Advertise with Googlier.com Diario de Londres https://blogs.lavanguardia.com/londres Wed, 18 Jun 2014 19:01:55 +0000 es hourly 1 https://wordpress.org/?v=6.4.13 Independenecia por partida doble https://blogs.lavanguardia.com/londres/independenecia-por-partida-doble-13490/ Wed, 18 Jun 2014 17:45:31 +0000 https://blogs.lavanguardia.com/londres/?p=407 Hay que escoceses que quieren seguir siendo parte del Reino Unido, hay escoceses que quieren la independencia del Reino, y hay escoceses que quieren la independencia tanto del Reino Unido…como de Escocia. Se trata de una buena parte de los … Sigue leyendo →

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Hay que escoceses que quieren seguir siendo parte del Reino Unido, hay escoceses que quieren la independencia del Reino, y hay escoceses que quieren la independencia tanto del Reino Unido…como de Escocia. Se trata de una buena parte de los habitantes de las Islas Órcadas, Shetland y Hébridas Exteriores. “Estar a 500 kilómetros de Edimburgo es, políticamente hablando, lo mismo que estar a 1200 kilómetros de Londres”, dice Malcolm Bell, uno de los líderes del movimiento.

Las quejas y reivindicaciones de estos isleños del norte son similares a las de los escoceses respecto a Inglaterra, y en ello radica la ironía. Lamentan carecer del control sobre sus propios recursos, estiman que aportan más en impuestos y en riqueza de lo que obtienen a cambio en forma de servicios, consideran que su identidad cultural no obtiene el respeto que se merece. Han puesto sobre la mesa su “hecho diferencial”, y dado un puñetazo.

El proceso independentista se puso en marcha hace cuatro meses, con una cumbre de los líderes de los tres grupos de islas, que tienen en común su situación remota, un clima terrible que las aísla con frecuencia del resto de Escocia (y del mundo), abundancia de recursos naturales (energéticos y pesqueros) y una población muy escasa. La idea que más partidarios tiene de antemano las alejaría por igual de Escocia (si obtiene la soberanía) que del Reino Unido, ya que demandarían un estatus de dependencias de la corona británica y territorios de ultramar, similar al de las Islas Del Canal, la Isla de Man o las Malvinas. Otra posibilidad que barajan es un estatus autonómico como el que las Islas Faroe negociaron con Dinamarca en 1948.

Estas demandas han pillado a contra pie al primer ministro escocés Alex Salmond a poco más de un año de la celebración del referéndum sobre la independencia de Escocia, previsto para octubre del 2014. El gobierno de Holyrood ha publicado hace poco un extenso documento de 300 páginas con los argumentos sobre la viabilidad económica del país en caso de romper vínculos con Londres. Irónicamente, son virtualmente idénticos a los que alegan los “rebeldes” de las Shetland, las Órcadas y las Hébridas Exteriores.

Una alternativa menos radical, si la independencia no obtiene suficiente respaldo o se encuentra con problemas políticos insalvables, es conformarse con la fusión de sus servicios médicos y municipales, y el control de la pesca y del lecho marino. Esto último permitiría a las islas beneficiarse económicamente de los numerosos proyectos de energía mareomotriz (aprovechamiento de las mareas para generar energía eléctrica mediante su empalme con un alternador) que hay en marcha, y en los que empresas multinacionales están invirtiendo miles de millones de euros.

Nuevos yacimientos de petróleo y gas descubiertos en el Atlántico Norte caerían dentro de la jurisdicción de estos territorios en caso de obtener la independencia, o un elevado grado de autonomía que les permitiera disponer de sus recursos. Esa perspectiva ha impulsado sentimientos soberanistas que hasta ahora permanecían atrofiados, y que al Partido Nacional Escocés (SNP) que gobierna en Edimburgo le resultan incómodos porque se apoyan en razones económicas muy similares a las que alega para argumentar la viabilidad económica de Escocia.

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Qué verde era mi valle https://blogs.lavanguardia.com/londres/que-verde-era-mi-valle-58529/ Fri, 06 Jun 2014 16:21:44 +0000 https://blogs.lavanguardia.com/londres/?p=402 Se dice que en los valles mineros galeses hay dos clases de pobres, los pobres “flacos” y los pobres “gordos”. Los primeros lo son porque no tienen suficiente para comer. Los segundos, porque sólo les alcanza para comer porquerías. . … Sigue leyendo →

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Se dice que en los valles mineros galeses hay dos clases de pobres, los pobres “flacos” y los pobres “gordos”. Los primeros lo son porque no tienen suficiente para comer. Los segundos, porque sólo les alcanza para comer porquerías. . En algunos colegios hay un armario con cajas de zapatos para los niños que los necesitan, y sus padres no se los pueden comprar. En otros, organizaciones caritativas reparten galletas, cereales y potitos para bebés.

La película Qué verde era mi valle, de John Ford y con Maureen O´Hara de protagonista, cuenta la historia de los Morgan, una familia galesa de mineros fracturada por las prácticas abusivas de los patronos y la reducción de salarios (el padre, más conservador, no quiere ni oír hablar de sindicatos y huelgas, mientras que los hijos apuestan por la unión como única manera de preservar su trabajo y su modo de vida). Los valles siguen siendo en apariencia verdes, pero no es el verde de la esperanza. En todo caso es el verde de la pobreza, de la melancolía y de la enfermedad.

Esta región, una de las más deprimidas de toda Gran Bretaña, produjo al año más de 60 millones de toneladas de carbón que alimentaban los barcos y locomotoras de vapor, y fue pionera en descubrimientos e innovaciones clave para la Revolución Industrial. Pero hoy ha está dejada de la mano de Dios, y los recientes recortes del gobierno Cameron han constituido la puntilla. Uno de cada cuatro niños es oficialmente pobre. Los suicidios han aumentado un 30% en la última década. Los embarazos de chicas adolescentes superan ampliamente la media nacional. En el pueblo de Bleanu Gwent, los médicos recetan antidepresivos para 10000 de los 60000 habitantes. En Waundeg, al final de una carretera traidora y serpenteante que se adentra más y más en el valle, no hay ninguna tienda y el autobús que constituye la única forma de transporte para la mayoría de habitantes sólo para una vez al día, a las 6 de la tarde. La gente no puede ir ni al médico. Hay niños que nunca han salido más allá de un kilómetro.

Sencillamente no hay trabajo, ni perspectiva de conseguirlo. La mayoría de antiguos trabajadores de las minas y los Altos Hornos no están cualificados para hacer otras cosas, carecen de ahorros para emigrar y empezar una nueva vida en sitio, o están demasiado apegados a sus “verdes valles” como para emigrar. La estadística oficial de paro es sólo ligeramente superior al 8% del conjunto del país, pero 100.000 personas están clasificadas como “económicamente inactivas” ya sea por incapacidad permanente, o porque han renunciado a buscar empleo. Un 25% depende de los subsidios sociales. Han perdido la esperanza.

El paisaje de ocalidades con nombres tan románticos como el valle de Rhodda, Bridgend, Pontypridd, Bleanu Gwent, Merthyr Tydfill, Rhymney o Aberdare es un cementerio industrial que todavía muestra las cicatrices de los centenares de minas carbón que hubo y ya no hay. Hasta las iglesias están pintarrajeadas con graffiti, quizás porque un 40% de los habitantes se declaran ateos. Una de las pocas ideas de regeneración consiste en convocar un concurso para que artistas locales decoren los paneles de cartón piedra que recubren las puertas y ventanas, de pubs, comercios y las humildes casitas adosadas de ladrillo rojo que han sido abandonadas.

“No se aceptan curriculums hasta septiembre del 2014”, dice un letrero en la persiana metálica de una fábrica de dulces que todavía sobrevive y hémela a medio centenar de trabajadores. Mientras los hombres beben y se lamentan en el pub, las mujeres de los valles lideran la lucha, organizan actividades y crean grupos para buscar subvenciones e intentar regenerar la zona. Pero carecen de fondos y de ayuda. Los ordenadores que les donó una empresa llevan 18 meses desconectados por impago de la electricidad. Todo es una cuesta arriba.

Tanta miseria y tanta desgracia no se han traducido, sin embargo, en un aumento del sentimiento independentista. La mayoría de la población habla inglés en casa, aunque a los niños se les enseña galés en las escuelas. Fiel a la tradición y a lo que hicieron sus antepasados, la mayoría vota al Labour, que gobierna en Cardiff. Eso sí, existe una presión cada vez mayor para obtener una mayor autonomía y que el gobierno central haga más transferencias en temas como educación, agricultura o transporte.

“Las razones para buscar la independencia suelen ser dos, la guerra y el deseo de una mayor prosperidad económica, pero en el caso de Gales no se da ninguna de ellas –dice el primer ministro laborista Carwyn Jones-. Defendemos nuestra identidad y nuestra cultura, y estamos orgullosos de tener nuestra administración y nuestro parlamento. Nos gustaría gestionar en mayor medida nuestros asuntos, pero no hay una demada generalizada de soberanía”. El partido independentista Plaid Cymru obtuvo el 11.3% de votos en las últimas elecciones generales, y el 19.3% en las autonómicas.

“El relato de las relaciones entre patronos y mineros en los valles galeses desde el siglo XIX es una metáfora de lo que está ocurriendo ahora en todo Occidente –señala el historiador local Alwyn Owen-. Cada vez que descendía la demanda de carbón, los empresarios exigían a sus empleados una reducción de su sueldo, un aumento de las horas de trabajo, o ambas cosas a la vez. Y si no accedían, los ponían en la calles sin contemplaciones y contrataban a otros. Hubo muchas huelgas, algunas masivas, pero no llevaron a ninguna parte. Al final el que quería comer tenía que pasar por el aro”.

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Un Darwin para el siglo XXI https://blogs.lavanguardia.com/londres/un-darwin-para-el-siglo-xxi-70528/ Fri, 30 May 2014 14:08:28 +0000 https://blogs.lavanguardia.com/londres/?p=397 Charles Darwin sin duda alucinaría con la ciencia biológica moderna aplicada a la investigación de la naturaleza, las tarjetas magnéticas con código de barras, las pantallas líquidas y las voces que explican las características de DNA de mariposas y abejas … Sigue leyendo →

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Charles Darwin sin duda alucinaría con la ciencia biológica moderna aplicada a la investigación de la naturaleza, las tarjetas magnéticas con código de barras, las pantallas líquidas y las voces que explican las características de DNA de mariposas y abejas en el anexo del Museo de Historia Natural de Londres que lleva su nombre.

La extensión del museo no versa estrictamente sobre Darwin, su vida y su obra, pero sí se trata de un homenaje al autor de la teoría sobre el origen de las especies en el doscientos aniversario de su nacimiento, que ha sido convenientemente celebrado en Gran Bretaña con simposios, seminarios, conferencias, publicación de libros y la reapertura de la Casa-Museo de Oppington, al sur de la capital, donde vivió en su edad madura y realizó la mayor parte de sus experimentos.

El corazón del ‘Darwin Center’ es una estructura de cemento de ocho pisos de altura y sesenta cinco metros de largo (bautizada como el ‘capullo’) a donde se ha trsladado la fabulosa colección de setenta millones de especímenes de vida animal y vegetal que forman parte de la colección en permanente crecimiento del Museo de Historia Natural, y muchos de los cuales permanecían ‘archivados’ en los sótanos de la instalación, alejados de la vista del público por razones de espacio.

Pero lo más original no es el despliegue de mariposas, arañas o libélulas sobre una enorme mesa recubierta de cristal, sino la posibilidad de ver en acción a dos centenares de científicos que trabajan ante los mismos ojos de los visitantes detrás de un ventanal doble, acercarse a ellos y hacerles preguntas a través de un interfono, un nivel de interacción con el que ni el más sofisticado ordenador de los museos modernos es capaz de competir.

‘Darwin primero observaba y coleccionaba en sus viajes o excursiones, volvía a casa, estudiaba, comparaba y experimentaba, y ese es también el trabajo que hacemos aquí, aunque con unos conocimientos y medios tecnológicos con lo que él no habría podido ni tan siquiera soñar -dice Paul Bowers, el director del proyecto-. El diseño victoriano no es precisamente ideal para el trabajo en equipo, y la nueva estructura abierta permite que los distintos equipos cambien información y colaboren en una serie de disciplinas fronterizas, todo ello a la vista del público’. Se trata de la primera extensión del Museo de Historia Natural (una joya arquitectónica de Alfred Waterhouse) dede que se trasladó al barrio de South Kensington en 1881.

El archivo de setenta millones de especímenes del ‘Darwin Center’ es considerado uno de los más completos del mundo y constituye un modelo tridimensional de la diversidad de la vida y de los constantes cambios que se producen conforme las especies se descubren unas a otras y establecen ‘relaciones’ entre ellas, la esencia misma de los análisis del científico inglés nacido hace doscientos años.

A la revolucionaria extensión del Museo de Historia Natural de Londres –hasta ahora más famoso por los esqueletos de donosaurios- no le faltan los videos o las pantallas táctiles de ordenador, pero lo más moderno es una tarjeta magnética con un código de barras que los visitantes reciben en la recepción, tienen que activar digitalmente y les permite el acceso en los diveros puntos del recorrido a aquellas informaciones ‘clasificadas’ que más les interesan, ta sea ‘la identidad de las especies’, la ‘organización de la naturaleza’, la ‘descodificación del DNA’, la ‘propagación de las enfermedades’ o la explicación del por qué de los nombres de las ‘orugas elefante’ de quince centímetros de altura, los kiwis gigantes o las más de tres mil variedades distintas de mosquitos que aparecen desplegadas. ‘Te sientes espía por un día –dice un estudiante fascinado por la experiencia-. Mejor aún, te sientes como un Darwin del siglo XXI’.

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Eterno Veronese https://blogs.lavanguardia.com/londres/eterno-veronese-27833/ Thu, 22 May 2014 11:22:26 +0000 https://blogs.lavanguardia.com/londres/?p=394 A historiadores y críticos, por alguna razón les gusta agrupar en tríos a los grandes artistas, como para dar más peso específico a un movimiento o una época. Hablan de Miguel Ángel, Leornardo de Vinci y Rafael como símbolos del … Sigue leyendo →

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A historiadores y críticos, por alguna razón les gusta agrupar en tríos a los grandes artistas, como para dar más peso específico a un movimiento o una época. Hablan de Miguel Ángel, Leornardo de Vinci y Rafael como símbolos del Renacimiento, de Rembrandt, Rubens y Van Dyck como portadores del estandarte del Barroco, de Hockney, Bacon y Freud como estrellas del siglo XX inglés, de Tiziano, Tintoretto y Veronese como maestros de la Venecia del XVI…

El problema de Veronese es que, por lo menos en Inglaterra, no se le ha puesto hasta ahora a la altura de sus dos gigantescos contemporáneos –en todo caso un peldaño por debajo-, hasta el punto de que nunca se le había dedicado una exhibición exclusivamente a él. Un grave fallo que la National Gallery acaba de corregir, reuniendo cincuenta de sus mejores obras (retablos, cuadros, retratos, decoraciones alegóricas y de temática mitológica)  en el icónico museo de Trafalgar Square.

Quizás con un cierto sentimiento de culpa por no haberlo hecho antes, lo cierto es que los ingleses están entregados a Veronese, como si acabasen de descubrirlo. Los críticos hablan de la exposición del año y se rinden en elogios ante los organizadores, pero sobre todo ante el artista. Y el comisario de la muestra, Xavier Salomon (prestado la Fritz Gallery de Nueva York), ha recurrido a todos sus contactos para traer piezas desde Italia, Francia, Austria, España y los Estados Unidos, desafiando las más complejas barreras burocráticas y logísticas.

Desplazar obras de Paolo Bazzaro (el nombre auténtico del pintor, nacido en Verona en 1528) no es fácil, dado el enorme tamaño de muchas de ellas, pintadas para adornar palacios y basílicas, y para dar vida a los altares de las iglesias. El Martirio de San Jorge, por ejemplo, nunca antes había salido de la iglesia de San Giorgio in Braida de la ciudad natal del maestro, excepto cuando en 1797 fue robada por las tropas de Napoleón. Y a la primera oportunidad, volvió a casa.

El tamaño sí que importa, o por lo menos condiciona mucho, en el mundo de las exposiciones de arte. Y el museo londinense, dadas las dimensiones de algunas de las obras, no ha podido instalar la muestra en el Ala Sainsbury destinada a esos menesteres, sino que ha tenido que vaciar (una decisión no exenta de polémica) varias de las salas más nobles de su edificio principal, para que el Matrimonio místico de Santa Catalina, La bella Nani, Marte y Venus unidos por el amor o Retrato de un caballero brillaran como dios manda. Necesitaban luz y paredes altas, y les han sido dadas.

“Veronese estuvo en la cresta de la ola en los siglos XVI, XVII y XVIII, pero a partir del XIX se le fueron un poco las burbujas, o se las quitaron, sobre todo en comparación con Tiziano y Tintoretto. Pero es mi favorito de todos los tiempos, y El Martirio de San Jorge su mejor cuadro –dice Salomón, sin duda el hombre perfecto para poner en solfa la exposición-. Así que, por regla de tres, El Martirio es el mejor cuadro de la historia, y justifica plenamente un viaje a Londres para admirarlo”.

El desprecio –sobre todo de los ingleses- a Veronese llegó hasta tal punto que en 1857 la Cámara de los Comunes censuró al gobierno de turno por haber pagado 15.000 euros por La familia de Darío ante Alejandro (que ahora ha regresado triunfalmente a Londres), y el crítico de The Times metió baza para decir que si bien la obra no estaba mal, el negocio había sido malo porque probablemente su precio de mercado no era ni una tercera parte. Desgraciadamente, los implicados no están vivos para comerse sus palabras con patatas.

Hijo de un cantero de Verona y familiarizado desde pequeño con las esculturas en piedra y el trabajo de las telas, el joven Paolo llegó a Venecia cuando ya tenía 25 años. Su madre era la hija ilegítima de un noble bastante pendón, pero con conexiones suficientes por aquí y por allá como para que las familias de la aristocracia de Verona hicieran encargos bien pagados a Veronese (que como contrapartida adoptó su apellido tras la muerte de su progenitor, algo que no hizo ningún daño a su incipiente carrera).

“Todo el mundo destaca el colorido, la opulencia, la grandiosidad y la sofisticación de las obras de Veronese –señala Salomón-, pero a mí me llama la atención su inteligencia pictórica, su sentido de la geometría, su ubicación de los personajes y objetos en el lugar justo y con el tamaño justo, como si fueran tridimensionales, a mitad de camino entre la sensualidad veneciana y la perfección florentina, digamos. Cuadros como La consagración de San Nicolás o Cuatro alegorías del amor parecen absolutamente reales, como si uno estuviera allí”.

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Los caballos huérfanos de Irlanda https://blogs.lavanguardia.com/londres/los-caballos-huerfanos-de-irlanda-23648/ Fri, 16 May 2014 19:51:09 +0000 https://blogs.lavanguardia.com/londres/?p=388 A la reina de Inglaterra, apasionada de la hípica, se le ha encogido el corazón al descubrir que veinte mil caballos han sido abandonados en Irlanda desde el comienzo de la crisis económica y deambulan famélicos por los campos y … Sigue leyendo →

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A la reina de Inglaterra, apasionada de la hípica, se le ha encogido el corazón al descubrir que veinte mil caballos han sido abandonados en Irlanda desde el comienzo de la crisis económica y deambulan famélicos por los campos y carreteras del país en busca de unas briznas de hierba que llevarse a la boca. Se les llama ‘las víctimas de cuatro patas de la depresión’.

Durante el largo boom del tigre celta, las mismas clases medias que adquirían como inversión apartamentos en pistas de esquí de Bulgaria compraron caballos de carreras o de salto, y una yegua con pedigrí se convirtió en un símbolo de estatus, como un coche descapotable o un Rolex. Había tanto dinero en circulación que pagar un establo era un poco caro, pero ningún problema.

Ahora, sin embargo, es otro cantar. Y con excepción de los auténticos profesionales de la cría -un negocio de mil millones de euros al año-, para miles de irlandeses los caballos se han convertido en un capricho y un lujo superfluo. No los pueden cuidar, no los pueden alimentar, y los dejan abandonados a su suerte. En un descampado industrial de las afueras de Dublín, cerca del aeropuerto, viven más de un centenar de animales prácticamente en los huesos, hurgando entre la basura en busca de comida. Es su cementerio.

Caballos que costaron pequeñas fortunas son liquidados en subasta por doscientos o trescientos euros, y aún así es dificilísimo encontrar comprador. Las bestias sin ninguna cualidad especial, ni para el salto ni para las carreras, se pueden conseguir por cincuenta euros. En el tablón de anuncios de un pub de Kildare está escrito: ‘cambio potro bien cuidado por teléfono móvil’.

Para un país que presume de ser amante de los animales, y cuyos caballos se encuentran entre los más cotizados del mundo, se trata de una humillación. Otra más, como la nacionalización de la banca, el rescate de la Unión Europea, el resurgimiento de la emigración o los treinta y tres mil pisos a medio construir que constituyen las llamadas ‘ciudades fantasma’ de Irlanda.

El gobierno no sabe qué hacer. No hay demanda para tanto caballo abandonado, la Sociedad Protectora de Animales no tiene instalaciones ni recursos para hacerse cargo de ellos, y sólo quedan dos opciones: o matarlos, o dejar como hasta ahora que vaguen por el país (caminan por las autopistas, se los ve debajo de los puentes, entran en los jardines de las fincas o están atados a postes en los bloques de viviendas subvencionadas de Cork, Galway o Dublín, como juguete de gamberros que ni les dan de comer). Los que tienen un buen certificado de salud son enviados al matadero, y la carne exportada a Francia

A la reina, que tiene veinticinco caballos en Sandringham y todos los meses de junio acude a Ascot, le han contado la historia y se ha llevado las manos a la cabeza, pero no es lo que ha visto en el centro de cría y adiestramiento de Kildare, de donde salen las yeguas y potros que luego ganan el Derby de Kentucky o el Grand Nacional. Aquí sigue ‘el deporte de los reyes’, pero en el resto del país es ahora el ‘deporte de los mendigos’

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Visita a Escocia https://blogs.lavanguardia.com/londres/visita-a-escocia-37087/ Thu, 24 Apr 2014 19:59:06 +0000 https://blogs.lavanguardia.com/londres/?p=382 La región central de Escocia ejerce de punto fronterizo entre el sur de clara influencia anglosajona y la magia de esas Tierras Altas del norte (Highlands), inspiradoras de tantos símbolos escoceses, como el tartán que estampa a cuadros las kilts … Sigue leyendo →

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La región central de Escocia ejerce de punto fronterizo entre el sur de clara influencia anglosajona y la magia de esas Tierras Altas del norte (Highlands), inspiradoras de tantos símbolos escoceses, como el tartán que estampa a cuadros las kilts o faldas masculinas. Un recorrido desde Glasgow hasta Aberdeen, partiendo del centro hasta recalar en la costa nordeste, nos adentra en una geografía surcada de montañas, valles y lagos, escenario de la turbulenta historia del pueblo escocés.

Si el rostro político de la nueva Escocia, dotada de un gobierno autónomo desde 1999, está encarnado en la capital, Edimburgo, la vocación modernizadora se concentra en la ciudad de Glasgow y su profunda transformación de la última década. La que fuera segunda ciudad del imperio británico se ha empleado en superar el declive post industrial que arrancó en  los año 1970 gracias a la reconversión de los muelles y almacenes a orillas del río Clyde en un nuevo foco de los negocios, el ocio y el turismo. La mole de titanio del Centro de las Ciencias y el centro de convenciones ideado por Norman Foster –bautizado popularmente como el Armadillo por sus formas plateadas– son el emblema de los nuevos tiempos. Y sus estructuras de corte futurista se entremezclan hoy con el legado de edificios victorianos, mansiones que pertenecieron a los empresarios del algodón, el tabaco y el textil o su magnífica catedral gótica.

Esta ciudad que ejerce de sede del diseño, la arquitectura y una veintena de museos de primera línea, retiene como uno de sus atractivos perennes la huella de Charles Rennie Mackintosh (1868-1928). Arquitecto, diseñador de interiores y mobiliario, máximo exponente del modernismo en Escocia, el artista que deslumbró a los victorianos de su época y a colegas europeos, aunque acabó falleciendo en la miseria, sigue siendo una de las mejores razones para visitar Glasgow: desde la Escuela de Bellas Artes (Glasgow School of Art), hasta las habitaciones de la Mackintosh House, alojada en la Hunterian Art Gallery.

Ubicada 42 kilómetros  al norte de Glasgow, la población de Stirling no sólo es el epicentro de cualquier visita por las tierras centrales, que además aloja uno de los campus universitarios más bonitos de toda Escocia, sino que en sí misma recoge un pedazo de historia como testigo de la lucha independentista de los escoceses. El pueblo creció alrededor de su castillo que se alza, encaramado en un risco, sobre la desembocadura del río Forth. La mayor parte de los edificios que conforman la fortaleza –uno de los exponentes más brillantes de la arquitectura renacentista– datan de los siglos xv y xvi, aunque sus defensas exteriores fueron levantadas en el siglo xiii. En aquella época, el cauce del río dividía el norte y el sur del territorio, unidos por un único puente de paso que convirtió este enclave en «la llave del reino». Quien dominase la estratégica Stirling también dominaría Escocia.

Una historia turbulenta

Una torre de estilo gótico victoriano que la ciudad construyó gracias a las donaciones de muchos expatriados escoceses, el Wallace Monument, conmemora la resistencia de William Wallace (1267-1305) frente a las fuerzas invasoras del rey inglés Eduardo I, a las que derrotó en la Batalla de Stirling de 1297. Ocho años después, Wallace era ahorcado y luego descuartizado en Londres, tras ser capturado a resultas de la traición de uno de los suyos. En el recinto del castillo, una estatua representa a su sucesor en la galería de héroes escoceses, Robert the Bruce, envainando la espada tras su victoria en la batalla de Bannockburn (1314). La Escocia que se había ganado a pulso su independencia no fue reconocida sin embargo como estado soberano hasta 1329, seis días después de la muerte de Bruce, aunque las guerras con Inglaterra se prolongaron a lo largo de otros trescientos años. En el mismo castillo, desde cuyas alturas se divisan los antiguos escenarios de repetidas luchas, fue criada en el catolicismo María Estuardo (1542-1587) y coronada como reina de los escoceses cuando era una niña, tras la muerte de su padre Jaime V. La presión de los reformistas protestantes acabó conduciendo a su prima Isbael I de Inglaterra a encarcelarla y finalmente ejecutarla.

Si en Stirling confluyen todos esos personajes trágicos de la iconografía escocesa, los lagos luminosos y las montañas abruptas que más hacia el norte integran el Parque Nacional de Trossachs nos retrotraen a las hazañas de Rob Roy MacGregor (1671-1734), protagonista de relatos verídicos, también de leyendas e incluso de una película que interpretaron Liam Neeson y Jessica Lange en 1995. Los escenarios del desafío de Rob Roy al primer duque de Montrose, el noble inglés que le arrebató sus tierras, representan una combinación de la aspereza de los montes Grampians con el sosiego pastoril de los Borders, como se conoce a la frontera entre Escocia e Inglaterra. Porque en ese paisaje que también inspiró algunas novelas y poemas del escocés Walter Scott –como ese libro impregnado de romanticismo titulado La dama del lago–, se dan de la mano las llamadas Lowlands y Highlands.

El parque es el hábitat de numerosas especies, encabezadas por el águila real, el halcón peregrino, el ciervo y el gato salvaje, que transitan por los bosques del Queen Elizabeth Forest Park.

Ese sector de las Trossachs tiene una de sus perlas en el Loch Ard, uno lago tan pequeño (cuatro kilómetros de largo por dos de ancho) como pintoresco. Protegido por un valle, es el favorito de los aficionados al kayak y otros deportes acuáticos, aunque los cazadores de instantáneas fotográficas prefieran desplazarse más allá del noroeste del parque, hacia el lago más famoso de toda Escocia, por supuesto el Loch Ness.

Ese lago Ness que se extiende a lo largo de una ruta panorámica de 37 kilómetros ha despertado durante años la imaginación de niños y adultos como supuesta morada de un monstruo tan célebre que hasta Hollywood le ha dedicado un filme (Lake Ness, 1996). Cuenta la leyenda que el monstruo, llamado familiarmente Nessie, vive en una cueva bajo las ruinas del castillo de Urquhart, una edificación que, como marca el guión en cualquier lugar destacado de Escocia, también tuvo su papel en las guerras de la independencia escocesa. De aquellos avatares, entre los que destaca su captura en 1296 por Eduardo I y posterior reconquista a manos de las huestes de Robert Bruce, quedan los restos de una fortaleza medieval con más de seis siglos de historia y una de las estampas más espectaculares a orillas del lago.

La mayor altura de escocia

El recorrido con destino final en la ciudad oriental de Aberdeen convierte en paso obligado el segundo parque natural escocés, que presiden las montañas Cairngorms y está considerado uno de los últimos grandes espacios salvajes de Europa. El corazón del Cairngorms National Park aparece estriado por una impresionante cadena montañosa que concentra cuatro de los cinco picos más altos de Escocia, en una zona de antiguos bosques, valles y páramos, dotada de un ecosistema de gran biodiversidad: una cuarta parte de los animales –sobre  todo pájaros– y plantas en peligro de extinción del Reino Unido se localiza en unos dominios donde todavía es posible hallar reductos del pino rojo que antaño cubría las Highlands, además de manadas de ciervos y venados.

Bien conocida por los ornitólogos es la Reserva de la Sociedad Real, enclavada en las Cairngorms con el objetivo de proteger a las especies amenazadas de aves. Adentrarse en el bosque de Abernethy durante los meses de verano permite contemplar a las águilas pescadoras que sobrevuelan el Loch Garten, identificar al urogallo o al piquituerto escocés, y también a otros protagonistas del reino animal como el corzo, la ardilla roja, el gato montés y la nutria.

En contraste con ese despliegue multicromático, la imagen granítica de Aberdeen emerge de entre los brazos de los ríos Dee y Don como la gran capital del petróleo encarada hacia el Mar del Norte. Pesqueros y petroleros dominan el puerto de una ciudad que explota tanto el crudo como los recursos marítimos, toneladas de pescado que se subastan cada jornada en la mayor lonja de Escocia. La tradición de generaciones de pescadores queda recogida en el Museo Marítimo, ubicado en la Provost Ross’s House, una de las residencias más antiguas de la localidad (1593); aquí se muestran ilustraciones sobre naufragios, rescates y construcción de barcos, junto a varias maquetas de las plataformas petrolíferas de la costa este.

A orillas del Don

La llamada Ciudad del Granito, en alusión a esa roca que no sólo tiñe las fachadas de gris, sino también de color blanco, compensa el rigor de su apariencia con los mantos de flores que recubren sus jardines y parques. Empezando por el Duthie Park Winter Gardens, uno de los mayores de Europa. El antiguo barrio medieval de la ciudad se despliega en la ribera del Don, con calles empedradas que tienen vetado el acceso al tráfico rodado, y el destacado perfil de la catedral de St Machar’s, el edificio de granito más veterano de la ciudad (su arco de arenisca roja data del siglo xv). La arteria principal de una población en constante bullicio, la Union Street, concentra algunos de los edificios más interesantes, como el provost Skene’s House, antigua morada del preboste de Aberdeen en el siglo xvii y sede de algunas de las reliquias religiosas más notables del patrimonio escocés. El foco histórico de esta  ciudad que recibió durante siglos los artículos más exóticos procedentes del Nuevo Mundo se ubica en la plaza Castlegate y su Marcat Cross (cruz del mercado), cuya galería tiene esculpidas las figuras de los monarcas de la casa Estuardo.

Ahondar en esa historia agitada y apasionante de Escocia precisa de una visita al castillo de Dunnottar (tan sólo a 25 kilómetros de Aberdeen), una fortificación que fue erigida en el siglo ix sobre un acantilado, aunque los vestigios que hoy permanecen en pie deben fecharse tres siglos más tarde. El espectáculo consiguió seducir al mismísimo director italiano Franco Zeffirelli que acabó escogiéndolo para rodar en 1990 su versión de Hamlet –protagonizada por Mel Gibson–, tan lejos del castillo de Kronborg (Dinamarca) donde en realidad se desarrolla el drama que firmó William Shakespeare.

Los restos de la que fue la principal fortaleza del nordeste brindan una estampa inigualable frente a las aguas embravecidas del mar que flanquean tres de sus costados. Pero la imaginería escocesa reserva un lugar muy especial a este castillo de perfil maltrecho a causa de siglos de asedio, entre los que destaca el episodio en que William Wallace incendió las defensas de madera que protegían a los soldados invasores  ingleses. La fecha más señalada nos traslada sin embargo a 1651, cuando una pequeña guarnición escocesa consiguió resistir frente al poderío del ejército de Oliver Cromwell (el hombre que convirtió a Inglaterra en una república en el siglo xvii) y salvar con ello las joyas de la corona de Escocia. Todo un simbolismo que resume el inagotable filón histórico encerrado en Escocia, tan importante ara sus gentes como la incuestionable belleza de su naturaleza.

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El “Mayflower” es nuestro https://blogs.lavanguardia.com/londres/el-mayflower-es-nuestro-46733/ Mon, 07 Apr 2014 12:12:10 +0000 https://blogs.lavanguardia.com/londres/?p=380 Durante cuatro siglos el Mayflower ha sido de Plymouth, como la paella es de Valencia, el whisky de Escocia, el agua de Solares o de Vichy, y la cerveza Guinness de Irlanda. Pero como en todas partes ha llegado la … Sigue leyendo →

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Durante cuatro siglos el Mayflower ha sido de Plymouth, como la paella es de Valencia, el whisky de Escocia, el agua de Solares o de Vichy, y la cerveza Guinness de Irlanda. Pero como en todas partes ha llegado la hora de las reivindicaciones, la localidad costera de Harwich, en el condado de Essex, reclama ahora como suyo el barco que llevó en 1620 al nuevo mundo a los peregrinos ingleses que huyeron de la persecución religiosa y pusieron la primera piedra de lo que luego serían los Estados Unidos de América.

 Nadie cuestiona que el legendario Mayflower emprendió su viaje transatlántico desde Plymouth, en la costa de Devon (oeste de Inglaterra), el centro de operaciones marítimo del pirata Sir Francis Drake. Pero Harwich, un lugar mucho menos agraciado a casi 400 kilómetros de distancia, en el Mar del Norte, alega que el buque fue construido en sus astilleros, que el capitán y toda la tripulación eran hijos suyos, y que por tanto se merece la mayor parte del crédito por aquella aventura que cambió el curso de la historia.

 “Plymouth nos ha secuestrado en la práctica el Mayflower, aunque sea con efectos retroactivos. Son unos piratas como Drake, aunque sean de guante blanco –dice Mary Moran, que trabaja en un supermercado local-. Lo único que hizo el barco en Devon fue una escala de unos cuantos días para cargar provisiones, y parecería que fuera suyo. La verdad es que nos vendría muy bien un poco de turismo relacionado con el viaje de los peregrinos a América, nuestros políticos tienen que ponerse las pilas”.

 Seguramente Harwich habría reclamado algún sus derechos intelectuales sobre el Mayflower aunque no hubiera habido crisis, pero lo cierto es que la depresión económica que sufre esta población a orillas del Mar del Norte ha acelerado el proceso. “Para los ingleses somos sinónimo de mal tiempo y de los enormes atascos que provocan los camiones que hacen cola para subir a los ferrys con destino a Holanda y Dinamarca, y para el resto del mundo sencillamente ni existimos. Nuestro papel en la historia del Mayflower debería ser el pasaporte a una cierta notoriedad, y a unos ingresos que no nos vendrían nada mal”, señala Frederic Newman, un antiguo trabajador portuario que está en el paro.

 A los norteamericanos les fascina, lógicamente, todo lo relacionado con los peregrinos que en el siglo XVII tocaron tierra en Cape Cod, establecieron un asentamiento en Nueva Inglaterra, combatieron a los indígenas e introdujeron al otro lado del Atlántico la moral religiosa y puritana que todavía hoy es uno de los rasgos característicos de los Estados Unidos, y se refleja en su política. El pavo del día de Acción de Gracias (Thaksgiving) es un homenaje a aquellos aventureros que en Europa no tenían sitio.

 En Massachussets hay un Harwich, y en todo el nordeste del país existen pueblos y ciudades que llevan nombres de localidades inglesas (Cambridge –la sede de la universidad de Harvard, a las afueras de Boston-, Ipswich, Norwich, Colchester…). Pero cuando los estadounidenses visitan el Reino Unido, no ponen el pie en Essex sino en todo caso en Plymouth, el puerto de donde sus antepasados del Mayflower emprendieron viaje. Así son las cosas.

 La tensión entre Plymouth y Harwich ha aumentado conforme se aproximan las festividades del 400 aniversario del viaje. La ciudad de Essex ha constituido una fundación con tres millones de euros de presupuesto para llevarse su parte del pastel, pretende construir una réplica idéntica del barco, ha solicitado los derechos de mercadotecnia para fabricar productos relacionados con el evento, y ha invitado oficialmente al presidente de los Estados Unidos (sea quien sea en el 2020) a que haga una visita y reciba las llaves de la localidad.

 Para Harwich se trata de empezar de cero, y sólo tiene seis años y medio para situarse en el mapa del Mayflower. Plymouth, mientras tanto, tiene afianzado su lugar en los libros de historia, además de un museo, un club de vela, una escuela de idiomas, una piscina, un hotel, una marina y hasta un aparcamiento que llevan el nombre del mítico buque. “Es injusto, porque la nave es nuestra, nosotros la construimos y le dimos la tripulación”, señala Andy March, uno de los organizadores de la campaña en Essex.

 El Mayflower, un barco de tres mástiles, cien metros de eslora y 108 toneladas de peso, fue construido en 1609 –once años antes de su legendario viaje de 66 días, en medio de las más feroces tormentas- en los astilleros de Harwich. Al principio se utilizó para transportar vino y madera a Francia y Bélgica, pero su celebridad quedó sellada al ser contratado por  los disidentes religiosos para construir una nueva vida al otro lado del mundo. Cuatro siglos después dos ciudades de Inglaterra se pelean por los derechos.

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Los exploradores y sus aventuras https://blogs.lavanguardia.com/londres/los-exploradores-y-sus-aventuras-16273/ Wed, 02 Apr 2014 13:34:08 +0000 https://blogs.lavanguardia.com/londres/?p=376 Un capitán Scott de bronce subido a un pedestal de piedra, enfundado en un traje polar y con un esquí en la mano derecha, contempla el horizonte desde Waterloo Place, en el corazón del Londres imperial, entre la plaza de … Sigue leyendo →

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Un capitán Scott de bronce subido a un pedestal de piedra, enfundado en un traje polar y con un esquí en la mano derecha, contempla el horizonte desde Waterloo Place, en el corazón del Londres imperial, entre la plaza de Trafalgar y el Palacio de Buckingham.

Fue esculpido por su viuda Kathleen Bruce como homenaje definitivo al gran explorador de la Antártida, un personaje a la vez admirable y trágico que conquistó el Polo Sur después de enormes penurias el 17 de Enero de 1912, tan sólo para descubrir que el noruego Amundsen se le había adelantado por cuestión de semanas. ‘Ha ocurrido lo peor. Todos nuestros sueños se han esfumado. ªOh, Dios mío, que horrible lugar! Me temo que la vuelta va a ser terriblemente larga y tediosa’.

Pero lo peor no había ocurido, ni mucho menos. Dos días después, la exhausta expedición de cinco hombres emprendió el viaje de mil doscientos kilómetros hacia el campamento base, avanzando a buen ritmo a pesar de la desmoralización y el cansancio. A mediados de Febrero, el hambre, el frío y el mal tiempo se unieron en una conspiración fatal que poco a poco les costó la vida a todos ellos. Desde su tienda de campaña, con los dedos congelados, sin apenas luz ni suministros, mientras las más furiosas tormentas de viento y nievo sacudían aquellas remotas latitudes, el orgulloso capitán Robert Falcon Scott vió morir uno a uno a todos sus compañeros. El 23 de Marzo realizó con puño tembloroso la última entrada en su diario, titulada ‘Mensaje a la Opinión Pública’, una emotiva defensa de la organización de la expedición y la conducta de todos sus miembros, a sabiendas de que las críticas iban a ser severas en un país que no acepta el fracaso, por muy heroico que sea: ‘Asumimos riesgos a conciencia –escribió cuando le quedaban pocos días de vida-, y por tanto no tenemos nada de qué quejarnos. Las circunstancias se volvieron en nuestra contra, y lo único que queda es inclinarse a los deseos de la Providencia. Si hubiera vivido, me habría dedicado en los próximos meses y años a contar a lo largo y ancho de nuestra tierra una historia de valor, resistencia y coraje que habría puesto los pelos de punta y encogido el corazón de todos los ingleses. Pero no podrá ser así, y los únicos que narrarán la historia serñan estas pobres notas y nuestros cuerpos’.  Se cree que Scott murió el 29 de Marzo, y su cadáver fue encontrado el 12 de Noviembre de ese mismo año por una expedición de rescate.

La estatua de Waterloo Place es un simbólico punto de partida para la ruta de los grandes exploradores británicos, cuyas hazañas salpicaron de gloria y también de sangre las épocas victoriana y eduardiana, y fueron una de las expresiones más notables de la expansión de un imperio mercantilista por excelencia, egoista como todos. La curiosidad de Scott y Schackelton, Burton y Lawrence, Livingstone y Speke, Tuckey y Hayward, entre muchos otros aventureros célebres, fue consecuencia de los avances de la revolución industrial, de la llegada del ferrocarril y los barcos de vapor, de cambios sociales inimaginables hasta entones, del renacimiento de la doctrina evangélica, de descubrimientos (como los de Charles Darwin) que pusieron en tela de juicio teorías, doctrinas y suposiciones que llevaban siglos vigentes en materia de ciencia, religión o filosofía. Gran Bretaña dominaba el mundo, y envió a sus hombres a los confines más remotos del planeta en parte por ansia de conocimiento, pero sobre todo para buscar materias primas y abrir nuevas rutas comerciales para la Compañía de las Indias y otras instituciones equivalentes. El Club Alpino de Londres es el más antiguo del mundo. El precio del oro todavía se fija en la City, y el hecho de que la Royal Geographic Society haya dejado de patrocinar viajes de descubrimiento e investigación es objeto de enorme polémica.

La historia de los exploradores es una historia de imaginación, esfuerzo y aventura, de valentía, sufrimiento y estoicismo, pero también de celos, rencillas y batallas personales, de héroes que con el paso del tiempo fueron convertidos a villanos, y viceversa. Scott fue inicialmente tratado en Inglaterra como un semidios, pero la propia predicción contenida en las últimas notas de su diario se hizo realidad medio siglo más tarde, cuando su competencia y carácter fueron cuestionados por una serie de estudiosos, y se le atribuyó personalmente la responsabilidad del fracaso de su última expedición y la muerte de todos sus componentes. La desmitificación de Scott fue acompañada de la elevación de su gran rival Ernest Shackleton, otro de los grandes personajes de la Era de la Exploración Antártica.

Shackleton empezó sus aventuras como tercer oficial de Scott en la expedición del ‘Discovery’ (1901-1904), de la que fue enviado sin contemplaciones de regreso a casa por problemas de salud en una decisión que empozoñó las relaciones entre los dos grandes exploradores. Tres años más tarde regresó a la Antártida, esta vez al frente de su propio equipo a bordo del ‘Nimrod’, y se acercó al Polo Sur más de lo que ningún hombre lo había hecho hasta la fecha. Tras la conquista de Amundsen y la muerte de Scott, dedicó sus esfuerzos a cruzar el continente de océano a océano a través del polo con un navío llamado ‘Endurance’ que se quedó atascado en el hielo, un suceso que durante mucho tiempo redujo su estatus. Poco ahorrador y mal empresario, murió con deudas equivalentes a dos millones de euros actuales, y muy lejos del mítico pedigrí que se le ha reconocido con el paso del tiempo.

Si Scott y Shackleton representan la victoria del hombre sobre el frío y el hielo, Mallory y Hillary simbolizan la conquista de las alturas, también en una extraña correlación de tragedia y gloria. La tragedia la personifica Mallory, que junto a su compañero Andrew Irvine desapareció en su tercera expedición al Everest, y murió a unos pocos cientos de metros de la cumbre sin que todavía hoy se sepa si de subida o de bajada. Hay todo tipo de teorías al respecto, que se desprenden del lugar donde fue encontrado su cuerpo en 1999, y del hecho de que en su cartera –perfectamente conservada- no apareciera una fotografía de su mujer que al parecer llevaba para dejar en la cimbre. Nadie la ha encontrado nunca. Suya es la frase más famosa en la historia del montañismo. ‘¿Por qué ese empeña en ascender el Everest?’, le preguntaron una vez. ‘Porque está ahí’, respondió.

Quien pasó en cambio a la historia como el conquistador del monte más alto del mundo fue el neozelandés sir Edmund Hillary, uno de los cien hombres más influyentes del siglo XX según la revista ‘Time’. La hazaña se produjo en 1953, en una expedición británica integrada por 400 personas, entre ellos 362 porteadores que llevaban a cuestas diez mi kilos de equipaje. Después de que otros equipos fracasaran en el empeño por el mal tiempo, Hillary y el sherpa nepalí Tenzing Norgay pisaron la cima del Everest a las 11.30 de la mañana del 29 de Mayo de 1953. Tenzing no sabía utilizar una cámara, así que la única foto que registra el acontecimiento se la hizo Hillary a él.

Los relatos de la exploración de África no son menos dramáticos ni están exentos de magnas rivalidades. Después de jugarse la vida peregrinando a La Meca haciéndose pasar por musulmán, sir Richard Burton compitió con John Speke por la búsqueda de las fuentes del Nilo en los Grandes Lagos de África. Se trató de un personaje extraordinario y poco convencional que hablaba veintinueve lenguas, traductor al inglés de ‘Las mil y una noches’ y editor del ‘Kama Sutra’, estudioso de las costumbres sexuales de todos los pueblos que visitaba, crítico de la ‘arrogancia’ del Imperio y la falsa moral victoriana, y por tanto con muchos enemigos. Speke, en cambio, era un hombre del sistema, y la relación entre ambos estuvo condenada a la discordia a pesar de las muchas calamidades que compartieron.

Si este paseo simbólico por la Gran Bretaña de los exploradores comienza en la estatua de Scott, muy bien podría terminar en la sede de la Royal Geographical Society, un precioso edificio victoriano de ladrillo rojo de Kensington, con vistas al Hyde Park. Allí están los bustos, los recuerdos, los mapas y los fantasmas de todos ellos. Del capitán James Cook, que ya en el siglo XVIII viajó tres veces al Pacífico, descubrió tierras desconocidas, circumnavegó Nueva Zelanda y dibujó el primer mapa de Terranova, antes de morir a manos de los nativos en Hawai. De John Franklin, explorador de Norteamérica y gobernador de Tasmania, que desapareció en una desafortunada expedición al Pasaje del Noroeste. De Charles Darwin y su viaje a las Galápagos que dio vida a su teoría sobre el origen de las especies. De T.E lawrence, James Kingston Tuckey, George Hayward y William Oglivie. Del misionero protestante David Livingstone, el primer europeo que vió las cataratas Victoria, explorador del África central y meridional, del Nilo y el Zambeze, abolicionista que creía en la igualdad de todas las razas en contra de la doctrina oficial del Imperio británico. Y del periodista galés Henry Morton Stanley, pagado por un periódico de Nueva York para ir a buscarlo al precio que fuera. ‘El doctor Livingstone, supongo’, dijo cuando lo encontró cerca del Lago Tanganyka. ‘Sí –respondió el explorador-, y encantado de estar aquí para darle la bienvenida’. Era 1871. David Livingstone murió dos años después de malaria en lo que hoy es territorio de Zambia, y cuando el gobierno británico reclamó su cadáver para enterrarlo con todos los honores, los nativos lo devolvieron sin el corazón, porque su corazón pertenecía a África. 

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Viaje a Islandia https://blogs.lavanguardia.com/londres/viaje-a-islandia-83041/ Fri, 06 Dec 2013 23:53:17 +0000 https://blogs.lavanguardia.com/londres/?p=334 Hace justamente un cuarto de siglo –¡y no voy a caer en el tópico de decir que el tiempo pasa volando!- me prometí a mí mismo que nunca más volvería a ir de camping. Fue en las “Blue Ridge Mountains“ … Sigue leyendo →

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Hace justamente un cuarto de siglo –¡y no voy a caer en el tópico de decir que el tiempo pasa volando!- me prometí a mí mismo que nunca más volvería a ir de camping.

Fue en las “Blue Ridge Mountains“ de Carolina del Norte, en una noche de perros, después de conducir horas y horas bajo la lluvia para llegar cerca de la medianoche a un parque nacional donde no había un alma (excepto un potencial asesino en serie), sin más luz que la de una luna en cuarto menguante tapada por las nubes, y los faros del coche. Tras llenarme de barro hasta las rodillas buscando leña en el bosque, la madera mojada no prendió ni a la de tras, no pude hacer la barbacoa que estaba prevista y tuve que conformarme con latas de sardinas. Ante la perspectiva de sufrir para instalar la tienda de campaña en medio de un lodazal, decidí poner punto final a la excursión, regresar a casa a dormir, regalar la cocinita de gas butano y los utensilios de cocina a un amigo más animoso, y pasar página en mi vida. A partir de entonces, cuando mi hija insistió en hacer camping, le ayudé a instalar la tienda en el salón comedor o en el jardín de casa. Y para ir de vacaciones, a hoteles. Cuento todo esto para dejar claro que no se me habría pasado por la cabeza hacer un viaje a Islandia, por mucho que el énfasis esté en la naturaleza y en los lugares remotos, si no hubiera sido con todas las comodidades.

Islandia no es sólo uno de los países más bonitos y exóticos del mundo, sino también de los más interesantes, ricos y caros, a pesar de una crisis financiera que todavía colea. Nada es barato. Ni el alquiler de coches (es muy recomendable un seguro especial que cubre los daños ocasionados por las carreteras sin asfaltar y la ceniza volcánica), ni el alojamiento, ni el alcohol, ni la comida, con platos tan exóticos como el tiburón, el filete de ballena, cocochas de bacalao, el carpaccio de frailecillo –que es el la mascota nacional, pero los islandeses no dudan en zampárselo- y, de un postre, una especie de yogur espeso llamado skyr. Tras aterrizar en el aeropuerto de Keflavik (hasta hace pocos años una de las mayores bases militares norteamericanas en el mundo, crucial durante la Guerra Fría para controlar los movimientos de los submartinos soviéticos en el Atlántico Norte), la primera impresión es que se trata de una tierra desolada y sin árboles, por culpa de la erosión causada por la lava. La segunda es que nunca hace mucho calor (quince grados en julio y agosto es considerado buen tiempo, pero en invierno no hace tanto frío como en Suecia, Noruega o Finlandia gracias a la corriente del Golfo). Y la tercera es la imagen del vapor que sale de las aguas termales de la Laguna Azul (Blue Lagoon) , visible desde la carretera que lleva a Reykjavik en tres cuartos de hora.

Paraíso de los hedonistas, con su propio hotel, la Laguna Azul (situada en la peninsula de Reykjanes, en la esquina sudoccidental del país) es la atracción  número uno de Islandia e imagen de sus posters turísticos. De día o de noche –las instalaciones están abiertas hasta las ocho en invierno y hasta las nueve en verano-, constituye una experiencia bañarse en las aguas geotermales ricas en algas, sal, silicio y otros minerales, embadunarse la cara de barro, meterse en la sauna o el baño turco, colocarse debajo de una catarara o –sobre todo- tomar una cerveza o un Campari con naranja sin necesidad de salir del agua. Calentito, mientras fuera hace un frío que pela.

De los 330.000 habitantes de Islandia, un tercio residen en Reykjavik y los barrios de sus alrededores, cada vez más grandes y poblados. Si los actuales abuelos eran agricultores y pescadores –la principal riqueza del país, que aporta un 43 por ciento del producto interno bruto-, los padres nacieron en la capital pero seguían teniendo contacto con el campo e iban los fines de semana, pero los hijos son absolutamente urbanitas, criaturas del asfalto. Los más afortunados viven en los lujosos apartamentos o las casitas de colores del distrito 101, rodeados de restaurants, cafés y boutiques con elegantes escaparates que muestran botas de piel de foca, joyas, artesanía local, diseño escandinavo y, sobre todo, jerseys de lana. Los islandeses tienen una moral luterana, que les lleva a trabajar mucho más que la media de europeos y tener hasta tres empleos (o al menos así era hasta que llegó el paro de la mano de la crisis económica). Disponen de dinero, y son consumidores empedernidos, obsesionados con tener en su domicilio la última moda en aparatos electrónicos, que en seguida descartan por un modelo nuevo. Son extremados en su forma de ser, tal vez un reflejo de un clima donde en verano se disfruta de casi veinticuatro horas de luz, pero en invierno tan sólo cinco (hay rincones del norte que durante varios meses no reciben ni un rayo directo de sol). Durante la semana apenas toman un vasito de vino con la comida. Pero, ya sea por su caracter radical o como reacción contra la ley seca y la prohibición del consumo de cerveza que se impuso en 1915 e imperó durante muchos años, beben desaforadamente durante el fin de semana. No tienen término medio, y de ahí la crisis financiera que estalló en el 2008 y aún no está del todo superada. La culpa, igual que en España, la tuvo un boom de la construcción al que todo hijo de vecino se apuntó entusiasmado, porque la inflación hacía subir el valor de las casas y los coches, y disminuía el coste de las hipptecas y préstamos. Hasta que, en una espiral provocada por el colapso de Lehman Brothers, la corona perdió de la noche a la mañana un tercio de su valor, tres bancos fueron a la quiebra y la bolsa tuvo que cerrar. Literalmente en bancarrota, sólo los préstamos del Fondo Monetario Internacional y los vecinos escandinavos salvaron a Islandia.

La vida nocturna de Reykjavik es sencillamente alucinante un viernes o sábado, cuando hasta cafés y restaurantes se transforman en clubs nocturnos con música en vivo y enormes colas para entrar. Desde las diez de la noche hasta las cinco o seis de la madrugada, las calles del Barrio Viejo parecen las Ramblas, un aluvión de veinteañeros, treintañeros y cuarentones, en su mayoría rubios, que van de local en local con la cerveza o la botella de vodka en la mano, charlando con los demás transeúntes. El fenómeno de la “nightlife“ empezó a desarrollarse en la década de los noventa, cuanbdo se hizo popular en el mundo entero la cantante Bjork –a la que se puede encontrar con facilidad en los locales de moda cuando visita el país- y a una serie de rockeros ingleses que la pusieron en el mapa. Pero no todo es consumismo. Los islandeses son muy cultos, tienen uno de los niveles educativos más altos de Europa y admiran a poetas y escritores. Pocas ciudades de cien mil habitantes pueden presumir una compañía de opera y otra de ballet, una orquesta sinfónica, tres grandes grupos profesionales de teatro y muchos otros independientes, un museo nacional y otro municipal. La principal atracción turística, sin embargo, es la elegante casa con vistas al puerto donde el presidente norteamericano Ronald Reagan y el líder ruso Mijail Gorbachov celebraron la histórica cumbre armamentista de 1986.

Pero Reykjavik, con sus tiendas, teatros y restaurantes, no es en cualquier caso más que el aperitivo de una aventura en Islandia. El plato fuerte son los volcanes, las cataratas, los glaciares, los fiordos, los geysers, los arcoiris, las auroras boreales y una naturaleza tan salvaje como remota. Hasta los años sesenta no había prácticamente en el país carreteras asfaltadas, y todavía hoy una buena parte de la red viaria es de tierra. Pero una magnífica ruta circular da la vuelta a todo el país (recorrerla lleva diez horas) y permite llegar sin mayores dificultades –y sin necesidad de un cuatro por cuatro-a las principales atracciones turísticas y a los mejores hoteles.

La Laguna Azul, el imponente y fiable geyser de Strokkur, el parque nacional de Pingvellir, el glaciar de Vatnajokull, la catarara de Gullfoss, la peninsula de Snaefellsnes (donde comienza el “viaje al centro de la tierra“ de Julio Verne) o el lago de Jokulsarion son fácilmente accesibles, sobre todo en verano. Pero el desafío en Islanda es llegar, por rutas secundarias y vehículos con tracción en las cuatro ruedas, a los espectaculares fiordos occidentales, donde con suerte uno puede tropezarse con un zorro ártico, o con algunos de los mil renos que fueron “importados“ de Suecia y han sobrevivido a los rifles de los campesinos. Akureyi es la segunda ciudad en población, y el centro de operaciones para explorar las montañas de Eylajfordur, el lago de Myvatn (paraíso de los ornitólogos), el cañóon de Jokulsa o las cataratas de Godafoss y Detifoss, las mayores de toda Europa.

La mayor aventura de todas consiste en penetrar en las llamadas Tierras Altas (Highlands) del interior de Islandia, conduciendo todoterrenos de enormes ruedas (“superjeeps“) sobre glaciares de hasta tres metros de grosor, bloques de lava y campos de arena negra que tiende a introducirse en la carrocería y en el motor. Hacer camping no está prohibido –aunque se recomienda informar de la ruta a las autoridades o a unos grupos de voluntaries dedicados a rescatar a quienes se pierden-, hay quienes viajan en bicicleta, y la mayoría de islandeses lo hace con el coche propio. Pero la opción más cómoda para el turista es instalarse en el Hotel Highland, la puerta de entrada a estos salvajes territorios, y realizar desde allí excursions organizadas en Land Rover con chófer y guía por las carreteras sin asfaltar de Kjolur y Sprengisandur, subir hasta la mitad de la ladera del Monte Hekla, ver el reflejo de los montes sobre las aguas pristinas del lago Landmannalaugar, asomarse al cráter de Ljotipollur, bañarse en ríos de agua caliente o hacer el picnic delante de cascadas que se despeñan entre rocas basálticas.

Una de las grandes ventajas de Islandia para el turismo es que, se vaya a donde se vaya, siempre hay un magnífico hotel que puede server de campamento, ya que el país sólo tiene una extension de cien mil kilometros cuadrados, y es la quinta parte de España. Y dentro del hotel siempre hay una sauna o un jacuzzi desde donde contemplar por la noche las estrellas en unos cielos puros, libres de contaminación, y por el día los lagos de aguas cristalinas o las montañas cubiertas de nieve. A los islandeses les encantan las piscinas de aguas termales, que utilizan no sólo por placer sino también para hacer negocios. En todos los pueblos hay una, abierta hasta bien entrada la tarde, que es el centro de la vida social.

En esas piscinas se aprende a conocer a los islandeses, personajes muy complejos, que un momento están completamente desinhibidos y al siguiente taciturnos, con un peculiar sentido del patriotismo (tan sólo obtuvieron la independencia de Dinamarca en 1944), del mundo contra nosotros, que han hecho de la neutralidad un dogma, muy creyentes –casi todos en Dios, pero muchos también en los espíritus-, orgullosos de tener uno de los idiomas más antiguos del mundo, empeñados en cazar ballenas aunque el resto del planeta esté en contra, feministas auténticos, con una dama primera ministra y muchas más en el parlamento (aunque los sueldos de las mujeres son, como en todas partes, muy inferiores a los de los hombres). Se trata de una sociedad sin clases, donde todo el mundo se llama por el nombre de pila, y sin delincuencia a pesar del éxito de una novela negra que daría la impresión que las calles de Reykjavik son tan violentas como las de Los Ángeles o el Bronx. La red social es muy amplia, pero acudir a los subsidios del estado está muy mal visto. Impera una tolerancia genuina. Las madres solteras no son criticadas sino admiradas por la valentía y el trabajar de criar sus hijos solas. La expectativa de vida es una de las más altas del mundo, por la dieta y la limpieza del medio ambiente (el cien por cien de la energía es geotermal, no hay ni carbon, ni humos ni residuos nucleares). El festival de Eurovisión es un acontecimiento nacional, y todo el mundo al morir puede contra con que su obituario se publicará en los periódicos. Y se puede llegar a los rincones más remotos y disfrutar unas vacaciones de lujo sin la pesadilla de tener que montar una tienda de campaña.

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El precio del amor https://blogs.lavanguardia.com/londres/el-precio-del-amor-28711/ Tue, 03 Sep 2013 19:50:38 +0000 https://blogs.lavanguardia.com/londres/?p=330 En la vida y en la política todo tiene un precio, lo mismo el amor que una carta verde. Mientras países como España y Malta ofrecen la residencia a quienes adquieran una propiedad inmobiliaria por valor de medio de millón … Sigue leyendo →

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En la vida y en la política todo tiene un precio, lo mismo el amor que una carta verde. Mientras países como España y Malta ofrecen la residencia a quienes adquieran una propiedad inmobiliaria por valor de medio de millón de euros, el Reino Unido niega el permiso de residencia a los cónyuges e hijos de aquellos ciudadanos británicos que ganen menos de 22.000 euros anuales. Lo cual, en la práctica, niega a la mitad de la población el derecho a casarse con alguien de fuera de la Unión Europea.

Esta medida, que entró en vigor hace unos meses y cuyo impacto está siendo revisado ahora por un comité parlamentario, encaja dentro del paquete de restricciones a la inmigración adoptado por el actual gobierno conservador, en respuesta a las preocupaciones de las clases trabajadores por el impacto de la llegada de extranjeros sobre el mercado laboral y el reparto de los beneficios sociales, y también para intentar frenar el avance de los euroescépticos del UKIP (que abogan directamente por la salida de la UE y el virtual blindaje de las fronteras).

“Si un británico o un residente legal pretende traer familiares al país, es lógico que el estado quiera asegurarse de que tiene los medios necesarios para mantenerlos y que no sean una carga para el erario público”, dice el diputado conservador Mark Reckless, en defensa de la normativa. Pero la baronesa Sally Hamwee, liberal demócrata, estima que “el efecto de la ley ha sido separar a numerosas familias, algo que no es justificable por criterios meramente económicos, y menos por un criterio tan arbitrario como el de ganancias a partir de 22.000 euros anuales, que el 47% de la población no alcanza”.

El comité de la Cámara de los Comunes ha llegado a la conclusión de que unas 18.000 personas al año no podrán traer a sus maridos, mujeres e hijos al Reino Unido en virtud de estas restricciones. Los diputados escucharon testimonios como el de un pastor inglés del Ejército de Salvación que ha tenido que pedir el traslado a Dublín para reunirse allí con su esposa georgiana porque su sueldo de 900 euros mensuales está por debajo del baremo establecido por el gobierno. O el de un residente del condado de Kent que se ve separado de su mujer nigeriana y sus dos hijos.

Organizaciones como la “Red de protección de los derechos de los emigrantes” han declarado que es “extraordinariamente cruel” que el gobierno ponga un precio al amor, y los ciudadanos se encuentren en la disyuntiva de quedarse en el Reino Unido o tener que abandonar el país para estar con sus seres queridos. Las demandas económicas son especialmente onerosas para las familias numerosas ya que, aparte de los 22.000 euros de sueldo exigidos para traer a un cónyuge, hay que añadir otros 2.800 euros por cada hijo.

El gobierno Cameron prima la entrada de los extranjeros que hablan inglés y tienen una buena educación, y ha restringido el acceso a la sanidad pública y las viviendas de protección oficial incluso a los nativos de países de la UE.

 

 

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