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«Benvinguts a un nou cicle de Literatura i pantalla.
Avui tenim la sort de poder conversar amb un dels directors de cinema més importants d’Europa, Albert Serra. I ho fem just quan ha finalitzat el rodatge del seu últim film, La Mort de Louis XIV, i quan queda poc (el desembre) per a que arribi a la Virreina de Barcelona La singularitat, la instal·lació de dotze hores amb la que el artista, a través de cinc pantalles, ha representat aquest any a Catalunya a la Biennal de Venècia. També ara acaba de sortir del forn la versió en castellà d‘Apocalipsi, Uuuuuuuaaaaaaa, un diari de rodatge, escrit pel poeta Jaume Pons Alorda, de la pel·lícula Història de la meva mort, premiada al festival de Locarno el 2013 (el llibre que ara pública Alpha Decay el va publicar abans, en català, l’editorial Comanegra).
Però a l’intentar presentar a Serra més que les dades d’una biografia ens venen al cap preguntes. Només preguntes. Això vol dir: o bé que és inclassificable (que pot ser) o bé que l’etiqueta de cineasta se li queda curta. Albert Serra fa cinema, d’això no en tenim cap dubte. Però només és cinema? Des d’Honor de cavalleria, que es va poder veure al festival de Cannes el 2006, sabem que els seus projectes tenen més a veure amb la idea de performance que amb les cintes dels circuits comercials que estan tancades prèviament per un guió rígid. Serà en el muntatge on el creador, despullat del clixé, donarà formà, casi d’una manera obsessiva, al repte estètic sorgit d’un caos que ha actuat com un organisme viu.
Albert Serra s’ha format en filologia, literatura i art. En aquests camps s’estudia un concepte, l’ècfrasi, que fa referència la “representació verbal d’una representació visual”. El contrari, la hipotiposi, és una figura retòrica que s’utilitza per a una descripció animada d’un relat prèviament escrit, i que sol ser de naturalesa abstracte. En tots dos casos, existeixen les idees de referència, intertextualitat i pretext. És la proposta de Serra un pont entre ècfrasi i hipòtesi? No ens espantem gaire per les paraules. El que ens preguntem, en realitat, és si el que fa Serra és un pont, en definitiva, entre poesia, pintura, i pensament en moviment…
És el cinema d’Albert Serra la desconstrucció, capa a capa, de l’estereotip (sigui de Dràcula, de Casanova o dels Reis d’Orient) per arribar a l’esquelet de l’arquetip? És l’hiperrealisme de Serra una metodologia per lluitar contra el realisme imperant? És aquesta subtil frontera en la que es mou, que es situa entre allò grotesc i allò sublim, un crit, per fi, d’innocència?»
…
{Fragment. Cicle Literatura i pantalla, biblioteca Xavier Benguerel, 5 de novembre de 2016. Foto. Albert Pérez}
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]]>II.
Somos muchos los que nos sentimos más cerca de la España de Giner de los Ríos que de la Catalunya independiente que ofrece Artur Mas. Pero ni esa España ha sido capaz de articularse políticamente (¿nunca es tarde?) ni es verdad que la independencia le pertenezca a un líder concreto. El movimiento independentista es plural y complejo. Muchas personas han visto ahí, sin más reflexión que la bandera y el victimismo, la panacea a todos los males. Pero también es evidente que muchos ciudadanos libres han llegado a ese posicionamiento conscientemente, con argumentos más que sólidos. No merecen que se les tache de marionetas. No lo son ni lo serán.
III.
Un estado plurinacional sólo puede ser federalista. Y sólo puede ser federalista si todas sus naciones deciden, libremente, formar parte de un proyecto común. Lo mejor que puede pasar en Catalunya es que, tarde o temprano, sigamos los pasos de Escocia. Para ello han de cesar las amenazadas de un lado y los infantilismos de otro. Hay que convocar un referéndum acordado y dar el tiempo suficiente para que cada opción presente, con rigor, sus propuestas. Ni la ley ni tampoco la elegía serán suficientes como excusas.
IV.
Cada vez que un catalán confunde a España (un país rico en cultura, innovación y talento) con el Estado español (una estructura monolítica con enormes déficits democráticos) se diluye cualquier posibilidad de debate. Es injusto, reduccionista y maniqueo. Pasa exactamente lo mismo cuando un español cree que la idea de independencia es, únicamente, sinónimo de nacionalismo catalán. En Catalunya hay independentistas no nacionalistas, y nacionalistas no independentistas. Es imprescindible entender eso para analizar con un mínimo de perspectiva la actual situación política.
V.
Si el Estado español ha sido ciego y sordo a sus riquezas, no haciendo suyas sus diferentes lenguas y sensibilidades, Catalunya no puede caer en la misma estupidez. Reivindiquemos como propio (porque lo es) el castellano. Y todo aquello que está en la piel de la calle, salga o no salga en la enciclopedia de turno. La identidad no es un manual de instrucciones. Ni un mástil. Podemos guardar las esencias en un frasco aparentemente hermético. Pero siempre acaban oliendo a vinagre.
PD.
Y que vuelva el humor. La pasión y la euforia se parecen, pero no son la misma cosa. Decía Nietzsche que “la potencia intelectual de un hombre se mide por la dosis de humor que es capaz de utilizar”. No confundamos, una vez más, la voluntad de trascendencia con la bochornosa altisonancia. Ya cansa.
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]]>II.
El fracaso. Hemos renunciado a la ambición creyendo que la mitología y la épica eran únicamente para aquellos que tenían presupuesto y agenda.
III.
La amistad. El compromiso fallece cuando la complicidad se disfraza de liturgia, archivo y documento. La honestidad, ni juicio ni veredicto.
IV.
El dinero. La precariedad maquilla los afectos. O el pedo de un avión o el estruendo de una máquina que se hace pasar por recreativa.
V.
La fraternidad. La manta, sin querellas internas, se viste a veces de la discreción del forro y, a veces, de la elegancia de la capa.
VI.
El ego. Las patologías del ‘yo’ sólo pueden ser intervenidas desde la jardinería doméstica. El rie(s)go del bonsái, ni superávit ni carencia.
VII.
La lágrima. La belleza de la encrucijada. El lugar concreto y preciso en el que un milímetro te sitúa o en el precipicio o en la emancipación.
VIII.
La improvisación. La melodía de los ancestros de la memoria. Una coreografía de la intuición.
IX.
Horror vacui 2.0. La sensación de orfandad que deja, al terminar, una serie de gran aliento.
X.
Sobre Newton. El pesimista cree que todo lo que sube baja. El optimista piensa que todo lo que baja sube. El resignado se dedica al bricolaje.
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]]>1) Byung-Chul Han acierta cuando describe La sociedad del rendimiento como el ecosistema en el que nos explotamos a nosotros mismos. La figura del emprendedor es un disfraz de la precariedad.
2) Sí, el presente lo ha secuestrado todo. Vivimos en una temporalidad atrofiada donde lo inmediato ahoga lo analítico.
3) Han habla del infierno de lo igual. La ciudad, sin historia, memoria e identidad, pasa del síndrome de Stendhal al síndrome Inditex. Se acaba con la diferencia para pasar a la pura positividad.
4) Han, hay que decirlo claro, cae en la tecnofobia. En la red encontramos mucho ruido, pero también otra forma de articular el nosotros. Proyectos como el Creative Commons demuestran que hay una nueva narrativa donde la jerarquía se establece a través de nexos, nodos y se fomenta la multiplicidad.
5) La transparencia sí que es necesaria, pero no suficiente. Por eso las filtraciones y los datos necesitan de la interpretación periodística. Sabíamos que la falta de información impedía la libertad. Ahora sabemos que el exceso de información también la imposibilita.
6) El periodismo tiene dos opciones: o se convierte en mero reproductor de viralidad o transforma la información en propuesta de conocimiento.
7) Han se equivoca cuando asevera que ha finalizado la sociedad disciplinaria. Un ejemplo concreto: Los Centros de Internamiento para Extranjeros. En la actualidad conviven ambos paradigmas, el del biopoder y el de la psicopolítica.
8) Es una falacia que la red democratiza. Pero es una oportunidad para añadir a la insuficiente democracia representativa más deliberación y más participación. Las wikiconstituciones son un buen prototipo.
9) Sin embargo, aceptémoslo, somos aún analfabetos digitales. Necesitamos una cultura crítica para crear resistencias a la aceleración y el consumo compulsivo.
10) Chul Han tiene el mérito de construir un relato preciso. Nombra y advierte. Pero es únicamente descriptivo. No re-pregunta, no arriesga. La filosofía no puede quedarse en el diagnóstico.
{Leer el artículo asociado ¿Sólo nos queda la pornografía?}
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]]>Es esta ciudad, antigua y acogedora, una hermosa polifonía de cafés, terrazas y bicicletas. Los tranvías se deslizan bajo un interminable tiralíneas de cables milimétricamente colocados. Es una ciudad de estudiantes que leen en los parques el anhelo de una táctil y pretérita universalidad.
Una mujer, proponiendo una pintura a Sorolla, está refugiada bajo un ciprés, con sombrero y bolso de paja a juego. Y es que en Montpellier, capital de la región de Languedoc-Rosellón, lo que le apetece a uno es hacer un picnic hasta que la tarde diga basta, provisto, por supuesto, con el correspondiente mantel a cuadros, la botella de rouge, un buen Camembert y una terrina de foie gras. No hagamos caso a esa infantil locución de «al agua pato». Tinto, y de catorce grados.
Las hojas de un otoño claramente anticipado se han dispuesto igual que los pétalos imaginarios de American beauty. Una alfombra rojiza, pues, se instala en la Place Royale du Peyrou, donde Luis XIV trata de arrancar su caballo dormido (sirva la mítica frase del copiloto de Carlos Sainz a todas las figuras ecuestres, tratemos de arrancarlos).
La ciudad, cuando el sol baja sus armas, se refugia en un salón de té, de la misma manera que en el Paseo con la negra flor (¿por qué sabremos tan poco de la negra flor?) de Radio Futura. “Un salón de té / ¿Con esa mala leche un salón de té?”. La pregunta sigue abierta.
Y así, entre canciones descontextualizadas y pinturas vivientes, vamos improvisando promenades.
Ahora, el olor de una cerilla en un restaurante acampado en la falda de la iglesia de Saint Roch, el santo patrón. La cerilla, como si fuéramos un Proust algo pirómano, nos traslada a la niñez, al olor a caramelo quemado de aquellas piruletas en el mármol de la cocina. La primera magia del fuego en el cromañón que somos aparece, sin avisar, justo cuando buscamos dónde cenar.
Al este de la plaza de la Comédie, auténtico corazón de Montpellier (no diremos centro neurálgico porque el adjetivo siempre nos ha sonado a migraña), tras sortear unas galerías comerciales, llegamos a Antigone, un barrio entero que el arquitecto catalán Ricardo Bofill se ha ido sacando de la manga por fases, vía encargo municipal, desde 1977. La criatura, de un cemento beige y adornado con cadenas de pizzerías, se extiende hasta el río Lez. Inmutable como la estatua que es, nos encontramos en el camino a Dionisio, tocando la flauta, aburrido de tanto neoclasicismo.
No sabemos si esta Antigone nos convence o nos horroriza. Por un lado, el dibujo de la construcción permite que entre luz con toda la fuerza en las calles colindantes. Y los espacios públicos consiguen, es cierto, una suerte de mayéutica llena de ágoras, gradas, y hasta una piscina olímpica (calidad de vida, le dirán). Pero algo extraño hay allí, un tetris hecho de piezas robadas del TNC barcelonés, piezas repetidas hasta la saciedad, en lo que es la homogeneización de un barrio entero. Desde Goya sabemos que el sueño de la razón produce monstruos, y las ventanas abiertas (cerradas, son un inmenso juego de espejos) de la plaza Europa, una Plaza de San Pedro pero con más humanos que santos, parecen los nichos desocupados de un gran cementerio urbano. Ay el cemento, tan mortal y rosa, que toma el nombre de la hermana de Polinices, cuya condena fue precisamente ser abandonado a las afueras de la ciudad. ¿Antígona, también aquí en el nombre estará la cosa?
En Palavas-Les-Flots, a poco más de diez kilómetros, la plage, la plage. El agua no cubre a los bañistas, y entonces leemos con la sal hasta la cintura, tal Moisés con sus tablas de tapa dura. Pero aquí no hay ejército egipcio al que ahogar, sino unas gaviotas que posan creyendo que Hitchcock está observándolas a la vuelta de la esquina. La orilla es una marina de casas de veraneo ocupadas (la Historia va de ocupaciones en Francia) por jubilados alemanes.
Todos, está claro, somos el sur de algo. Y de alguien.
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]]>Hay toda una estética del colapso literario. Qué escribimos mientras no escribimos. Es la procesión –la danza blanca de la página en blanco- el relato mismo, su poética alambrada, la forma reivindicándose, como una serpiente joven e imprevisible, en la férrea trama.
¿Qué son, si no, los diarios de Ribeyro? ¿No es La tentación del fracaso el mejor de los títulos posibles?
En Husos, notas al margen, Chantal Maillard, con su prosa exacta y salvaje, afirma que “hay cierto placer en esa redundancia de lo escrito. Paradójico placer, cuando lo escrito, en vez de consolidar la superficie, la horada”.
Es, en realidad, el placer del fracaso. Como si alguien –falacia incorporada voluntariamente- hubiese trazado ya nuestra obra, un recorrido inequívoco. Y nosotros, en vez de ejecutarlo, nos perdiéramos en la cuneta del párrafo.
El que escribe en los márgenes podría aparentar ser hereje de sí mismo. Somos traidores, parece, de un molde que no existe, que nunca ha existido, que nadie nos ha anunciado. ¿Ser fieles a la obra? ¿Una obra que no hemos visto ni tocado? Cuánta religión hay aún en el cuaderno rayado. En el teclado.
Escribir, tal vez, es colapsarse con la mayor de las perfidias. Apuntarse a un maratón, llevar allí la bufanda de autor, y, en medio de la carrera (literaria o mercantil), ponerse a jugar con la hierba que ha crecido en la acequia. Ellos corren, con bellos dorsales y fosforescentes leggins, y nosotros bebemos de la vieja cantimplora. Abriremos paso, pues, entre zarzas de adverbios y coletillas, con el machete de la insistencia.
Están los altares llenos. Llenos de velas para la intuición; de velas e incienso para la originalidad; de velas, incienso y ofrendas para la imaginación.
¿Será demasiado tarde cuando aceptemos que la gran novela es la vida misma? ¿Que ésa es la ficción que hay que hacer verosímil? Una “novela en marcha”, avisa Trapiello en los dieciocho tomos de su Salón de pasos perdidos.
«Quiero escribir, pero me siento puma», seguirá el soneto. Pero seguirá. Contra la literatura del convencido, que ni vence ni convence.
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]]>Unas viejecitas recortan, con el ritmo de los Tiempos Modernos de Chaplin, unas cartulinas verdes y redondeadas. Una mujer, con pintura hasta las entrañas, amenaza al entorno empuñando un pincel. Parece que lleve la espada de Excalibur. Los más pequeños, despiertos en la madrugada de agosto, corren sorprendidos al ver cómo se levanta esta babilonia –el tema de este año es un canto tricentenario al pa amb tomaquet– de acrílicos y papeles mojados. Unos cuantos mueven de un lugar a otro, cual hípica doméstica, los caballetes de las largas mesas de disección (hay autopsias de botellas y platos de plástico). Un Lautréamont, pues, popular y de verbena mayor.
Es la vigilia de las fiestas. Y el nombre de la calle, Llibertat, se convierte en cuerpo y urgencia.
Han quedado impregnados en mi memoria tres segundos -tal vez cuatro- de mi primera experiencia en Gràcia. Imposible recordar la plaza. Tenía unos cinco años. Seis, como máximo. A los niños nos colocaron, sentados y expectantes, con las piernas cruzadas. Los adultos aguardaban de pie, al fondo. Seguramente sólo a cuatro o cinco metros de distancia. Una temprana intemperie. Mirábamos atónitos los títeres, sus trampas, sus traiciones, sus vestidos de encaje, y la violencia que ejercían con cabezazos y chantajes. Creo que había una princesa. Y un tirano. Y el terciopelo rojo, en forma de flequillo, daba verosimilitud al precario escenario.
Saltamos como salta un gato asustado. El titiritero, en el momento de máxima tensión, en el clímax del relato, le dio por salir de la frágil tramoya. El giro hizo su efecto, y logró el espanto infantil. Los niños nos dimos la vuelta, buscando la protección paterna, hasta que nos explicaron que aquello formaba parte del espectáculo. Respiramos tranquilos, sí. Pero el código estaba roto. En mil pedazos.
Así entendimos, a través de un señor que llevaba en una mano una princesa y en la otra un tirano, que la ficción y la vida eran la misma cosa. Un producto de nuestra imaginación. O todo lo contrario.
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]]>– ¿Usted quiere hacer una entrevista o una tesis doctoral? –nos recrimina.
Y luego, los trucos conocidos. Nos pregunta de qué pueblo o ciudad venimos. Y, como un Google Maps con tos incorporada, va repasando las calles que nos han visto crecer a cada uno. Los nombres de las panaderías, las plazas, los parques… Con tres o cuatro zooms consigue meternos en su tela de araña. Maravilloso prestidigitador. Cual Mandrake.
– Vuelva usted mañana.
Y con una palmada que nos impacta en el pecho, imitando claramente a Carlos Aimar -aquel entrenador del Logroñés que golpeaba a sus jugadores a la salida el vestuario- nos expulsa del despacho.
Y volvemos mañana.
La responsable de prensa le aplica una laca que ni en las peores familias. Se ajusta la corbata, repasa las preguntas de mi antiguo folio, expoliado sin compasión, y me muestra alguna tachadura.
De la independencia no hablaremos, nos avisa. Això no toca. En 2009 aquello no tocaba. Y menos en Passeig de Gràcia.
Estamos allí para conversar sobre el primer volumen de sus memorias. Pujol transpira Herder por todos lados, y expone su esencialismo con una mezcla de obstinado campesino, hábil estadista y fiel devoto.
Las respuestas son automatismos, frases hechas que ha pronunciado miles de veces. Ha habido tiempo de sobra, y también logros indudables, para construir una potente hagiografía. Hasta que le tocamos la fibra religiosa. Ay, la expiación.
– ¿Qué es la magnanimidad, President?
– La gente entiende por magnánimo ser generoso, buena persona. Yo le doy otro sentido: la voluntad, el deseo, la predisposición para hacer algo importante, como individuo y como comunidad. Hacer algo grande, que valga la pena. Tener ambición en el sentido noble de la palabra.
– ¿Cómo convive esa ambición con la humildad cristiana? -insistimos.
– Cada uno de nosotros, cada persona, justifica el sacrificio de Cristo. Imagínate si somos importantes… Pero también sabemos que, a la vez, somos muy poca cosa. Verdaguer tiene unos poemas que hablan muy bien de esto…
– ¿Verdaguer?
– Somos gusanos. Y somos muy importantes al mismo tiempo.
Hoy, cuando vemos en televisión la sonrisa turbada de Queralbs, o su caída a lo Paulo Futre (uno pide intimidad y el otro penalti), releemos al poeta que, sin saberlo, advertía al político:
“…Cuc de la terra vil, per una estona
he vingut a la cendra a arrossegar-me.
Fou mon bressol un gra de polsinera,
i un altre gra serà lo meu sepulcre.
Voldria ser quelcom per oferir-vos,
però Vós me voleu petit i inútil,
de glòria despullat i de prestigi.”
Ahora, President, le esperan en el Parlament. Ya sabe que estos no son buenos tiempos para la procrastinación.
Vuelta usted mañana.
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]]>The post Las uñas del autómata appeared first on La fábrica.
]]>La sensación-fábrica. Ir reponiendo stock. Moviendo fichas, textos, fotos. El simulacro del desplazamiento.
Y el silencio. Un silencio sucio. De grasa. Un silencio demasiado estridente. Un silencio que no es matriz ni renacimiento.
El autómata depende de una batería que no se recarga con la repetición. Todo es reincidencia en esta cadena de montaje.
“Sé por amarga experiencia de épocas de pozo”, dirá Cortázar.
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]]>The post Fiebre de jueves noche en la isla de Sal appeared first on La fábrica.
]]>El castellano, lengua bífida, siempre avisa. Estaba ya la profecía en la carta. La S de los primeros temblores se instala al final de la palabra (nataS). Luego, simplemente, le daremos la vuelta, exactamente como ella gira el tambor de nuestro estómago. No falla el palíndromo: Satan (O crema de leche de cuatro estrellas y dudosa reputación).
Hay algo que trae la enfermedad, evidentemente sólo si es un polizonte ligero de equipaje, que redondea el viaje. Nos muestra, como lo hace también la tortuga noctámbula que hemos ido a visitar, que la vida es constante combinación de lucha y azar. Y no el diván que balanceamos en las oficinas.
Ha sido éste un viaje para releer El hombre rebelde, de Albert Camus. Buen momento cuando Europa disfraza, una vez más, los viejos dogmatismos de futuras panaceas. Unos hacen sonar los espantasuegras, en modo arcángeles del sacrificio. Otros, más serafines, dicen conocer dónde ha estado eternamente el caliz. El papá Estado (que es como Noel, pero con más barbas) nos irá dando pistas. Si ellos llegan al poder. La hegemonía, claro.
La enfermedad es la ballesta del cuerpo, que impone su límite en la estrategia de juego. La mesura frente a la desmesura, advertencia valiente y solidaria de Camus.
La mesura es, pues, el límite dionisíaco entre rebelión y revolución. Una tela en blanco. Prometeo sin falsas promesas. O somos libertarios (y decimos No) o somos comisarios (y decimos No importa). Ay, la justificación de la violencia y sus guillotinas, enseñando, poco a poco, los dientes. Siempre tan sucios.
El pensamiento solar de Camus, de raíces griegas, se ha instalado esta noche de julio entre el pecho y la cintura. Quema, circular, y bombardea múltiples escalofríos. El mediterráneo danzando, con olas de fiebre, contra sus propios atlánticos.
La idea y el cuerpo, diremos. Sí, pero aquí y ahora. Y juntos. ¿O a quién le interesa renunciar a la belleza?
La historia nunca sortea, por sí sola, a la naturaleza. Quede en el recuerdo.
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