Viendo fotos del evento, el área ocupada sería más o menos la siguiente:

Sin embargo, al analizar las imágenes del evento, el área total ocupada se limita a unos 10.000 metros cuadrados brutos. Es fundamental matizar este dato, ya que dentro de ese perímetro se encuentran obstáculos insalvables como el Museo de la Cuchillería, jardines, fuentes y mobiliario urbano. Siendo generosos, el espacio real disponible para el público se reduciría prácticamente a la mitad: unos 5.000 metros cuadrados netos.
Si calculamos una densidad estimada de 2 personas por metro cuadrado —asumiendo que algunas zonas estaban más concurridas y otras mucho más despejadas—, la multiplicación nos daría un máximo de 10.000 manifestantes en el mejor de los escenarios posibles. No obstante, la distribución visual sugiere que la cifra real podría situarse incluso por debajo de la mitad de ese cálculo, rondando las 5.000 personas.
Más allá de valorar la causa o el volumen de la convocatoria, la cuestión de fondo es evidente: ¿en qué criterios técnicos se basa la Subdelegación del Gobierno en Albacete para inflar la cifra hasta casi los 30.000 asistentes? Y lo que es más preocupante: si una institución oficial defiende datos tan inverosímiles, perjudicando la credibilidad del propio Ejecutivo al que representa, ¿a qué se debe este misterio tan celebrado de cifra, en el que todos parecen sentirse cómodos?
Muchos más que en los partidos del ‘Alba’
Si hay un acontecimiento multitudinario que se repite semanalmente en Albacete, ese es el partido del Alba. El Carlos Belmonte tiene un aforo de 16.998 espectadores y, aun así, la cifra de 28.000 personas obligaría a imaginar un estadio completamente lleno y a más de 11.000 aficionados esperando fuera para entrar. Un partido del Albacete, pero con un segundo público de propina.
La comparación resulta todavía más reveladora si tomamos la asistencia media de la pasada temporada, situada en torno a los 10.500 espectadores. En ese caso, los 28.000 manifestantes equivaldrían a casi tres partidos del Alba celebrándose simultáneamente en el mismo lugar. Tres veces el Belmonte, por decirlo en términos que cualquiera en Albacete puede visualizar.
Con todo esto, cabe preguntarse, ¿se les ha ido un 0 o qué interés hay detrás?
Derecho a la Información
Al final, quizá lo más importante no sea decidir si fueron 5.000, 10.000 o 28.000. Lo verdaderamente preocupante es que tengamos que discutir una cifra oficial a partir de fotografías, metros cuadrados y una calculadora. Porque cuando una institución pública ofrece un dato que parece no resistir una comprobación elemental, la primera víctima no es la manifestación: es la confianza.
Y viendo las imágenes de las concentraciones en apoyo a Ceuta, conviene defender más que nunca el Derecho a la Información y al Periodismo. No para decidir qué cifra nos gusta más, ni para convertir los medios en árbitros de nuestras preferencias, sino para hacer algo mucho más sencillo y mucho más incómodo: preguntar, contrastar y volver a contar.
Porque el Periodismo no está para llenar plazas, ni para vaciarlas. Está para contar, por ejemplo, cuánta gente había cuando alguien asegura que había 28.000.
]]>Recientemente se ha visto contra uno de esos funcionarios albaceteños que no tiene ninguna necesidad personal de meterse en el fango político y que, sin embargo, defiende la acción de Gobierno del presidente, Pedro Sánchez. Es especialmente llamativo que soporte la difamación y los ataques de quienes parecen tener mucho que decir sobre política, pero bastante menos que acreditar fuera de ella.
En la ciudad donde no penaliza insultar al presidente. Desde el Ayuntamiento se presume directamente de haberle declarado persona non grata y parece que quienes se atreven a defenderlo pasan automáticamente a formar parte del objetivo de una determinada cacería de los que no quieren que nada cambie.
La política democrática debería consistir en confrontar ideas, gestionar instituciones y rendir cuentas ante los ciudadanos. No en insultar, desacreditar o perseguir personalmente.
Por eso, si implicarse en política significa recibir insultos de algunos representantes públicos de la provincia por defender aquello en lo que uno cree, quizá haya que decirlo alto y claro: debe ser un honor no necesitar de la política para vivir y, aun así, tener el valor de defender las propias convicciones.
La envidia, el problema de España
Hay perfiles que resultan cómodos para el sistema político. Siempre están ahí, siempre forman parte de la misma dinámica y nunca ponen en cuestión determinadas reglas del juego. Les viene bien que existan porque permiten mantener una determinada narrativa mientras se confunde a la ciudadanía sobre lo verdaderamente importante.
Al final, el problema no debería ser que alguien participe en política. El problema aparece cuando la política se convierte en la única credencial de una trayectoria profesional y, aun así, se pretende desacreditar a quien puede volver a su profesión cuando termina su etapa política.
En democracia, sería mucho más saludable discutir sobre ideas, resultados y proyectos que intentar desacreditar a las personas, por sus opiniones.
Porque, cuando se necesita atacar la vida personal o profesional del adversario en lugar de debatir sus argumentos, quizá sea porque los argumentos empiezan a escasear.
]]>Estas carreteras de tercer orden o locales suman 66.000 kilómetros en España. Si a ellos añadimos los más de 107.000 kilómetros de caminos rurales, obtenemos una media de 21 kilómetros practicables por término municipal entre vías locales y caminos, que entiendo que son suficientes para practicar el ciclismo.
¿Qué sentido tiene entonces utilizar las carreteras comarcales y nacionales para practicar ciclismo con bicicleta de carreras? En estas vías, los ciclistas, sin pretenderlo, generan numerosas situaciones de peligro para los conductores porque, lógicamente, circulan a una velocidad muy inferior a la habitual en la carretera. Esto obliga a los conductores a adelantarlos invadiendo el carril contrario para dejarles una distancia de 1,5 metros por si se produce una caída. Además, pueden circular en paralelo o en pelotón.
Opino que las carreteras nacionales y comarcales están destinadas a comunicar poblaciones y al transporte de mercancías y viajeros en vehículos motorizados, y no a practicar un deporte utilizando una infraestructura pública. No me refiero a aquellas personas que utilizan la bicicleta por carretera por necesidad, para desplazarse de un pueblo a otro.
Pedalear por carreteras nacionales o comarcales compromete la seguridad de todos sus usuarios, incluidos los propios ciclistas. Lamentablemente, se producen alrededor de 90 fallecimientos de ciclistas al año por accidentes, y las carreteras nacionales y comarcales, con arcenes estrechos, se encuentran entre las más peligrosas.
Está clara la posición de debilidad del ciclista frente a un coche o un camión en caso de accidente, pero ello no justifica, en mi opinión, el uso de carreteras nacionales o comarcales para practicar deporte. Del mismo modo que nos parecería inadmisible que alguien fuese botando un balón de baloncesto por el arcén de una carretera para entrenarse, considero que no es razonable practicar ciclismo deportivo en carreteras comarcales y nacionales por el peligro que supone para los propios ciclistas y para los conductores, máxime cuando el arcén es estrecho.
Hay alternativas más que suficientes en carreteras locales y caminos asfaltados con baja intensidad de tráfico para practicar ciclismo con mayor seguridad y sin dificultar la circulación de coches y camiones en carreteras diseñadas para soportar un mayor volumen de tráfico y velocidades más elevadas, como son las carreteras comarcales y nacionales.
Por el bien de todos.
Albacete, 15 de agosto de 2026.
Francisco Javier Carmona García
]]>El primero de ellos es el tanto por ciento de atmósfera que es útil para la vida en la Tierra. La envoltura gaseosa que nos rodea, con sus 1.000 km de influencia, se compone de varias capas superpuestas que, de arriba abajo, son:
Esta última, de 0 a 8 km de altura aproximadamente, es donde hay oxígeno en proporción suficiente para el desarrollo de la vida y representa solo el ¡0,8 % de la altura total de la atmósfera! Es como la piel de una manzana.
Siguiendo con los gases atmosféricos, estos son nitrógeno (78 %) y oxígeno (21 %) en su gran mayoría, además de los gases raros, el vapor de agua y un pequeñísimo porcentaje (0,004 % actualmente) del gas de la vida: el conocido dióxido de carbono (CO₂), que permite la fotosíntesis en las plantas. Pero la excesiva concentración de este gas, causada por la actividad industrial humana al quemar combustibles fósiles, es también la responsable del calentamiento global del planeta, al intensificar el efecto invernadero y las consecuencias negativas del cambio climático. Debido a la industrialización no sostenible y al auge galopante del transporte, la proporción de CO₂ en la atmósfera se ha doblado desde la segunda mitad del siglo XIX hasta nuestros días, un tiempo insignificante a escala geológica, pero que, tristemente, ya ha merecido llamarse «Antropoceno»: una nueva era.
El segundo de los porcentajes que llaman la atención es el espesor de la corteza terrestre: el soporte físico de la vida. El radio de nuestro planeta mide 6.371 km como valor medio. Del suelo hacia abajo hay tres capas: corteza, manto y núcleo. La corteza continental tiene un espesor promedio de 35 km y apenas supone el 0,5 % del radio de la Tierra. Pero hay más: de estos 35 km solo hay vida en su parte superior, el suelo, de 0 a 3 m de profundidad máxima como media; es decir, ¡del orden del 0,01 % del espesor de la corteza!
El tercero de los tantos por ciento curiosos tiene que ver con los océanos. La profundidad media de estas masas de agua salada es de solo 4 km. Tomando la distancia desde el punto más alejado del océano con respecto a la costa más cercana en cualquier dirección (llamado punto Nemo), que es de 2.688 km y está en el Pacífico, la profundidad del océano es tan solo del 0,14 % de esa distancia. En consecuencia, los océanos son muy poco profundos en relación con su gran extensión, como una lámina de agua salada amplia, pero muy delgada. Menos aún lo son los mares, cuya profundidad media ronda los 1,5 km.
El cuarto porcentaje llamativo lo tiene el agua dulce, con una cara final dramática, como veremos. En el planeta Tierra hay agua más que de sobra; de hecho, tres cuartas partes de su superficie están cubiertas por océanos y mares (de ahí que se llame el planeta azul), pero es agua salada. El agua dulce, en forma de hielo, aguas subterráneas, ríos y lagos, es muy poca en proporción al total: el 2,5 %. El H₂O es un recurso natural imprescindible para la vida (baste decir que, como media, un 60 % de nuestro cuerpo es agua) que es preciso cuidar y repartir equitativamente entre la humanidad. No obstante, únicamente alrededor del 0,01 % del agua de la Tierra es potable, cantidad que se reduce año tras año debido a la contaminación. Unos 2.200 millones de personas, un tercio de la población mundial, no tienen acceso, en condiciones de seguridad, al agua potable. Y estamos en el año 2026…
Hablando de repartos, la desigual distribución de la riqueza mundial es el quinto aspecto, que en este caso es espeluznante: el 1 % más rico de la población adulta concentra casi el 50 % de la riqueza global, mientras que el segmento más bajo (cerca del 50 % de la población adulta) apenas posee alrededor del 1 % del total. ¡Increíble, pero cierto!
Y, por último, la Tierra representa solo un 0,0003 % de la masa del Sistema Solar, masa que se concentra prácticamente toda en el Sol.
Pero el Sol solo es ¡una de los 200.000 billones de estrellas! Impresiona la tremenda insignificancia de nuestro Sol en el universo.
Francisco Javier Carmona García
Dr. Ingeniero de Montes
Los protagonistas son apenas unos niños. No tienen poder, ni influencia, ni recursos. Solo poseen dos armas: la amistad y el coraje. Frente a una realidad dominada por el miedo y la resignación, deciden actuar. Su ejemplo acaba despertando la conciencia de quienes, hasta ese momento, habían aceptado la injusticia como si fuera inevitable.
Sin establecer equivalencias históricas entre contextos profundamente diferentes, esa reflexión puede servir para analizar algunos debates que atraviesan hoy la democracia española.
Una parte de la sociedad sostiene que determinadas actuaciones judiciales contra personas del entorno familiar del presidente del Gobierno, así como la intensa confrontación política e institucional, responden a una utilización de los tribunales con fines políticos, un fenómeno que algunos denominan lawfare.
La película, Los niños de la resistencia pertenece a esa categoría de relatos que atraviesan generaciones porque su mensaje esencial sigue vivo: la injusticia no siempre se impone porque sea invencible, sino porque demasiadas personas terminan aceptando que no merece la pena combatirla.
Los protagonistas son niños. No tienen poder, cargos ni influencia. No disponen de grandes medios. Solo cuentan con dos armas que parecen pequeñas, pero que acaban siendo decisivas: la amistad y la valentía.
Su mayor logro no es derrotar por sí solos a quienes dominan la situación. Su verdadera victoria es despertar a quienes se habían resignado y dejaron de hacerse preguntas.
Y ahí reside la gran lección para el siglo XXI.
Las sociedades no pierden su libertad únicamente cuando alguien intenta arrebatársela. También la pierden cuando la ciudadanía se acostumbra al silencio, cuando la comodidad sustituye al compromiso y cuando se acepta que las decisiones siempre deben venir de arriba.
El viejo caciquismo no ha desaparecido simplemente porque han cambiado los tiempos. Sus formas pueden transformarse. Ya no necesita necesariamente un despacho desde el que imponer órdenes. Puede aparecer como una red de favores, como una cultura de obediencia, en la idea de que discrepar tiene un precio o como la convicción resignada de que nada puede cambiar.
El mayor triunfo de cualquier forma de poder cerrado es lograr que la sociedad deje de preguntar.
Por eso resulta tan importante cualquier gesto que rompa esa dinámica. En el mundo de la cultura, la reciente reacción de parte del sector del libro tras el cese de Eva Orúe como directora de la Feria del Libro de Madrid ha abierto un debate sobre la transparencia, el reconocimiento a una gestión y el modelo de futuro de una de las grandes citas culturales del país. Librerías y editoriales han expresado su sorpresa por la decisión y reclaman explicaciones sobre los motivos del cambio, defendiendo el valor de una etapa que consideraban positiva para el proyecto.
Más allá de las posiciones concretas que cada persona o entidad pueda mantener, hay una idea que conecta con la enseñanza de Los niños de la resistencia: una comunidad está viva cuando sus miembros no aceptan las decisiones importantes como simples hechos consumados.
La cultura siempre ha sido un espacio de libertad porque los libros enseñan algo fundamental: ninguna verdad debe estar protegida del pensamiento crítico. Una sociedad lectora es una sociedad menos manipulable, porque aprende a comparar, a cuestionar y a buscar respuestas.
También por eso el papel de quienes trabajan en las instituciones resulta esencial. Los servidores públicos (políticos pero también funcionarios) tienen responsabilidades colectivas deben recordar siempre que su compromiso principal no es con una persona concreta ni con una circunstancia pasajera, sino con los principios que dan sentido a la función que desempeñan.
Pero la democracia no puede depender solo de quienes ocupan cargos. Necesita ciudadanos despiertos.
Despertar no significa vivir en la confrontación permanente. Significa recuperar la capacidad de preguntar sin miedo. Significa entender que la crítica no es una amenaza, sino una herramienta imprescindible para evitar que cualquier poder se convierta en una estructura cerrada sobre sí misma.
Los niños de la película nos recuerdan que los grandes cambios suelen empezar con pequeños actos de dignidad. Una persona que decide hablar. Un grupo que decide organizarse. Una comunidad que decide que la indiferencia ya no es una opción.
Porque el silencio nunca es neutral.
Cada época tiene sus propios desafíos y sus propias formas de resistencia. En el siglo XXI, una de las más importantes es conservar despierta la conciencia colectiva frente a cualquier forma de imposición, sobre todo cuando es una decisión claramente injusta. No ceder al conformismo o dependencia.
Al final, la historia demuestra que ningún poder basado únicamente en la resignación puede durar para siempre.
Quizá esa sea la enseñanza más valiosa de Los niños de la resistencia: las democracias no sobreviven únicamente gracias a sus normas, sino gracias a ciudadanos e instituciones que entienden que la libertad, la justicia y el Estado de derecho requieren vigilancia permanente. Porque la historia enseña que la indiferencia nunca ha sido un buen aliado de la democracia.
Los pueblos cambian cuando alguien se atreve a encender la primera luz.
Y, a veces, esa primera luz puede venir de quienes menos poder parecen tener.
]]>
«Jamás me sedujeron los valores que idolatran mis queridos niños», señala Trueba. Después de años universitarios y de conocerlos «es imposible mostrar cercanía por esos patanes». Así, el caciquismo no habría desaparecido, sino que se habría sofisticado. Ya no necesita imponer, sino persuadir; ya no falsifica urnas, sino que condiciona percepciones. Y el turnismo no se presenta como pacto, como en el siglo XIX; sino como resultado de inercias políticas y sociales difíciles de romper.
Uno de los grandes aciertos del libro es el tono: irónico, mordaz y profundamente desencantado. Desde el inicio, la actitud del protagonista queda definida por frases como: “Yo decidí tratarle con distancia, displicencia y desprecio. Las fundamentales 3 D que aplico cuando me place”, que marca ese aire cínico con el que se observa todo el engranaje político. No hay héroes, solo supervivientes en un sistema que premia la astucia y castiga la benevolencia.
La novela dibuja también una geografía emocional de España, donde aparece “el pueblo típico del que procede media España, entre orgullosos y avergonzados”, reflejando esa dualidad entre raíces y aspiraciones. En ese contexto, la política no como vocación, sino como estrategia de ascenso o de poder. Y quizá por eso, se presenta como un acto casi irracional: “La política es como la maternidad. Si lo piensas, no lo haces”.
“En política quien te protege, te domina”
Trueba no ahorra críticas a los partidos y sus estructuras internas. Los militantes son descritos sin concesiones: “una mezcla de ilusos y malvados”, mientras que la organización se revela como una red clientelar: “La maquinaria del partido trabaja provincia a provincia. Es máquina de crear empleos para los cercanos y que si no funciona, machaca al líder por culpable”. Esta idea se refuerza con una de las frases más demoledoras: “El que no riega el partido no mama de los contratos públicos”, mostrando un sistema donde la lealtad se recompensa con privilegios.
La manipulación de la opinión pública ocupa un lugar central. Trueba señala con precisión quirúrgica mecanismos psicológicos como: “Quien no se rinde a un elogio, se rinde a dos” o “A la masa siempre le parece más verdad el insulto que la caricia”. En ese juego, la estrategia política pasa por debilitar al adversario: “Desanimar a la izquierda. Convencerles de que no ha nacido partido que represente su bondad”, y aprovechar sus contradicciones: “La izquierda desde que asumió la representación del puritanismo, se lo puso más fácil a los rivales”.
La corrupción y la moral son otro eje fundamental. La novela insiste en que el problema no es accidental, sino estructural.
“Es la gente corrupta la que encuentra en la política un campo por explotar” y cierta “seguridad caciquil, en una segunda generación de latrocinio continuado”
Incluso fuera de la política, la crítica se amplía: “La mayoría de los ricos que he conocido son esclavos de su avaricia”. Y cuando estallan escándalos, se subraya su utilidad táctica: “Los escándalos morales son los más fáciles de provocar”.
El libro también incorpora referencias concretas al peso electoral de ciertos territorios —“Quien vence en Valencia, Alicante y Madrid casi tiene ganado el Gobierno de la nación”—. O pinceladas costumbristas que describe en el viaje de la caravana electoral a su paso por Castilla-La Mancha, “Albacete, la ciudad con el mayor ambiente nocturno del país”, que aportan realismo y cercanía al relato.
En última instancia, Queridos niños es una novela sobre la percepción colectiva y el autoengaño: “La masa no comprende que en los estamentos que aparentan honestidad y virtud se esconden los mismos secretos sucios”. Trueba no ofrece soluciones ni redención, pero sí un espejo incómodo donde el lector reconoce las grietas del sistema.
Caciquismo del siglo XXI
Un retrato feroz que la novela hace del poder político y de la psicología colectiva que lo sostiene.
Uno de los ejes más incisivos es la relación entre crisis y moralismo. Trueba apunta que:
“En época de crisis económica o social se ponen inquisidores y moralizantes. No quieren revolucionarios por demasiado tiempo. Quieren a la clase adinerada y poderosa en el poder”.
Esta idea encaja con la visión general del libro: los momentos de incertidumbre no generan cambios reales, sino una especie de reacción conservadora disfrazada de ética pública. La moral se convierte en herramienta de control más que en motor de transformación.
La política aparece también como espectáculo y vanidad. La cita atribuida a un asesor —“La política es la fama al alcance de los feos”— introduce una lectura descarnada: “La mayoría de los políticos están en esto para ser famosos”. Con ello, Trueba desmonta cualquier idealismo residual y sitúa la ambición personal en el centro del escenario. La política no sería tanto vocación de servicio como plataforma de visibilidad.
En este contexto, emerge una figura clave: el estratega. Cuando se dice que “Roy Carlton analiza que ‘acepta las estrategias pero no tiene porqué creérselas todas’», se revela una separación entre acción y convicción. La política se convierte en un juego de roles donde lo importante no es creer, sino ejecutar eficazmente para quien te manda. Esta distancia cínica conecta con otras ideas de la novela: el sistema funciona precisamente porque muchos participan sin fe, pero con interés personal.
Otra de las aportaciones más agudas de estas citas es la reflexión sobre la manipulación emocional: “Los mejores golpes vienen siempre con un lacito de buenos sentimientos”. Aquí Trueba señala cómo las decisiones más duras o injustas se presentan envueltas en discursos amables, apelando a valores positivos. Es una crítica directa al lenguaje político, capaz de suavizar o incluso ocultar la violencia estructural.
Finalmente, la novela no deja intacta a ninguna generación. La frase “Los políticos jóvenes unen la estupidez a la maldad” desmonta la idea de renovación como solución. No hay esperanza en el relevo generacional tal y como lo eligen los que mandan: los defectos del sistema no solo se perpetúan, sino que se adaptan a nuevas formas, quizá más ingenuas pero igual de dañinas.
Integradas con las citas anteriores —sobre la masa, la corrupción, los partidos y la manipulación—, estas nuevas reflexiones consolidan el núcleo de Queridos niños: una visión profundamente escéptica donde la política aparece como un ecosistema cerrado, dominado por intereses, egos y estrategias. La sociedad, lejos de quedar al margen, participa activamente en este juego, ya sea por convicción, por resignación o por simple necesidad de creer en algo.
A modo de conclusión, Queridos niños de David Trueba invita a establecer un paralelismo inquietante entre el pasado y el presente político español. El caciquismo del siglo XIX, consolidado durante la Restauración borbónica en España, se sostenía sobre un sistema de turnismo entre élites —liberales y conservadores— que garantizaba la alternancia sin poner en riesgo el control real del poder. Aquella red de influencias, favores y clientelismo encontraba en los caciques locales su pieza clave: intermediarios que aseguraban votos y lealtades a cambio de beneficios.
La novela sugiere que, aunque las formas han cambiado, ciertos mecanismos persisten. El actual bipartidismo ha funcionado en ocasiones como una versión modernizada de aquel turnismo. No se trata de una alternancia pactada explícitamente, pero sí de una dinámica donde las estructuras de poder, las redes internas y los intereses compartidos generan una sensación de continuidad más allá de los cambios de gobierno.
Las citas de la novela encajan con esta lectura: la “maquinaria del partido” que reparte empleos, la lógica de
“el que no riega el partido no mama de los contratos públicos”
o la idea de una “seguridad caciquil” apuntan a un sistema donde el acceso a recursos sigue dependiendo de la proximidad al poder. La diferencia es que el cacique ya no es una figura rural visible, sino una estructura difusa integrada en partidos, instituciones y redes económicas.
Frases como “A la masa siempre le parece más verdad el insulto que la caricia” o “La masa no comprende…” apuntan a una opinión pública vulnerable a la manipulación, más reactiva que crítica.
La conclusión que se desprende del universo de Trueba no es tanto que nada haya cambiado, sino que ciertos vicios estructurales —clientelismo, control del relato, dependencia del poder— han encontrado nuevas formas de sobrevivir en democracia. El problema, entonces, no es solo de los partidos, sino de una cultura política que, entre el desencanto y la costumbre, sigue permitiendo que el sistema funcione casi como siempre, aunque con un lenguaje más moderno y unas formas más sutiles.
]]>Aquí está integro, el citado “Informe sobre bienes inmatriculados por el Art.206 de la Ley Hipotecaria de 1998 a 2015”publicado por la Secretaría General de la CEE. Madrid 24 de enero de 2022 para su consulta y verificación. Igualmente publicado por el Gobierno de España el 16 de febrero de 2021 y bajo el título «Estudio sobre la inmatriculación de bienes inmuebles de la Iglesia Católica en el Registro de la propiedad desde el año 1998» que además de muchos errores sólo ofrece datos parciales -solo del período 1998/2015- y sin la debida información registral detallada, lo que nos impide identificarlos en muchos casos.
En Castilla la Mancha lo presentaremos al Gobierno regional de García Page, hoy, miembros de las 2 organizaciones citadas con presencia en la región: Europa Laica y RRCC. Y todo por la recomendación de nuestra coordinadora estatal «Recuperando», así como por el acuerdo que tomamos tras en la jornada por los 20 años de Europa Laica celebrada hace unas semanas en Albacete y en la que nos acompañó el presidente de la Plataforma Mezquita-Catedral, Miguel Santiago Losada.
INMATRICULACIONES, SU IMPACTO. Albacete, 4-03-26 Inmatriculaciones
En 2021, el Gobierno español publicó este listado con 34.961 bienes inmatriculados por la Iglesia Católica entre 1998 y 2015. Pero desde “Recuperando” creemos que ese listado es incompleto y poco identificable, porque en muchos casos solo incluye municipio y tipo de bien, sin datos registrales claros (número de finca, referencia catastral, etc.). Concretamente, éste gobierno, que se dice laico y progresista, apenas remitió al Congreso un listado de bienes inmuebles más que incompleto, el 16 de febrero de 2021.
Y es por ello que nuestra coordinadora, ya ha pedido a 14 gobiernos autonómicos el acceso a la documentación completa que permita identificar cada propiedad.
(RECUPERANDO exige a los gobiernos autonómicos la información completa para poder conocer e identificar las inmatriculaciones. 17/02/2026).
Quizás sea bueno definir mínimamente que es eso de las Inmatriculaciones. Y nos bastará con decir que Inmatricular es el acto de inscribir por primera vez un bien inmueble (rústico o urbano) en el Registro de la Propiedad, cuando este nunca ha tenido acceso a él. Y añadir que para nosotros, incluso como creyentes, las inmatriculaciones son el mayor escándalo inmobiliario de la historia no sólo por el elevado número sino y sobre todo por el valor de lo apropiado.
Imaginemos de qué magnitud estamos hablando cuando la propia Iglesia católica española, hace 4 años, admitió que “inmatriculó indebidamente, al menos, 965 de los 35.000 inmuebles que puso a su nombre entre 1998 y 2015 gracias a la facultad que le otorgó la modificación del Reglamento Hipotecario decretada por el Gobierno de José María Aznar y que, además, vendió no menos de 122 viviendas y fincas de las que se había apropiado de esta manera”.
Os preguntaréis ¿Qué buscamos exactamente, ahora?
Básicamente os detallo las 4 respuestas que queremos encontrar con estas solicitudes, que se resume en conocer:
Según nuestra coordinadora estatal de “Recuperando”, si se cuentan también las inscripciones realizadas desde 1946, el total podría casi triplicar el listado facilitado, llegando a superar los 100.000 bienes inmatriculados por la Iglesia Católica, en España.
En esta nueva campaña, “Recuperando” estamos instando al PSOE a que exija en todas las comunidades autónomas un procedimiento para «revisar, investigar y recuperar los bienes indebidamente inmatriculados» por la Iglesia católica.
Comunidades Autónomas en las que hay más información pública
Las comunidades autónomas donde ya se conocen más datos son: Navarra, País Vasco y Asturias, las cuales ya han publicado listados más completos o investigaciones oficiales sobre los bienes inmatriculados por la ICAR. Y, precisamente por ello, desde “Recuperando” pretendemos que ese nivel de información se publique también en el resto de España.
Para “Recuperando”, lo que ya se conoce en Navarra, Euskadi y Asturias debería conocerse en todo el Estado, porque el citado listado estatal publicado en 2021 es demasiado impreciso para identificar muchos bienes concretos.
¿Por qué consideramos incompleto el listado estatal facilitado?
Como ya hemos señalado, éste Gobierno envió al Congreso un listado con 34.961 bienes registrados por la ICAR (iglesia católica apostólica y romana) –pero ojo, sólo entre 1998 y 2015 y, eso sí, mediante unas certificaciones episcopales que a la sazón tenían bastantes errores del tipo de registrarse bienes que ya estaban registrado o vendidos. Vamos por si colaba.
Según “Recuperando”, muchos registros ni tienen datos suficientes para saber qué inmueble es exactamente, ni incluyen los bienes registrados antes de 1998, que podrían ser decenas de miles. Por eso estimamos que el total desde 1946 podría superar los 100.000 bienes.
Para saber más.
¿Queréis saber cuáles son los monumentos españoles -o bienes más famosos- que fueron inmatriculados por la Iglesia, para saber de qué estamos hablando?
Hay varios monumentos muy conocidos en España que han sido objeto de debate porque fueron inmatriculados por la Iglesia católica utilizando el procedimiento que permitía una antigua Ley Hipotecaria española franquista de 1946, que autorizaba a los obispos a certificar propiedades como si fueran funcionarios públicos. Ese sistema estuvo vigente hasta su reforma en Ley Hipotecaria española de 2015.
Aquí tienes algunos de los casos más famosos:
Inmatriculada por el obispado en 2006. Se registró por unos 30 euros de tasas usando certificación episcopal. Es probablemente el caso más conocido y polémico.
Diversos colectivos liderados por la Plataforma Mezquita-Catedral y algunos partidos hemos pedido que se aclare su titularidad porque fue construida como mezquita en el siglo VIII y posteriormente convertida en catedral.
La ministra socialista, Carmen Calvo, destacó aquellos bienes catalogados como parte del patrimonio histórico: «Están afectos a otros fines públicos y de utilidad social» EUROPA PRESS – martes, 16 febrero 2021
Registrados por el arzobispado en 2010, incluye la catedral, el Patio de los Naranjos y la Giralda. El Gobierno identifica 34.961 bienes inmatriculados por la Iglesia y abre la vía a su reclamación. Del total, 20.014 inmuebles se corresponden con templos o edificios ligados al culto y 14.947 con terrenos, solares o viviendas. El listado, que ha fue remitido al Congreso, incluye monumentos como la Mezquita-Catedral de Córdoba o la Giralda de Sevilla. RTVE.es. 16.02.2021.
Un templo románico muy singular del siglo XI que también aparece en los listados de bienes inmatriculados.
La primera fue inmatriculada en 1987 (antes incluso del listado 1998-2015) y es uno de los santuarios más importantes de España; la segunda, la Catedral de Zaragoza o Seo, fue registrada por el arzobispado también en 1987.
La magnitud del fenómeno
Como no nos cansaremos de repetir, el Listado oficial facilitado por el Gobierno y por la CEE, sólo del período 1998-2015, incluía, aún con los errores 34.961 bienes, pero gracias a las investigaciones de los distintos colectivos, movimientos patrimonialistas y de la Coordinadora Estatal “Recuperando” estimamos que desde 1946 podrían superar los 100 o 105.000 bienes. Si al final nos los facilitan las comunidades autónomas comprobaremos que es así, o incluso más.
Hablemos de Castilla-La Mancha y de Albacete
En Castilla-La Mancha también hay bastantes bienes registrados por la Iglesia mediante inmatriculación. Concretamente, entre 1998 y 2015 la Iglesia registró aproximadamente 1.755 bienes en la comunidad. De ellos, aproximadamente: 1.031 eran templos o dependencias religiosas (iglesias, ermitas, parroquias) y 725 eran otros bienes (fincas rústicas, solares, viviendas, etc.). Esto coloca a Castilla-La Mancha entre las comunidades con cifras medias, lejos de regiones como Castilla y León o Galicia.
Por provincias, los casos con más inmatriculaciones están en Cuenca y provincia de Cuenca con 669 bienes inmatriculados que representan aprox. el 38 % de toda la región. Y muchos son: iglesias, ermitas, fincas agrícolas, montes o pinares. En algunos municipios pequeños se registraron más de 40 fincas agrícolas a nombre de la diócesis.
Entre los casos más conocidos de bienes registrados en Castilla-La Mancha tenemos el Castillo de Garcimuñoz (Cuenca). La fortaleza medieval del pueblo que aparece en el listado como solar del castillo registrado por la Iglesia. El ayuntamiento tiene actualmente una cesión de uso por 50 años. Cadena SER y por supuesto, Garajes y propiedades urbanas.
Y otro dato de interés. Como ya dijimos, en toda España la Iglesia reconoció en El País, que 965 bienes del listado podrían no ser realmente suyos, tras revisar la documentación. Pues bien, de esos, 35 están en Castilla-La Mancha.
* La Iglesia admite que tiene un millar de inmuebles que no son suyos. Sánchez pacta con Omella iniciar el proceso para devolver algunos bienes inmatriculados irregularmente con una ley del PP de 1998. La mitad están en Castilla y León. Carlos E. Cué. Madrid – 24 ENE 2022
Entre 1998 y 2015 la Iglesia registró 180 bienes en la provincia de Albacete mediante el sistema de inmatriculación. Como en otras partes, estos bienes incluyen: iglesias y ermitas, casas parroquiales, terrenos y fincas, solares o edificios. Y los municipios de Albacete donde hay más casos, según la propia Conferencia Episcopal y sus registros son: Hellín, Almansa, Tobarra, Ontur, Montealegre del Castillo, Liétor, Munera y Villa de Ves.
+ Alcaraz: solamente El Bonillo, incluye un cuadro de El Greco.
+ Almansa: todas las iglesias y ermitas, así como las de Caudete, Alpera y Monteaglegre del Castillo
+ Casas Ibañez: la friolera de 34 bienes.
+ Chinchilla de Montearagón: La Iglesia de Santa María del Salvador y 27 bienes más.
+ Hellín, el antiguo Seminario menor (Hoy CEE Cruz de Mayo) y 52 bienes
+ La Roda: 17 bienes incluidos dos iglesias en La Roda, y la Iglesia más 4 ermitas en Tarazona de La Mancha.
+ Villarrobledo: 15 bienes y
+ Yeste: con 33 bienes inmatriculados.
No obstante hay casos muy curiosos y/o debatidos en algunos pueblos de Albacete porque muchos de estos templos históricos fueron construidos o mantenidos por los vecinos del pueblo durante siglos; entre ellos
Y así, numerosos bienes con problemas o errores se encontraron en la revisión posterior del listado nacional, donde la propia Iglesia reconoció que en la provincia había 32 bienes con errores o incidencias en la inscripción. La Conferencia Episcopal detecta más de 30 bienes inmatriculados de forma errónea en la provincia de Albacete. Marta López 27 enero, 2022.
Y, finalmente, ¿por qué hay debate con estos bienes?
Pues sencillamente por una norma antigua: la franquista «Ley Hipotecaria española de 1946», que permitía a los obispos registrar bienes -como fedatarios públicos cual si fueran notarios- a nombre de la Iglesia solo con un certificado del propio obispado. Ese sistema se amplió en 1998 y estuvo vigente hasta la tramposa reforma de la Ley Hipotecaria española que hizo J. M.ª Aznar en 2015, cuando se eliminó esa posibilidad. Pero para entonces, ya estaba casi todo el pescado vendido.
]]>Clara construyó su carrera desde abajo. No viene de élites ni de contactos privilegiados. Su prestigio lo ganó destapando casos incómodos, lo que le costó relaciones personales y oportunidades. Cree en el periodismo como servicio público, casi como una misión. Sin embargo tiene dificultades para pedir ayuda y su identidad está completamente ligada a su trabajo.
Recientemente, recibe una pista sobre irregularidades en contratos públicos vinculados a dos influyentes partidos políticos. Al principio parece otro caso más, pero pronto detecta conexiones inquietantes: empresas fantasma, adjudicaciones manipuladas y nombres de alto nivel implicados.
Uno de los poderosos a los que se enfrenta es Alfredo Rivas, Inteligente, sereno y nunca pierde el control. No se percibe a sí mismo como corrupto, sino como “necesario”. Cree que el sistema debe protegerse, incluso manipulando la verdad, para eso lleva en esto toda la vida, como su padre.
Se conocen desde hace años. Rivas respeta a Clara, pero precisamente por eso decide neutralizarla. No la ataca frontalmente, sino que la aisla socialmente. Es la historia repetida. La manipula, ejercita la presión psicológica y realiza un descrédito progresivo.
Cuando Clara intenta avanzar en su investigación, comienzan las primeras señales: un amigo cercano cancela encuentros sin explicación, una fuente habitual deja de responder y hasta su editor le sugiere “bajar el tono” del reportaje.
Clara, lejos de detenerse, decide seguir investigando. Publica un primer avance y desencadena una reacción inesperada: su entorno empieza a cerrarse sobre ella.
El aislamiento se intensifica de forma progresiva y calculada: sus amistades reciben presiones indirectas, se difunden rumores sobre su falta de ética profesional, su medio la aparta del caso “temporalmente”.
Clara empieza a sospechar que no es casualidad, alguien está diseñando su caída e intenta reconstruir su red. Para ello, busca apoyo en antiguos colegas, pero evitan implicarse. Entre ese contexto que sufre, un único aliado duda entre ayudarla o protegerse.
Paralelamente, su vida personal se resquebraja. La soledad y la paranoia aumentan. Ya no sabe en quién confiar.
Descubre entonces que el objetivo no es solo frenar la investigación, sino anularla como periodista, dejándola sin credibilidad ni vínculos.
Entretanto, encuentra una prueba clave que confirma la corrupción, pero no tiene dónde publicarla. La presión alcanza su punto máximo con amenazas veladas, vigilancia y una campaña difamatoria en su contra.
En esa espiral es despedida o forzada a dimitir. Ha perdido su plataforma, su entorno y su reputación.
Desde el aislamiento total, Clara toma una decisión, si el sistema la ha expulsado, jugará fuera de él. Recupera contacto con una antigua fuente que también fue silenciada. Juntas reconstruyen el caso desde cero, utilizando canales alternativos. Clara arriesga lo poco que le queda y realiza: filtraciones anónimas en una publicación independiente y exposición directa en redes y foros internacionales.
El poder intenta un último golpe para desacreditarla definitivamente, pero esta vez falla. La verdad sale a la luz de forma imposible de contener. No necesariamente se derriba el sistema, pero lo expone.
Al final, Clara aunque no recupera su antigua vida, logra algo más importante: demostrar que no pudieron silenciarla del todo. Se abre una investigación oficial; algunas figuras caen. Y aunque el sistema sigue intacto, Clara empieza de nuevo como periodista independiente, admirada y con amistades verdaderas. Y lo más importante, Clara entiende que la verdad no depende de su prestigio, y que puede existir incluso si ella queda fuera.
FICCIÓN LITERARIA
]]>FALLO
Que debemos condenar y condenamos a D. Álvaro García Ortiz, Fiscal General del Estado, como autor de un delito de revelación de datos reservados, art. 417.1 del Código Penal a la pena de multa de 12 meses con una cuota diaria de 20 euros e inhabilitación especial para el cargo de Fiscal General del Estado por tiempo de 2 años, y al pago de las costas procesales correspondientes incluyendo las de la acusación particular. Como responsabilidad civil se declara que el condenado deberá indemnizar a D. Alberto González Amador a 10.000 euros por daños morales.
Le absolvemos del resto de los delitos objeto de la acusación.
Los objetos intervenidos en los registros practicados se devolverán a sus titulares y, en su caso, se destruirán.»
La sentencia, pendiente de redacción, surtirá efectos a partir de su notificación en legal forma.
La resolución incorporará dos votos particulares emitidos por las Magistradas de la Sala II D. ª Ana María Ferrer García y D. ª Susana Polo García que disienten de la misma lo que determina un cambio en la Ponencia que la asume el Presidente de la Sala D. Andrés Martínez Arrieta.
Aunque sea irrelevante desde el punto de vista de la práctica política real, puede no venir del todo mal analizar esta comunicación a la luz de algunas referencias ya que en ella no se alude voluntariamente al contenido de las argumentaciones, sino sólo a su carácter de mayoría que algunos interesados han decidido utilizar con diligencia. Veamos:
Emplear la idea de democracia de un modo meramente formal, aceptar la voluntad de la mayoría per se, sin considerar el contenido de las decisiones democráticas puede conducir a una completa perversión de la propia democracia, y finalmente a su abolición.
Th. W. Adorno. Liderazgo democrático y manipulación de masas (1949). En Miscelánea I. Obra completa 20/1. 2010, pág. 268.
En la práctica este fragmento no necesita comentarios, es claro, sino sólo fijarnos en la práctica política actual en la que tantos dirigentes investidos por determinadas mayorías utilizan esta circunstancia para imponer cualquier disposición e incluso cualquier regla que les favorezca. Venimos comprobando como a esas autoridades les molesta la democracia y desearían prescindir de ella.
O el siguiente fragmento:
[…] el principio de la mayoría se ha convertido en un poder soberano ante el que el pensamiento ha de inclinarse. Es un nuevo dios, aunque, no ciertamente, como lo concibieron los heraldos de las grandes revoluciones, esto es, como una fuerza de resistencia frente a la injusticia dominante, sino como una fuerza llamada a oponer resistencia a cuanto no se manifiesta como conforme.Max Horkheimer. Crítica de la razón instrumental (1946). Trotta, 2002, pág. 66.
En el caso del que nos ocupamos sería posible que el contenido de las argumentaciones de la minoría, dos magistradas, D. ª Ana María Ferrer García y D. ª Susana Polo García, deje en evidencia el contenido de la argumentación de la mayoría. Y quede así, dicho contenido, sin ser considerado en sí mismo, forzado a la conformidad. Por eso la urgencia de anticipar un fallo prescindiendo de las argumentaciones que le corresponderían.
Lo que se pretendería con esta anticipación sería hacer posible una propaganda de parte, que de hecho ya se ha producido. Pero:
Cuanto más indisimuladamente de dirige la propaganda a los más estúpidos, tanto más se expone a la resistencia potencial de quienes no desean ser los más estúpidos.
Th. W. Adorno. Radicalismo de derechas en la Alemania de posguerra. Estudios sobre el “Partido Socialista del Reich” (1958). En Miscelánea I. Obra completa 20/1. 2010, pág. 392.
No hace falta decir nombres. Ya sabemos los que se han retratado con premura. Ellos mismos se han hecho notar. Sólo nos falta saber quién quiere o no ser considerado entre los más estúpidos.
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La escritora se obsesionó con él y sobre todo con su persecución, hasta tal punto que publicó en 1969, dos siglos después del nacimiento, el ensayo El Proceso de Macanaz. La Inquisición logró poner a la opinión pública en contra de su figura por haberse ganado la confianza del rey y su consejo. La Iglesia y sus poderes no iban a permitir perder la influencia que habían tenido hasta la fecha. Consiguió que lo encerraran y que el rey se lavara las manos. La investigación de Carmen Martín Gaite en archivos para reconstruir el complejo proceso inquisitorial al que fue sometido Macanaz es uno de los mejores libros de justicia histórica y un tratado de política. En el libro se fusiona el ensayo, la investigación histórica y la narración para reivindicar su figura y analizar las intrigas cortesanas y la fuerza de la Inquisición en el siglo XVIII.
265 años desde su muerte hay que recordar que la Inquisición le arruinó para siempre su carrera y su fama, sin que Felipe V se atreviera a tomar ninguna medida a su favor y en defensa de quien por defenderle apasionadamente en sus derechos, acabó topando con el Santo Oficio. Gaite se preguntaba, «¿Por qué no lo sostuvo cuando cayó en desgracia?».
Macanaz tenía 45 años cuando salió de España en 1715. 45 años después, Carlos III lo sacó de una mazmorra en A Coruña para que fuera a pasar sus últimos días en su pueblo, donde murió con 90 años un 5 de diciembre de 1760. Pero la realidad de Macanaz es la de todos los perseguidos, por un motivo o por otro, siempre se desconocen los detalles.
Impulsor de los primeros ministros ilustrados por ley, su trabajo quedó enterrado bajo tierra por la Inquisición española y, por tanto, ignorado por la posteridad. Dando pábulo a las delaciones y sospechas vagas para inutilizar a las personas de más valía, todo por mantener la soberbia y prepotencia que pretendía escenificar. A pesar de todo fue muy longevo.
Insistía Carmen Martín Gaite a la que queremos recordar en el centenario de su nacimiento (8 de diciembre de 1925) en un artículo publicado en Boletín de Información «Cultural Albacete», enero de 1985 (nº12)
Un hellinense ilustre: don Melchor de Macanaz
La razón de ese olvido y desconocimiento creo que debe achacarse en gran parte a la manipulación, ya deliberada o ya inconsciente, que hicieron de su labor los políticos de dos generaciones posteriores a la suya. Me estoy refiriendo en concreto a los ministros ilustrados de Carlos III, muchas de cuyas reformas económicas y jurídicas de finales del siglo XVIII no hubieran florecido tan fácilmente sin la brecha que, a principios del mismo siglo, abrió para prepararles el terreno el personaje que nos ocupa en la primera etapa del reinado de Felipe V.
No es posible que ninguno de los ministros ilustrados posteriores a él ignorarse la tenaz y mucho más arriesgada tarea de su precursor, ni que, por supuesto, dejaran de aprovecharla. Pero como quiera que la de Macanaz hubiera sido una tarea breve y aislada, aunque intensa, y que la Inquisición castigara su arrojo y su audacia con cuarenta y cinco años de destierro, durante los cuales jamás su causa fue revisada ni examinada con un mínimo de rigor o de buena voluntad, y como quiera también que, a medida que Macanaz envejecía en el destierro, nunca dejase de clamar ni de contradecirse, en el último tercio del siglo XVIII se había convertido en un personaje confuso, incómodo y de difícil clasificación. Quienes se aprovecharon de sus incipientes conatos de reforma no se atrevieron o no tuvieron por conveniente revalorizar su figura, teñida a aquellas alturas de un cierto halo de extravagancia, y prefirieron en cambio echar mano de cuanto pudieron aprender de él, corriendo un tupido velo sobre los atropellos e injusticias que tuvo que padecer por mantener fidelidad a sus convicciones contra viento y marea. Quedó, pues, sepultada durante muchos años la biografía de nuestro hellinense bajo la hojarasca de una fama un tanto fantasmal. Esta fama nebulosa suya se ha prolongado hasta fecha muy reciente, de tal manera que, sin dejar de venir mencionado el nombre de Macanaz en las enciclopedias y en los libros de historia, iba pasando el tiempo sin que nadie emprendiera una investigación profunda para poner de relieve el alcance de sus esfuerzos y, sobre todo, para deslindar lo positivo de lo negativo, lo falso de lo verdadero y lo mítico de lo verificable.
Aunque hasta los primeros años del siglo XVIII nadie hubiera oído hablar de Macanaz, que formó parte de la primera camarilla reformista de que se rodeó el joven rey Felipe V recién llegado a España, hay que tener en cuenta que al advenimiento de este primer Borbón, Macanaz ya tenía treinta años. Es decir, había crecido y estudiado bajo el reinado del último Austria, Carlos II, y estaba imbuido de todas las carencias e hipocresías que caracterizaron los estertores de esta dinastía marchita. Los que puedan tener a Macanaz por un ilustrado puro, semejante a un Campomanes o a un Jovellanos, nunca podrán entender su personalidad. Es una figura muy representativa de la transición entre ambos siglos, del paso de la cerrazón del Antiguo Régimen a los primeros conatos de apertura del Siglo de las Luces. Estaba, pues, condenado a pagar los vidrios rotos de unas reformas que la mayoría del pueblo español, agarrado tenazmente a sus viejas rutinas, iba a tolerar de mala gana.
Nacido en Hellín, el 31 de enero de 1670, era hijo del Regidor perpetuo de aquella villa y sobre la familia pesaban ciertas sospechas de judaísmo. Esto puede explicar el hecho de que nunca dejara nuestro personaje de hacer gala frente a los demás de una religiosidad acendrada, totalmente en contraste con su empeño siempre latente de recortar las atribuciones excesivas del clero.
Provinciano, ambicioso y ansioso desde sus años más jóvenes de alcanzar fama y notoriedad, llegó a los veinte años a la Universidad de Salamanca para estudiar jurisprudencia, uno de los medios más consabidos, aunque difíciles, de acceder al mundo de la política. De esta época de Salamanca arranca su formación «regalista», núcleo fundamental de toda una orientación política a la que habría de guardar posteriormente fidelidad a prueba de desgracias. Los jurisconsultos llamados regalistas sostenían la autoridad real en materias económicas contra la codicia de la Curia romana, cuyas usurpaciones de la jurisdicción seglar habían llegado a ser a lo largo del siglo XVII francamente abusivas. Se trataba en definitiva de «dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César», y en este sentido ya se habían producido algunos intentos aislados de deslindar ambas competencias. Pero fueron intentos abortados por el miedo a la omnipotente Inquisición. Era un conflicto que en las postrimerías del siglo XVII no tenía salida. Solamente las directrices más valientes de los primeros consejeros franceses de Felipe V pudieron abonar el terreno para posibilitar una labor con la que ya Macanaz soñaba en sus años de estudiante: la de enfrentarse con la Inquisición y perderle el miedo.
A los veinticuatro años, Macanaz dejó Salamanca y pasó a la Corte de Carlos II a estudiar la práctica de los Consejos y Tribunales de Justicia. Por este tiempo el rey, débil, impotente y manipulado por su ávida camarilla, no era más que un símbolo de la desintegración del país, una sombra. Había ido perdiendo libertad e iniciativa en los asuntos de gobierno y aunque los miembros de los consejos eran nombrados por él, no tenía propiamente voz ni voto en la preparación de los acuerdos ni en la elaboración de los decretos. Macanaz, poco después de su llegada a la corte, trató de arrimarse a los pocos hombres de espíritu ilustrado e independiente que no estaban de acuerdo con la situación, y así entró en contacto con el Marqués de Villena, cuya influencia sobre Macanaz, al que siempre protegió de forma incondicional, había de ser tan decisiva como lo fue en el cambio de dinastía.
En noviembre de 1700, rodeado de vergonzosas presiones y prácticas de hechicería, se extinguió en palacio sin dejar heredero la miserable figura del último Austria, dando paso al nuevo siglo, que en toda Europa traía aires de renuevo. Su último testamento, que de momento se consideró como válido, había de dar pretexto, como es sabido, a la guerra de Sucesión. En él instituía como heredero del trono español a Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV de Francia, de diecisiete años de edad, que reinaría en nuestro país durante cuarenta y seis con el nombre de Felipe V. La influencia extranjera, hasta entonces cuidadosamente mantenida a raya, iba a empezar a penetrar en el suelo patrio, amparada por la nacionalidad del nuevo rey, aunque muchos nostálgicos del Antiguo Régimen solamente la tragaran a regañadientes.
El nuevo soberano impulsó durante los primeros quince años de su reinado los importantes conatos de reforma que su política posterior, al tomar un viraje diametralmente opuesto, dejaría sepultados durante mucho tiempo. De temperamento irresoluto e influenciable, ninguna opinión le parecía a Felipe V menos discutible que la que tuviera a bien inculcarle la mujer que compartía su lecho, hasta tal punto que la historia de su reinado puede decirse escrita en función de sus deseos matrimoniales y del diferente aprovechamiento que sus dos esposas legítimas hicieron del poder político que aquella peculiaridad ponía en sus manos.
Para entender la fulminante desgracia de Macanaz, que, tras haber sido encumbrado por el rey, se convirtió de la noche a la mañana en un proscrito, no puede olvidarse la fatal circunstancia de la temprana muerte de la primera reina, la dulce y abnegada María Luisa de Saboya. Casi una niña cuando contrajo nupcias con Felipe V, murió precozmente desgastada por los insaciables ardores de su esposo y las calamidades y sobresaltos de la guerra, cuando podía haber empezado a recoger los frutos de paz. Estaba llamada a recogerlos en su lugar o, mejor dicho, a malbaratarlos, otra mujer mucho más dura y ambiciosa, que llegaba de Italia aleccionada por el Papa Clemente XI para que la Iglesia recobrara en España todas sus viejas prerrogativas parcialmente amenazadas. Cabe, por tanto, distinguir dos Felipes: el de María Luisa de Saboya, hasta febrero de 1714, y el de Isabel de Farnesio, a partir de diciembre de ese mismo año, ya que solamente diez meses fue capaz el rey de aguantar viudo. El primero protegió a Macanaz y le dio alas para recortar las atribuciones y abusos del clero. El segundo se avergonzó y desentendió de él, como de la princesa de los Ursinos, Orry, Robinet y y todos los esbozadores de reformas de aquella primera etapa.
Todas las cuestiones que empezaron a surgir desde la llegada de Felipe V giraban en torno a dos necesidades irreconciliables: por una parte, la urgencia de replantear la estructura viciada de la monarquía española; por otra, el tener que contar con la animadversión de los españoles hacia cualquier reforma. Porque, como decía Luis XIV, «basta en España que un abuso sea costumbre para conservarlo escrupulosamente, sin tomarse el cuidado de examinar si lo que tal vez pudo ser bueno en otro tiempo es malo en el actual».
El problema de España, ramificado en múltiples conflictos, era de raíz fundamentalmente económica. El quid de la cuestión estaba en sacar dinero de donde fuera a las puertas de una guerra civil que duró doce años y cuyos altibajos condicionaron el curso de los demás asuntos.
Eran casi más precisas las dotes de un inteligente administrador que las de un guerrero animoso. Una de las primeras miras de la nueva monarquía fue, pues, la de irse rodeando de ministros eficaces y no necesariamente vinculados con la nobleza, casi siempre reaccionaria e ignorante, y que no formaba propiamente un cuerpo político, sino una casta representativa de las viejas y anquilosadas glorias de la nación. Y, sin embargo, había que tener miramientos con un elemento tan poderoso como arraigado, convenía no herir su susceptibilidad. Luis XIV, que desde Francia estaba al tanto de la marcha de la política española, le aconsejaba a su nieto en una carta «conservar a los nobles todas las prerrogativas exteriores de su dignidad, pero, simultáneamente, irlos excluyendo de los negocios».
Como consecuencia de este nuevo rumbo político, ciertos burgueses ilustrados, pero de oscuro origen, que habían demostrado su lealtad a la causa borbónica, fueron incorporados lentamente a las tareas gubernamentales, con el consiguiente malestar por parte de los nobles. Y, sobre todo, del clero. Porque el Estado español, más que monárquico y más que oligárquico, era eminentemente clerical. El pueblo no se adhería ciegamente a un partido si no estaba acreditado por su catolicismo; lo demás era impopular. El clero tenía la mayor parte de la riqueza del país en sus manos, y sospechaba que la labor de aquellos burgueses de nuevo cuño encumbrados por el rey consistía fundamentalmente en administrar el dinero de otra forma y en hacer un reparto más igualitario y racional de los impuestos, aun a costa de anular privilegios hasta entonces incuestionados. Y uno de estos oscuros burgueses era aquel infatigable jurista de Hellín, a quien el rey, con gran escándalo por parte de muchos, llegó a situar en uno de los puestos de más responsabilidad del gobierno: el de Fiscal de la Cámara de Castilla.
Sin que sea posible en el curso de este breve trabajo detallar en qué consistió la labor de Macanaz durante su fugaz apogeo, conviene dejar sentado que fueron los suyos los primeros intentos serios de desamortización eclesiástica que, con el respaldo de la autoridad legal, se registran en la historia de España. Nunca en sus años de destierro había de olvidar Macanaz aquel respaldo del rey, amparado por el cual se atrevió a hacer realidad su viejo sueño de recortarle atribuciones a la Inquisición. El progresivo crecimiento de estas atribuciones era uno de los obstáculos más insalvables para poner orden en el caos de la administración. Un tribunal que en principio había sido creado por los reyes de España como una institución al servicio de sus intereses había llegado a ser tan temible y prestigiosa que imponía ya su ley incluso al propio monarca, que tenía, según el Derecho, la autoridad suficiente para controlarlo. Precisamente para aclarar este vidrioso asunto desde un punto de vista jurídico y para atajar los abusos de una institución desbordada es para lo que había echado mano Felipe V de la formación regalista de Macanaz y de su probada capacidad de trabajo.
Macanaz nunca consiguió hacerse popular. Era demasiado trabajador en un país de vagos a quienes nadie había echado en cara su vagancia y poco acostumbrados a recibir lecciones. Y mucho menos si quien se las daba era un don nadie, carente además del tacto indispensable para contemporizar con las personas a las que humillaba, superiores en rango a él. El favor real se le había subido a la cabeza y actuaba tan embriagado por sus efluvios que nunca se paró a pensar que pudiera no durar siempre. El clero y la nobleza fingían de mal grado plegarse a sus dictámenes, pero no dejaban de conspirar a la espera de una coyuntura propicia para hacerle pagar bien caras su altanería y su dureza.
El famoso «Pedimento de los cincuenta y cinco párrafos», origen de la excomunión de Macanaz y de su destierro, no era en principio más que un borrador escrito para ser consultado secretamente con los otros miembros de la Cámara de Castilla. Pero la ceguera y el triunfalismo de aquel burgués hellinense, ascendido a Fiscal general de la monarquía, le impidieron ver que entre ellos existían ya, a estas alturas de 1714, muchos descontentos con el sesgo que iba tomando la política del primer Felipe V, orientada hacia un enfrentamiento con la prepotencia de la Inquisición y con la tiranía de la Curia romana, cuyo sumo pontífice Clemente XI había roto sus relaciones con España desde 1709. Y olvidaba, sobre todo, Macanaz que entre aquellos consejeros con los que despachaba a diario tenía muchos enemigos personales, confidentes en cambio del Cardenal Del Giudice, Inquisidor general. Fueron algunos de éstos los que, apenas leído aquel borrador sobre el que tenían que opinar secretamente, violaron el secreto y lo denunciaron por su cuenta y riesgo a la Inquisición como subversivo y herético.
Los móviles del «Pedimento» eran de tipo fundamentalmente económico. Agostado el país por los gastos de una guerra larga y costosa, se trataba fundamentalmente de cerrarle la puerta a Roma para que dejar a de sacar dinero de las arcas españolas, a base de invocar inveterados argumentos de costumbre y de religión. En la polémica que el rey venía manteniendo hacía cuatro años con el Papa, se intentaba dejar al segundo sometido a la autoridad del primero. Como colofón de esta divergencia entre los credos papal y real, el «Pedimento» establecía que en caso de necesidad estaba el rey autorizado a hacer uso de la plata de las iglesias y se les recordaba su derecho a intervenir en el nombramiento de obispos y de reducir el número de religiosos y conventos.
La Inquisición no se anduvo con remilgos para excomulgar a Macanaz inmediatamente, circunstancia que, a pesar del respaldo del rey, no dejó de preocupar al flamante fiscal, pues en su fuero interno, temía como cualquier español del tiempo los rigores de tan poderoso tribunal, por mucho que se hubiera arrojado a discutir sus atribuciones o precisamente a causa de ese mismo arrojo. Pero, con todo, las repercusiones de aquella condenación no habrían pasado a mayores si el rey hubiera seguido manteniendo su apoyo incondicional a Macanaz o, lo que es lo mismo, si la reina María Luisa y su consejera la princesa de los Ursinos hubieran seguido apoyando al rey en sus propósitos reformistas, cosa que no permitió el destino. Porque desde principios de 1714, coincidiendo con las fechas en que estalló el escándalo del «Pedimento» y dividió la opinión pública en dos bandos, la reina se moría; y los médicos de la Corte, impotentes para adivinar la causa del mal que la minaba, la dejaban languidecer.
Desde el 14 de febrero, fecha de la muerte de María Luisa de Saboya, hasta el 19 de diciembre del mismo año en que llegó a España Isabel de Farnesio, la princesa de los Ursinos, el hacendista Orry, el confesor Robinet y el jurista Macanaz aceleraron compulsivamente sus reformas, a la sombra de un rey atribulado e irresoluto, como si fueran conscientes de que su auge estaba dando las boqueadas. A principios de 1715, en efecto, la nueva soberana había conseguido, sin grandes obstáculos, y con ayuda del Cardenal Del Giudice, desembarazarse de todos ellos.
Macanaz salió desterrado para Francia en febrero de 1715 y no volvió a pisar tierra española hasta 1748, para ser encarcelado en el Castillo de San Antón, de La Coruña, por el nuevo monarca, Fernando VI. Y solamente en 1760 pocos meses antes de morir, fue liberado Macanaz de aquella injusta prisión por Carlos III, hermanastro del anterior, quien permitió al achacoso anciano que cruzara la Península de punta a cabo para que fuera a morir, ya desdentado, sin fuerzas y con la cabeza medio perdida, a Hellín, su patria chica. Cabe destacar a este respecto la curiosa ironía del destino al permitir que de los dos descendientes de Felipe V fuera un hijo de su primera esposa quien encarcelara a Macanaz y un hijo de la segunda quien le liberara y sobreseyera a título póstumo su enrevesado proceso inquisitorial.
El éxodo de Macanaz a partir del 1715 por Pau, París, Cambray, Bruselas, Lieja y Soissons, pasando miseria e implorando un vano auxilio de la Corte, mientras sus bienes se pudrían en cárceles de la Inquisición, constituye uno de los capítulos más patéticos del siglo XVIII español. Al patetismo de la historia contribuye en gran medida la índole de su protagonista, que se negó siempre a aceptar la realidad tal como era y mantuvo una correspondencia tenaz y apasionada con personajes de la Corte que ya habían dejado de serles fieles, como si siguieran siendo sus amigos, sin comprender que el tono megalómano de sus confidencias era perjudicial y contraproducente para su proceso inquisitorial. Por otra parte, la longevidad del personaje, su mitomanía y el progresivo desquiciamiento a que le abocaban su aislamiento y su vejez desorientan al estudioso que se asome a investigar su copiosa correspondencia desde el exilio, muchas veces contradictoria y siempre farragosa.
Porque habrá pocos grafómonos más impenitentes que el viejo Macanaz. Aun perseguido por la Inquisición, y con datos suficientes para suponer que la voluntad del rey volvía a estar prisionera de su yugo, continuaba escribiéndole con aliento tenaz e infatigable para aconsejarle coherencia y energía, para recordarle que aquel Tribunal estaba bajo su mando, recalcando las razones que le habían asistido para obrar como obró, echando mano de todas sus triquiñuelas de viejo jurista para revivir una causa que, desaparecido él de la escena política española, amenazaba con naufragar en el olvido. Y no solamente cartas al rey, sino también en ministros en candelero, a confesores del rey y de la reina, a parientes y amigos que dejó en la provincia, cargas monotemáticas desde distintos tiempos y países, y no siempre contando las cosas de la misma manera. Se diría que, a medida que pasaban los años y se cerraban las vías de esperanza para ser triunfante su causa, cuanto más convencido hubiera debido estar de que ya nadie le hacía caso ni le escuchaba, más y más se exacerbaba su afán solitario por llenar resmas de papel recordando la injusticia padecida, exaltando de modo totalmente impolítico el idealismo de su causa, protestando en el vacío, buscando, en fin, el bulto de un interlocutor inexistente, como si la única razón de su vivir fuera ya la de convertir en tinta su propia respiración.
Cuando esta respiración se agotó el 5 de diciembre de 1760 y el nonagenario don Melchor de Macanaz cerró en Hellín sus fatigados ojos, legaba a la posteridad kilos de cartas, muchas sin abrir, escritas en una letra menuda y enmarañada y que posteriormente habían de dormir durante años y años en los archivos. Pero desde aquellos renglones torcidos seguía clamando al cabo de los siglos el viejo Macanaz y sus palabras eran como los brazos de un ahogado, ansiosas de aferrarse al primero que tuviera la fatalidad de pasar cerca y de meter las narices en esos legajos cerrados.
Yo, que consumí cinco años de mi vida nadando a contracorriente con aquel peso a las espaldas, no sé si habré conseguido resucitar a Macanaz y reivindicar su memoria; pero no puedo por menos de confesar aquí, para terminar este resumen de un trabajo mucho más largo, que muchas veces creí zozobrar y que comprendí que el viejo don Melchor hubiese puesto en fuga a muchos investigadores mucho más preparados que yo, pero también más precavidos.
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