremos más adelante—, condicionadas por la mirada del medio en cuestión. Es un juego de equilibrios entre el editor —que es la propiedad y tiene intereses cruzados políticos y económicos—, la dirección —que debería resultar incómoda para el editor—, los lectores —la verdadera razón de ser—, los anunciantes —que representan el grueso de los ingresos— y, por supuesto, multitud de grupos de interés —políticos, económicos, sociales…—. Todas estas partes mantienen un delicado juego de equilibrios que, bien gestionado y aunque pueda generar suspicacias, ha demostrado ser funcional durante muchos años.
En el centro están —o deberían estar— los ciudadanos, con necesidades distintas según la persona, la proximidad a los hechos, e incluso el momento del día… Y los medios, según su naturaleza, responden a ellas: la radio con inmediatez, la televisión haciendo tangible la noticia, y la prensa, con profundidad y análisis.
Información plana vs. jerárquica
A primera vista, internet parece ofrecerlo todo: más rápida que la radio, tan visual como la televisión y con acceso al análisis gracias a blogs como este. Un avance maravilloso, deslumbrante, que yo mismo defendí con vehemencia, convencido de que espolearía a los medios tradicionales a mejorar. El empujón que necesitaban para inclinar la balanza a favor de los lectores tras años en los que los intereses económicos habían primado. Me equivoqué.
Hay tanta gente publicando que el valor del contenido ha disminuido —y, en consecuencia, también la capacidad de pagarlos y, por tanto, el tiempo dedicado a elaborarlos y, finalmente, su calidad—, con incentivos muy perversos, como la primacía de la velocidad sobre la veracidad —es más costoso no haber sido el primero en publicar que la reina Isabel ha muerto que tener que corregirse porque todavía estaba viva—.
Incluso si asumimos que la voluntad de estos publicadores independientes es honesta, es imposible leerlo todo. Dejando de lado el problema de los algoritmos —lo recuperaremos más adelante—, la recepción de la información no tiene cribado. Es demasiado plana —o lo parece—. Esto hace recaer sobre nosotros, los ciudadanos, el esfuerzo de identificar qué es relevante. Esta tarea, en un periódico, la realiza una redacción, donde trabajan equipos que, además, disponen de herramientas —notas de prensa, teletipos de agencia, contactos…—. Es una labor inalcanzable para una sola persona.
Aquí es donde el modelo de los medios tradicionales se vuelve indispensable. Su principal misión es, precisamente, señalar qué es relevante y qué no. En otras palabras, jerarquizar la información. La alternativa —seductora— es la falacia de hacerlo nosotros mismos. En realidad, esta ilusión de libertad nos deja a la intemperie frente a las acometidas de los intereses de los creadores de contenido, sean o no fake news.
Internet y el formateo de la información
La información siempre llega a través de una forma que la organiza. El titular, la fotografía o la estructura del texto son elementos que condicionan la impresión que se lleva quien la recibe.
Cualquiera que quiera hacer un periódico en papel debe atender a unas reglas. Los lectores a menudo ni siquiera son conscientes de que existen —esa aparente banalidad es su fuerza y conlleva una gran responsabilidad, porque se puede hacer un mal uso de ellas—, pero, si desaparecieran, las echarían de menos. Por ejemplo, nadie aceptaría que, al pasar la primera página de un diario generalista, se encontrara una sección de entretenimiento —como pasatiempos o deportes— en lugar de una considerada “importante” —como internacional o política—.
Incluso los artículos tienen una estructura que los hace inteligibles:
Todo esto requiere de oficio y solo los buenos cocineros le encuentran el punto a la sal. Pero Google llegó a comienzos de siglo y cambió las reglas del juego. Los formatos antiguos estaban desfasados porque no eran óptimos para el consumo online. Desde el principio insistieron a los creadores de contenidos en la importancia de la longitud de los artículos —ni demasiado cortos, ni demasiado largos— y en la presencia —a ser posible con repeticiones— de las palabras que los usuarios utilizan para encontrarlos, cuanto más cerca del inicio del artículo, mejor.
Por eso, muchas publicaciones ni tienen la longitud adecuada para lo que quieren explicar ni empiezan por lo más importante. Saben que nos saltamos su lectura, pero un relleno inicial con un montón de palabras relacionadas mejora los resultados de las búsquedas. Esto es muy evidente en las recetas de cocina, que a priori no requieren grandes explicaciones, pero que suelen iniciarse con contenido irrelevante para la preparación, como este estofado de Directo al paladar.

Google también estableció un mecanismo para dar autoridad a las páginas —dependiendo del número de visitas y no de la calidad intrínseca del texto— que, además, se transmite a otras si la página con autoridad tiene enlaces. Como consecuencia, si quieres promocionar un artículo, tienes que citarlo en otras publicaciones, lo que provoca que los periodistas fuerzan la presencia de referencias.
El golpe final llega con la popularización del consumo de contenidos a través del móvil. Todos los contenidos en línea se han adaptado a él. La filosofía de diseñadores y programadores es mobile first: el contenido se maqueta primero para el móvil y después se adapta al resto de pantallas. El impacto más obvio son las fotografías, que han dejado de hacerse apaisadas, aunque suelen ser la mejor opción.
Naturalmente, los medios tradicionales no han sido ajenos a este formateo visual y de jerarquía de la información que, a su vez, nos formatea a nosotros mismos. Ya no va de calidad, sino de volumen. Se buscan las visitas, no que entiendas. Por eso interpretar la realidad es hoy mucho más difícil, como si viviéramos en un McDonals informativo.
Comparemos un mismo día en un mismo medio: la portada de La Vanguardia del lunes 15 de diciembre de 2025 muestra claramente los dos temas principales. Es fácil fijar la vista y dedicarles unos segundos, para después repasar rápidamente pequeños temas que están en la periferia. Fácil.

La versión web cambia un poco en función de la hora, pero tiende a mantener el contenido todo el día. Claramente buscan el equilibrio entre la inmediatez y la apuesta por ciertos contenidos. Los temas que están más arriba —lo que, como lectores, entendemos como más importante— tienen todos un tamaño similar y representan cuatro temáticas no relacionadas. Comprenderlo de un vistazo ya no es tan fácil como en el papel. Después hay un bloque de tres artículos relacionados bien estructurados, pero enseguida tenemos la sección de actualidad, con tres artículos desconectados entre sí. Cuesta más entender qué es importante y, por eso, es más probable que nos deslicemos por encima.

El móvil es precisamente el medio más confuso, porque es sencillamente un hilo de noticias desconectadas unas de otras, como se puede ver en este vídeo:
Se hace imposible llevarse una imagen clara de qué es importante y qué no. Y recordemos que el diseño crece del móvil a las pantallas grandes, lo que las contamina. Pero eso no es todo.
Salud, psicología, tecnología y las nuevas jerarquías transparentes
El problema de los soportes clásicos —TV, radio y prensa— con el exceso de dependencia de la publicidad se ha agravado. Para los “nuevos” medios gratuitos, el lector no es más que la oportunidad de impresionar un anuncio en un dispositivo y cobrar un poco de dinero. Para ser rentables, se necesitan muchas de estas impresiones. Y, como es lógico, estos consumidores de publicidad se cazan en los buscadores —que ya hemos analizado superficialmente— y en las redes sociales, que tienen una lógica interna completamente distinta.
En sus webs y aplicaciones, las redes muestran los titulares de los artículos. Si estos cumplen su función —resumir la noticia—, los clics caen en picado —y, a su vez, las deseadas impresiones publicitarias—. Por eso ahora sufrimos esta lacra de titulares que, en lugar de explicar, preguntan (“los cinco tips para saber si…”, “no creerás lo que le dijo el futbolista al entrenador después del partido…”), lo que rompe por completo la lógica informativa.
Otra forma de generar visibilidad es a través de las interacciones. Cuanto más polémico sea el artículo, mejor. Da igual que los comentarios sean críticos. Incluso el hecho de que un usuario abra el hilo de comentarios —aunque solo quiera leer sin participar— ya tiene un impacto positivo en el posicionamiento. Por eso medios serios se han abonado a poner el enlace de la noticia en el primer comentario, en lugar de en el encabezado, donde sería natural. Los usuarios abren el hilo, lo que las redes computan como interés.
Y falta una tercera pata, silenciosa pero hoy muy relevante: los agregadores tipo Google Discovery o MSN, que muchos tenemos en el móvil y el ordenador. Están llenos de artículos “blancos” sobre salud, psicología, tecnología, famosos… Con el menú gigantesco de opciones que tenemos, el premio se lo lleva lo llamativo, claro.
Los lectores no abren un artículo sobre la importancia de comer legumbres —eso ya lo saben—; van al que detalla los riesgos de ingerir gluten —aunque esté lleno de imprecisiones científicas y sea contraproducente—. No leen el que describe por qué superar una depresión cuesta tanto, sino el que explica los cuatro pasos infalibles para lograrlo, como si fuera un manual —absurdo— que hace más daño que bien.
Estas prácticas, propias de pseudomedios, también las utilizan las grandes cabeceras. De cara al público, nos muestran las “noticias” en un formato más clásico —aunque imperfecto, como hemos visto—, pero por detrás sus webs se están llenando de contenidos premiados por los “proveedores” de usuarios —buscadores, redes y agregadores—.
El sueño de la información plana, sin jerarquías, con la que podíamos fijar nuestros criterios, ha apuntalado una nueva jerarquía dominada por los algoritmos. Por si fuera poco y como es sabido, los algoritmos nos dan más raciones de lo que nos gusta, por lo que el sueño de la autogestión de la dieta informativa tiene un sesgo brutal. No solo condicionan lo que vemos —lo más polémico—, condicionan lo que se escribe —que necesita ser llamativo—, con el obvio impacto en la propia estructura de la información. El problema, por tanto, no son solo las fake news, sino el sistema en su conjunto.
La historia, que no se repite, pero rima
La prensa ya vivió un proceso similar con la aparición de la penny press. Hasta mediados del siglo XIX, solo los ricos podían permitírsela, pero la aparición de la máquina de vapor y la impresión automática democratizaron su acceso. Por un penique podías comprar un tabloide, pero con un gran coste oculto: la competencia, feroz, llamaba la atención con sensacionalismo que, a su vez, genera inseguridad ciudadana y miedos sociales compartidos.
Vivimos una época similar en lo informativo. Demasiada información no sirve para entender la realidad, sino que, más bien, la vuelve incomprensible. Y como el clic lo gana el sensacionalista, todos los medios lo son más de lo que eran, lo que amplifica los miedos sociales sin atender a ninguna realidad.
La jerarquía de contenidos es justo lo que da sentido a dejar que alguien decida por ti dónde poner la mirada. Su asuencia es, en realidad, una jerarquía transparente y banal. Indetectable, pero presente. Que ya no domina una redacción, sino un algoritmo.
Si los medios mezclan artículos de calidad con otros vacíos de contenido, los lectores tenemos que volver a trabajar para separar el grano de la paja. Voluntariamente o no, alimentan la rueda de la desinformación en la que vivimos.
Ahora se nos presenta el reto de la IA generativa. Los pioneros en analizar cómo afectará a las búsquedas de los usuarios —y, por tanto, al reparto del pastel de las visitas— nos dicen que lo más importante será la forma en que se conectan las ideas en el texto. Veremos qué ocurre. Pero, de nuevo, la forma natural de explicar los hechos se verá condicionada y podríamos dar un paso más en la dirección equivocada.
La desaparición de los aspectos negativos de la penny press llevó décadas, con la especialización de la prensa —algunos medios se quedaron con el “amarillismo”— y la consolidación de los grandes diarios urbanos —ver el mundo desde un lugar con mirada propia—.
Abandonar el colesterol informativo
Otorgar a las cabeceras la confianza de la selección de contenidos no implica hacerlo de forma acrítica. Es una gran responsabilidad y hay que exigirles en consecuencia. Han cometido muchos errores —y aún los cometen— y hay que estar alerta. Quizá necesitemos nuevos actores, no lo sé.
Sea como sea, alguien tiene que ayudarnos a escapar de la lógica del algoritmo. Que jerarquice y elija bien y nos evite el esfuerzo titánico de separar qué es cierto y qué es falso, qué es importante y qué es prescindible. No hace falta que haga la misma selección que haríamos nosotros; por eso es bueno tener más de un medio de referencia. Y, obviamente, no hay que abandonar internet; más bien aprovechar lo que hemos aprendido en lo analógico para mejorarlo, y no al revés.
Las sociedades sanas son capaces de tener debates sobre temas que afectan de verdad al día a día. El papel de los medios ha de ser generar el contexto donde eso es posible. Con toda seguridad, la respuesta está más en el contenido propio que en las visitas y las audiencias, que no pueden ignorar, pero tampoco deben ser la medida de su éxito.
Los medios han de recuperar un modelo informativo funcional, o sufriremos las consecuencias de un sistema esclerótico, incapaz de debatir sobre temas importantes, taponado por el exceso de noticias falsas e irrelevantes. Y los ciudadanos, asumir que ellos solos no pueden. Que el triaje previo es imprescindible, y que quedar en manos del youtuber o tiktokero de turno —o grupo de ellos— los deja a su merced.
Ahí está en punto donde las dos partes se necesitan. Esperemos que nos demos cuenta antes de que llegue el infarto, o pagaremos las consecuencias.
]]>Cuando los realizadores toman esta decisión, tienen en cuenta lo que la técnica les aporta. Pero no hay que perder de vista también lo que les quita. Para entenderlo, me gustaría comparar dos escenas con premisas similares: una rodada en continuidad y otra, montada.
Sabemos que un plano secuencia no es más que un plano anormalmente largo, que puede durar desde unos segundos hasta más de una hora. Pero esta definición no basta para comprenderlo en profundidad.
El campo/contracampo
De hecho, los primeros rodajes de los Lumière eran largos y estáticos. ¿Podríamos considerarlos planos secuencia? No exactamente. Porque no existía la conciencia de que se podía hacer de otra manera. No era un recurso: era, sencillamente, la única forma de hacerlo.
Lo que da forma al cine tal como lo entendemos se desarrolló, sobre todo, a lo largo de la década de 1910. Se dieron cuenta de que la realidad fotografiada podía fragmentarse. El espacio y el tiempo son dúctiles, flexibles y plásticos en el cine. La principal consecuencia de esto es lo que conocemos como montaje. En definitiva, descubrieron los elementos constitutivos básicos de una secuencia.
De forma esquemática, las escenas tienen:
Es decir, empezamos en plano general, pasamos a planos cortos y terminamos, de nuevo, en plano general.

Podemos verlo en una de las primeras secuencias de Los Soprano, cuando Tony visita a la psicóloga. La entrada a su despacho es en plano general (1), seguida de un campo/contracampo (2, 3) y, finalmente, cuando el mafioso se marcha enfadado, regresamos al plano general (4).
Además de mostrar a los dos personajes, también hay otra herramienta: el plano detalle. En la vida, los ojos y el cerebro forman un equipo magnífico capaz de ignorar la inmensa cantidad de información irrelevante del entorno. La cámara necesita del montaje y del plano detalle para simularlo.
En Crimen Perfecto, un hombre contrata a un asesino para acabar con la vida de su esposa. Le pide que se esconda detrás de una cortina cercana al teléfono antes de que él llame a una hora concreta. Inocentemente, ella se acercará y él solo tendrá que estirar el brazo.

A punto de esconderse, el asesino consulta el reloj, y es gracias al plano detalle (y, por tanto, al montaje) que sabemos que está a punto de llegar la hora.
La renuncia al campo/contracampo
La radicalidad del plano secuencia consiste, precisamente, en renunciar al recurso del campo/contracampo: a su versatilidad y a su capacidad de centrarse en lo importante. De alguna forma, el montaje nos permite ver lo que se esconde detrás de la imagen con un simple corte.
Si la cámara enfoca a Tony Soprano y es un plano secuencia, la única manera de mostrar las reacciones de la psicóloga es girando la cámara, lo que nunca será tan inmediato como un corte. O, en el caso de Crimen Perfecto, tendremos que imaginar la hora y percibir la tensión mediante otros recursos.
A cambio, el plano secuencia ofrece naturalidad. En realidad, es muy abstracto lo que hace el cine al cambiar el punto de vista mediante cortes. Rodar en continuidad se asemeja más a nuestra experiencia humana, como si fuera subjetiva. Lo acerca al documental. Es lo que ocurre, por ejemplo, en Presence, la última película de Soderbergh, rodada con planos secuencia desde el punto de vista de un fantasma.
Como los espectadores están educados en la estructura de las secuencias (plano general, campo/contracampo, plano general), un plano general después de una conversación rodada campo/contracampo, les anticipa que la escena se acaba. El plano secuencia es más imprevisible. Nada visual advierte del final.
Una historia, dos soluciones
Analicemos dos escenas con premisas similares: los finales de Los puentes de Madison y Vidas pasadas.
La solución, sin embargo, es muy distinta:
La expresividad del campo/contracampo en Los puentes de Madison
Clint Eastwood aprovecha muchas de las herramientas que aporta el montaje tradicional, imposibles de obtener con un plano secuencia:





El silencio tenso del plano secuencia en Vidas pasadas
Renunciar a este catálogo de emotividad es arriesgado y debe hacerse con un objetivo concreto. En Vidas pasadas, Celine Song, la directora, quiere que sintamos el silencio entre ellos en el momento previo a la despedida. Esto justifica el plano largo, casi eterno, que nos incomoda tanto como a ellos.

Celine demuestra inteligencia porque, cuando los personajes hablan, el recurso se vuelve limitante. No podríamos ver las reacciones de él. En lugar de atar el destino del relato a un único recurso narrativo, toma la decisión de cortar a un campo/contracampo clásico.
Finalmente, cuando él se ha ido, el plano vuelve a la continuidad sin cortes. La acompañamos a ella de camino a casa, sola y llorosa. El plano tiene mucha fuerza porque nos permite asumir que sabe que ha hecho lo correcto, pero ha dejado escapar el deseo. Caminar a solas con ella subraya el dramatismo a la perfección.

¿Arte o paja mental?
Para elegir entre una opción y otra, hay más elementos técnicos, estéticos y narrativos que los expuestos aquí. Lo que está claro es que un plano secuencia no debería ser solo una demostración de virtuosismo: debe ser, sobre todo, la mejor alternativa para contar la historia al espectador. ¿Es siempre así?
La serie The Studio, rodada en una sucesión de planos secuencia, reflexiona sobre ello en el segundo capítulo. Dejemos que sean los personajes quienes lo analicen:
—Los planos secuencia son ridículos. Es un director haciéndose una paja mental mientras hace la vida de los demás miserable. Al público le da igual.
—¡Venga ya! Los planos secuencia son la cima. El matrimonio perfecto entre arte y técnica.
Pues eso: ¿arte o paja mental?
]]>No hace muchos años, era fácil ponerse de acuerdo en aspectos esenciales incluso con personas que tenían opiniones distintas a las nuestras. Sin embargo, a lo largo de la última década, esto ha dejado de ser así, con una excepción. Compartimos que los políticos son incompetentes y corruptos, que solo aspiran a medrar por una escalera que paga el pueblo. Es indiscutible que hay miríadas de ejemplos con los que sustentar cualquiera de estos calificativos. Por eso, la crítica generalizada y sin sujeto en singular es la verdadera centralidad de nuestro tiempo. Sea cual sea la cuestión a debate, o es culpa de todas las fuerzas sin distinción, o existen pruebas suficientes para asegurar que todas hubieran actuado igual (de mal).
El descrédito de la política no es un hecho aislado. Las instituciones sufren un severo distanciamiento social, pero la de los partidos es quizás la más relevante para el día a día de la ciudadanía. No usan mascarillas, pero los votantes se tapan la nariz de forma preventiva sin importar a quién dan su apoyo. La opinión es tan transversal y unánime que nadie la discute. Incluso hasta el punto de que, si dos personas confrontan ideas, no es extraño que los observadores piensen que lo hacen, no porque genuinamente creen en lo que defienden, sino porque los políticos los han inducido a discutir de forma artificial.
No hay duda de que los partidos se han ganado a pulso la mala prensa. Hay montañas de decisiones pésimas, la gestión comunicativa es terrible y han tolerado conductas inapropiadas habitualmente. Y lo más grave ha sido primero alimentar y luego ignorar el mayor consenso social que venía del s. XX y que vertebraba las aspiraciones de las sociedades occidentales: el progreso social. La garantía de mejora a lo largo de los años que, además, revertía en que los hijos vivirían mejor que sus padres. Este fracaso es el substrato del malestar social que ahora alimenta a las fuerzas iliberales. La globalización ha enriquecido a muchos de nosotros gracias a la reducción del precio de miles de productos, pero también ha generado millones de perdedores en sus cientos de procesos de desindustrialización. Enormes bolsas de población que ahora quieren desalojar a los que les mintieron.
Por eso, los ciudadanos, cuando hablan sobre política, en seguida consensuan el punto de vista respecto a los líderes que manejan el país, sea el que sea. Los políticos roban y son inútiles. Punto.
La política del aquí y el ahora
El único problema es que una explicación tan simple no puede incorporar toda la realidad. Es fácil percibir el chirrido de los engranajes argumentativos por mucho que, efectivamente, los gobernantes lo han hecho mal y nos han llevado a donde estamos.
Una descripción tan plana, tan igualitaria con todos los partidos, aparte de ingenua, es terriblemente peligrosa. No es casual que, cuando más adeptos tiene este discurso, más crecen las fuerzas iliberales. Pero ¿por qué?
Creo que la imagen que mejor lo explica en nuestro tiempo es el triunfo de las nuevas tecnologías. Su gran virtud es la capacidad de optimizar procesos, característica utilizada también en política. El caso más conocido es el de las fake news, que se esparcen y reverberan en minutos y de las que hablaremos más adelante. Hay otros más sutiles, pero no menos penosos y autodestructivos. En especial, la propia razón por la que el ser humano moderno considera la optimización como un proceso esencialmente positivo. Nos encanta el aquí y el ahora.
Corren miles de publicaciones de psicología haciendo apología de la importancia de vivir el ahora, de ignorar el pasado porque ya está atrás, y no preocuparse por un futuro incierto. Por supuesto, un futuro que siempre llega y que es más incierto conforme más lo ignoramos.
¿Cómo se traduce esta necesidad en términos políticos? En que la parte de nuestros problemas que interfiere con lo público ha de solucionarse de inmediato. Significa «tengo este problema y me lo tiene usted que resolver hoy mismo». Aunque sea emocionalmente comprensible, las necesidades complejas llevan tiempo y no se resuelven como cuando el capricho es un helado.
Recordemos la voracidad de los votantes previa a la crisis del 2008, cuando todos los pueblos necesitaban un pabellón deportivo, una sala de actos y piscina municipal. O que todas las provincias construyeran su propio aeropuerto. Aquí, ahora, y cerca. Porque desplazarse al pueblo de al lado cuando queremos hacer una actividad de teatro es inasumible.
Y en el cénit de la trivialización ideológica, la mayoría de la gente se reclama apartidista, como si eso los inmunizara a la manipulación. Hordas de libre pensadores que todos piensan y razonan igual. Nunca como hoy ostentamos la desinformación consciente como muestra de independencia. Leer siempre había sido símbolo de autonomía, excepto si tiene que ver con actualidad, parece. Mucho mejor vivir al margen porque así no te manipulan, dicen… Una tormenta perfecta que nos deja a merced del titular y de telediarios que dedican más de la mitad del tiempo de antena a hablar de sucesos.
La falta de información lleva a la simplificación del discurso y nos hace hipersensibles a la contradicción. Si un gobierno toma la mayoría de las decisiones con una sensibilidad parecida a la nuestra, al mínimo distanciamiento, se señala como una grave crisis y hace inasumible votarlos sin autojustificarse.
La lista es interminable y nuestra actualidad está repleta de ejemplos de respuestas sencillas a problemas complejos. No queremos que los precios suban, pero queremos que se fabrique cerca de casa para generar empleo. Es obligatorio decrecer para salvar el planeta, pero ni hablar de reducir la capacidad de compra, cuando decrecer implica necesariamente disponer de menos bienes para la misma gente. Naturalmente, queremos pacificar nuestras calles, pero desplazarnos en coche ha de seguir siendo rápido y cómodo. Nos molesta que la inmigración crezca de forma exponencial y vemos la causa en lo corruptos que son los gobiernos de los países que expulsan a su juventud. Ahora bien, cuando tenemos una crisis económica, exigimos a nuestros poderes que recuperen el crecimiento lo más rápido posible, lo que suele hacerse con políticas monetarias que, indirectamente, arruinan a los países en vías de desarrollo, lo que aumenta la presión migratoria. Queremos energía verde, pero no al lado de casa, ni en antiguos cultivos, ni modificar paisajes encantadores… Nos molesta que otros lleguen a nuestra ciudad con los mismos billetes baratos con los que nosotros viajamos a otras ciudades. Turist go home y regulación de alquileres, pero Airbnb echa fuego cuando valoramos opciones de alojamiento. Salarios mínimos dignos, pero Glovo y Uber no dejan de crecer en la última milla a través de puro esclavismo moderno.
El problema es que la política debería ser, más que la del yo ahora, la del mañana de todos. En otros términos, la buena política está a las antípodas de lo que reclamamos como ciudadanos. Y, en esa batalla entre nuestro yo presente y el nosotros futuro, suele ganar el primero.
Gobiernos y oposición discuten por la tarde en el parlamento lo que han concluido que les beneficiará según la encuesta de la mañana, lo que, a su vez, impide que los partidos resuelvan problemas reales porque la mayoría de ellos requieren pensar más allá de los cuatro años de legislatura. Y el círculo de descrédito no para de dar vueltas y vueltas, lo que hace la bola más grande. Además, las encuestas dependen de la coyuntura y son más volátiles que los principios ideológicos, lo que difumina las diferencias entre los partidos de nuevo y alimenta el imaginario de que tanto da a quién votes. Y todo ello es un campo labrado donde los ultras crecen con alegría.
El nuevo (y falso) consenso social
La comprensible equiparación de las fuerzas políticas frente a cualquier hecho que evaluemos comporta un coste oculto. Cuando renunciamos a señalar los errores (y aciertos) específicos de cada partido, pildorizamos la política. La aplanamos. Todo el mundo llega porque todo el mundo sirve para decir que los políticos son la misma basura. Para eso, no hacen falta conocimientos, ni estar al día. Ahí, sí, todos somos iguales. Es la mediocridad por la parte baja del espectro. Nos convierte en tan inservibles como los políticos a los que criticamos.
Pero lo más grave es que resulta imposible una discusión sobre si cierta decisión es más o menos próxima al ideario del partido en cuestión. Por ejemplo, nos impide discutir si la peatonalización de Consell de Cent en Barcelona se ajusta o no a la ciudad prometida por la Colau porque firmó la llegada de la Copa América. ¿Significa eso que Colau no tiene valores? ¿Es imposible que tomara una buena y una mala decisión? ¿Podemos compartir una y no la otra? ¿O compartir las dos y justificarlo bien? ¿O ninguna de las dos? Es más, podemos votarla sin sentir vergüenza, aunque no todas sus decisiones nos hayan gustado. Hablo de Colau porque ni la hubiera votado, ni la votaría. Pero merece una mirada compleja, como el resto de los partidos. Los democráticos, quiero decir. Incluso aunque ella contribuyera con su discurso a la política del aquí y ahora cuando ganó las primeras elecciones aprovechándose de una mentira que publicó El Mundo e insistiendo que los precios de los alquileres subían porque no había voluntad política municipal de resolverlo. Y, como ella, todos los partidos, que entienden el desgaste del rival como consustancial a la estrategia comunicativa que lleva a ganar comicios. Ellos mismos se ponen una trampa mortal.
Esta hipersimplificación del debate, la trivialización que supone asumir la maldad de todos los liderazgos políticos, genera un enorme consenso social. Bajo esta cosmovisión, el verdadero mal, pues, no es la decisión que ha tomado tal o cual partido, sino la suspicacia con la que los políticos toman las decisiones. Porque la crítica asume que el mal radica, precisamente, en su propia naturaleza partidista, en que se ha diseñado para confrontarla al rival. La bondad no existe, solo hay intereses, y esos intereses se presentan no como lucha ideológica (derecha vs izquierda, centralismo vs descentralización…) sino políticos vs. sociedad civil. Una sociedad civil que somos todos: trabajadores y empresarios, policías y manifestantes, funcionarios, trabajadores por cuenta ajena y autónomos, mujeres y hombres, menores, adultos y jubilados… Son sus intereses vs los nuestros. Una política que no piensa en lo que la sociedad necesita sino en lo que le permite seguir ostentando el poder.
Pero la gran trampa es que el consenso es puramente denotativo. Todos nos encontramos en «los políticos son unos inútiles». Sin embargo, lo connotado, lo que se esconde detrás de esa frase, lo que de verdad queremos decir, es absolutamente antitético. El anarcocapitalista y el comunista, la feminista y el de «los hombres están desprotegidos delante de la justicia», el independentista y el «esto del catalán es como con Franco, pero al revés», dicen lo mismo sobre los políticos, pero por razones contrapuestas. Porque son «inútiles» por incapacidad de llevarnos a una sociedad «mejor», que sí tiene significados distintos para cada uno de nosotros.
Esto es aún más grave ahora, que los espacios ideológicos compartidos se han extinguido. Lo que antes llamábamos centralidad, hoy es exigua. La polarización impide los acuerdos, excepto ese pobre y pequeño reducto; el del «ya les vale a los políticos».
El abono de los ultras
No es casual que los movimientos ultra crezcan con tanta fuerza en la época que más consenso genera la idea de que la política es un estercolero. Tampoco debería sorprendernos que algunas de las fuerzas «regeneracionistas» nominalicen su causa únicamente enfocada en esta nueva centralidad para pescar en todos los caladeros, como Se Acabó La Fiesta.
Hay que reconocerles que se mueven con inteligencia aprovechando las redes del «aquí y ahora». En la tragedia de la Huerta Sur de Valencia tenemos un ejemplo claro. Además de mandar a gente bajo su bandera para que se manchen los pantalones de barro (de forma más o menos teatralizada), difunden videos en los que un tipo, al que la mayoría no conocemos, expresa con sensatez que «todos los partidos lo han hecho mal aquí». Todo el mundo lo comparte porque hay consenso. Un consenso que impide cuestionarse quién era responsable de qué, que igualan los errores de las partes, sean cuales sean, y con independencia de la gravedad de lo que hizo cada una de ellas. Y el clip corre como la pólvora sin que nadie se haya molestado en averiguar quién es el chico del vídeo ni qué había publicado antes. Somos mejores pidiendo responsabilidades que ejerciéndolas.
Y mientras la publicación viaja más y más, el autor o autores van ganando seguidores. Y lo que un día era la igualación de todas las fuerzas políticas filtradas a través de la misma mirada «apartidista», se acaba traduciendo en cientos y en miles de visualizaciones de nuevas publicaciones posteriores donde, ¡oh, sorpresa! aparecen mensajes en contra de libertades, que eran consensos no tanto tiempo atrás. Difundiendo una «razonable» enmienda a toda la plana política, acabamos esparciendo un relato que, poco a poco, desplaza nuestra sociedad hasta tesis iliberales. Y, con ello, la normalizamos. Y nos acostumbramos.
Es la demostración de la teoría política de la ventana de Overton, que asegura que se puede pasar de lo impensable y radical a lo sensato y popular si se avanza de forma gradual. Ahí tenemos las cunas de la república democrática (Italia), la del parlamentarismo (Reino Unido), y la de las libertades del individuo (Francia) dando el poder, o muy cerca de hacerlo, a líderes con pulsiones autocráticas.
¿Cuánto tardaremos en justificar que la gente ha votado a un señor que va a un mitin con una motosierra porque «necesitaban probar algo nuevo»? ¿Cuándo será normal que gane alguien que quiera construir muros pagados por las personas a las que intenta impedir el paso? ¿Cuándo aceptaremos que alguien cite al «innombrable Franco» para darle las gracias por lo que sea que hiciera durante su infausta dictadura? ¿Cuándo votaremos a señores que hacen carteles electorales montados a caballo como iban los señoritos que maltrataban a sus trabajadores? ¿Cuándo lo anormal será tan normal que lo aceptemos como una posibilidad de futuro? ¿O es este ya nuestro presente?
La necesidad del debate persiste
Quien lea en estas líneas una apología a los partidos políticos no ha comprendido la esencia del texto. De hecho, los políticos han alimentado con sus estrategias de acción y comunicativas este universo. Han prometido lo que no estaba en su mano ofrecer y, con su actitud, cada vez más frívola, solo aceleran una dinámica que los llevará a su destrucción, ya sea por la vía de la sustitución por otras siglas, o por la colonización en sus propias bases.
Una sociedad madura ha de ser capaz de debatir sobre los valores que quiere compartir sin tildar de ser de tal o cual partido a quien defiende posturas similares a una fuerza política. Ha de estar preparada para análisis complejos, capaz de debatir aspectos concretos del desarrollo de unos hechos o la elaboración de nuevas leyes. También para votar o militar en partidos que no defenderán exactamente lo que piensa. Un cierto grado de contradicción es, incluso, saludable. Sin debate, las ideas se esquematizan y empobrecen. Tomar partido no es tener el cerebro lavado. Al contrario, vivir en la ignorancia nos debilita y nos pone al servicio de gente peligrosa. Ahí están los populistas al acecho para demostrarlo y retroceder decenas de años de progreso. Quizás en la defensa de esos mínimos comunes podamos reconstruir nuevos consensos. Hagámoslo antes de que sea tarde.
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«Un semáforo rojo, un estruendo y todo se apaga».
Así comienza mi novela «Madreperla», un thriller político, que es uno de mis subgéneros favoritos y que, aunque estos últimos años hemos podido disfrutar de algunas ficciones maravillosas, se ha explorado menos de lo que se merece.
Ya la primera frase introduce al lector en la trama a través de un accidente de causas desconocidas. Laura, la protagonista, se verá interpelada porque la víctima, Manu, es periodista y la expareja más importante de su juventud. No tendrá más remedio que abandonar su vida tranquila para aclarar las causas que llevaron a Manu a su final fatal. Además de una compleja red de intereses, no podrá evitar preguntarse por los sueños abandonados, las razones por las que se apartó y si estos son compatibles con su vida actual.
Otros dos personajes protagonizan las principales subtramas; Julio es un ambicioso e ilustrado político que aspira a todo para reparar el fracaso de su padre que, postrado en una cama como un vegetal durante años, había luchado por lo mismo. Finalmente, Sergio creó una startup en el sector biomédico que acaba en fracaso, pero recibe una misteriosa oportunidad que lo salvaría de la quiebra y, de pasada, de perder a su hijo.
Me he tomado con calma su escritura, dejándola solo para cuando de verdad me apetecía y, tras muchas relecturas y ajustes, estoy orgulloso del resultado final. Incluso las decisiones pequeñas han sido emocionantes. Me encantaría compartir una relevante para que se entienda a qué me refiero. Cuando me decidía por un subtítulo, opté por “lo que el poder esconde” porque, ciertamente, es de lo que va la historia. Sin embargo, durante tiempo, estuve decidido a formular una pregunta que los tres personajes se hacen en diferentes momentos de sus tramas. ¿Cuál es el precio de la honestidad? No es que sea una cuestión muy explícita, pero es fundamental en el desarrollo de las pericias de cada uno de ellos, y me seduce ese nivel de sutilidad.
Las intrigas, los claroscuros y las persecuciones al límite son los ingredientes fundamentales con los que he trabajado. No he dejado de lado las relaciones amorosas ni, por supuesto, las familiares y las toneladas de contradicciones con las que vivimos el día a día. Pero, sobre todo, espero que a los lectores los acompañe durante muchas páginas una pregunta: ¿Qué demonios es Madreperla?
]]>«Deseando amar» es uno de los films que mejor lo expresa. Sus dos protagonistas y vecinos son engañados por sus parejas. Tratando de reconstruir la relación de sus conyuges se despierta en ellos un deseo casi imposible de contener. Sin embargo, sus anhelos sólo tienen cabida en su imaginación porque los separa un velo tan transparente como irrompible.

La relación entre Su Li-zhen y Chow Mo-wan es el arquetipo de la imposibilidad. De miradas que quieren cruzarse pero pasan de largo. Del contacto físico interpuesto a través de objetos, que deviene casi en caricias. Sólo consuman por vía interpuesta, a través de sus parejas.
Hay quien dice que «Deseando amar» es la mayor alegoría del amor no realizado de la historia del cine, pero no es el único ejemplo importante. En ocasiones los limitan las circunstancias. En otras, la maldad. Sin duda, quien mejor encarna ese papel es la femme fatale, que ensalza sus virtudes en el thriller. Multitud de protagonistas renuncian a su amor tras reconocer que sólo les llevará a un callejón sin salida. O a la muerte. Otros no conseguirán escapar a sus fauces, como el protagonista de «El ángel azul», con Marlene Dietrich, que acaba convertido en el ridículo payaso que ignora al inicio del film.
La conquista inasequible no necesita más protagonismo que el de una subtrama para manifestarse con toda su fuerza. Así lo demuestra Bergman en su soberbia «Gritos y susurros». En su cine es constante la confusión del amor carnal y el parentesco. Pero si hablamos estrictamente de pasión, Maria, el personaje interpretado por Liv Ullman, y David, el doctor de la familia al que da vida Erland Josephson tiemblan cuando están a solas. Una pulsión que no va a más porque él la rechaza.

Maria no es, ni de lejos, el primer personaje femenino que sueña con imposibles. Las raices prototípicas de este personaje se nutren, sobre todo, del cliché romántico de las novelas del s.XIX, como la «Madame Bovary» de Flaubert, dotada de una sensualidad expresiva y profunda, y una de las primeras protagonistas dispuestas a engañar a su marido.
Sin embargo, mi ficción favorita sobre la imposibilidad amorosa es la ópera de Wagner «Tristan Und Isolde», una obra introspectiva donde el amor no consumado de sus protagonistas los lleva, incluso, a la muerte. La obra, de cuatro horas de duración, explora los límites de un amor en la que el contacto les está prohibido. La tensión se palpa en cada nota de la composición, que ya anuncia el famoso acorde de Tristan sólo unos segundos después del inicio del espectáculo.
No será hasta el final que ese amor se sublime a través de la muerte de los protagonistas. En especial, con la última aria de la soprano y, a mi juicio, una de las más espectaculares de la historia de la música. Para vivir el crescendo es mejor escuchar la obra completa, pero el Liebestod no necesita nada más para embargarnos y, poco a poco, llevarnos, con ella, hasta los cielos en un clímax apoteósico.

Wagner ofrece una solución a los deseos imposibles propio de su época; la muerte. Una propuesta que solo muestra belleza en la ficción. La vida, menos prosaica, no requiere de estos extremos. Pero hay algo de verdad en la sugerencia del compositor alemán. ¿No es la frustración una forma de muerte de una parte de nosotros? ¿De un «algo» que pudo ser y, finalmente, no fue?
Los deseos inalcanzables son dolorosos y angustiantes, pero también son los ojos entreabiertos de Liv Ullman, la mano de Maggie Cheung acariciando el marco de la puerta, o un centenar largo de instrumentos ahogando la voz de Isolda. La ficción es capaz de convertir el padecimiento en algo hermoso y sugestivo a la vez que exorciza nuestros propios fracasos.
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