“Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio” (Salmo 51:10).
“Os daré corazón nuevo” (Ezequiel 36:26).
Lectura: Ef. 4:22-32.
Hay un himno hermoso que expresa nuestra mayor necesidad con toda claridad:
1 ¡Oh, por un corazón que alabe a mi Dios, un corazón liberado del pecado,
un corazón que siempre sienta tu sangre derramada tan libremente por mí!
2 Un corazón resignado, sumiso, manso, el trono de mi gran Redentor,
donde sólo se oye hablar a Cristo, donde Jesús reina solo.
3 Un corazón humilde, sencillo y contrito, creyente, verdadero y limpio,
del cual ni la vida ni la muerte pueden separarlo de Cristo que mora en él.
4 Un corazón renovado en cada pensamiento y lleno de amor divino,
perfecto, justo, puro y bueno, una copia, Señor, del Tuyo.
5 Tu naturaleza, Señor misericordioso, infúndeme; ven pronto de lo alto;
escribe tu nuevo nombre en mi corazón, tu nuevo y mejor nombre de Amor.
Charles Wesley, 1707-76
Oh Padre amado, venimos delante de Ti para implorarte que renueves nuestros corazones. Perdónanos la profundidad de depravación que tenemos, nuestro egoísmo, nuestra piedad que no incluye humildad, amor a la gente, compasión, y comprensión. Conocemos la Biblia de memoria, pero no somos capaces de amar ni siquiera a nuestros propios hijos. Juzgamos, condenamos, nos apartamos de otros creyentes como inmundos; creemos que tenemos la verdad y que ellos están equivocados; no toleramos a nadie que piense de otra manera; si alguien se equivoca no tenemos esperanza para él; si alguien cae en pecado, no queremos saber nada de él. No vamos a buscar a la oveja perdida para no contaminarnos con el mundo. Enfatizamos la doctrina a expensas del amor ¡cuando la esencia de la doctrina es el amor! El amor es el complimiento de la ley, no nuestro concilio de iglesia. La Santa Inquisición hemos trasladado de la Iglesia Católica a la Evangélica. Sentenciamos, excluimos y luego negamos la palabra al excomulgado. Oh Dios, danos un corazón de amor, como el corazón de Jesús que comía con pecadores, que tocaba a leprosos, que confrontaba el error, y vivía la verdad. Oh Padre, sálvanos de nosotros mismos, a la ceguera de no ver cómo somos, y renueva un espíritu recto dentro de nosotros, los más necesitados de tu gracia. Por amor a la salvación de los perdidos te lo pedimos. Amén.
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“Uno hace diferencia entre día y día; otro juzga iguales todos los días. Cada uno esté plenamente convencido en su propia mente” (Romanos 14:5).
Lectura: Rom. 14:5-8.
Este texto ilustra la estatura tan grande del apóstol Pablo y la madurez que tiene al afrontar un tema controversial. Se ve que hubo una divergencia de opciones en la iglesia en cuanto a la celebración de ciertos días de fiesta del calendario judío. Para unos era muy importante la celebración de ciertos días que habían celebrado toda la vida. Ahora que eran cristianos no veían ningún motivo por el cual dejar de celebrar estas fiestas que Dios había instaurado en tiempos de Moisés y tienen mucha enseñanza todavía para el día de hoy. Para otros que se habían convertido desde un contexto pagano, estas fiestas no guardaban mucho significado. ¿Habría que celebrarlos o no?
Si Pablo se decantaba a favor de los judíos, ya tenemos una división en la iglesia en base a etnias. Esta contradeciría todo lo que creemos acerca de la unidad de la iglesia. Sería imponer una unidad basada en la cultura judía. Te conviertes y ya eres judío. Pero esto no puede ser. Para evitar esta idea equivocada Pablo podría prohibir la celebración de fiestas judías. Si lo hace ofendería a mucha gente, e innecesariamente, porque estas fiestas encerraban mucha enseñanza. Así que opta por una decisión que no está a favor de ninguna nacionalidad: “Cada uno esté plenamente convencido en su propia mente. El que hace caso del día, lo hace para el Señor; y el que no hace caso al día, para el Señor no lo hace” (14:5, 6). La espiritualidad no consiste en lo que hacemos, sino en la motivación que hay detrás. Ninguno es más espiritual si hace lo que hace para el Señor.
Notemos algunas cosas hermosas acerca del carácter del apóstol Pablo:
Padre amado, ayúdame a respetar la espiritualidad del otro, no porque piense igual que yo, sino porque está haciendo lo que tú pides de él. En todas las diferencias de opinión, que nunca perdamos los buenos modales, la educación, y el respeto. No queremos defendernos como los de la calle, sino como lo hacía el Señor Jesús, con dignidad. Padre, que pueda tener la sabiduría del apóstol Pablo para no ofender la sensibilidad de nadie, sino para ayudar a cada uno a buscar al Señor personalmente para que pueda saber a qué atenerse. Gracias, Padre, por tus soluciones que no ofenden, sino que edifican. Amén.
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“Así que, todos los que somos perfectos, esto mismo sintamos; y si otra cosa sentís, esto también os lo revelará Dios” (Fil. 3:15).
Lectura: Fil. 3:7-17.
Hay un pasaje profundo que me ha enseñado mucho sobre el tema en cuestión. Procede del ejemplo del apóstol Pablo. El apóstol acaba de dar una enseñanza muy importante a la iglesia de los filipenses. Incluye una advertencia contra los falsos maestros, el peligro del legalismo, nuestra verdadera identidad en Cristo, el valor de conocerlo, y la necesidad de la perseverancia hacia la meta de alcanzar todo lo que Dios tiene para nosotros. ¡Anda que no es importante esta enseñanza! Sin embargo, Pablo no entra en discusión si alguien no está de acuerdo con él. Dice: “Así que, todos los que somos perfectos (maduros), esto mismo sintamos (estad de acuerdo con todo lo que acabo de enseñar); y si otra cosa sentís, esto también os lo revelará Dios” (Fil. 3:15). ¿Os dais cuenta? ¡Esta actitud es vital! Pablo está diciendo que, si alguien piensa de otra manera que él en cuanto a lo que ha enseñado, Dios se lo hará entender. En lugar de discutir o forzar a otros a cambiar de opinión, Pablo confía en que Dios guiará y corregirá directamente a quienes tengan dudas de sus enseñanzas o una perspectiva equivocada. Esta capacidad de confiar en Dios para cambiar a otro da descanso.
Nosotros no podemos dar entendimiento a la gente. Tiene que venir de Dios. Pablo no dice: “Si no estás de acuerdo conmigo, voy a hablarte y hablarte hasta que lo entiendas correctamente. ¡No dejaré de tratar de convencerte hasta que estés de acuerdo conmigo!”. No. Pablo ya ha cumplido con tu cometido. Deja el resto en manos de Dios. Pone su fe en la capacidad de Dios para cambiar la manera de pensar de sus oponentes. Nosotras tenemos que hacer lo mismo. Si alguien no está de acuerdo con nosotras, lo dejamos con el Señor para que Él cambie su manera de pensar. ¡Pon la confianza en Dios y no en ti misma para cambiar a las personas! Ten fe y paciencia, Dios lo hará.
Los tres pasos para tener paz en tu corazón y una buena relación con el que no está de acuerdo contigo:
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“Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios” (Romanos 8:19).
Lectura: Rom. 8:17-21.
Todo el mundo, y aun la naturaleza, están esperando la revelación de quienes son los verdaderos hijos de Dios. Podemos pensar: “Oh, esto no es ningún misterio, es evidente. Los hijos de Dios son los miembros de las iglesias evangélicas”. Pero no es tan evidente. Los hijos de Dios son los que tienen la naturaleza de Dios, procedan de la iglesia que sea, e incluso de fuera de la iglesia. Solo Dios sabe quién realmente es hijo suyo. Reconoce Su propio carácter al verlo en alguien. Mira lo que dice Jesús: “Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y hace hacer llover sobre justos e injustos” (Mateo 544, 45). Los hijos de Dios son los que se le parecen en su forma de ser. Dios no reconoce como hijos a los que no tienen su temperamento, naturaleza y disposición.
Una persona vengativa, que critica y hace daño a otros, que rompe amistades, corta relaciones y aborrece a los que antes eran sus amigos no se parece a Dios. Dios es leal, constante, su amor no cambia, perdona, no guarda rencor, no abandona y no aborrece a los que antes amaba. Dios es Dios de reconciliación. Y si no es posible la reconciliación, al menos procura el bien de la persona y su arrepentimiento, y sigue amándolo. No se pasa de nadie, ni hace ver que no existe. Su amor espera mientras bendice a la persona y hace bien en las vidas a los que le han dado la espalda.
El texto continúa: “Porque se amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también así los gentiles? Sed, pues, perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto” (Mateo 5:46-48). La persona que no ama a sus enemigos no tiene la naturaleza de Dios. La persona que abandona a sus amigos, tampoco. Ni la tiene la persona que juzga y condena a otros. El Dia de Juicio no ha llegado todavía, además todo juicio ha sido encomendado al Hijo, no a nosotros. La persona que usurpa al lugar de Dios no lo tema. ¿Quiénes somos nosotros para declarar que una persona que ha confesado y rechazado su pecado no ha sido perdonada? Si realmente creemos que “la sangre de Cristo nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1:7), no la rechazaremos, ni la mantendremos en cuarentena el resto de su vida, ni iremos hablando de aquello que Dios ha perdonado y olvidado, ni la perseguiremos a ella, ni a su familia, ni a sus amistados. ¿Qué espíritu es este? No es el Espíritu de nuestro Padre que está en los cielos. Su Espíritu es El que “perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus dolencias; el que rescata del hoyo tu vida, y que te corona de favores y misericordias” (Salmo 103:3, 4). Vamos a dar gracias a Dios por cómo nos ha tratado, y tratar a otros cómo hemos sido tratados. Entonces se verá que somos hijos de nuestro Padre que está en los cielos.
En el Día final los que actúan como Dios serán revelados cómo hijos suyos.
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“Alabad a Jehová… Dad a conocer sus obras… Cantadle… Hablad de todas sus maravillas… Gloriaos en su santo nombre… Alégrese el corazón de los que buscan a Jehová. Buscad a Jehová y su poder… Acordaos de las maravillas que él ha hecho” (Salmo 105:1-5).
Lectura: Salmo 105:1-6.
¡Que alegría cuando encontramos a una persona que es así!, haciendo lo que pone en este salmo. ¡Qué bueno es cuando nosotros somos así! No estamos hablando de cómo somos durante el tiempo de alabanza en la iglesia, sino todo el día, como nuestra manera acostumbrada de ser. Esta actitud involucra todo lo que somos, y cada parte de nuestro cuerpo. La boca está alabando a Dios. La información que transmitamos es alentadora. Es veraz, es positiva y animadora. Estamos hablando a la gente de todo lo que ha hecho Dios a lo largo de la historia, y en nosotros mismos. Esto nos aporta alegría. Afecta positivamente nuestras emociones. Esto es saludable para el cuerpo. Nuestra mente está funcionando, recordando cosas impresionantes que Dios ha hecho, no solo en la Biblia, sino también en nuestras vidas. Esto nos da un corazón alegre. Y nuestra voluntad está activada en algo que nos desafía. No está fuera de nuestro alcance, sino algo que podemos conseguir: vivir siempre en la presencia de Dios.
Claro, para conseguir esta manera de ser requiere trabajo de nuestra parte, pero vale la pena todo el esfuerzo que exige. Tenemos que disciplinar nuestra mente. Hemos de decidir que no vamos a hablar de lo mal que me encuentro, ¡a no ser que estoy en el despacho del médico! No voy a hablar del daño que me han hecho, a no ser que estoy con una persona que me pueda ayudar a procesarlo. La norma general es que estoy hablando de cosas que pueden beneficiar a los que me escuchan y ayudarles en su relación con Dios.
Tengo que darme cuenta de que la gente quiere verme alegre, y lo estoy, no poque nací con este temperamento, sino porque Dios me ha cambiado, porque el Espíritu Santo me está consolando, animando, y dando amor por la persona que tengo delante. Dios me quiere ver alegre, porque Él ha dado alegría a mi corazón con su salvación. Y yo me quiero ver alegre, porque hace que la vida sea más llevadera, y es salud para mis huesos.
Padre amado, te alabo en el día de hoy. Mi alma se recrea en tu presencia. Es verdad que en tu presencia hay plenitud de gozo. Es donde quiero estar todo el día, no importa dónde estoy, o lo que me pasa. Gracias por tu salvación, ¡y gracias porque sigues salvándome de mí misma! ¡Gracias que no has terminado, solo empezado! Me acuerdo de las cosas milagrosas que ya has hecho para mí, de las personas maravillosas que has puesto en mi vida, de tus comunicaciones conmigo, de lo que me has revelado de tu Palabra, de tus consuelos, y de todo lo que harás. Contestarás a las oraciones que tengo pendientes y veré más maravillas tuyas, porque te agrada maravillarme con lo que haces. Bendito tú ahora, todo el día, y eternamente. Amén.
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«Entonces aquel siervo, postrado, le suplicaba, diciendo: Señor, ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo. El señor de aquel siervo, movido a misericordia, le soltó y le perdonó la deuda… ¿No debías tú también tener misericordia de tu consiervo, como yo tuve misericordia de ti? Entonces su señor, enojado, le entregó a los verdugos, hasta que pagase todo lo que le debía. Así también mi Padre celestial hará con vosotros si noperdonáis de todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas” (Mateo 18:26-35).
Lectura: Mateo 18: 23-35.
La historia que el Señor Jesús contó del hombre al que le fue perdonada una deuda astronómica habla profundamente acerca de cómo solemos pensar. Tendemos a pensar como este hombre a quien se le perdonó su deuda. Solemos creer que lo que necesitamos del Señor es paciencia para poder pagar lo que debemos.
Sinceramente, eso es lo que opino. Que cuando nos arrepentimos por primera vez, pensamos: «Oh, bueno, Dios me salvará y lo que necesito de Él es paciencia, y luego simplemente le pagaré». Y pagarle es lo que pensamos que necesitamos, porque creemos que necesitamos ser capaces de ganarnos nuestra salvación.
Realmente, lo que queremos no es que se nos perdone nuestra deuda, que es lo que le sucedió a este hombre. Porque si se nos perdonase la deuda totalmente, sin ninguna necesidad de pago, nos sentiríamos completamente humillados. No suficientes en nosotros mismos, que nunca podríamos ser capaces de pagarla nosotros mismos. Que, ni siquiera toda la eternidad sería suficiente para que fuésemos capaces de pagarle a Dios por todo lo que Él ha hecho. Lo cual es correcto.
Lo que necesitamos no es paciencia; lo que necesitamos es lo que obtuvo este hombre, que fue el perdón de su deuda. Y así nos acercamos a otras personas y pensamos: «Oh, bueno, lo que necesito es ser paciente, porque siendo así con esta persona, con el tiempo me pagará por todo el mal que me ha hecho. Y se me restituirá». Y pasan los años y la persona no te paga. O peor aún, hay momentos en los que simplemente queremos justicia. Se nos ha mostrado gracia, pero queremos justicia. Y queremos que Dios aniquile a la otra persona. Pensamos: “No son merecedores de su misericordia, y mucho menos de su gracia”. Pero es este pensamiento inicial el que nos confunde. Es el pensamiento de que alguna vez podríamos pagarla. Y lo cierto es que nunca podremos hacerlo.
Querido Señor, sálvame del pensamiento de que alguna vez podría pagarte por lo que has hecho. Señor, no hay manera, aunque tuviese toda la eternidad para poderlo hacer. De ninguna forma podría pagártelo. Tampoco hay necesidad de hacerlo, porque la deuda YA fue pagada. Porque Jesús YA la pagó. Y Él está ante el Padre, quien lo ve y sabe que la deuda YA fue satisfecha y que no queda nada pendiente. Y es Jesús quien nos exige ser tan generosos en perdonar a quienes no nos perdonan… a quienes nos lastiman. Y Señor, confieso que incluso aquí me quedo corta. Mi generosidad de espíritu no alcanza a perdonar a las personas una y otra y otra vez cuando sé que nunca pagarán. Te pido que cambies mi corazón y que me perdones incluso por eso. En el nombre de Jesús, amén”.
[¹] Escrito por Becky Cretney.
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“Y escribe al ángel de la iglesia de Esmirna; El primero y el postrero, el que estuvo muerto y vivió, dice esto…” (Apocalipsis 2:8).
Lectura: Apoc. 2:8-11.
Niños, ¿sabéis que la iglesia está en una gran batalla? El enemigo es gigantesco, mucho más grande y más potente que nosotros. ¿Cómo vamos a vencer? En este momento se oye la voz del presentador: Señoras y señores, va a tomar lugar el conflicto del siglo, la lucha de la Sinagoga de Satanás contra la iglesia de Esmirna. Se ven los oponentes con sus espadas en la mano, en posición para comenzar: un hombre fortísimo de más de dos metros, con un niño de la clase de 4 años. El anunciador dice: “A mi derecha, fulano de tal, ¡representando la Iglesia de Satanás!”. Se oye un fuerte boooo de los espectadores. “Y, aquí, a mi derecha, el valiente luchador representando la iglesia de Esmirna”. Sube un Yeaaaa de los espectadores. La lucha comienza. Es fuerte. El oponente de la verdad lucha sin misericordia. Al niño representando la iglesia se ve muy pequeñito. Resiste los avances del enemigo, pero después de un largo combate, cae a tierra y el de la sinagoga de Satanás se pone sobre él y le clava la espada en su corazón. El árbitro acude al sitio, mira al cadáver y le pronuncia muerto. “¡¡¡El ganador es fulano, de la Sinagoga de Satanás!!!”.
“Niños”, dice la maestra, “¿os parece justa esta lucha? ¿Por qué no? Este no es el final; hay otro capítulo, porque el Señor Jesús ha dicho: “Sé fiel hasta la muerte y yo te daré la corona de la vida” (Apoc. 2:10). “Veréis”. Claro, porque tenemos un enemigo mucho más grande que nosotros. La iglesia de Esmirna tenía dos enemigos. ¿Cuáles eran? Los de la sinagoga de Satanás que hacían ver que eran creyentes, pero no lo eran. Estos eran seres humanos malos que se meten en las iglesias para hacer daño a los creyentes. El otro enemigo es el diablo mismo que no es un hombre, sino un espíritu malo.
El Señor Jesús entiende lo que les están pasando. ¿Cómo? Porque él lo pasó aún peor. ¡Tuvo el gobierno de Israel, el Imperio Romano, y el Reino del Satanás, ¡luchando contra él solo! ¿Qué pasó? Le mataron. ¿Y qué pasó luego? Dios le resucitó. Le hizo vivir otra vez. ¿Qué dice Jesús de ello? “Yo estuve muerto, ¡y vivo!”. ¡Estoy vivo! ¡Jesús ganó! Él solito ganó contra miles y miles y miles de enemigos suyos. ¡Es el Vencedor!
El Señor Jesús les dice a los de Esmirna: “No tengas miedo. El diablo echará a algunos de vuestros amigos en la cárcel. Matará a otros. ¡Muere por mí, y te haré vivir otra vez, como yo!” Niños, nos pueden matar, pero luego volvemos a vivir. Jesús le dice a ellos y a nosotros: “Sé fiel hasta la muerte, y te daré la corona de la vida”. La muerte no es lo terrible. Lo terrible es la segunda muerte, porque de ella ya no vuelves a vivir nunca más. Por eso tenemos que ser vencedores, como Jesús. Tenemos que ser fieles a Jesús hasta la muerte, y luego viviremos con él para siempre como sus vencedores. ¡Aleluya!
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“Escribe al ángel de la iglesia en Éfeso: El que tiene las siete estrellas en su diestra, el que anda en medio de los siete candeleros de oro, dice esto:” (Apoc. 2:1).
Lectura: Apoc. 2:1-7.
Lo siguiente es una clase para niños de 4 a 6 años acerca de la carta de Jesús a la iglesia de Éfeso, pero se aplica a todas las edades. Empieza con una breve obra de teatro.
La maestra dice: “Aquí viene el cartero. Tiene una carta para Juan. El remite dice: Jesús. Dirección: El Cielo”. (Llega un niño con la carta y la entrega a Juan). La maestra dice: “Juan, abre la carta. ¿Qué pone”? El niño abre la carta y lee: “Te amo, Juan” y viene firmada de parte de Jesús. (La maestra continúa hablando). La Biblia es una carta de amor de parte de Dios para nosotros. Cristo ha mandado otras cartas a las iglesias. ¿Qué es una iglesia? Los niños contestan varias cosas. Finalmente, la maestra dice: “Sí. Un grupo de personas que aman a Jesús”. ¿Dónde están estas cartas que Jesús escribió? “En la Biblia. En el libro de Apocalipsis”, contestan los niños. La primera carta de Jesús a las iglesias es para la iglesia de Éfeso. ¿Qué dice? “Os veo”. ¿Cómo los ve? (Aquí muestra una lámina del cielo con dos ojos muy grandes). ¿Con dos ojos muy grandes que aparecen en el cielo? No. Nos ve porque Jesús camina entre las iglesias. Esta ahí presente caminando de una iglesia a otra viendo lo que pasa en cada iglesia.
¿Qué es lo que ve en la iglesia de Éfeso? (Aquí enseñas una hoja dividida en dos partes, una mitad pintada en blanco y otra en negro). La iglesia de Éfeso tiene muchas cosas buenas y una cosa mala. ¿Qué cosas hacían bien? Hacían buenos amigos; no se iban con la gente mala. ¿Verdad que es muy importante tener buenos amigos? ¿Qué pasa si tenemos malos amigos? ¿Adónde nos llevan? Claro, por malos caminos, y esto no lo queremos. Jesús también ve que ellos hacen cosas buenas. Qué bien. Son buena gente. Y también ve que tienen paciencia. Esto es muy importante. Por ejemplo, si tú quieres algo de tu madre y te dice: “No te puedo dar esto ahora; tienes que esperar un poquito”. ¿Esto te cuesta? Y si tienes hambre y te dice: “Nada de comer, porque la cena es dentro de media hora”. Eso también cuesta. Y si te dice: no puedo estar contigo en ese momento porque tengo que hacer una cosa antes, eso también te cuesta. Tenemos que tener paciencia. Esta gente de Éfeso tenía paciencia.
Pero había una cosa que tenían mal. (Aquí enseñas un dibujo con un corazón pintado rojo en las tres cuartas partes de arriba y la parte de abajo en blanco). No querían a Jesús tanto como antes. En el fondo no lo le amaban). Habían perdido amor por Él. Todavía lo amaban, pero no tanto como al principio. ¡Y qué pena tenía el Señor Jesús! Él quería ser muy amado, con pasión, con entusiasmo, con devoción, y con fervor, porque Él nos ama a nosotros así. Esta situación era muy triste. ¿Qué tenían que hacer estos creyentes? Arrepentirse y volver a amar a Jesús con todo su corazón.
Hay un premio para los que se arrepienten y vuelvan a amar a Jesús de todo corazón. (Les enseñas el dibujo de un árbol con 12 clases de fruto. Haces que los niños identifican cada una de las frutas.) Hay un plátano, una manzana, un higo, una pera, una naranja, una fresa, unas cerezas, una ciruela, un melocotón, un melón, unas uvas y una sandía. ¿Cuántas frutas hay? (Haces que un niño las cuente.) Sí, hay doce. Hay un fruto para cada mes. No tenemos que esperar todo el año para tener fruto. Con un solo árbol hay fruto para cada mes.
Y las hojas también son importantes. Con Dios todo es importante. Las hojas sirven para la sanidad de las naciones. Tienes una pupa, coges una hoja y lo pones sobre la pupa, ¡y se sana! Te caes, te haces un rasguño en la rodilla, coges una hoja de ese árbol y la pones sobre tu rodilla, ¡y se sana! ¡Qué bien!, ¿verdad? Pues, ¿dónde está este árbol? Está en el Paraíso. ¿Dónde vas a estar tú si te arrepientes y amas al Señor de todo corazón? En el Cielo con Él. Te ama a ti de todo corazón y desea que tú estés allí con Él.
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“Desde entonces comenzó Jesús a declarar a sus discípulos que le era necesario ir a Jerusalén y padecer mucho de los ancianos, de los principales sacerdotes y de los escribas; y ser muerto, y resucitar el tercer día. Entonces Pedro, tomándolo aparte, comenzó a reconvenirle, diciendo: Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca” (Mateo 16:21, 22).
Lectura: Mateo 16:21-24.
Lo que para nosotros parece pérdida o tragedia forma parte integral del propósito salvífico de Dios. Veamos. Jesús anunció a sus discípulos algo que les resultaba incomprensible y doloroso: iba a morir. Pedro no podía aceptarlo. Amaba a Jesús y no quería perderlo, porque estaba interpretando las palabras de Jesús desde una perspectiva humana. Jesús le dijo: “¡Quítate de delante de mí, Satanás!; me eres tropiezo porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres” (Mateo 16:23). Para Pedro, la muerte significaba fracaso y final. Sin embargo, Dios iba a usar la cruz para obrar nuestra salvación y para conducir a Jesús a la resurrección y a la gloria.
Esta enseñanza también nos enseña a mirar nuestras circunstancias desde la perspectiva de Dios, aunque no comprendamos lo que está sucediendo, sabiendo que la sabiduría de Dios supera la nuestra: “Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová. Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos” (Isaías 55:8-9). La cruz mostró que Dios puede obrar precisamente en aquello que nosotros consideramos una derrota. Cuando muere alguien que amamos, su muerte produce un dolor real que no debemos minimizar. Sin embargo, para quien pertenece a Cristo, la muerte no significa que Dios haya perdido el control, ni que la existencia termine.
Los discípulos no podían imaginar la vida sin la presencia física de Jesús. Él sabía que su partida les produciría tristeza, pero les prometió la presencia del Espíritu Santo. Jesús no los abandonaría. Aunque Él mismo ya no estaría físicamente delante de ellos, el Espíritu Santo habitaría en ellos. Los enseñaría, les recordaría las palabras de Jesús, los consolaría y los guiaría. Por eso Jesús dijo: “Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuera, el Consolador no vendría a vosotros” (Juan 16:7). Lo que los discípulos percibían como una pérdida formaba parte del plan de Dios para iniciar una etapa de comunión con ellos aún más profunda por medio del Espíritu Santo.
Cuando atravesamos situaciones que no entendemos, podemos llorar, sentir incertidumbre, tener muchas preguntas, pero a la vez confiamos en que Él ve más allá de nuestras limitaciones. Decimos al Señor: Padre, no entiendo lo que estás haciendo, pero confío en que Tú sí lo entiendes y estás obrando salvación por medio de esto. La muerte no tiene la última palabra. Cristo es la última Palabra.
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“Ayuden a los hermanos necesitados. Practiquen la hospitalidad. Bendigan a quienes los persigan; bendigan y no maldigan. Alégrense con los que están alegres; lloren con los que lloran. Vivan en armonía los unos con los otros. No sean arrogantes, sino háganse solidarios con los humildes. No se crean los únicos que saben” (Romanos 12:13-16, NVI).
Lectura: Rom. 12:9-18.
Si de verdad tuviéramos que elegir, ¿a quién escogeríamos? ¿Escogeríamos relacionarnos con las personas con las que Jesús se relacionaba?: los pecadores, los recaudadores de impuestos y aquellos a quienes la sociedad marginaba. ¿O preferiríamos rodearnos de personas más o menos de nuestra misma posición social; con un nivel educativo parecido; personas con las que nos sentimos cómodos y que nos hacen sentir que encajamos en la sociedad? En su carta a los romanos, capítulo 12, Pablo nos propone una base distinta desde la que decidir cómo nos relacionamos con los demás. Nuestras decisiones no han de regirse por la posición social, la comodidad o lo que podamos obtener, sino por la gracia. Hemos recibido gracia y, por tanto, estamos llamados a ofrecerla, en especial a los que otros repudian y a nuestros hermanos y hermanas en Cristo.
Esta gracia se traduce en acciones muy concretas. Significa ayudar a los necesitados, practicar la hospitalidad, bendecir a quienes nos persiguen, alegrarnos con los que están alegres y llorar con los que lloran. Significa abrir nuestro hogar y nuestro corazón, sabiendo que nos va a ocasionar molestias, decepciones y heridas. No es lo que la sociedad espera de nosotros y quizá ni siquiera lo entienda. Pero esa es la clase de persona en la que quiero convertirme.
Si aprendo a compartir con quienes sufren necesidad, mis posesiones comenzarán a parecerme menos importantes. Me fijaré en las necesidades de los demás en lugar de preocuparme solamente por las mías. Seré más libre. Si practico la hospitalidad, quizá mi casa esté más llena, pero también lo estará mi corazón. Conoceré a personas con las que, de otro modo, nunca me habría relacionado, y experimentaré la alegría de su compañía y de la comunión fraternal.
Si bendigo a quienes me persiguen, dejaré de necesitar aferrarme al rencor. La amargura tendrá menos espacio para echar raíces en mi vida.
Si me alegro con quienes están alegres, la envidia empezará a perder su dominio sobre mí. Podré celebrar las cosas buenas que Dios concede a otras personas. Así tendré muchas más razones para alegrarme que las que me proporcionan únicamente las bendiciones de mi propia vida.
Si lloro con los que lloran, entraré sinceramente en el dolor de los demás. Contribuiré a crear una comunidad en la que, cuando llegue mi propio tiempo de duelo, otros sepan también sentarse a mi lado.
Si vivo en armonía con los demás, no tendré que librar todas las batallas ni obsesionarme con determinar quién tiene razón y quién no. Mientras no estén en juego las verdades esenciales de nuestra fe, entre ellas el señorío de Jesús y su muerte y resurrección, puedo permitir que los desacuerdos menores sigan siendo eso: desacuerdos menores.
Si renuncio al orgullo y pienso más a menudo en los demás que en mí misma, mis propios problemas dejarán de ofuscar mi visión. Si estoy dispuesta a relacionarme con los humildes, estaré participando en la obra del Señor, porque eso fue precisamente lo que hizo Jesús.
Esta forma de vivir traerá dificultades, sin duda. Abrir nuestra vida a los demás nos expone a ser maltratados y a sufrir. Sin embargo, este es el camino de Jesús. También es el camino hacia una vida más libre, plena y gozosa. Aunque contempláramos estas instrucciones desde un punto de vista puramente egoísta, podríamos reconocer su sabiduría. Pero nuestra verdadera razón para vivir así no es el interés propio. Ofrecemos gracia porque primero hemos recibido gracia.
Padre celestial, perdóname, porque todavía no soy del todo esta persona. A veces tengo un concepto de mí misma más alto del que debería. Exagero mi propia sabiduría y creo que puedo hacerlo todo. Todavía no he aprendido plenamente a descansar en ti. No siempre sé alegrarme con generosidad por los logros de los demás, ni tengo siempre el corazón tan abierto como tú me llamas a tenerlo. Señor, haz una obra en mi corazón. Aunque ahora mismo haya formas de hospitalidad que no puedo ofrecer, ayúdame a centrarme en lo que sí puedo hacer, en vez de pensar en lo que no puedo hacer. Muéstrame cómo abrir mi corazón, compartir lo que tengo y hacer sitio en mi vida para los demás. Cámbiame por el poder de tu Espíritu Santo. Hazme alegre en la esperanza, amable, paciente en el sufrimiento y perseverante en la oración. Haz de mí una persona que ore por los demás, que se dé cuenta de sus necesidades y piense en sus problemas, en lugar de vivir absorta únicamente en los míos. Comienza esta obra en mí, Señor, y llévala a término, porque sé que Tú eres fiel. En el nombre de Jesús. Amén.
[1] Escrito por Beckney Cretney
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