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]]>Más revuelo causó, y sigue causando, la ulterior decisión del ejecutivo de limitar los rendimientos de las cuentas de ahorro para, entre otras cosas, facilitar precisamente la bajada en los tipos de interés de los préstamos. Pero en cuanto a la regañina, nada; los banqueros no se cobraron la cabeza de la presidenta e incluso se mostraron dispuestos a escucharla y actuar en consecuencia.
Merece la pena reproducir las principales frases de la filípica presidencial:
“¡Es inadmisible que Brasil, con uno de los sistemas financieros más sólidos y lucrativos, continúe con uno de los intereses más altos del mundo. Esos valores no pueden seguir tan altos!”, clamó Rousseff sin ahorrar decibelios, su rostro llenando la pantalla.
E insistió: “El Brasil de hoy no justifica esto. Los bancos no pueden seguir cobrando los mismos intereses para empresas y consumidores mientras la tasa básica cae, la economía se mantiene estable y la mayoría aplastante de los brasileños honra sus obligaciones. El sector financiero no tiene cómo explicar esta lógica perversa”.
El mensaje parece más que razonable teniendo en cuenta que las tasas de interés que se cobran en Brasil figuran entre las más altas del mundo: según un informe publicado el mes pasado por el Banco Central, en febrero los tipos anuales alcanzaron promedios del 45% y el 28% para los préstamos a consumidores privados e industria, respectivamente.
La decisión de las principales entidades públicas de abaratar sus créditos, que Rousseff ponderó como el “buen ejemplo” a seguir, empieza a ser secundada por los bancos privados. Y la limitación de los rendimientos de los depósitos bancarios, tendente a evitar que los inversores abandonen los títulos del tesoro y se pasen a las cuentas de ahorro, también favorecerán los recortes en los tipos de interés.
Pero, tecnología financiera aparte, lo interesante o lo que nos llama la atención, es que Rousseff dijera lo que dijo en la forma en que lo hizo. Se podrá objetar que se trata solo de palabras, de un ejercicio de voluntarismo o de un golpe de efecto de cara a la galería. El caso es que lo dijo y nos resultó chocante. ¿Debería?
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]]>Una comisión de 16 juristas convocados por el Senado presentará en los próximos meses una propuesta de reforma del Código Penal que prevé despenalizar el aborto en algunos otros supuestos, como la existencia de graves malformaciones en el feto, la detección de un “riesgo para la salud” de la madre –aunque no sea necesariamente mortal- o la consideración médica de que la gestante no está psicológicamente preparada para afrontar la maternidad.
Las principales confesiones religiosas de Brasil oponen fuertes resistencias a la reforma. Está garantizado que las poderosas bancadas evangelista y católica de las cámaras parlamentarias harán lo posible por echar abajo o minimizar los cambios. Esta predisposición quedó clara hace unas semanas, cuando algunos representantes de dichos grupos se lanzaron al cuello de la recién nombrada ministra de la Mujer, Eleonora Menicucci, por su conocida posición favorable a le despenalización. Menicucci, ex compañera de celda de la presidenta Dilma Rousseff durante sus años de guerrilleras contra la dictadura, aclaró que su posición personal perdía toda relevancia ante la discusión y decisiones sobre el asunto en el parlamento. Y añadió que el aborto le parecía una cuestión de salud pública y no de ideología.
Nada más escuchar a la nueva ministra, el diputado evangélico y representante del centroderechista PMDB Eduardo Cunha afirmó que “vive en la época y el lugar equivocados, pues ella debería estar en Sodoma y Gomorra”. También la llamó “sodoministra”, esto último a través de su cuenta en Twitter.
De acuerdo con la Federación Internacional de Planificación Familiar, en Brasil se realizan cada año más de un millón de abortos clandestinos, obviamente en condiciones “inseguras”. Se trata de hecho de la tercera causa de mortalidad materna en el país. Más en concreto, y según estimaciones de la ex coordinadora de Salud de la Mujer del Ministerio de Sanidad, María José Araújo, entre 180 y 360 gestantes brasileñas fallecen por esta causa año tras año.
Además de reclamar una flexibilización legislativa, las organizaciones políticas y civiles preocupadas por el problema suelen demandar mayores esfuerzos en las campañas preventivas y de distribución de métodos contraceptivos. Pero también aquí el Gobierno topa con fuertes reticencias, como poco, de los mencionados grupos religiosos.
A veces, los caminos de la fe son inescrutables.
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]]>Pero qué va. Cuando uno sigue viendo el vídeo, pronto descubre que la invitación a respetar los pasos no va dirigida a los conductores ¡sino a los peatones! “No se me jueguen la vida, hombre; crucen por donde deben y no me asusten a los conductores”, parecen decirles.
El anuncio forma parte de una campaña municipal iniciada el año pasado para poner freno a la barbaridad de una modalidad de violencia -la conducción homicida- que supera a la de las pistolas en número de víctimas mortales.
La campaña arrancó con una advertencia: «A partir de ahora, saltarse un paso de cebra se castigará con multa y puntos en el carnet”, lo que implica que antes se hacía la vista gorda ante la infracción.
Con todo, los datos oficiales indican una reducción de más del 8% en el número de muertos en las calzadas paulistas desde que los anuncios empezaron a emitirse.
Algunos otros videoclips y mensajes de la campaña también ponen el acento en la responsabilidad de los conductores. Pero al final queda la idea de que ambos son igualmente culpables de lo que pueda ocurrir. “Que cada cual cumpla su parte; ¡Vamos a acabar con los atropellos!”, afirma en uno de los videos el presentador disfrazado de paso de cebra.
El planteamiento coincide con la visión y la idea de civismo que se refleja en los carteles con lucecitas intermitentes colocados junto a cada portón de los aparcamientos residenciales que dan a las aceras de la ciudad. También estos rótulos van dirigidos al peatón: “¡Atención: salida de vehículos!”, le advierten, como si fuera él quien debiera ceder el paso.
Tiempo y dinero
En la mayoría de las sociedades urbanas, la población activa reparte sus días en tres capítulos principales: el trabajo, las horas de sueño y el tiempo para la familia, los amigos y el ocio, así como para alimentarse. En São Paulo hay que añadir un capítulo extra: el coche (el transporte público es muy deficitario y minoritario). Aquí, el personal pasa una parte muy importante de su vida en el coche.
No es tan raro si se tiene en cuenta que en esta ciudad de doce millones de habitantes -unos 20 en el área metropolitana- circulan siete millones de vehículos. O que la longitud de los atascos supera con frecuencia los100 kilómetros, con un record oficial de 220 kilómetros alcanzado el año pasado.
Cada habitante de este fenómeno de ciudad se deja un promedio de dos horas y cincuenta minutos al día en los embotellamientos que tiene que atravesar para ir a cualquier sitio.
La escuela de negocios Fundaçao Dom Cabral se ha tomado la molestia de calcular el coste que esta locura supone para los ciudadanos y las empresas de São Paulo, con el resultado de más de 17.000 millones de euros en concepto de horas productivas perdidas, cifra que equivale a más del 10% del PIB que se genera en la urbe.
El mayor o menor apego al coche suele decir mucho de una sociedad. Del mismo modo que la calidad de sus infraestructuras -incluido el transporte público- dicen bastante de su verdadero desarrollo más allá del dinero y el PIB. Eso por no hablar de lo que significan los niveles de enseñanza y formación, cuestión que -sobre todo tratándose de este país- merece capítulo aparte.
Brasil en general y São Paulo en particular siguen progresando económicamente como ya quisiéramos en Europa. Pero -como se ha repetido en este blog y sin hablar ahora de cosas tan esenciales como la sanidad pública, la reducción de las desigualdades y el estado de bienestar- aquí hay algunas cosas que no marchan bien ni parecen avanzar demasiado. El salvajismo del tráfico y la tibieza con la que se combate son un ejemplo más.
PD: Me disculpen los lectores brasileños por incidir y reincidir en determinados problemas y aspectos no del todo positivos de su país. La razón es que son estos los que menos se conocen o se recuerdan hoy España y Europa, donde la idea que ha prevalecido de un tiempo a esta parte ha sido la del éxito, casi sin paliativos, del gran emergente americano. Un éxito que ha venido reafirmado no sólo por cifras incontestables sino por una propaganda gubernamental muy eficaz. De todas formas, en otros muchos textos publicados en La Vanguardia pueden hallar cumplida información de esos innegables avances en la economía, los programas sociales y la política internacional de Brasil, así como de su creciente importancia para las empresas y los profesionales españoles en busca de oportunidades (o simplemente de un empleo).
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]]>El diario Estado de Sao Paulo publicaba el lunes una crónica fechada en Londres con el siguiente título: «Sin euro y con frío, el europeo ya hace fila en la cola de la sopa». El texto pertenecía a la agencia Reuters y ya era de por sí dramático, pero su encabezamiento original hablaba del duro y austero invierno que espera a los europeos; no de la cola para la comida caliente en la que el titular brasileño colocaba de manera genérica a los desgraciados ciudadanos de la UE; el teletipo tampoco se cargaba el euro de un plumazo, como hacía el periódico paulista.
Hay que comprender el subidón de orgullo patrio que, gracias a sus admirables progresos económicos y sociales, embriaga a los brasileños de un tiempo a esta parte. También hay que entender el afán de algunos de ellos por sacarse la espina del trato discriminatorio, injusto y desconfiado que recibieron de las grandes potencias desarrolladas durante épocas menos gloriosas de su Historia.
Desde ese ángulo cabe interpretar algunas recientes declaraciones de los líderes del país emergente (o ya muy emergido, si se comparte la visión de Felipe González). Así, por ejemplo, la presidenta Dilma Rousseff, exclamaba hace una semana: «Estamos demostrando que cuando los brasileños y las brasileñas quieren alguna cosa, la consiguen (…) Nosotros pagamos al FMI. ¡Nadie nos manda ya! Podemos convertir Brasil en uno de los mejores lugares del mundo para vivir. Un país de cabeza erguida, que sabe lo que quiere y puede hacerlo», dijo. Y ya en alusión directa a la crisis europea, añadió: «En Brasil tenemos empleo, mientras en Europa crece el paro. No vamos a permitir que se exporten empleos a otros países».
Tanto Rousseff como su antecesor, Luiz Inazio Lula da Silva, habían arremetido meses atrás contra la gestión de la crisis de deuda por parte de los dirigentes europeos y estadounidenses. Fue entre julio y agosto, cuando a las informaciones sobre la verdadera dimensión de los agujeros financieros se sumaban los aguijonazos de las agencias de calificación. Rousseff dijo entonces que los líderes de la UE y EEUU eran unos «insensatos», mientras que Lula se conformó con acusarles de «fragilidad y falta de coraje».
De manera que los políticos y medios brasileños no desaprovechan la ocasión que la actual coyuntura les brinda para recordarnos lo mal que vamos los europeos en contraste con lo estupendamente que van ellos. Hacen bien, ahora que pueden.
Sólo un par de cosas. Como algunos políticos y analistas del propio país también reconocen, Brasil sigue siendo un país en vías desarrollo que aún envidia los niveles de formación, los servicios, las infraestructuras de todo tipo, la salud pública y las redes de asistencia social de las que todavía disfruta la vieja Europa: esas conquistas sagradas que algunos empiezan a cuestionar con descaro de arriba abajo, al amparo de la gravedad de la crisis y del consiguiente debate sobre el necesario reajuste del sistema de bienestar.
Brasil ha sacado a decenas de millones de la pobreza. Pero otro 40 millones, sobre una población de 200 millones, siguen siendo pobres de solemnidad. Según el último censo del Instituto Brasileño de Geografía y Estadística, la mitad de los asalariados de esta gran nación ganan menos de 160 euros al mes, siendo el coste de la vida muy superior al de Europa. Ayer se conoció además un informe de Unicef según el cual el número de brasileños de entre 12 y 17 años que vive en extrema pobreza subió del 16,3% del total en 2004 hasta el 17,6% en el 2009. Por eso la cola de la sopa es allí tanto o más necesaria que en Europa.
Pero no deberíamos ponernos a organizar carreras de miseria, como ciertas comparaciones y alusiones compasivas sugieren. Además, ni a Brasil ni a nadie le interesa que Europa caiga al abismo. El gigante sudamericano, así como otras potencias emergentes o emergidas, no sólo perderían un mercado imprescindible para sus empresas y productores. También un referente para todos sus ciudadanos: el de un sistema de equilibrios y protecciones que, si bien hoy atraviesa horas bajas en pago por los excesos y errores con él cometidos, ha brillado durante décadas y sigue siendo un modelo tan bueno como el mejor; tan justo como el que más o, si se quiere, tan injusto como el que menos. Qué lástima si lo destruyéramos. Entonces sí que daríamos pena y nada más que pena, sin réplica posible a los que, desde fuera, destacan nuestras desgracias y equivocaciones.
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]]>Cuando uno lleva seis meses en Brasil, ha conocido media docena de sus ciudades y ha pasado la mayor parte de su tiempo tratando de entender y explicar el país, es hora de que se haga la misma pregunta para intentar contestarla con un cierto criterio. La respuesta no varía en lo esencial.
Por un lado, Brasil avanza de manera envidiable. Es un granero y un filón para propios extraños. Dispone de inmensas reservas de materias primas, así como de divisas. Ofrece grandes oportunidades de negocio y de trabajo. Y puede dar valiosas lecciones en cuanto a reducción de las desigualdades.
Por otro lado, Brasil cojea gravemente en materia de educación, sanidad pública e infraestructuras. Su industria es costosa y padece problemas de competitividad. Le falta mano de obra cualificada a espuertas. Es caro hasta decir basta. Y, pese a los avances, mantiene unas diferencias sociales que en Sao Paulo llegan a resultar obscenas. Su sistema fiscal está hipertrofiado, lo mismo que su burocracia, y también su mecánica electoral pide una reforma a gritos.
Es decir, ni tanto ni tan calvo.
En lo que pocos ganan a Brasil es en imagen, sobre todo si se pone en relación con algunas de sus realidades y se comparan éstas con las de otras naciones. El emergente americano aparenta mayor éxito del que, no sólo las impresiones sino también los datos, permiten adjudicarle. Un ejemplo. En los últimos cinco años, Brasil acumuló un crecimiento económico del 22,2%, según las cifras divulgadas por el Fondo Monetario Internacional. No está mal. Pero en el mismo período Argentina creció el 39,2%. ¿Se corresponden estos números con las respectivas famas de estos dos países? La impresión de uno es que no.
Claro que Brasil es la primera de las iniciales de los BRIC; se ha ganado una influencia internacional que los otros países de la región no tienen o han dejado de tener, y puede presumir de otros indicadores macroecómicos que también le dan ventaja. Pero ya se sabe que, a efectos de imagen, tan importante o más que el propio producto es la forma de presentarlo, envolverlo y venderlo. Y, en este sentido, podría decirse que Luiz Inazio Lula da Silva es el mejor jefe de marketing del mundo. O el más notable jefe de prensa de la Historia reciente.
Hace ya casi un año que Lula dejó de ser presidente. El cáncer de laringe que le detectaron hace unas semanas lo tiene ahora a medio gas. Pero en Brasil no hay día en que los medios no hablen de lo que ha dicho o hecho. Su influencia política es incuestionable, por mucho que Rousseff ocupe ya todo el espacio que como presidenta le corresponde y haya hecho valer su personalidad y estilo propios (en especial a la hora de afrontar la corrupción).
Al margen de que se postule o no para el retorno a la presidencia en el 2014 o el 2018 -apuestas no faltan-, el popular ex mandatario mantiene intacta su estela dentro y fuera del país. Normal. Hay que reconocer que Brasil no sería hoy lo que es sin Lula da Silva. Ni lo que es, ni lo que parece. Lula lo hizo, pero también supo venderlo.
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]]>Maria da Penha Maia Fernandes, farmacéutica de profesión, nacida en 1945 en la ciudad de Fortaleza, Estado de Ceará, tenía 38 años cuando su marido intentó asesinarla dos veces, a cual con mayor alevosía. El tipo, un profesor de economía de origen colombiano llamado Marco Antônio Heredia Viveiros, lo intentó primero a tiros de escopeta cuando ella dormía en su cama. Uno de los cuatro disparos la alcanzó en la columna vertebral y la dejó parapléjica. Él trató de simular un asalto con el que, por supuesto, no tenía nada que ver.
Después de una larga estancia hospitalaria, Maria volvió a casa. El marido la encerró en la vivienda y la maltrató repetidamente. Por fin, urdió otro plan para matarla. Desnudó los cables del aparato eléctrico que tenían acoplado a la ducha para calentar el agua, y esperó. Unos días después, María sufrió una fuerte electrocución que estuvo a punto de matarla. La nueva intentona dejó al descubierto la autoría de la primera.
Maria consiguió una autorización judicial para irse de la casa junto con sus tres hijas. En cuanto se sintió con fuerzas, inició su batalla en los tribunales en demanda de justicia y seguridad. Fue un calvario.
El proceso contra Marco Antônio Heredia dio lugar a una primera condena, ya en 1991, a quince años de prisión. Pero la sentencia fue anulada, previa apelación del homicida, por un error procesal. El juicio se repitió en 1996, con el resultado de una pena de 10 años de cárcel. Sin embargo, Heredia apenas tuvo que pasar dos de ellos en régimen cerrado. Los beneficios penitenciarios llegaron pronto, y Heredia no tardó en quedar en libertad provisional.
Maria da Penha, con el apoyo de distintas entidades institucionales y no gubernamentales, llevó el caso a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, adscrita a la Organización de Estados Americanos (OEA). La organización documentó la trágica situación de una parte importante de la población femenina brasileña. El informe sirvió como base de un debate nacional que dio lugar a un proyecto de legislativo para endurecer las entonces leves disposiciones nacionales contra la violencia machista. En el año 2006, el Congreso brasileño aprobó por unanimidad la Ley número 11.340, que cambió por completo el tratamiento de estos casos.
Entre otras cosas, la nueva regulación puso fin al enjuiciamiento de este tipo de actos en los tribunales especiales destinados a delitos menores, jurisdicción en la que muchas denuncias graves de mujeres agredidas eran rápidamente archivadas. La normativa dispuso la creación de los Juzgados de Violencia Doméstica y Familiar contra la mujer, y estableció medidas cautelares para la protección de la víctimas.
La Ley fue bautizada con el nombre de María da Penha, como de hecho la conocen hoy todos los brasileños.
El embajador de España en Brasil, Carlos Alonso Zaldívar, condecoró hace unos días a Maria da Penha con la Orden de Isabel la Católica. Su lucha y su sufrimiento, dijo el embajador al imponerle la cruz, sirvieron para paliar o evitar el dolor de otras mujeres al tiempo que impulsaron un importante avance en los derechos de todas ellas. Por su parte, Da Penha recordó y elogió las mejoras desarrolladas en España dentro de este campo. Y subrayó que «estas luchas no son contra los hombres, sino contra los agresores».
Fue un merecido reconocimiento para una mujer de ley.
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