La entrada El cine testigo de la crisis de vivienda se publicó primero en Atroz con leche.
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El crack del 2008 no sólo puso fin a la burbuja del ladrillo, ese curioso fenómeno por el que podías comprar un piso en 2005 por 200.000 euros y venderlo en 2006 por 300.000 sin reformas ni mejoras de ningún tipo. Ese fenómeno por el cual parejas con unos sueldos de poco más de 1000 euros iban al banco y les daban una hipoteca a 40 años no sólo para una casa, para una casa, los muebles y electrodomésticos, la boda y la luna de miel. Era la España del pelotazo; y el pelotazo nos golpeó a todos en la cara. Con la restricción del crédito tras la quiebra de un banco al otro lado del Atlántico, la consecuente recesión y el paro pasando de los menos de dos millones en 2007 hasta los más de 6 millones en 2013, la mayor consecuencia social fueron los desahucios por impago de las hipotecas, que se habían firmado y celebrado antes del crack.
Según el CGPJ entre 2008 y 2016 se llevaron a cabo más de 330.000 lanzamientos hipotecarios. Como nacido en 1996 recuerdo ver desde mi cuerpo adolescente los informativos hablando de subidas, subidas de impuestos, subidas del paro, subidas de la prima de riesgo y también del número de desahucios que se ejecutaban cada mes, cada semana y cada día. Se empezó a hablar de expulsar a personas de sus casas como un indicador de la crisis. Sin reparar que detrás de esos números había miles de personas.
Con este drama humanitario de fondo mi adolescencia también se vió sacudida por un fenómeno al que no recuerdo haber asistido en mi infancia: las resistencias. Fui testigo desde el piso que mi madre había alquilado en el centro de la ciudad antes de la crisis, de la creación de los movimientos antidesahucios, la Plataforma de Afectados por la Hipoteca y el movimiento 15-M. El relato ya no era el de pobres familias que dejaban su casa por no poder pagarla.
Frente a la idea de que muchas familias de clase trabajadora habían pecado de avaricia y vivido “por encima de sus posibilidades” hubo personas que decidieron defenderse y escribir en pancartas su propio relato.
El relato de miles de personas que confiaron en el sistema y se vieron traicionados. La narrativa de las víctimas a las que se les había culpabilizado de su propia tragedia.
Parejas que se compraron la casa que el sistema les vendió que necesitaban, con una hipoteca que un banco les había concedido sin objeciones asistían atónitos años después a un índice de paro galopante, un endeudamiento brutal, la negativa del banco a conceder más créditos y la llegada de una una orden de desahucio. Esta situación fue soportada mientras acomodados tertulianos les culpabilizaron de su situación, les trataron como irresponsables por querer lo mismo que habían tenido sus padres; por hacer aquello que desde pequeños habían aprendido que era el pilar de una vida adulta, tener su propia casa.
Este cambio de relato llegó con el destierro de la vergüenza. Con el convencimiento de que lejos de ser responsables de su propia desdicha, o de percibir su situación como un fracaso individual, supieron ver que estaban pagando los platos rotos de los bancos, las administraciones y las constructoras. Surgieron movimientos vecinales, plataformas de ayuda mutua, resistencias activas frente a los desahucios; y la palabra indignado pasó a definir a una mayoría social.
En este contexto el cine español, decidió posar la cámara frente a los que estaban perdiendo su casa. Se narraron historias que intentaron mostrar lo que significa perder, no sólo un bien inmueble sino su proyecto de vida y desarraigo que conlleva.
Aquí algunos ejemplos:
Cinco metros cuadrados 2011

Techo y comida 2015

Cerca de tu casa 2016

Y más recientemente:
En los márgenes 2022

Cuatro paredes 2025

Recomiendo que veáis cada una de ellas. La historia no se repite pero sí que rima, estamos frente a una nueva crisis de vivienda y esta vez las víctimas son los inquilinos en lugar de los hipotecados.
De nuevo la idea de hipotecarse para que al menos el techo sobre el que haces tu vida sea tuyo, cuando termines de pagarlo dentro de 40 años si es que lo terminas de pagar, se postula como la única opción para un problema del que ya demostró no serlo.
Los ciudadanos tenemos el deber de marcar el camino a nuestros gobernantes y de exigir soluciones reales y responsabilidades a los verdaderos culpables.
Si la ley no nos respeta, hagamos que la ley sea respetable.
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]]>La entrada Canciones para cuando llegan las nubes se publicó primero en Atroz con leche.
]]>Disfruten de estas veinte joyas en Spotify.
Y en Youtube:
* Nothing compares to you: Sinead O’ Connor
* Sometimes I Still feel the bruise: Trembling blue stars
* Two step: Low
* Je me souviens, je me rappelle: Daniel Darc
* Stay with me: Spiritualized
* E- bow the letter: REM
* Bridge over troubled water: Simon & Garfunkel
* Hey Jude: The Beatles
* (Sitin’ on) The Dock of the Bay: Otis Redding
* El pintor: Vainica Doble
* Dreams: Fleetwood Mac
* Dance me to the end of love: Leonard Cohen
* Andmoreagain: Love
* The way you look tonight: Frank Sinatra
* God only knows: The Beach boys
* Roads: Portishead
* Your song: Elton John
* 7 seconds: Yousdou N’ Dour/ Neneh Cherry
* The logical song: Supertramp
* Hope there’s someone: (ANOHNI), Antony and the Johnsons
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]]>La entrada Otro dolor, y de qué clase. Por Fran Olivas se publicó primero en Atroz con leche.
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¿Lecturas de verano? Pues sí, claro. Siempre apetece leer cuando llega esta parte del año en que todo parece ralentizarse, aunque estemos sufriendo un cambio climático ya imparable y solo queden ganas de esconderse a oscuras en alguna bodega fresca.
El caso es que por fin hallé el momento para leer la última obra de Fran Olivas y bueno, debo reconocer que me ha impactado mucho.
En “Otro Dolor” Fran aborda de nuevo temas tabú para el colectivo, ese enorme grupo de personas en el que me incluyo, y es cada vez más disperso cuando debería permanecer unido ante las constantes agresiones que sufrimos, algunas desde el interior.
Pero voy a dejar ese camino para centrarme en lo que he venido a compartir con vosotres.
Casi todes tenemos en nuestro fuero interno el deseo, confesado o no, de tener pareja y que esta sea perfecta: el amor verdadero y eterno. Muchas veces no es así aunque, en ocasiones, hay personas LGTBIQA+ que lo consiguen. No obstante (siempre hay un pero) los humanos no somos eternos y llega el momento en que desaparecemos. La muerte nos lleva consigo y de eso nadie quiere hablar. Excepto Fran.
Nuestro querido biólogo marino, psicólogo y psicoanalista en ciernes ha tenido la osadía de mostrarnos, cito textualmente, cómo es <<el duelo y la pérdida en lesbianas, gais y bisexuales>> ademas del impacto que el heteropatriarcado tiene en el sufrimiento de estos viudas y viudos.
No son opiniones personales. Se trata de un ensayo construido tras entrevistar a 27 personas lesbianas, gais y bisexuales en el trance de la viudedad, habiendo recibido de viva voz, y desde la propia herida, la experiencia del duelo.
Observaréis que faltan las personas transexuales, pero sucede que nadie de esa naturaleza acudió a la convocatoria que realizó nuestro autor, labor que le ocupó durante bastantes meses.
Todo esto no se ha hecho al azar, la Universidad de Granada, a través de Francisco Cruz Quintana, Catedrático del Departamento de Personalidad, Evaluación y Tratamiento Psicológico, apoyó y colaboró en este proyecto magnífico.
En sus páginas nos muestra los distintos escenarios en los que se han desarrollado los duelos de los participantes, así como citas directas de la propia boca de los afectados.
No quiero desentrañar más el contenido del libro, pero podéis imaginaros su desarrollo.
Solo añadiré lo que figura en una de sus contratapas <<el duelo no entiende de armarios ni de la moralidad vigente>> es puro dolor, sin paños calientes que valgan. Imaginad entonces que se deba sufrir en un entorno hostil.
Pero no miremos sólo el dolor, como dice en su contraportada, esta obra tambien muestra la indoblegable capacidad humana de amar y ser amado ante cualquier clase de opresión.
Del autor ya os he hablado en todas las entradas que le he dedicado. Son bastantes porque Fran Olivas siempre tiene cosas muy importantes que decir, sea en narrativa, poesía o ensayo. Qué necesarias son figuras como él en el activismo que estamos condenados a realizar. Ojalá algún día sea posible relajarnos y dejar de luchar.
Francisco Javier Olivas es un granadino de Pinos Puente, biólogo marino -profesión que ejerce en Málaga- pero también psicólogo sanitario y se encuentra estudiando psicoanálisis en estos momentos. Ha escrito “El tercer Lobo”, “La memoria prestada”, “El olvido de todos” y “No quisimos ser soldados” entre otras obras.
Editorial Cántico ha sido la encargada de hacerlo posible y ponerlo en circulación dentro de su Colección Culpables, con una acertadísima portada: un bellísimo San Sebastián asaetado de F. Holland Day, intervenido por Daniel Vera.
El libro se puede encontrar en vuestras librerías de referencia. Si no lo tuviesen podéis encargarlo seguro.
¡¡Vivan las librerías de barrio!!

Y ya estaría, os dejo que leáis tranquiles.
-Besos casa-
-stop-
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]]>La entrada … Y entonces se apagaron dos bombillas se publicó primero en Atroz con leche.
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Dolly Parton murió el último martes de Agosto. Tim Curry, al día siguiente. Los dos con 80 años. Y llevo desde que me enteré con una sensación bastante rara, porque no eran familia, ni amigos, ni dos artistas que uno relacionaría normalmente entre sí. No tenían prácticamente nada que ver y, sin embargo, joder, tiene todo el sentido que se hayan ido juntos. Me viene a la cabeza una de esas marquesinas antiguas, llenas de bombillas, de Broadway, de la Gran Vía o del West End, me da igual. Una de esas que casi hacen daño a la vista, un poco horteras y preciosas al mismo tiempo, con todo encendido y funcionando como si nada pudiera fallar.
Y de repente se funden dos bombillas. Solo dos. La marquesina sigue ahí, la gente sigue entrando al teatro, la función empieza y nadie para el mundo porque hayan dejado de funcionar dos putas bombillas. Pero tú miras y las ves. Faltan. Y no puedes dejar de mirar justo esos dos huecos.
Creo que eso es lo que siento con Dolly y Tim. Porque los dos eran, cada uno a su manera, demasiado. Dolly era demasiado rubia, demasiado escotada, demasiado enjoyada, demasiado sonriente, demasiado Dolly, y precisamente por eso era maravillosa. Llevaba unas pelucas que debían tener código postal propio, unas uñas con las que yo no sería capaz ni de abrir una lata de Coca-Cola y construyó durante décadas ese personaje exageradísimo que casi parecía una caricatura. Solo que había una pequeña diferencia: ella estaba en el chiste. Siempre. Mientras mucha gente pensaba que se estaba riendo de aquella rubia neumática de Tennessee, Dolly escribía canciones, montaba negocios, ganaba dinero y construía una carrera de esas que ya no se pueden explicar sin empezar a utilizar palabras grandes. Y además tenía algo que siempre me ha fascinado: nunca pareció necesitar que los demás fueran menos para sentirse ella más. Creo que por eso los maricas la quisimos tanto. No hacía falta que llevara una bandera arcoíris pegada al culo ni que estuviera todo el día recordándonos lo buena aliada que era. Simplemente estaba ahí. Cuando tocaba hablar, hablaba; cuando tocaba defender, defendía; y luego seguía con su peluca, sus tetas, sus lentejuelas y su vida.

Tim Curry era otra historia, aunque no tanto como parece. Tim Curry apareció en 1975 vestido de Frank-N-Furter con corsé, tacones, medias de rejilla, maquillaje, esa boca y esa actitud de “sí, voy vestido así, ¿algún problema?”. En 1975. Ahora vemos Rocky Horror y todo aquello nos parece camp, divertido, mítico, carne de disfraz, karaoke y fiesta temática, pero hay que intentar verlo con los ojos de entonces. Aquello era una barbaridad. Y Tim Curry no salió a pedir permiso, ni intentó hacer a Frank-N-Furter simpático para que la gente lo aceptara. Salió y dijo: esto es lo que hay. Y encima consiguió que fuera sexy, que eso sí que tiene mérito. A veces olvidamos lo importante que fue ver cosas así cuando éramos jóvenes, sobre todo para los que crecimos sin internet, que dicho así suena a que cazábamos mamuts, pero era exactamente eso: no podías meterte en TikTok y encontrarte en cinco minutos a doscientos tíos como tú, ni buscar en Google “soy gay y no sé qué coño me pasa”, ni tenías un algoritmo asegurándote que había una comunidad entera al otro lado esperando para decirte que tranquilo, que no eras el único.
Teníamos pistas. Una película que alguien te pasaba, una revista, una canción, un videoclip que veías a horas absurdas, una entrevista, una foto, un personaje que aparecía durante dos minutos en una serie y te hacía mirar la pantalla un poco más de la cuenta. Y con todo aquello ibas montando algo, un mapa a trozos, sin saber muy bien adónde llevaba. Por eso creo que algunas muertes de famosos joden tanto, aunque racionalmente suene absurdo. Yo no conocía a Dolly Parton. No conocía a Tim Curry. Ellos no tenían ni puta idea de quién soy yo. Pero han estado ahí toda mi vida, y esa es la parte que duele, porque cuando empieza a morir la gente que ha estado ahí “desde siempre”, de repente te das cuenta de algo bastante desagradable: ese “siempre” eres tú. Es tu vida, tus años, tu juventud, tus recuerdos, tu tiempo.
Y entonces ya no estás llorando solamente porque se haya muerto Dolly Parton. Estás llorando un poquito al tío que eras cuando escuchabas ciertas canciones. No estás llorando solamente a Tim Curry. Estás pensando en la primera vez que viste Rocky Horror y aquello te pareció una locura maravillosa, y en todo lo que ha pasado desde entonces. Ahí es cuando empiezas a hacer cuentas que nadie te había pedido y te entran ganas de mandar a tomar por culo al calendario. Porque, además, 80 años ya no me parecen una edad tan imposible como me parecían cuando tenía veinte, y ese es quizá el detalle más feo de todo esto. Antes se moría gente mayor. Ahora empiezan a morirse personas que recuerdas jóvenes. Y ahí cambia la película.

Después de conocer sus muertes, empezaron los homenajes a Dolly y a Tim. Hubo canciones, fotos, corsés, pelucas, medias de rejilla y seguro que algún corsé que debería ser denunciado ante el Tribunal de La Haya. Como debe ser. Porque a Tim Curry no se le puede despedir con un minuto de silencio y a Dolly tampoco. Hay gente a la que hay que despedir haciendo ruido, cantando fatal, poniéndose brillo aunque sea martes, besando a quien te dé la gana y entrando en una habitación sin pedir perdón por ocupar espacio. Creo que eso es lo que los dos tenían en común. Dolly con una peluca de treinta centímetros y Tim en corsé consiguieron decir algo bastante parecido: no te hagas pequeño para que los demás estén más cómodos. No rebajes el volumen de lo que eres. No escondas lo raro. No intentes ser menos marica, menos bollera, menos trans, menos gordo, menos intenso, menos exagerado, menos tú. A lo mejor precisamente eso que llevas media vida intentando disimular es lo que te hace interesante.
Y sí, ya sé que esto empieza a sonar a moraleja y no quiero. A tomar por culo la moraleja. Estoy triste. Eso es todo. Estoy triste porque se han muerto Dolly Parton y Tim Curry, porque significaron mucho para mucha gente como nosotros, porque me recuerdan cosas mías y porque me recuerdan también el tiempo que llevo encima. Y no pasa nada por admitirlo, aunque tampoco quiero acabar esto llorando encima de un piano. A Dolly le parecería una horterada. Bueno, probablemente no. Tim sí que se reiría de nosotros.
Así que prefiero volver a la marquesina. La función sigue, claro que sigue, siempre sigue. Mañana habrá otros nombres en los carteles y chavales que no saben quién coño eran Dolly Parton y Tim Curry, y alguno los buscará. Escuchará Jolene, verá por primera vez a Frank-N-Furter bajar en aquel ascensor y a lo mejor pensará: hostia, ahora lo entiendo. Y durante un rato esas dos bombillas se volverán a encender, porque supongo que eso es lo bueno de todo esto: que algunas luces se apagan, pero seguimos sabiendo dónde estaba el interruptor.
Ayer había dos luces más. Hoy hay dos huecos negros. La marquesina sigue encendida, claro que sí. Pero los que llevamos mucho tiempo mirándola sabemos perfectamente lo que falta.
… dos bombillas.

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]]>La entrada Canciones para uno como el que vivimos y otros tantos veranos se publicó primero en Atroz con leche.
]]>2- I cant Help myself (Sugar pie honey bunch): Four Tops
3- I want a chance for romance: Hector Rivera
4- Here comes the sun: The Beatles
7- Love my Way: The psychedelic furs
8- Keep on runing: The Spencer Davis Group
9- Post Break-up Sex: The Vaccines
10- Stranger to my happiness: Sharon Jones and the Dap-Kings
13- You only live once: The Strokes
14- Somewhere in my heart: Aztec Camera
15- Head over heels: JD McPherson
16- Sunny Afternoon: The Kinks
19- Lost Weekend: Lloyd Cole and the Commotions
20- Real gone kid: Deacon Blue
21- Since you broke my heart: Dino,Desi & Billy
23- Twistin’ the night away: Sam Cooke
24- It’s the same old song: Four Tops
26- Please, Mr. Postman: The Marvelettes
27- Streets of your Town: The Go-betweens
28- Le twenty two bar: Dominique A
30- What the world is waiting for: The Stone Roses
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]]>La entrada No era una canción, era un refugio: los 30 años de Wannabe se publicó primero en Atroz con leche.
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Cuanto más pasan los años, más convencido estoy de una cosa.
Cada vez que alguien intenta explicar por qué las Spice Girls conectaron tanto con la comunidad gay, aparecen teorías larguísimas sobre empoderamiento, performance, género, iconografía pop y probablemente algún PDF de 47 páginas.
Y yo cada vez estoy más convencido de que la explicación es muchísimo más sencilla.
Las Spice Girls crearon el primer espacio seguro para miles de niños maricas de los noventa.
Sin saberlo.
Porque hay que recordar cómo era aquello.
La masculinidad de los noventa tenía la sutileza de una excavadora.
Había que ser duro.
Había que ser serio.
Había que gustar del fútbol aunque no te gustara el fútbol.
Y luego aparecieron cinco inglesas vestidas como si hubieran perdido una apuesta colectiva.
Y dijeron algo revolucionario.
Que podías ser raro.
Que podías exagerar.
Que podías elegir un personaje.
Que podías ser demasiado.
Y, sobre todo, que podías tener una pandilla.
Que creo que es la parte que menos se analiza.
Porque nosotros no elegíamos una Spice Girl favorita.
Elegíamos una identidad.
Era prácticamente el primer test de personalidad de una generación.
Mucho antes de tener que elegir entre el pueblo azul y el amarillo en el Grand Prix, muchísimo antes de que España se dividiera entre Bisbal y Bustamante, antes de que Conchita nos sometiera al polígrafo y mucho antes de que este país nos obligara a posicionarnos a muerte entre Belén Esteban y María José Campanario.
Y funcionó.

Porque de repente había un lugar donde nadie parecía juzgarte por ser intenso, expresivo o dramático.
Que casualmente eran tres delitos gravísimos para un adolescente gay de los noventa.
Y por eso creo que Wannabe sigue funcionando treinta años después.
No por la canción.
Ni siquiera por las Spice Girls.
Sino porque durante tres minutos nos vendieron una fantasía que resultó ser bastante útil.
La idea de que existía un grupo de amigos donde encajabas exactamente como eras.
Y sinceramente, viendo cómo estaba el patio en 1996, aquello era bastante más revolucionario que el zig-a-zig-ah.
Treinta años después seguimos celebrando Wannabe, pero sospecho que muchos no estamos celebrando una canción.
Estamos celebrando el refugio.
Y eso, para un single pop de tres minutos, no está nada mal.
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]]>La entrada La insoportable libertad ajena se publicó primero en Atroz con leche.
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Hace unos días, mi amigo DMalignus publicó una reflexión en Bluesky que consiguió detenerme en mitad de ese gesto casi automático de deslizar el dedo por la pantalla buscando algo que merezca la pena leer. (Gracias por la inspiración, precioso)
Venía a decir que estaba cansado de esa gente que reniega de determinadas formas de vivir mientras, en el fondo, parece desear exactamente aquello que critica. Comparaba esa actitud con las beatas de pueblo que dedicaban media vida a escandalizarse de «las frescas», cuando quizá lo que realmente les corroía por dentro era una envidia feroz.
Le di un «me gusta», le respondí casi por impulso… y seguí con mi día.
Pero la idea decidió seguir conmigo. Se quedó dando vueltas en algún rincón de la cabeza, como hacen esas canciones que aparecen sin pedir permiso y ya no hay manera de quitárselas de encima.
Porque creo que detrás de esa reflexión hay algo mucho más grande que la simple hipocresía.
Todos nos hemos cruzado alguna vez con esa persona que parece necesitar dejar muy claro lo que jamás haría. «Jamás iría a una sauna». «Jamás usaría una aplicación para ligar». «Jamás tendría una relación abierta». «Jamás vestiría de determinada manera». «Jamás iría a un Pride». «Jamás…»
Y esos «jamás», curiosamente, suelen pronunciarse con una intensidad difícil de explicar. Como si no bastara con que algo no te interesara. Como si hubiera que elevarlo a la categoría de pecado para sentirse un poco mejor.
Y no. No siempre es así. Sería muy cómodo decir que cualquiera que critica algo es porque, en realidad, desea hacerlo. El mundo no funciona de una forma tan simple. Hay quien no conecta con determinadas maneras de vivir y punto. Todos tenemos nuestros límites, nuestras preferencias y nuestras líneas rojas, y ninguna necesita justificarse.
El problema empieza cuando una elección personal deja de ser una elección y se convierte en un tribunal. Cuando ya no basta con decir «eso no es para mí», sino que aparece esa necesidad casi compulsiva de explicar por qué tampoco debería ser para nadie más.
Y ahí es donde, con los años, he dejado de sentir tanto enfado.
Ahora siento, sobre todo, tristeza.

Porque cuanto más observo ese comportamiento, menos me parece un gesto de superioridad y más me parece una armadura. De esas pesadas. Incómodas. De las que uno lleva tanto tiempo puestas que acaba olvidando que existen… y que, quizá, podría quitárselas.
Qué quieres que te diga… cada vez me cuesta más creer que quien está realmente en paz consigo mismo necesite dedicar tanta energía a vigilar cómo viven los demás.
Seguro que en algunos casos es simple arrogancia. Tampoco hace falta buscar un trauma infantil detrás de cada imbécil. Los hay que lo son sin necesidad de una explicación especialmente sofisticada.
Pero sospecho que muchas veces hay algo más… Mucho más.
Hay duelo.
No el duelo por una persona. El duelo por una vida.
Por todos esos «sí» que nunca llegaron a pronunciarse. Por aquel amor que nunca se vivió. Por aquella aventura que daba demasiado miedo. Por aquella versión de uno mismo que se quedó encerrada detrás de lo que «tocaba hacer», de lo que «estaba bien» o, simplemente, de lo que se esperaba de uno.
Debe de ser muy duro encontrarte con alguien que vive con absoluta naturalidad aquello que tú llevas décadas diciéndote que era indigno.
Porque entonces aparece una pregunta terrible.
«¿Y si yo también hubiera podido?»
Y esa pregunta puede romper una vida entera.
Porque es mucho más sencillo romper al otro.
Resulta más cómodo llamarlo inmoral, escandaloso, promiscuo, ridículo o indecente que sentarse a llorar todas las oportunidades que uno dejó escapar mientras construía una identidad basada en la renuncia.
Quizá por eso me produce una extraña mezcla de rechazo y ternura esa gente que parece patrullar la felicidad ajena. Porque empiezo a pensar que nadie verdaderamente libre dedica tanto tiempo a controlar la libertad de los demás.
La gente feliz suele estar demasiado ocupada viviendo.
La gente que ha hecho las paces consigo misma rara vez necesita repartir carnés de decencia.
Y quien ha aprendido a convivir con sus propios deseos no siente esa urgencia casi religiosa de convencer al resto de que los suyos son los únicos aceptables.
No estoy diciendo que toda persona moralista sea alguien reprimido. Sería tan injusto como afirmar que toda persona extrovertida es feliz. Los seres humanos somos infinitamente más complejos que eso.
Lo que sí creo es que la superioridad moral es, muchas veces, un escondite extraordinario, porque mientras uno señala con el dedo hacia fuera, nadie mira hacia dentro.
Y mirar hacia dentro puede dar TANTÍSIMO miedo…

Sobre todo cuando empiezas a sospechar que la persona a la que llevas años juzgando no representa una amenaza para tus valores, sino un recordatorio de la libertad que nunca te permitiste.
Desde hace un tiempo intento hacer un ejercicio. No siempre me sale bien, para qué nos vamos a engañar.
Cuando me encuentro con alguien instalado en ese pedestal desde el que todo se juzga, intento imaginar qué habrá debajo de tanta rigidez.
No para justificarlo, ni para darle la razón, ni mucho menos para aceptar comportamientos que hacen daño a los demás.
Simplemente intento preguntarme qué historia habrá detrás de esa coraza.
Qué parte de sí mismo aprendió a esconder hace tantos años que ya ni siquiera recuerda dónde la dejó.
Y ocurre algo curioso.
Cuando consigo hacer ese ejercicio, la rabia pierde fuerza.
No desaparece. Hay actitudes que siguen siendo profundamente antipáticas. Pero deja de ocuparlo todo.
En su lugar aparece algo mucho más incómodo.
La compasión.
No esa compasión condescendiente que mira por encima del hombro y dice «pobrecito». Esa tampoco deja de ser otra forma de superioridad.
Hablo de una compasión distinta. De la que nace cuando entiendes que todos, absolutamente todos, cargamos con alguna batalla invisible. Algunos aprendieron a esconder la suya detrás del humor. Otros detrás del éxito. Otros detrás del silencio.
Y algunos decidieron esconderla detrás de una moral tan rígida que acabó convirtiéndose en una prisión.
No sé si alguna vez conseguiremos romper esa cáscara a base de argumentos. Sospecho que no. Las armaduras rara vez caen porque alguien gane una discusión en internet.
Pero quizá una conversación sincera, una mirada sin desprecio o el simple hecho de no responder con la misma hostilidad puedan abrir una pequeña grieta.
Y, a veces, una grieta es todo lo que necesita una persona para empezar, por fin, a respirar.
Al final, creo que la verdadera libertad no consiste sólo en vivir la vida que uno desea.
También consiste en mirar a quien ha elegido un camino distinto sin sentir la necesidad de corregirlo, castigarlo o ridiculizarlo.
Porque quizá el auténtico triunfo no sea demostrar que uno tenía razón.
Quizá sea llegar a ese punto en el que la felicidad ajena deja de parecer una amenaza y empieza, sencillamente, a alegrarte.

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]]>La entrada Björk y Yara Polana: la prueba definitiva de que Islandia no es un país normal se publicó primero en Atroz con leche.
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Llevo unos días pensando en Björk y Yara Polana y me preocupa la conclusión a la que he llegado: Islandia no es un país normal.
No puede serlo.
Y lo digo con todo el cariño del mundo.
Porque hay algo sospechoso en un sitio que produce volcanes, auroras boreales y una pareja como Björk y Yara Polana. Demasiadas cosas interesantes para tan poca gente.
Algo están haciendo.
O algo están respirando.
Porque, sinceramente, ¿qué probabilidades había de que Björk, que ya de por sí parece una categoría propia dentro de la especie humana, acabara con Yara Polana, que tiene la capacidad de escribir una frase y dejarte pensando tres días como si te hubiesen abierto una ventana en el cerebro?
Pues pocas.
Pero claro, es que esto ha pasado en Islandia.
Y en Islandia las normas funcionan de otra manera.
De hecho, cada vez estoy más convencido de que Islandia no fabrica personas. Fabrica personajes.
Porque Björk es exactamente un volcán islandés. Nunca sabes muy bien qué está pasando hasta que un día entra en erupción y media Europa deja de volar.
Todavía me fascina aquello. Un volcán decide tener un mal día y el continente entero entra en pánico.
Eso sí que es tener presencia.
Muy Björk, la verdad.
Y muy Yara Polana también.
Porque ambas tienen esa capacidad de alterar el ecosistema simplemente existiendo.
Hay gente que entra en una habitación. Ellas entran en un concepto.
Björk parece el resultado de dejar a Ágatha Ruiz de la Prada sola una temporada en una cueva de lava, con un sintetizador y cero supervisión adulta.
Y voy a decir una cosa que llevo un rato pensando y que probablemente no debería decir: Björk es Aramís Fuster con geotermia, silencio y presupuesto cultural.
Porque la excentricidad es una cosa muy delicada.
Cinco grados menos de temperatura y eres Björk.
Cinco grados más de temperatura y acabas grabando un villancico llamado La conejita de Papá Noel.
Yara Polana, por su parte, tiene una energía muy concreta: la de esa persona que, mientras tú estás intentando decidir qué cenar, ya ha escrito una frase que te desmonta tres inseguridades, dos creencias y, si se descuida, hasta la personalidad que construiste en 2019.
Hay algo ligeramente irritante en ambas y creo que ahí está gran parte de su encanto.
Las dos desprenden una energía muy concreta: la de personas que saben algo que tú no sabes.

Mientras el resto estamos intentando recordar la contraseña de Netflix, llegar a final de mes y descubrir por qué tenemos 17 pestañas abiertas en el navegador, ellas parecen vivir permanentemente dentro de una instalación artística.
Y ahora, además, son novias.
Claro.
Porque esto también tenía que pasar.
Porque, sinceramente, tampoco nos imaginábamos a Björk con un Antonio cualquiera que juega al pádel, lleva una mochila del Decathlon y te pregunta si reserva un arroz para el domingo.
No.
Hay universos que simplemente no colisionan.
Björk necesitaba a alguien que entendiera una frase como: «Hoy el viento me ha recordado a la fragilidad del ego occidental».
Y Yara necesitaba un país donde, si desapareces cuatro horas andando entre niebla, musgo y lava, nadie piense que tienes una crisis existencial. Simplemente asumen que estás teniendo una idea.
Y cuanto más lo pienso, más me preocupa Islandia.
Porque allí todo el mundo parece vivir como si esto fuese completamente normal.
Estoy convencido de que un islandés se levanta, mira por la ventana, ve un volcán entrando en erupción, una aurora boreal, a Björk paseando y a Yara Polana escribiendo algo en una libreta y piensa: «Bueno, un martes».
Y eso es exactamente lo que más me desconcierta.
La normalidad con la que conviven con la extravagancia.
Mientras nosotros seguimos discutiendo si un «vale.» por WhatsApp significa enfado, ellos viven tranquilamente encima de una grieta geológica que escupe fuego cada dos por tres.
Y quizá esa sea la gran diferencia.
Nosotros hemos construido una sociedad alrededor de Excel.
Ellos la han construido alrededor de volcanes.
Y se nota.
Muchísimo.
Porque empiezo a sospechar que Islandia no expulsa lava.
Islandia expulsa personajes.
Y el resto del planeta nos dedicamos a mirarlos desde lejos con una mezcla extrañísima de admiración, confusión y una ligera envidia.
Porque, seamos sinceros, después de ver a Björk y a Yara Polana, cuesta muchísimo volver a interesarse por la vida de un influencer que recomienda suplementos de colágeno y madrugar a las cinco de la mañana.
Hay gente que tiene rutinas.
Y luego está Islandia, que directamente tiene trama.
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]]>La entrada Chemsex: cuando el dolor se disuelve en el consumo se publicó primero en Atroz con leche.
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Hay una escena que se repite en muchas ciudades: un piso, una pantalla con un perfil abierto, sustancias sobre la mesa, y varias personas que llegaron buscando algo que no termina de nombrarse. Sexo, sí, pero también otra cosa: una pausa del malestar. El chemsex —el uso de drogas como metanfetamina, mefedrona o GHB combinado con encuentros sexuales, normalmente coordinados a través de aplicaciones de contactos— se ha convertido en un fenómeno relevante dentro de algunos sectores de la población gay. Y aunque suele hablarse de él en términos de riesgo sanitario, conviene mirar también las raíces emocionales que lo sostienen.
El dolor que no se ve
Muchos hombres gais crecen con una experiencia temprana de exclusión: el armario, el miedo al rechazo familiar, el bullying, la sensación de no encajar en los modelos de masculinidad esperados. Ese dolor no siempre se resuelve al salir del armario; a veces se queda alojado como una herida de fondo, una sensación persistente de no ser suficiente o de no merecer afecto incondicional.
Cuando ese dolor no ha sido procesado, el cuerpo busca alivio donde puede. Las drogas asociadas al chemsex actúan precisamente ahí: desinhiben, anestesian la vergüenza, generan una sensación temporal de conexión y euforia. No es casualidad que las personas que más recurren a estas prácticas suelan describir una historia de soledad de fondo. La sustancia no crea el vacío; lo cubre durante unas horas.
El desapego como estrategia de supervivencia
El desapego emocional —esa dificultad para vincularse profundamente, para confiar, para quedarse en la vulnerabilidad de una relación— suele ser aprendido, no elegido. Cuando uno ha sido herido en sus primeros vínculos afectivos, desconectar de las emociones puede haber sido, en su momento, una forma de protegerse.
El problema es que esa misma estrategia, útil en la infancia o la adolescencia, se convierte en un obstáculo en la vida adulta. El chemsex ofrece una paradoja cómoda: permite la intimidad física extrema sin la exposición emocional que implicaría un vínculo real. Se puede estar con varias personas, en situaciones de alta intensidad sexual, sin tener que abrirse afectivamente con ninguna. Es cercanía sin riesgo emocional. O, dicho de otro modo: es una forma de estar acompañado sin tener que confiar en nadie.

La autoestima y el cuerpo como moneda de cambio
En muchas apps de contactos, el valor de una persona se reduce a una fotografía, una estatura, un tipo de cuerpo, una postura sexual. Es un mercado visual brutal, especialmente para quienes ya cargan con una autoestima frágil. La cultura gay urbana, históricamente, ha sobrevalorado ciertos cuerpos —jóvenes, musculados, «masculinos»— dejando fuera a quienes no encajan en ese molde.
Bajo presión constante de sentirse insuficiente, algunas personas encuentran en las drogas una manera de silenciar la autocrítica: la sustancia reduce la ansiedad social, da la sensación (falsa) de seguridad, y permite participar en encuentros sexuales que, en estado sobrio, generarían demasiada vergüenza o miedo al rechazo. El chemsex se convierte así en una prótesis emocional: sin él, la persona no se siente capaz de mostrarse, ni siquiera sexualmente.
Las apps de contactos: el escenario perfecto
Las aplicaciones de citas para hombres gais no inventaron estas heridas, pero les ofrecieron un escenario ideal para manifestarse. Su diseño —basado en la inmediatez, la geolocalización, la posibilidad de descartar a alguien con un simple movimiento de dedo— favorece el consumo rápido de personas, no el vínculo. Producen una sensación de abundancia (siempre hay alguien más cerca, siempre hay otra opción) que paradójicamente intensifica la soledad: nunca es suficiente, nunca se llega a profundizar.
Estas apps también han normalizado, en muchos perfiles, el uso explícito de sustancias como parte del encuentro sexual («party and play», «chemfriendly»), generando comunidades virtuales donde el consumo se presenta como algo cotidiano, casi obligatorio para encajar en ciertos círculos.
Las consecuencias: cuando la huida se convierte en trampa
A nivel mental, el chemsex compulsivo está asociado con:

Romper el ciclo no es solo dejar la sustancia
Dejar de consumir sin trabajar esas raíces suele derivar en recaídas, porque el vacío que la droga tapaba sigue ahí.
La salida pasa, casi siempre, por procesos terapéuticos que aborden tanto el consumo como la autoestima, el manejo de la vergüenza y la capacidad de vincularse afectivamente sin necesidad de anestesia química. También por comunidades de apoyo —grupos de pares, espacios LGTBI+ no sexualizados— que ofrezcan lo que las apps no pueden dar: pertenencia real, no solo conexión instantánea.
José Rubio Sánchez
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Soy consciente de que me estoy convirtiendo en el cascarrabias de esta jaula de locas, pero es necesario que alguien proteste diciendo en alto las barbaridades que sufrimos cada dia desde que la derechona mas puerca ha logrado apoderarse de nuestras instituciones.
Ha sido un trabajo continuado a base de garlopa, formón y lija, hasta conseguir dejarnos con un orgullo sin nada de que orgullecerse.
Poco a poco fueron quitando los símbolos identitarios del Orgullo LGTBIAQ+ de carteles y elementos publicitarios. Además, ni una sola bandera Arco Iris cuelga de los edificios no ya de sedes oficiales de esa corporación criminal (hay varias sentencias firmes que asi la condenan) que se ha apoderado del ayuntamiento y la comunidad de madrid -que refiero en minúsculas porque no hay otro medio ortográfico de menor grado- sino de cualquier empresa o asociación que otrora se molestaban en hacer algo de pinkwashing.
Y, cómo no, año tras año el MADO puesto de perfil pero con el monedero bien abierto, simulando qué esto no va con ellos. Tragan con lo que sea con tal de llenarse los bolsillos.
Hace demasiado tiempo que no representan a nada más que sus cuentas corrientes porque el Orgullo LGTBAQ+ ha dejado de ser su objeto social, está más que claro.

No pienso reproducir aquí el bochornoso cartel de este año, donde no hay colores mas que el blanco sobre rojo: corporativos de la comunidad de madrid. Se ha omitido toda referencia al germen del evento, y, para colmo, terminan de bastardear el alma de esta celebración aduciendo al “orgullo ciudadano”
Ciudadanos de madrid expulsados de sus casas, privados de sus barrios, de servicios básicos, con sus hijos, hijas e hijes recociendose en aulas ruinosas y asfixiantes, con parques y plazas convertidos en helipuertos donde prima el espacio comercial a la misma sombra, donde solo se puede sobrevivir corriendo de un lugar a otro sin parar a tomar un respiro siquiera.
¿Orgullo ciudadano? Hay que tener mucho valor y muy poca vergüenza para presentar un conjunto de actividades raquítico que desemboca en un evento privado y, por supuesto, de riguroso pago, que tampoco voy a mencionar. Se acabó dar publicidad indirecta.
Por favor, disolveos de una vez, sois una vergüenza.

En cuanto al elenco de artistas que se subirán a los escenarios ¿qué se puede añadir? podéis verlo sin mucho esfuerzo. Y bueno, tendrán que hacer mímica mientras usan la lengua de signos para no molestar a los usuarios de los pisos turísticos y demás madrigueras para foráneos que forman ‘el centro’, porque de un buen nivel de sonido podéis ir olvidándoos (os hablo asi porque yo no participaré en semejante insulto)
Para finalizar. Ya no queda nada. Solo resiste el Orgullo Vallekano que ha montado un festival bajo el nombre de TetaFest y que están pagando con aportaciones particulares a través de un crowdfunding, porque de la corporación municipal de Vallecas solo han conseguido retretes portátiles.

Si queréis colaborar con ellos, pinchad aquí Además, nuestro querido Algora nos anima a participar, nos necesitamos como siempre, pero ahora más que nunca.
Ah. ¿Del orgullo crítico se sabe algo? porque de momento no he visto ni una nota.
Y aquí lo dejo con todo el dolor de mi corazón. Esperemos que, en adelante, recuperemos lo que nos ha sido robado y este que os escribe tambien pueda compartir alegrías con todes vosotres.
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