La entrada Knut Hamsun (1859-1952) aparece primero en Álvaro Heras-Gröh.
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Lo peor de todo era que mi ropa estaba ya tan ajada que no podía presentarme en los sitios como una persona decente. ¡Las cosas me habían ido constantemente cuesta abajo en los últimos tiempos! Sin saber cómo me hallaba despojado de todo, no me quedaba ni siquiera un peine o un libro que leer cuando todo se volvía demasiado triste. Durante todo el verano había estado frecuentando el cementerio o el Parque del Palacio, donde escribía artículos para los periódicos, columna tras columna, sobre los asuntos más diversos, extraños inventos, caprichos, ideas concebidas por mi agitado cerebro; de pura desesperación elegía los temas más lejanos, que me exigían largas horas de esfuerza, y nunca eran aceptados. Al acabar un artículo empezaba otro, y rara vez me dejaba afligir por el rechazo de los directores de los periódicos; me repetía constantemente que algún día lo conseguiría.
(…)
¿No era una maldición del mismísimo diablo el que mis desgracias no tuvieran fin? Dando largos e iracundos pasos, con el cuello de la chaqueta desesperadamente subido hasta la nuca y con los puños cerrados dentro de los bolsillos del pantalón, iba durante todo el trayecto maldiciendo mi mala estrella. Ni un solo momento de verdadera despreocupación en siete u ocho meses, ni siquiera una sola semana entera con la comida necesaria antes de que la miseria me hiciera arrodillarme de nuevo. ¡Y encima me había mantenido honrado en medio de tanta miseria, jeje! ¡Honrado en el fondo! ¡Dios mío, cómo había hecho el ridículo! Me puse a recordar los remordimientos que me asaltaron porque en una oración había llevado la manta de Hans Pauli al prestamista. Me reía desdeñosamente de mi tierna rectitud, escupía en la calle con desprecio y no encontraba palabras lo suficientemente fuertes para burlarme de mi estupidez. ¡Ah, si hubiera sido ahora! Si en ese momento me encontrara en la calle los ahorros de un escolar, el único öre de una pobre viuda, lo cogería y me lo metería en el bolsillo, lo robaría deliberadamente y dormiría como un tronco toda la noche. No en vano había sufrido tanto que mi paciencia había llegado a su fin, y estaba dispuesto a cualquier cosa.
(…)
Volvía a tener unas escandalosas ganas de comer, un voraz apetito interior que aumentaba por momentos. Me roía despiadadamente las entrañas, con una insistencia silenciosa y singular. Era como si una veintena de minúsculos animalitos ladearan la cabeza para roer un poquito por un lado y luego se volvieran hacia el otro lado y royeran otro poco, para después quedarse quietos y empezar de nuevo, penetrando sin ruido y sin prisa, y dejando trechos vacíos por donde avanzaban…
(…)
El hambre me atormentaba terriblemente y no sabía qué hacer con mi voraz apetito. Me retorcía en el banco y apoyé el pecho en las rodillas. Cuando oscureció me puse a andar lentamente hacia el Ayuntamiento. Solo Dios sabe cómo logré llegar hasta allí. Me senté en el borde de la balaustrada. Me arranqué uno de los bolsillos de la chaqueta y comencé a masticarlo, por cierto, sin propósito alguno, con aire sombrío, con los ojos clavados en el infinito sin ver nada. Oía a los niños jugar a mi alrededor y mi intuición me decía cuándo pasaba delante de mía alguna persona; aparte de eso no observé nada. De repente se me ocurre bajar a uno de los puestos del mercado en busca de un trozo de carne cruda. Me levanto y paso por encima de la balaustrada, voy hacia el extremo opuesto del tejado del mercado y bajo. Cuando estaba cerca del puesto de carne me puse a gritar al pie de la escalera, haciendo un gesto amenazador como si hablara a un perro que estuviera arriba, y me dirigí descaradamente al primer carnicero con el que me topé.
¡Por favor, déme un hueso para mi perro!, dije. Solo un hueso; no tiene por qué tener nada de carne; es para que tenga algo que llevarse a la boca. Me dio un hueso, un precioso hueso en el que aún quedaban restos de carne, que escondí bajo la chaqueta. Le di las gracias tan efusivamente que el hombre me miró asombrado.
No hay de qué, dijo.
Claro que sí, murmuré, ha sido muy amable por su parte.
Y volví a subir. El corazón me latía con fuerza.
Me interné tanto como pude en Smedgangen, y me detuve delante de una destartalada verja que daba a un patio trasero. No se veía luz por ningún sitio, estaba rodeado por una bendita oscuridad; me puse a roer el hueso. No sabía a nada, pero desprendía un olor tan nauseabundo a sangre vieja que me hizo vomitar en seguida. Volví a intentarlo; si pudiera llegar a digerirlo surtiría efecto; lo importante era conseguir que se quedara en el estómago. Pero volvía a vomitar. Me enfurecí, di furiosos mordiscos a la carne, arranqué un trozo pequeño y me lo tragué a la fuerza. Tampoco sirvió de nada; en cuanto los pedazos de carne se calentaban en mi estómago ascendían de nuevo. Apreté los puños, eché a llorar de desesperación y roía como enloquecido; lloré tanto que el hueso se mojó con mis lágrimas; vomitaba, blasfemaba y volvía a roer, lloraba como si mi corazón estuviera a punto de estallar y vomitaba de nuevo. Y en voz alta maldecía a todos los poderes del mundo y los condenaba a los tormentos eternos”.
Fragmento de la novela “Hambre” (1890)
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]]>La entrada Georges Perec (1936-1982) aparece primero en Álvaro Heras-Gröh.
]]>O bien, ciertas noches de verano, andaban largo tiempo por barrios desconocidos. Una luna perfectamente redonda brillaba alta en el cielo y proyectaba sobre todas las cosas una luz afelpada. Las calles, desiertas y largas, anchas, sonoras, resonaban bajo sus pasos sincrónicos. Pasaba algún que otro taxi, lentamente, casi sin hacer ruido. Entonces se sentían dueños del mundo. Experimentaban una exaltación desconocida, como si hubieran sido poseedores de secretos fabulosos, de fuerzas indecibles. Y cogiéndose de la mano, echaban a correr, jugaban a la rayuela, o corrían a la pata coja a lo largo de las aceras y vociferaban al unísono las grandes arias de ‘Cosi fan tutte’ o de la ‘Misa en si'».
Fragmento de la novela «Las Cosas» (1965)
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]]>La entrada Jean Genet (1919-1986) aparece primero en Álvaro Heras-Gröh.
]]>Sin acabar de entregarnos uno a otro, tomamos la costumbre de vernos a diario. Yo almorzaba en su habitación y, por la noche, mientras Sylvia trabajaba, cenábamos juntos. A continuación íbamos de bar en bar para emborracharnos. Bailaba también, casi todas las noches, con chicas muy guapas. Nada más legar él, el ambiente cambiaba, en su mesa primero y, luego, poco a poco, en las demás; se volvía, a un tiempo, cargado y frenético. Casi todas las noches tenía alguna pelea, salvaje, admirable, armando, veloz, la mano única con una navaja automática que abría de golpe en el bolsillo. Los estibadores, los marineros, los chulos nos hacían corro o nos echaban una mano. Aquella vida me dejaba rendido, porque me había gustado deambular por los muelles entre la niebla o la lluvia. En mi memoria, esas noches están acribilladas de chispas. Refiriéndose a una película, un periodista escribe: ‘El amor florece entre las riñas’. Esta frase ridícula me recuerda mejor que un elocuente discurso a esas flores llamadas ‘dragones’ que florecen entre los cardos secos; y éstas, a mi aterciopelada ternura, que Stilitano hería».
Fragmento de la novela «Diario De Un Ladrón» (1949)
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]]>Nunca llegué a acostumbrarme a bajito Naylor. Para el caso, tampoco bajito Naylor llegó a acostumbrarse a mí. Yo no podía hablar con él, pero él tampoco podía hablar conmigo. No era de los que decían: Hola, ¿qué tal? Se limitaba a saludar con la cabeza. Y no era hombre con el que se pudiera hablar de la situación de la industria conservera ni de la política internacional. Era demasiado frío. Guardaba las distancias. Hacía que me sintiera un empleado. Yo no entendía la necesidad de que me lo pasara por las narices.
La temporada de la caballa estaba a punto de terminar. Cierta tarde acabamos de etiquetar un lote de doscientas toneladas. Bajito Naylor apareció con un lápiz y un cuaderno. La caballa estaba enlatada, etiquetada y lista para partir. En los muelles había un carguero esperando para transportarla a Alemania, a los almacenes de un mayorista en Berlín.
Bajito ordenó que lleváramos el cargamento a los muelles. Me sequé el sudor de la cara mientras la máquina se detenía, y con buena disposición y paciencia me acerqué a Bajito y le di una palmada en la espalda.
-¿Qué tal la situación de la industria conservera, Naylor? -dije-, ¿Qué nivel de competencia representan los noruegos?
Me apartó la mano de su hombro.
-Agénciate un volquete de mano y ponte a trabajar.
-Un patrón riguroso -dije-. Es usted un patrón riguroso, Naylor.
Me alejé una docena de pasos y me llamó por mi nombre. Deshice lo andado.
-¿Sabes cómo se lleva un volquete de mano?
No tenía la menor idea. Ni siquiera sabía que las vagonetas de mano se llamaran así. Desde luego que no sabía cómo se llamaba un volquete de mano. Yo era escritor. Desde luego que no lo sabía. Me eché a reír y me subí los pantalones.
-¡Qué gracia! ¡Que si sé cómo se lleva un volquete de mano! ¡Y usted me lo pregunta! Ja. ¡Que si sé cómo se lleva un volquete de mano!
-Si no lo sabes, dilo. No tienes por qué engañarme.
Cabeceé y miré al suelo.
-¡Que si sé cómo se lleva un volquete de mano! ¡Y usted me lo pregunta!
-Bueno, ¿sabes o no?
-Salta a la vista que es evidente que es una pregunta absurda. ¡Que si sé cómo se lleva un volquete de mano! Claro que sé cómo se lleva un volquete de mano. ¡Naturalmente!
El labio se le curvó como el rabo de una rata.
-¿Y dónde has aprendido a llevar un volquete de mano?
Hablé dirigiéndome a todos.
-¡Ahora quiere saber dónde aprendí a llevar un volquete de mano! ¿Os lo imagináis? Quiere saber dónde aprendí a llevar un volquete de mano.
-Oye, estamos perdiendo el tiempo. ¿Dónde fue? Te pregunto que dónde fue.
Mi respuesta fue como un disparo de fusil.
-En los muelles. En los muelles de la gasolina. Trabajando de estibador.
Me miró de arriba abajo y en su labio se dibujaron varias curvas de hastío, de hombre que vomita desprecio.
-¡Tú estibador!
Se echó a reír.
Cuánto lo odié. El muy cretino. Imbécil, perro, rata, comadreja. Rata con cara de comadreja. ¿Qué sabía él? Era mentira, cierto. Pero ¿qué sabía él? Aquella rata sin pizca de cultura, que probablemente no había leído un libro en su vida. ¡Dios Mío! ¿Qué sabía él de nada? Y otra cosa. Tampoco era tan eficaz, con aquella boca mellada, pegotes de tabaco en las comisuras y ojos de rata borracha.
-Bien -dije-. He estado observándolo. Saylor, Baylor, Taylor, Naylor o como rábanos lo llamen en este apestoso agujero, porque me trae completamente sin cuidado; y a menos que mi perspectiva sea completamente aberrante, no me parece usted un hombre que de la talla, Saylor, Baylor, Taylor, Naylor o como rábanos se llame.
Una palabra soez, demasiado soez para repetirla, rezumó de su cara. Garabateó algo en el cuaderno que llevaba, con una finalidad que no comprendí del todo, pero adoptando claramente una actitud hipócrita con aquella treta urdida en lo más profundo de su alma vil; garabateada como una rata, una rata inculta, y lo odié tanto que le habría arrancado un dedo de un bocado para escupírselo a la cara. ¡Qué pinta! Aquella rata que daba zarpacitos ratescos al papel con sus zarpitas ratescas como si fuera un trozo de queso, el muy roedor, el muy cerdo, rata de callejón, rata portuaria. Pero ¿por qué no decía nada? Ja. Porque por fin había encontrado la horma de su zapato, porque se sentía desarmado ante sus superiores.
Señalé el montón de latas.
-Entiendo que ese material va rumbo a Alemania.
-¿Te estás quedando conmigo? -dijo sin dejar de garabatear.
No me inmutaron sus voluntariosos esfuerzos por ser sarcástico. Su agudeza no obtuvo de mí lo que se proponía. Antes bien, me sumí en serio silencio.
-Y dígame, Naylor, o Baylor, o como sea… ¿qué opina usted de la moderna Alemania? ¿Está de acuerdo con la Weltanschauung de Hitler?
No hubo respuesta. Ni una palabra. Solo un garabateo. ¿Y por qué no? ¡Por que Weltanschauung era excesivo para él! Demasiado para cualquier rata. Lo dejaba confuso, pasmado. Era la primera y última vez en su vida que oiría aquella palabra. Se guardó el lápiz en el bolsillo y miró por encima de mi hombro. Tuvo que ponerse de puntillas, el alfeñique enano y ridículo…”.
Fragmento de la novela “Camino De Los Ángeles” (escrita en 1936 y editada en 1983)
Otros textos de John Fante en este blog
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]]>La entrada Marcel Proust (1871-1922) aparece primero en Álvaro Heras-Gröh.
]]>“Cuando estamos tristes, es dulce acostarnos en el calor de nuestro lecho, y en él, suprimidos todo esfuerzo y toda resistencia, con la cabeza misma bajo las mantas, abandonarnos por completo, gimiendo, como las ramas bajo el viento de otoño. Pero hay un lecho mejor aún, lleno de olores divinos. Es nuestra dulce, nuestra profunda, nuestra impenetrable amistad. Cuando el lecho está triste y helado, acuesto en él, friolento, mi corazón. Enterrando hasta mi pensamiento en nuestra cálida ternura, sin percibir ya nada del exterior y sin querer ya defenderme, desarmado, pero, por milagro de nuestro cariño, inmediatamente fortificado, invencible, lloro por mi pena, y por mi alegría de tener una confianza donde encerrarla”.
Fragmento del libro “Los Placeres y Los Días” (1896)
Otros textos de Marcel Proust en este blog
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]]>La entrada Jean Echenoz (1947) aparece primero en Álvaro Heras-Gröh.
]]>Luego todo pareció a punto de terminar: la opacidad iba disipándose poco a poco en la trinchera, retornaba una suerte de calma, aun cuando otras detonaciones enormes, solemnes, seguían sonando en derredor pero a distancia, como un eco. Los ilesos se incorporaron más o menos salpicados de fragmentes de carne militar, colgajos terrosos que ya les arrancaban disputándoselos las ratas, entre los restos de cuerpos diseminados, una cabeza sin mandíbula inferior, una mano con su alianza, un pie solo en su bota, un ojo.
Y así, parecía restablecerse el silencio cuando un casco de proyectil rezagado surgió, sin que se supiera cómo no de dónde, breve como una posdata. Era un casco de hierro colado en forma de hacha pulida neolítica, ardiente, humeante, del tamaño de una mano, afilado como un grueso casco de vidrio. Como si se tratara de solventar un asunto personal y sin molestarse en mirar a los demás, surcó el aire directamente hacia Anthime, que estaba incorporándose y, sin mediar palabra, le seccionó limpiamente el brazo derecho, debajo mismo del hombro.
Cinco horas después, en la enfermería de campaña, todo el mundo felicitó a Anthime. Sus compañeros manifestaron lo mucho que envidiaban tan excelente herida, una de las mejores que cupiera imaginar, grave, eso sí, e invalidante, pero bien mirado no más que tantas otras, anhelada por todos ellos, pues era de las que garantizan a uno alejarlo para siempre del frente. Era tal el entusiasmo entre los hombres acodados en sus parihuelas y agitando los quepis -al menos aquellos, no demasiado averiados, que podían hacerlo-, que Anthime no se atrevió casi a quejarse ni a gritare de dolor, ni a echar en falta su brazo, de cuya desaparición, por lo demás, no acababa de tener conciencia. Como tampoco la tenía, a decir verdad, de aquel dolor ni de la situación del mundo en general, ni se planteó, pues veía a los demás sin verlos, que en lo sucesivo, él ya solo podría acodarse por un lado. Cuando salió del coma y de lo que hacía las veces de bloque operatorio, con los ojos abiertos pero mirando al vacío, tan solo le pareció, sin saber muy bien porqué, habida cuenta de aquellas risas, que debía de haber algún motivo para alegrarse. Algún motivo como para casi avergonzarse de su estado, sin tampoco saber muy bien porqué: como si reaccionase mecánicamente a las ovaciones de la enfermería, para sintonizar con ella, dejó escapar una risa en forma de largo espasmo, que sonó como un relincho, haciendo enmudecer de inmediato a todo el mundo, hasta que una potente inyección de morfina lo devolvió a la ausencia de las cosas”.
Fragmento de la novela “14” (2012).
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]]>La entrada Pablo Neruda (1904-1973) aparece primero en Álvaro Heras-Gröh.
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SONETO XCIV
Si muero sobrevíveme con tanta fuerza pura
que despiertes la furia del pálido y del frío,
de sur a sur levanta tus ojos indelebles,
de sol a sol que suene tu boca de guitarra.
No quiero que vacilen tu risa ni tus pasos,
no quiero que se muera mi herencia de alegría,
no llames a mi pecho, estoy ausente.
Vive en mi ausencia como en una casa.
Es una casa tan grande la ausencia
que pasarás en ella a través de los muros
y colgarás los cuadros en el aire.
Es una casa tan transparente la ausencia
que yo sin vida te veré vivir
y si sufres, mi amor, me moriré otra vez.
Cien Sonetos de Amor» (Soneto XCIV, 1959)
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]]>La entrada Edward Bunker (1933-2005) aparece primero en Álvaro Heras-Gröh.
]]>Dominado por un tormento insoportable, estupefacto, me lancé al camastro y enterré la cara en la almohada -una almohada grasienta por el paso de otros cientos de cabezas-, para que nadie pudiera oír mi enfurecida rendición ante el abatimiento. Durante horas intenté encontrar una razón que justificara lo que estaba ocurriendo, pero no hallé ninguna; a menos que ocho años no hubieran sido castigo suficiente. Tenía que haber alguna razón, en alguna parte, que justificara aquel sufrimiento. Si no había ninguna, si no había justicia, mi salud mental peligraba.
El torbellino de rabia me mareó. Poco después, estaba hecho un trapo, y sentí oleadas de desesperación tan inmensas que consideré la posibilidad del suicidio como huida de aquel tormento. No se trataba de aquel momento de sufrimiento, que era simplemente un ejemplo de toda mi vida. Así habían sido siempre las cosas y así seguirían. ¿Por qué tenía que sufrir en vano? La lógica dictaba el suicidio, pero es más fácil articular un pensamiento lógico que llevarlo a cabo hasta sus últimas consecuencias, sobre todo en lo que respecta a la muerte. El cuerpo se rebela ante la inconsciencia. Al llegar al borde del suicidio, volví en mí.
Lo peor de mi dilema era la incapacidad para encontrar un bastión de fe que mitigara los golpes de la existencia, que hiciera más soportable mi situación. No tenía ningún dios que soportara mis cargas. El dolor sin sentido es el más difícil de soportar. Mis pensamientos angustiados no tenían más sentido que el zumbido de un mosquito delante de una ventana.
Sumido en aquel abismo estéril, en aquel vacío, estallé de indignación. Era una ira que iba más allá del odio. Abarcaba a Dios y al hombre. Seguía los estertores de mi fe en mi condición de ser humano y en lo que la humanidad consideraba que era el bien. No solo se habían truncado todas mis esperanzas, sino que el deseo también estaba muerto y enterrado. Los resultados de la prueba de orina no tardarían en llegar del laboratorio. Volvería a estar en la calle. Y aunque me devolvieran a la cárcel y pasara más años allí, mi elección vital salía reforzada, si es que algo absoluto puede amplificarse.
Me declaraba en guerra contra la sociedad, o quizás solamente renovaba mi contienda. Se había acabado la duda y la desazón. Me declaraba liberado de todas las normas, excepto de las que yo quería aceptar, y aquéllas que cambiaría según mis deseos. Cogería todo lo que quisiera. Sería lo que yo era, un delincuente, pero de verdad. Mi decisión de optar por la delincuencia y el abandono absoluto de las constricciones sociales -a menos que la sociedad fuera capaz de imponérmelas a la fuerza- era también mi verdad. Otros podrían decidir acaparar tanto poder como pudieran. La delincuencia era mi vida, donde me sentía cómodo y no desgarrado en mi interior. Y aunque era una libre elección, también era mi destino. La sociedad me había convertido en lo que era -y me había aislado, por temor a aquello que la sociedad misma había creado- y yo me regodeaba con mi condición. Si se negaban a dejarme vivir en paz, yo no quería hacerlo. En aquella penosa semana había sido desgraciado, desgraciado en mis pensamientos. ¡A la mierda la sociedad! ¡A la mierda su juego! Ni aunque tuviera muchas posibilidades, ¡a la mierda también! Por lo menos me quedaba la integridad de mi alama, tenía control sobre mi pequeña parcela de infierno, por pequeña que fuera, aunque estuviera confinada al interior de mi cabeza.
Cuando llegó la mañana me sentía fuerte. Había superado la indecisión”.
Fragmento de la novela “No Hay Bestia Tan Feroz” (1973)
La entrada Edward Bunker (1933-2005) aparece primero en Álvaro Heras-Gröh.
]]>La entrada Dorothea Schlegel (1764-1839) aparece primero en Álvaro Heras-Gröh.
]]>Ninguna estrella alumbra la insegura pisada, y ninguna deidad se inclina ante nosotros. Hubo un tiempo en que tuve en torno ángeles bellos; y de amor y placer estuve rodeada bajo el fulgor dorado de los soles; mi corazón estuvo a ellos entregado.
¡Ahora el dulce sueño ha huido para siempre! ¿Ha sido todo un sueño, y he sufrido un engaño?».
Fragmento del poema «Así Se Puso El Sol En Mi Vida»
La entrada Dorothea Schlegel (1764-1839) aparece primero en Álvaro Heras-Gröh.
]]>La entrada Michel Houellebecq (1956) aparece primero en Álvaro Heras-Gröh.
]]>Una noche de marzo de 1968, un vigilante lo encontró desnudo y cubierto de mierda, acurrucado en los servicios del fondo del patio. Le hizo ponerse el pijama y lo llevó a ver a Cohen, el vigilante general. Bruno tenía miedo de que lo obligase a hablar; temía pronunciar el nombre de Brasseur. Pero Cohen, aunque lo habían sacado de la cama en mitad de la noche, lo recibió con dulzura. Al contrario que los vigilantes que estaban a sus órdenes, él trataba de usted a los alumnos. Era su tercer internado, y no el más duro; sabía que las víctimas casi siempre se niegan a denunciar a sus verdugos. Lo único que podía hacer era sancionar al vigilante responsable del dormitorio de sexto. La mayoría de los padres tenían a aquellos niños abandonados; él representaba para ellos la única autoridad. Tendría que haberlos vigilado más de cerca, intervenir antes de las faltas; pero no era posible, solo había cinco vigilantes por doscientos alumnos. Cuando Bruno se fue, preparó un café y hojeó las fichas de sexto. Sospechaba de Pelé y de Brasseur, pero no tenía ninguna prueba. Si conseguía arrinconarlos, estaba decidido a llegar a la expulsión; basta con unos cuantos elementos violentos y crueles para arrastrar a los demás a la ferocidad. A la mayoría de los chicos, sobre todo cuando forman pandillas, les gusta infligir humillaciones y torturas a los seres más débiles. Al principio de la adolescencia, sobre todo, el salvajismo alcanza proporciones inauditas. No se hacía la menor ilusión sobre el comportamiento del ser humano cuando no está sometido al control de la ley. Desde su llegada al internado de Meaux, había logrado hacerse temer. Sabía que, sin el último escudo de legalidad que él representaba, los malos tratos a chicos como Bruno no habrían tenido límite.
Bruno repitió sexto con alivio. Pelé, Brasseur y Wilmart pasaban a quinto, y estarían en un dormitorio diferente. Desgraciadamente, siguiendo las directivas del Ministerio tras los acontecimientos del 68, se decidió reducir los puestos de maestro internado y sustituirlos por un sistema de autodisciplina; la medida estaba en el aire desde hacía tiempo, y además tenía la ventaja de reducir los gastos salariales. Desde entonces resultaba más fácil pasar de un dormitorio a otro; los de quinto tomaron por costumbre organizar razzias entre los más pequeños al menos una vez por semana.; volvían del otro dormitorio con una o dos víctimas y empezaba la sesión. A finales de diciembre, Jean-Michel Kempf, un chico delgado y tímido que había llegado a principios del año, se tiró por la ventana para escapar de sus verdugos. La caída pudo haber sido mortal; tuvo suerte de salvarse con fracturas múltiples. El tobillo estaba muy mal, costó trabajo recuperar las astillas de hueso; quedó claro que el chico se iba a quedar cojo. Cohen organizó un interrogatorio general que reforzó sus sospechas; a pesar de las negativas, expulsó a Pelé durante tres días.
Prácticamente todas las sociedades animales funcionan gracias a un sistema de dominación vinculado a la fuerza relativa de sus miembros. Este sistema se caracteriza por una estricta jerarquía; el macho más fuerte del grupo se llama ‘animal alfa’; le sigue el segundo en fuerza, el ‘animal beta’, y así hasta el animal más bajo en la jerarquía, el ‘animal omega’. Por lo general, las posiciones jerárquicas se determinan en los rituales de combate; los animales de bajo rango intentan mejorar su posición provocando a los animales de rango superior, porque saben que en caso de victoria su situación mejorará. Un rango elevado va acompañado de ciertos privilegios: alimentarse primero, copular con las hembras del grupo. No obstante, el animal más débil puede evitar el combate adoptando una postura de ‘sumisión’ (agacharse, presentar el ano). Bruno se hallaba en una situación menos favorable. La brutalidad y la dominación, corrientes en las sociedades animales, se ven acompañadas ya en los chimpancés (‘Pan Troglodytes’) por los actos de crueldad gratuita hacia el animal más débil. Esta tendencia alcanza el máximo en las sociedades humanas primitivas, y entre los niños y adolescentes de las sociedades desarrolladas. Más tarde aparece la ‘piedad’, o identificación con el sufrimiento del prójimo; esta piedad se sistematiza rápidamente en forma de ‘ley moral’. En el internado del liceo de Meaux, Jean Cohen representaba la ley moral, y no tenía la menor intención de apartarse de ella. No le parecía abusivo en absoluto la utilización que los nazis habían hecho de Nietzsche; al negar la compasión, al situarse más allá de la ley moral, al establecer el deseo y el reino del deseo, el pensamiento de Nietzsche conducía naturalmente al nazismo, en su opinión. Teniendo en cuenta su antigüedad y su nivel de diplomas, podrían haberlo nombrado director de instituto; seguía en el puesto de vigilante general por su propia voluntad. Dirigió cartas a la inspección académica para quejarse de la reducción de puestos de maestro de internado; las cartas no tuvieron el menor efecto.
En un zoo, un canguro macho (‘macropodidés’) se comportará a menudo como si la posición vertical de su guardián fuera un desafío al combate. La agresión del canguro puede evitarse si el guardián adopta una postura inclinada, característica de los canguros apacibles. Jean Cohen no tenía ninguna gana de convertirse en un canguro apacible. La maldad de Michel Brasseur, estadio evolutivo normal de un egoísmo normal ya presente en animales menos evolucionados, había dejado cojo para siempre a uno de sus compañeros; en chicos como Bruno, era probable que causase daños psicológicos irreversibles. Cuando llamó a Brasseur a su despacho para interrogarle los hizo sin la menor intención de ocultarle su desprecio, ni su propósito de conseguir que lo expulsaran.
Todos los domingos por la tarde, cuando su padre lo llevaba de vuelta en el Mercedes, Bruno empezaba a temblar según se acercaban a Nanteuil-lex-Meaux. La sala de visitas del liceo estaba decorada de bajorrelieves que representaban a los antiguos alumnos más célebres: Courteline y Moissan. Georges Courteline, escritor francés, es autor de relatos que presentan con ironía el absurdo de la vida burguesa y administrativa. Henri Moissan, químico francés (premio Nobel en 1906) desarrolló el uso del horno eléctrico y aisló el silicio y el flúor. Su padre siempre llegaba a tiempo para la cena de las siete. Por lo general, Bruno solo conseguía comer a mediodía, en la comida con los semipensionistas; por la noche, solo estaban los internos. Eran mesas de ocho; los mayores ocupaban los primeros sitios. Se servían en abundancia y luego escupían en el plato para que los pequeños no pudieran tocar el resto.
Todos los domingos Bruno se preguntaba si debía hablar con su padre, y al final concluía que era imposible. Su padre pensaba que era bueno que un chico aprendiera a defenderse; y era verdad que algunos de su misma edad contestaban, se enfrentaban a los mayores, al final lograban hacerse respetar. A los cuarenta y dos años, Serge Clément era un hombre ‘de éxito’. Mientras que sus padres eran dueños de una tienda de ultramarinos en Petit-Clamart, él ya tenía tres clínicas especializadas en cirugía estética: una en Neully, otra en Véniset y la tercera en Suiza, cerca de Lausana. Además, cuando su mujer se fue a vivir a California, él recuperó la administración de la clínica de Cannes, enviándole la mitad de los beneficios. Hacía tiempo que había dejado de operar; pero era, como suele decirse, un buen ‘gestor’. No sabía muy bien cómo tratar a su hijo. Le tenía cierto cariño, a condición de que no le robara demasiado tiempo; se sentía culpable. Los fines de semana que tenía a Bruno en casa, solía abstenerse de recibir a sus amantes. Compraba platos preparados, cenaban los dos juntos; luego miraban la televisión. No sabía jugar a ningún juego. A veces Bruno se levantaba durante la noche e iba al frigorífico. Echaba cereales en un tazón, añadía leche y nata fresca; lo cubría todo con una gruesa capa de azúcar. Después se lo tomaba. Se tomaba varios tazones, hasta sentirse asqueado. Le pesaba el vientre. Eso le gustaba”.
Extracto del libro «Las Partículas Elementales» (1998)
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