Vayamos al grano. Esto es lo que he escrito rápido, dos columnas enfrentadas, en un papel viejo:
| Entonces (1492-1571) | Ahora (2023-) |
|---|---|
| 1492 | 2023 |
| España vs. Portugal | OpenAI vs. Anthropic |
| La carrera (por la ruta) de las especias | La carrera hacia la AGI |
| Colón / Vasco da Gama | Sam Altman / Dario Amodei |
| La línea de Tordesillas | Los benchmarks de inteligencia (la definición de AGI) |
| Los galeones y mercantes | Los datacenters |
| Las expediciones | Las distintas versiones y modelos de IA |
| El tornaviaje | El problema de la alineación |
| Los intermediarios árabe-venecianos | El software y los oficios de capa media |
| La imprenta | arXiv, el open source |
| Isabel la Católica financiando el sueño | El capital riesgo y los estados financiando la apuesta |
| La dinastía Ming | China |
| El Papa Alejandro VI arbitrando Tordesillas | La UE y su AI Act |
| El tráfico de esclavos en el Atlántico | El etiquetado de datos en Kenia, Filipinas, Venezuela |
Sé lo que estarás pensando, porque es lo primero que pensé yo: toda analogía cojea en algún punto, y forzar demasiado el paralelismo es el pecado favorito de cualquiera que ha leído un libro de historia y quiere que le sirva de espejo para todo lo demás.
Pero precisamente por eso vale la pena el ejercicio: no para demostrar que la historia se repite con precisión de relojero, sino para usarla como linterna. Cuando algo tan nuevo como la IA nos desborda, mirar hacia atrás quinientos años y encontrar una estructura casi idéntica (dos potencias rivales, una carrera declarada, un objetivo que probablemente no será donde esté el verdadero premio) nos da un lenguaje prestado para nombrar lo que todavía no sabemos nombrar del todo con nuestras propias palabras.
Empecemos por 1492, que es donde arrancó todo. El «gran plan» ibérico tenía un nombre concreto y una promesa igual de concreta: abrir una ruta directa a las especias, desintermediando al otro arabe-veneciano que se quedaba con el margen. Hoy, el «gran plan» tiene otro nombre y otra promesa, formulada con el mismo aplomo: alcanzar la AGI, superando la inteligencia humana agrupada y colectiva.
Lo que me llama la atención de ambos «grandes planes» es que ninguno de los dos es, en realidad, un objetivo cuantitativo. No dicen «queremos ganar tantos ducados» ni «queremos multiplicar por diez el PIB», dicen algo mucho más resbaladizo: «desintermediar» y «superar». Son objetivos cualitativos que prometen abiertamente mucho (un mundo distinto, una riqueza distinta, un orden distinto) sin que nadie pueda decir con precisión cuánto es «mucho». Nadie en Sevilla en 1492 podía poner una cifra al valor de «controlar el origen de las especias», igual que hoy nadie, ni siquiera quienes más la persiguen con sus mega apuestas bursátiles, puede poner una cifra fiable a lo que significaría «alcanzar la AGI». Y esa misma imprecisión, lejos de ser un problema, es lo que permite que el sueño se sostenga: un objetivo que no se puede medir tampoco se puede refutar del todo, y por eso resiste generaciones de fracasos sin que nadie declare oficialmente que el proyecto ha fallado.
Y sin embargo, la historia nos enseñó algo, es que el «gran plan» casi nunca es el lugar donde ocurre lo verdaderamente importante. El comercio de especias, recordemos, nunca dejó de ser un negocio relativamente acotado. Lo que cambió el mundo para siempre fue lo que apareció por el camino, sin que nadie lo hubiera puesto en el plan original: un continente entero, y una ruta de plata entre dos puntos del planeta que nadie había pensado conectar.
Sospecho, con la misma certeza incómoda con la que lo sospeché al cerrar el libro, que con la IA nos está pasando algo parecido. La AGI puede que llegue, puede que no, puede que llegue y no se parezca en nada a lo que hoy imaginamos cuando pronunciamos esas tres letras. Y mientras tanto, empiezo a intuir que ya hemos tropezado, sin buscarlo, con algún «continente» que ni siquiera figuraba en el mapa original. No tengo claro todavía cuál de los candidatos es el bueno, y quizás no sea solo uno. Podría ser la conversación misma como interfaz de inteligencia, ese hábito nuevo de discutir, pensar en voz alta y trabajar codo a codo con algo que no es humano pero que ya tampoco es una simple herramienta. Podría ser, en cambio, la sustitución silenciosa de trabajo entero, con toda la incomodidad que eso trae. O podría ser algo más difuso todavía: una aceleración generalizada de los ciclos (los de la ciencia, los de la creación, los de la simple productividad diaria) que no sabremos nombrar del todo hasta dentro de unos años. Dejo la pregunta abierta a propósito; más adelante, cuando juguemos a las preguntas y respuestas, volveré sobre ella con más calma.
Lo que sí me atrevo a decir ya es esto: el comercio de especias nunca dejó de ser, en sí mismo, un negocio relativamente acotado. Y sospecho que a la AGI, tal como se la anuncia hoy, le puede pasar lo mismo, que se quede como la excusa que abrió la carrera, mientras el verdadero legado se cocina en otro sitio, uno que aún no sabemos señalar con el dedo.
Si aceptamos, aunque sea de forma provisional, que ya hemos tropezado con algún continente inesperado (llámese conversación, sustitución de trabajo, o aceleración de ciclos), la siguiente pregunta se impone casi sola: ¿en qué punto exacto de aquel viaje de 79 años estamos ahora mismo?
En el post anterior dejé una distinción que me sigue pareciendo útil: 1492 es el momento de lo inesperado, la vida que se abre camino sin haber sido pedida. 1571 es el momento de lo planeado, la vida que se alcanza no por accidente, sino por pura insistencia sostenida durante generaciones. Nuestro 1492 ya lo tenemos, y le pusimos fecha sin necesidad de debatirlo demasiado: es 2023, el año en que el gran público se topó de bruces con ChatGPT y con un producto que nadie había cartografiado del todo.
Y aquí conviene detenerse un momento, porque el paralelismo pide una pregunta muy concreta: ¿fueron los propios modelos de lenguaje nuestro particular «hallazgo de América»? La investigación en IA, durante décadas, perseguía objetivos mucho más modestos y acotados (visión artificial, traducción, juegos de mesa), del mismo modo que Colón perseguía una ruta comercial muy concreta. Lo que apareció, en cambio, desbordó por completo esa intención original: un sistema capaz de conversar, razonar en voz alta y acompañarte en tareas que nadie había puesto en el diseño inicial. Si esto es así, entonces ya hemos vivido nuestro 1492, y lo que nos queda por delante es el tramo largo, el de la insistencia sostenida, el que en la historia de Crowley separa el hallazgo accidental de Colón del «Manila» definitivo de Legazpi.
Lo que no tenemos, ni creo que debamos fingir que tenemos, es un 1571 con fecha propia. Y sin embargo veo a mucha gente jugando a ese ejercicio (poniendo año, incluso trimestre, al momento en que «todo encajará»), como si aquel punto de confluencia fuese algo calculable de antemano, casi una fecha de entrega de proyecto. La historia, en este caso, enseña más bien lo contrario. El 1571 real no llegó porque nadie lo planificara como sistema: llegó porque varias situaciones que llevaban décadas madurando por separado (Legazpi persiguiendo el tornaviaje, los portugueses tanteando puertos en Japón, la corona Ming necesitando plata para su reforma fiscal) se cruzaron en el mismo calendario, sin que ninguno de sus protagonistas estuviera esperando al otro. Fue una coincidencia de intenciones independientes, no una meta marcada en rojo en ningún plan quinquenal.
Nuestra propia versión de esa convergencia no diseñada tiene, de momento, cuatro piezas sueltas que avanzan cada una por su cuenta, sin que nadie las esté orquestando como sistema: el cómputo, la energía, la regulación y la adopción social. El cómputo, porque el coste marginal de cada respuesta que generan estos modelos sigue cayendo, pero todavía no lo suficiente como para dejar de ser una restricción real. La energía, porque la factura eléctrica de sostener tanto centro de datos está resucitando conversaciones (la nuclear, entre ellas) que hace una década parecían zanjadas. La regulación, porque cada bloque geopolítico avanza con su propio marco, sin coordinarse con los demás, del mismo modo que España y Portugal negociaban Tordesillas sin que nadie más en la mesa entendiera del todo el territorio que se repartía. Y la adopción social, porque la gente y las empresas ya usan estos sistemas a diario, aunque muchas veces lo haga, como escribí en otro post, «con la boca pequeña», sin terminar de reconocerlo en voz alta.
Cuando estas cuatro piezas terminen de encajar (cuando el cómputo deje de ser cuello de botella, la energía deje de ser excusa, y algún marco regulatorio pragmático se convierta, casi por desgaste, en el estándar que los demás terminan copiando) tendremos nuestro 1571. Y sospecho que tampoco será un año concreto, sino una ventana bastante más corta que aquellos setenta y nueve, quizás de dieciocho a treinta y seis meses, en algún punto de la década de 2030, si el ritmo actual (el que comprime en semanas lo que antes tomaba generaciones enteras) se mantiene.
Lo curioso, y lo que me deja más inquieto al escribirlo, es que en 1571 nadie sabía que estaba viviendo el año bisagra. Se dieron cuenta generaciones después, con la ventaja de mirar hacia atrás y unir los puntos que en su momento parecían inconexos. Quizás la pregunta más honesta que me puedo hacer, y que te dejo a ti también, no es «¿cuándo llegará nuestro 1571?», sino algo más incómodo todavía: si ya lo estamos viviendo ahora mismo, sin darnos cuenta, exactamente igual que le pasó a Legazpi, a Ōmura Sumitada y a cualquier funcionario Ming que en 1571 solo estaba, sencillamente, haciendo su trabajo.
Todos los nombres que hoy dominan el relato de la IA se parecen mucho más a Colón y a Magallanes que a Legazpi o a Vaz de Veiga. Necesitan que la historia registre su nombre en el momento exacto del hito, y el propio ecosistema que los rodea (los inversores, los medios, el capital especulativo) premia ese protagonismo casi por diseño. Sam Altman anuncia cada lanzamiento como un acontecimiento casi civilizacional. Dario Amodei escribe ensayos enteros imaginando máquinas más inteligentes que todos los premios Nobel juntos, trabajando a la vez. Elon Musk lleva ya varios años prometiendo la superinteligencia «para el año que viene», y cada año que viene la promesa simplemente se renueva. Son, en el mejor sentido del término, los Colones y los Magallanes de esta carrera: imprescindibles para que el proyecto arranque, y sin embargo, si la historia de las especias enseña algo, probablemente no serán quienes lo cierren.
Porque quien cierra el círculo, casi nunca es quien más ruido hizo abriéndolo. Legazpi no tenía la genialidad exploratoria de Magallanes, ni el carisma casi mesiánico de Colón. Tenía otra cosa, mucho menos vistosa: la paciencia administrativa de heredar años de fracasos ajenos (los de Loaísa, los de Saavedra, los de Villalobos) y, simplemente, no fallar. No le tembló el pulso ante la línea de Tordesillas, ni ante el sultanato local, ni ante ninguna de las dudas que habían paralizado a quienes vinieron antes. Y sin embargo, ni siquiera Legazpi cerró el círculo solo: hizo falta que Urdaneta resolviera, casi en paralelo, el problema técnico que llevaba cuarenta años frenando a todos los demás, el tornaviaje, la ruta de regreso a través del Pacífico que nadie sabía trazar porque los vientos y las corrientes obligaban a subir mucho más al norte de lo que la intuición aconsejaba. Sin esa pieza suelta resuelta, Manila habría sido un asentamiento más, condenado como tantos otros a quedar aislado del otro lado del mundo. Hizo falta la ambición de quien planta bandera y la paciencia de quien resuelve la fontanería invisible, y ninguna de las dos sobra.
Algo parecido nos ocurre hoy con la alineación, ese problema técnico bastante menos vistoso que las promesas de superinteligencia, y que sin embargo es la pieza que decide si todo lo demás sirve para algo o se queda en un puerto sin salida. Se puede plantar la bandera de la AGI todas las veces que se quiera, pero sin resolver cómo hacer que un sistema cada vez más capaz siga haciendo lo que de verdad le pedimos (y no otra cosa parecida pero distinta, o directamente distinta), el círculo no se cierra. Es, me parece, el tornaviaje de esta carrera: el trabajo menos glamuroso, el que rara vez ocupa titulares, y sin el cual ningún «Manila» definitivo llega a ser habitable.
Así que la pregunta que me hago no es qué laboratorio «gana» la carrera hacia la AGI (esa es la pregunta que hacen los titulares, y también la que hacen los propios protagonistas cuando hablan entre ellos). Me pregunto, más bien, quién habrá hecho, dentro de veinte años, el trabajo silencioso de convertir esta tecnología en algo que funciona de forma fiable, segura y útil a escala planetaria, sin que su nombre aparezca jamás en la portada de nada. Y sospecho que ese «Legazpi» de la IA ni siquiera será, como en el siglo XVI, una persona identificable. Quizás sea una institución. Quizás sea un estándar técnico tan bien pensado que nadie recuerde quién lo escribió. Quizás sea, incluso, un marco regulatorio que hoy nadie celebra porque suena aburrido, tal como a nadie hoy le suena épica la Casa de Contratación de Indias, y sin embargo sin ella media hazaña ibérica no habría cuajado nunca.
Hay algo en esto que, cuanto más lo pienso, más me reconcilia con mi propio trabajo en emprendimiento consciente. La cultura que rodea hoy a la IA está construida, casi por completo, sobre el mito del fundador visionario: el genio solitario que ve el futuro antes que nadie y que merece, por tanto, todo el mérito cuando llega. Legazpi (y Urdaneta, a su lado, sin que casi nadie recuerde hoy su nombre) es la prueba viva de que ese mito no es la única forma de cerrar algo grande. A veces, lo que hace falta no es ver más lejos que los demás, sino sostener con humildad lo que otros empezaron, sin necesitar que la sostenibilidad de ese esfuerzo lleve tu nombre escrito encima.
Ya he especulado con el nuevo 1571 y con el nuevo Legazpi, y en ambos casos he terminado dejando la respuesta a medias, casi a propósito. Pero hay una tercera capa de esta reflexión que no quiero cerrar con una tesis firme, sino abrir con preguntas, y con la exploración tímida (deliberadamente tímida) de una posible respuesta para cada una.
¿Cuál es el gran continente que se descubre inesperadamente por el camino?
Ya apunté en el primer bloque que el candidato más evidente es la conversación misma, ese hábito nuevo de pensar en voz alta junto a algo que no es humano. Pero hay otros candidatos adicionales y ninguno de ellos me convence del todo como para descartar al otro.
El primero es casi espiritual, y me cuesta reconocerlo sin sonrojo: si una IA asume una parte sustancial del trabajo del mundo, lo que podría emerger no es solo desempleo, sino un continente entero de tiempo ocioso, y con él, sus frutos (deportivos, científicos, espirituales) que hoy apenas somos capaces de imaginar porque llevamos generaciones organizando la vida entera alrededor del trabajo asalariado. No hay ninguna Casa de Contratación de Indias que lleve el registro de qué hacer con ese tiempo si de verdad llega a sobrar. Y como todo continente encontrado por accidente, probablemente tiene su propia Sierra de la Plata, su propia promesa que no resulte donde se busca: no sería la primera vez que el tiempo libre prometido a todos termina siendo, en la práctica, un privilegio de unos pocos, sostenido sobre el trabajo invisible de otros.
El segundo candidato mira hacia fuera en lugar de hacia dentro: la exploración del sistema solar, que empezó como la ambición declarada a través de la ciencia ficción de toda una generación con Marte, y que hoy avanza casi de rebote con los primeros datacenters pensados para operar en órbita. Aquí la analogía cojea un poco, porque Musk lo anuncia desde hace veinte años, como quien anuncia una cruzada, pero los datacenters orbitales sí que nacen de una necesidad mucho más terrenal y menos romántica: el límite físico de cuánto calor y cuánta energía se pueden concentrar en un solo punto del planeta. Ahí hay, otra vez, el eco de la plata: una solución que aparece no porque alguien soñara con ella, sino porque un problema muy aburrido (dónde meter tanto chip sin que se derrita) empujó a buscar espacio en otro sitio.
No sé cuál de los dos continentes es el bueno, y sospecho que la respuesta honesta es que ninguno lo es todavía, y que el verdadero continente ni siquiera está en la ingenuidad de esta lista mía.
¿Quiénes son los «desintermediados» de esta carrera?
Aquí la pregunta pesa de una manera distinta, porque en el siglo XVI la desintermediación tuvo nombres y cuerpos muy concretos: los mercaderes árabe-venecianos que perdieron su monopolio, sí, pero también los pueblos sometidos por la fuerza y los esclavos africanos cuyo trabajo sostenía, en silencio, todo el andamiaje atlántico.
Hoy la lista es menos visible, pero no menos real. Está la mano de obra, muchas veces en Kenia, Filipinas o Venezuela, que etiqueta contenido durante horas por sueldos que no guardan ninguna proporción con el valor que ese trabajo genera después, río abajo. Están los puestos de trabajos desplazados no por una conquista militar, sino por una hoja de cálculo de reducción de costes. Y está, de forma todavía más difusa, el propio conocimiento humano acumulado durante siglos (libros, código, arte) absorbido como materia prima de entrenamiento sin que nadie negociara jamás los términos de esa cesión, como si hubiera un Tratado de Tordesillas digital que se firmó sin invitar a una de las partes a la mesa. No tengo la respuesta de qué hacer con esto, y no creo que nadie la tenga todavía del todo. Pero sí tengo claro que cualquier relato que celebre esta carrera sin nombrar a quienes pagan su coste invisible se queda, como la mayoría de las crónicas triunfalistas del siglo XVI, con solo la mitad de la historia.
¿Cuál será el producto que hoy es exquisito y caro, y que al final de la carrera será barato, cotidiano y casi invisible?
Esta es la pregunta que más me gusta, porque tiene algo de esperanzador que las anteriores no tienen del todo. El clavo y la nuez moscada, que en el siglo XVI se pesaban casi como el oro, hoy están en cualquier estantería de supermercado a precio de calderilla, en un pasillo que casi nadie se para a mirar. La historia de las especias es, en el fondo, la historia de cómo un lujo extremo termina siendo un básico invisible.
¿Qué es hoy, en el terreno de la IA, ese lujo extremo que dentro de una generación nos parecerá tan cotidiano que ni nos pararemos a agradecerlo? Mi primera intuición es que ya lo tenemos delante de las narices: el propio acceso a una inteligencia capaz de razonar contigo sobre cualquier tema, disponible a cualquier hora, hoy todavía caro en dinero, en energía y en el aprendizaje necesario para usarlo bien, y que dentro de veinte años probablemente será tan invisible como hoy lo es tener agua corriente o electricidad en casa. Pero también podría ser algo más concreto y menos filosófico: el diagnóstico médico de calidad, hoy reservado a quien puede pagar al mejor especialista, o la educación personalizada, hoy un lujo de familias con recursos. Si la historia de las especias sirve de guía, lo más probable es que ni siquiera acertemos cuál de estos candidatos será el bueno hasta que ya lo tengamos tan integrado en la vida diaria que se nos haya vuelto, otra vez, invisible.
Termino donde probablemente debería haber empezado: reconociendo que no sé la respuesta a ninguna de las preguntas anteriores, y que sospecho que nadie la sabe todavía, por mucha convicción con la que se anuncie desde cualquier escenario.
Si algo me deja Spice y la historia como poso final, no es una lección sobre estrategia ni sobre visión de futuro. Es una lección de humildad, aprendida a la fuerza por quienes protagonizaron aquella carrera sin saber, la mayoría de las veces, qué estaban encontrando de verdad. Colón murió convencido de haber llegado a Asia, y Magallanes lo hizo a sus puertas. Los inversores de los primeros tornaviajes, Loaísa y Saavedra, financiaron expediciones que resultaron un desastre casi total. Nadie en Sevilla ni Lisboa en 1492 podía prever que el verdadero legado de aquel siglo no sería el clavo ni la nuez moscada, sino un continente entero y una ruta de plata que inauguró la globalización, uniendo el planeta de una forma que ningún «gran plan» había contemplado.
Y sin embargo, hoy seguimos escuchando a nuestros propios Colones y Magallanes anunciar, con la misma seguridad con la que se anunciaba la ruta directa a las especias, que ya saben exactamente adónde nos lleva esto, que la AGI llegará en tal año, que el mundo será de tal manera cuando llegue. Puede que acierten. Pero la historia, la de verdad, la que se escribe la perspectiva de la distancia y no con un titular la semana que viene, nos enseña algo distinto: que lo imprevisto, lo encontrado sin haberlo buscado, lo reconocido y aprovechado casi por casualidad, termina resultando tan interesante (o más) que el gran plan que se cacarea una y otra vez desde el escenario.
Quizás la actitud más sensata, entonces, no sea intentar adivinar cuál de las preguntas que he dejado abiertas es la correcta. Quizás sea, simplemente, mantenerse en movimiento con la humildad suficiente para reconocer el continente el día que aparezca, aunque no se parezca en nada a lo que íbamos buscando, y con la responsabilidad suficiente para cuidar del desintermediado antes de que su coste se vuelva, otra vez, invisible. Lo primero es la gran oportunidad de esta carrera, el placer de toparse con lo que no sabíamos que buscábamos. Lo segundo es su gran responsabilidad, la que puede evitar que el progreso de unos vuelva a construirse, como en el siglo XVI, sobre el sufrimiento silenciado de otros. Eso, más que cualquier mapa, es lo que de verdad separó a quienes cerraron el círculo de quienes solo lo empezaron, y es también, me parece, la medida más honesta de si hemos aprendido algo de verdad de esta historia.
]]>Spice narra sesenta años, desde 1511 a 1571, en los que españoles y portugueses se lanzan a una carrera por controlar el comercio de las especias: el clavo y la nuez moscada que solo crecían en un puñado de islas remotas de Indonesia, y que hasta entonces llegaban a Europa a través de una compleja cadena de intermediarios árabes y venecianos que se quedaban con buena parte del margen. El objetivo de este gran plan era simple de enunciar: llegar directamente al origen, desintermediar, quedarse con el negocio entero. Lo que desencadenó fue, sencillamente, la globalización.
Lo primero que me ha fascinado es la escala del atrevimiento. Dos reinos vecinos, relativamente pequeños en términos de población y recursos frente a los imperios que ya existían en Asia, deciden cruzar lo desconocido (sin cartas fiables, sin manera de calcular la longitud, sin saber siquiera qué había al otro lado del océano y si podían regresar a casa) para ganar una carrera comercial. Y lo hacen con una intensidad que no se queda en lo mercantil: es una empresa que mezcla comercio, religión, ciencia, milicia y política en una sola gesta. Romper el monopolio árabe-veneciano de las especias no era solo una cuestión de rentabilidad; después de siglos de Reconquista y con el avance otomano pisando fuerte en el Mediterráneo, tenía también un componente casi de cruzada, de romper un cerco percibido tanto comercial como civilizacional.
El nivel de riesgo asumido, medido con los ojos de hoy, roza la temeridad. Un ejemplo muy ilustrativo lo tenemos en la flota de Magallanes; zarpó con Magallanes como capitán, cinco naves y 270 hombres, y volvió con Elcano como capitán, una sola nave y 18 supervivientes. Y sin embargo esa tasa de fracaso brutal no detuvo el proyecto. Al contrario, lo entendemos motor de todo lo que vino después.
Lo segundo que me ha marcado es cómo esta gesta no la protagoniza un solo hombre, ni siquiera una sola generación, sino una posta que se pasa de mano en mano durante décadas. Colón murió convencido de haber llegado a Asia por una ruta equivocada. Magallanes muere en Mactán sin ver cerrado el círculo que él mismo había iniciado. Es Hernán Cortés quien, conquistando México, alimenta el sueño y crea la pieza que hacía falta para todo lo que vendría después: una base continental con puertos sobre el Pacífico desde la que lanzar expediciones hacia el poniente. Posteriormente, es el virrey Luis de Velasco quien, décadas más tarde, organiza y financia desde Nueva España la expedición que Cortés nunca llegó a ver. Y es Legazpi, casi medio siglo después de Magallanes, quien finalmente culmina lo que Colón soñó: se asienta en Manila y abre el «tornaviaje», la ruta de vuelta a través del Pacífico. Lo mismo ocurre en el plano dinástico: es Isabel la Católica quien financia el sueño inicial, su nieto Carlos I quien lo sostiene y su bisnieto Felipe II quien preside el momento en que los objetivos iniciales de ese sueño se alcanzan dentro de un sistema mucho mayor.
Y esta misma lógica de relevo se repite, en paralelo, en el bando portugués. Todo arranca casi un siglo antes con el impulso paciente del infante Enrique el Navegador, que sin zarpar él mismo financia generación tras generación de expediciones a lo largo de la costa africana, sembrando la escuela de navegación de la que saldrían todos los pilotos posteriores. Es Vasco da Gama quien culmina ese sueño llegando por fin a la India en 1498, y es Afonso de Albuquerque quien, años después, convierte ese logro puntual en un imperio comercial fortificado, tomando Goa y Malaca y asegurando el control militar de las rutas. Y es Francisco Serrão, amigo de juventud de Magallanes, quien instalado ya en las propias Molucas, envía las cartas que despiertan en aquel la obsesión por llegar a las islas de las especias por la otra cara del planeta, cerrando así, sin saberlo, el círculo que uniría para siempre las dos coronas ibéricas en la misma carrera. Desde Malaca, es Jorge Álvares quien empuja la posta un tramo más lejos, convirtiéndose en el primer portugués en pisar suelo chino en 1513 y abriendo la vía comercial hacia el Extremo Oriente. Tres décadas después, un naufragio portugués frente a las costas de Tanegashima pone a Japón, por primera vez, en el mapa comercial europeo, y allana el terreno para que Tristão Vaz de Veiga negocie el asentamiento de Nagasaki en 1571. También aquí el relevo dinástico sostiene el proyecto: es Juan II quien impulsa con visión de estado la exploración sistemática, su sucesor Manuel I quien recoge los frutos con Da Gama y Albuquerque, y Juan III quien administra ya un imperio consolidado que se extiende de Lisboa a Nagasaki.
Lo que sostiene esta cadena a través de fracasos, muertes y cambios de reinado no es un «plan maestro» continuo, donde cada generación improvisa con la información fragmentaria que hereda, sino algo más sutil: una intención que sobrevive a quienes la iniciaron. Y en esa supervivencia hay dos instituciones que cumplen un papel silencioso pero decisivo: la Casa de Contratación de Indias, en Sevilla, y su equivalente portuguesa, la Casa da Índia, en Lisboa. Allí se centralizaba cada carta de navegación, cada relato de viaje, cada corrección de rumbo que traían los pilotos a su regreso. No eran solo archivos: eran la memoria institucional de cada corona, el lugar donde el conocimiento disperso y fragmentario de una expedición se convertía en el punto de partida, un poco menos ciego, de la siguiente. Y ahí la imprenta juega un papel que no siempre se reconoce: sin los relatos de viaje impresos y difundidos, cada expedición habría partido casi de cero. Fue el libro, la imprenta recién nacida, lo que convirtió el conocimiento tácito de unos pocos navegantes en conocimiento explícito accesible a cientos de miles de personas, permitiendo que el proyecto se sostuviera mucho más allá de la vida útil de la memoria oral.
Hay un dato en el libro que me ha dejado literalmente parado: en 1571 confluyen, sin ninguna coordinación entre ellos, varios acontecimientos que juntos abren la puerta al primer circuito comercial verdaderamente global. Legazpi funda Manila, tras negociar el asentamiento con el gobernante local, Rajah Sulayman. El capitán mayor portugués Tristão Vaz de Veiga, de la mano del jesuita Gaspar Vilela y con el visto bueno del daimyo local Ōmura Sumitada, convierte Nagasaki en su puerto de referencia en Japón. Felipe II vence a los turcos en Lepanto. Y China, bajo la dinastía Ming, avanza hacia un sistema fiscal que exige el pago de impuestos en plata, un proceso que llevaba años gestándose y que dispara la demanda china del metal.
Nadie firmó ese año como fecha clave de la historia. Simplemente, la infraestructura de Manila y Nagasaki estuvo disponible y la demanda china se disparó, en el mismo año en que Felipe II vencía a los turcos en Lepanto. Y aquí me atrevo a ir un paso más allá de lo que apunta el propio Crowley: si Felipe II hubiese perdido esa batalla, es fácil imaginar que el Mediterráneo habría exigido de inmediato los recursos, la atención y la flota imperial que, en cambio, quedaron libres para desviarse hacia el Pacífico. Varios proyectos que llevaban décadas de maduración independiente cristalizaron a la vez, y esa coincidencia bastó para encender el primer sistema de comercio de escala planetaria: plata americana cruzando el Pacífico hacia Manila, para ser cambiada por sedas y porcelanas chinas que se revendían en las cortes europeas, mientras esas mismas rutas atlánticas se sostenían sobre el tráfico de esclavos africanos que alimentaba las plantaciones y las minas del Nuevo Mundo, en un circuito que unía por primera vez en la historia los cuatro continentes conocidos.
Como guiño final a esta historia de la plata, no puedo dejar de compartir algo que investigué buscando una conexión directa con este circuito asiático, y que resultó ser una historia distinta, aunque igual de fascinante: el nombre de Argentina y del Río de la Plata también viene de la plata, pero no de este gran circuito de 1571, sino de una leyenda anterior. En los años 1520, los supervivientes del naufragio de la expedición de Solís hablaban de una legendaria «Sierra de la Plata» en el interior del continente, y así bautizó Sebastián Caboto el estuario en 1526, aunque esas minas nunca aparecieron donde se buscaban (la plata real de Potosí estaba mucho más al interior, y se descubriría después). Aun así, me parece una ironía preciosa que medio continente termine bautizado por el mineral que definiría su historia económica durante siglos, aunque fuera por una promesa incumplida.
Y aquí llego a lo que, para mí, es la enseñanza más elegante de todo el libro. El objetivo declarado de esta carrera, el «gran plan» entre comillas, era abrir una ruta directa a las especias y desintermediar a árabes y venecianos.
Y sin embargo, lo que realmente cambió el curso de la historia no estaba en ese “gran plan”. Apareció por el camino, casi como efecto secundario: un continente entero que nadie esperaba encontrarse en la nueva ruta hacia las islas de las especias, y un comercio de plata que terminó uniendo cuatro continentes a la vez, extraída por esclavos llevados de África para América, canjeada por sedas, porcelanas y productos en China y Japón, y revendida después en los mercados de Europa, en un volumen que ningún mercader de Sevilla o Lisboa habría podido imaginar en 1492.
Las especias, de hecho, nunca dejaron de ser un negocio relativamente acotado, disputado ferozmente por su propio volumen limitado. Lo que sostuvo el sistema durante siglos y lo que cambió el mundo radicalmente fue lo no planeado, lo complementario, lo verdaderamente nuevo que apareció mientras se perseguía otra cosa.
Spice me ha dejado con esa sensación incómoda y fascinante a la vez: que los proyectos más transformadores de la historia rara vez cumplen su tesis original, y que quizás el verdadero valor de sostener un sueño durante generaciones (como hicieron aquellos navegantes, uno tras otro) no está en acertar el objetivo, sino en mantenerse en movimiento el tiempo suficiente para toparse con lo que no se había planeado, y saber aprovecharlo.
Y no puedo cerrar esta reflexión sin detenerme un instante en el punto de partida de todo. En 1492, los mismos Reyes Católicos que acababan de culminar la Reconquista con la toma de Granada financiaron a un marino genovés que prometía llegar a Asia navegando hacia poniente. Colón nunca supo que se había topado con América, un continente nuevo; murió convencido de haber rozado las costas de Catay. 1492 es, en este relato, el momento de lo inesperado: la vida que se abre camino sin haber sido pedida, el hallazgo que desborda por completo la intención original. Setenta y nueve años y cinco generaciones de navegantes, virreyes y monarcas después, Legazpi funda Manila y cierra por fin el objetivo que Colón había perseguido sin saberlo: la ruta a Asia navegando hacia poniente. 1571 es, en cambio, el momento de lo planeado: la vida que se alcanza no por accidente, sino por pura insistencia sostenida a lo largo de generaciones. Entre ambos años cabe, quizás, toda la tensión que atraviesa este libro: la que existe entre lo que perseguimos y lo que encontramos por el camino.
Termino con una contradicción que no consigo resolver del todo. Hoy entro en cualquier supermercado de Burgos o de Oporto y encuentro clavo, nuez moscada y pimienta a precio de calderilla, en un pasillo que casi nadie se detiene a mirar. Compro seda o porcelana china sin pensarlo dos veces, y cualquier tienda de electrónica está llena de productos japoneses que llegan a España en cuestión de días. Esa misma normalidad es la que me impide, casi por diseño, dimensionar la magnitud de lo que costó abrir esas rutas: los 165 muertos de la única nave que volvió con Magallanes, los 40 años de fracasos de Loaísa, Saavedra y Villalobos antes de que Urdaneta encontrara el tornaviaje, las generaciones enteras que se jugaron la vida persiguiendo un objetivo que la mayoría de ellos nunca vio cumplido. Ahí está, para mí, la desproporción entre el esfuerzo histórico y la indiferencia con la que hoy disfrutamos sus frutos: nos resulta casi imposible admirar del todo una hazaña cuyo resultado hemos terminado por dar tan por sentado que ya ni siquiera la reconocemos como tal; y sin embargo, cada vez que compramos algo por dos euros en ese pasillo de especias, deberíamos al menos una punzada de gratitud incómoda hacia aquellos buscavidas aventureros, cuya osadía convirtió lo extraordinario en lo cotidiano hasta el punto de volverlo invisible.
Hay una segunda reflexión rondándome desde que cerré este libro, y tiene que ver con otra carrera que estamos viviendo ahora mismo. Pero esa la dejo para el próximo post.
]]>La conversación entre Zanny Minton Beddoes y Elon Musk en The Economist está siendo para mí una de esas entrevistas.
La he escuchado tres veces. La grabación era exactamente la misma, las palabras eran las mismas y los protagonistas también. Pero cada vez he escuchado una entrevista distinta. Al principio pensé que simplemente estaba descubriendo nuevos matices. Ahora creo que ha ocurrido algo más interesante: entre una escucha y otra ha pasado tiempo. He pensado, he escrito, he conversado y he vuelto a escuchar desde otro lugar. Y quizá ese proceso sea tan importante como la propia entrevista.
Primera escucha: el crash
La primera vez escuché, fundamentalmente, a dos personas en el centro del poder chocando frontalmente.
Por un lado estaba Elon Musk, el hombre más rico del mundo y responsable de empresas que están interviniendo directamente en algunos de los ámbitos que probablemente definirán las próximas décadas: automoción, espacio, energía, comunicaciones, redes sociales, robótica e inteligencia artificial. Yo escuchaba en él la voz de la disrupción, la aceleración, la convicción de que buena parte de lo que hoy consideramos estable va a cambiar radicalmente y de que intentar impedirlo puede ser tan inútil como contraproducente.
Por otro lado estaba Zanny Minton Beddoes, editora jefe de The Economist, una de las instituciones intelectuales más influyentes del capitalismo liberal, ese capitalismo al que sirven nuestras democracias. En ella escuchaba otra sensibilidad: la importancia de las instituciones, las consecuencias de las decisiones, los contrapesos democráticos, la responsabilidad de quien acumula poder y la necesidad de someter las grandes promesas sobre el futuro al escrutinio de lo que provocan en el presente.
Lo que hacía extraordinaria la escena era que ninguno de los dos hablaba desde los márgenes. No estábamos viendo a un revolucionario enfrentarse al poder establecido desde fuera del sistema. Los dos estaban en el centro. Poder frente a poder. Élite frente a élite. Dos personas con una capacidad extraordinaria para intervenir sobre la realidad que, sin embargo, en algunos momentos parecían no compartir siquiera una descripción común de esa realidad.
Ese fue mi primer crash. El más inmediato. El que me llevó a empezar a escribir sobre la entrevista.
Segunda escucha: el crash elevado
Cuando volví a escucharla, algo había cambiado. Empecé a aflojar la identificación entre las voces y las personas que las pronunciaban. Ya no escuchaba solamente a Musk y Beddoes. Empezaba a percibir los ecos que sus posiciones convocaban.
Cuando hablaba Musk podía escuchar, sin necesidad de afirmar que él fuera ninguna de esas cosas, ecos del revolucionario y del conquistador, del emprendedor norteamericano y del mito de la frontera, del ingeniero y de la ciencia ficción, de la generación digital y de la destrucción creativa, de la voluntad de atravesar el límite para descubrir qué existe al otro lado. Incluso podía escuchar el principio masculino entendido arquetípicamente: la potencia que avanza hacia un objetivo y acepta que transformar implica también destruir.
Cuando respondía Beddoes aparecían otros ecos. Europa, las instituciones, la memoria histórica, la continuidad, el límite, las consecuencias, aquello que ya existe y podría perderse. La voz de quien, frente a la promesa de un futuro mejor, pregunta qué ocurrirá durante la transición, quién asumirá sus costes y qué estamos dispuestos a destruir para llegar hasta allí. También podía escuchar un principio femenino, igualmente arquetípico: la sensibilidad hacia aquello que necesita ser sostenido mientras algo nuevo intenta nacer.
No sé todavía cuánto hay de verdad en esas asociaciones. Algunas probablemente sobrevivirán a nuevas escuchas y otras quizá resulten demasiado fáciles. Lo importante para mí no era decidir si Musk representa realmente a América o Beddoes a Europa, si uno encarna lo masculino y la otra lo femenino, o si uno pertenece al futuro y la otra al pasado. Lo importante era comprobar que, cuando dejaba de escuchar sus palabras únicamente como opiniones individuales, la entrevista empezaba a llenarse de otras voces.
El diálogo entre dos personas se convertía así en el escenario de tensiones mucho más antiguas: creación y conservación, ruptura y continuidad, futuro y memoria, potencia y límite, aventura y hogar, partir y permanecer, revolución y evolución. Y una entrevista que ya me había parecido extraordinaria adquiría una dimensión que no había percibido la primera vez.
Ese fue mi segundo crash. El que aparece cuando detrás de dos voces concretas empiezas a escuchar los ecos de fuerzas que las desbordan.
Tercera escucha: el crash elevado a la crash
La tercera vez ocurrió algo todavía más extraño. Quizá porque ya había pensado y escrito suficiente sobre la entrevista, dejé de intentar entenderla. No buscaba confirmar ninguna interpretación. Simplemente volví a escuchar.
Y entonces dejé de saber con tanta claridad dónde terminaban Musk y Beddoes y dónde empezaba yo.
Porque la potencia y el límite no existen solamente entre ellos. También existen dentro de mí. También yo conozco el deseo de construir algo nuevo y la resistencia a destruir aquello que ha costado tanto construir. También conozco la impaciencia ante instituciones que parecen incapaces de responder a la velocidad del cambio y, al mismo tiempo, el temor de que esa impaciencia termine arrasando cosas cuyo valor sólo comprendamos después de haberlas perdido.
La entrevista había dejado de ser únicamente un objeto que yo observaba desde fuera. Se había convertido en un espejo.
Y entonces algunas intervenciones empezaron a sonar de otra manera. Una pregunta de Beddoes podía seguir siendo la pregunta concreta de una periodista a un empresario y, al mismo tiempo, contener otra pregunta mucho más amplia de la conservación a la transformación: ¿qué vas a destruir para llegar hasta allí?
Y algunas respuestas de Musk podían seguir siendo las respuestas concretas de un empresario y, al mismo tiempo, expresar la impaciencia de lo emergente frente a lo establecido: no puedes pedirme que preserve un mundo que precisamente estoy intentando superar.
No afirmo que eso sea lo que Musk y Beddoes estaban diciendo. Probablemente ellos mismos rechazarían muchas de estas interpretaciones. Lo que intento describir es algo distinto: lo que comenzó a ocurrir en mi escucha cuando permití que sus palabras resonaran más allá de la intención inmediata de quienes las pronunciaban.
Ese fue mi tercer crash. El vértigo de descubrir que dos personas concretas pueden estar poniendo voz, sin proponérselo, a tensiones que las exceden enormemente y que, además, esas tensiones no están solamente en el mundo que observo. También están en mí.
Y entonces las preguntas cambian
Llegados aquí, mi tentación inicial fue buscar una síntesis. Decidir quién tenía razón o encontrar una formulación capaz de reconciliar ambas posiciones. Algo parecido a preguntarme cómo podemos permitir que nazca lo nuevo sin abandonar aquello que merece permanecer.
Pero ahora creo que incluso eso sería precipitarse. Porque una de las cosas que estoy recordando con esta entrevista es que quizá no tenga que encontrar todavía la pregunta correcta. Quizá deba permitir que aparezcan varias preguntas y observar qué hace el tiempo con ellas.
Si escucho desde Musk, puedo preguntarme cuánto de lo existente estamos conservando simplemente porque tenemos miedo de perderlo. Cuántas instituciones, formas de trabajar o maneras de organizarnos seguimos protegiendo no porque continúen cumpliendo su función, sino porque no sabemos imaginar lo que vendría después.
Si escucho desde Beddoes, aparece la pregunta contraria: cuánto estamos dispuestos a destruir en nombre de un futuro que todavía no existe. Qué ocurre con las personas que viven durante la transición, quién decide qué daños son aceptables y qué hacemos cuando aquello que hemos destruido resulta imposible de reconstruir.
Si intento escuchar ambas voces simultáneamente, surge otra pregunta: ¿cómo sabemos qué merece permanecer y qué necesita desaparecer para que algo nuevo pueda nacer?
Y si dejo de escucharlos a ellos y me escucho a mí mismo, aparece una pregunta quizá todavía más incómoda: ¿por qué necesito resolver esta tensión tan rápidamente? ¿Qué ocurriría si permaneciera un poco más dentro de ella?
Lo que hace el tiempo
Quizá ésta sea la parte de toda esta experiencia que más me interesa.
Entre la primera y la tercera escucha la entrevista no cambió. Cambié yo. Y no cambié porque hubiera encontrado nueva información sobre Musk o Beddoes, sino porque había pasado tiempo. Después de la primera escucha escribí sobre el choque frontal entre dos instituciones que parecían representar formas distintas de entender el mundo. Después de la segunda empecé a preguntarme si, detrás de ese enfrentamiento, no compartían en realidad un mismo paradigma sobre la inteligencia y su lugar en nuestra civilización. Escribir esos tres artículos, conversar sobre ellos y discutir algunas de mis propias conclusiones modificó inevitablemente la manera en que volví a escuchar la entrevista.
Quizá por eso la tercera escucha fue distinta. Ya no podía volver a la conversación como si no hubiera pensado sobre ella. Algunas interpretaciones se habían fortalecido, otras empezaban a parecerme demasiado fáciles y aparecían preguntas que sencillamente no estaban disponibles para mí durante la primera escucha.
Nuestra forma habitual de relacionarnos con la actualidad funciona de otra manera. Escuchamos algo, reaccionamos, opinamos, publicamos y pasamos al siguiente asunto. La velocidad con la que circula la información nos empuja a comportarnos como si comprender consistiera en ser capaces de formular una opinión lo antes posible.
Esta entrevista me está sugiriendo lo contrario. Quizá escuchar no consista solamente en prestar atención mientras alguien habla. Quizá escuchar también consista en conceder tiempo a aquello que hemos escuchado.
Hay cosas que sólo podemos escuchar después de haberlas escuchado.
La primera vez recibimos las palabras. La segunda empezamos a percibir algunos de sus ecos. La tercera quizá descubrimos que aquello que creíamos estar observando fuera también estaba ocurriendo dentro de nosotros. Y no hay ninguna razón para pensar que la tercera escucha sea la definitiva. Una cuarta podría desmontar todo lo anterior.
Seguir escuchando
Por eso ya no tengo tanta prisa por decidir qué significa esta entrevista.
Quizá dentro de seis meses algunas de las cosas que hoy parecen excentricidades de Musk empiecen a parecer síntomas tempranos de una transformación mucho mayor. Quizá algunas de las objeciones de Beddoes que hoy pueden sonar a defensa del statu quo se revelen como advertencias esenciales. Quizá ocurra exactamente lo contrario. O quizá descubramos que las categorías con las que estamos intentando comprender a ambos eran demasiado pequeñas desde el principio.
Todavía no lo sabemos.
Y empiezo a pensar que reconocerlo no es una debilidad del pensamiento, sino una de sus condiciones. Podemos dejar que las correspondencias permanezcan sobre la mesa, volver a la entrevista, observar cuáles reaparecen, añadir otras, descartar las que resulten demasiado fáciles y permitir incluso que unas contradigan a otras.
No hace falta elegir un bando. Tampoco reconciliar las dos voces. Ni siquiera decidir todavía qué arquetipo representa cada una.
Podemos hacer algo bastante menos habitual y que, en estos tiempos de grandes crashes, es fundamental: seguir escuchando. Y quizás aprender a aceptar que las conversaciones importantes se reconocen precisamente porque, cuando terminan, continúan.
Este texto forma parte de una conversación que comenzó con la entrevista de The Economist a Elon Musk y que ha ido transformándose con cada nueva escucha. Puede leerse de forma independiente, pero quienes quieran recorrer el camino completo pueden hacerlo a través de los dos artículos anteriores:
1. La entrevista que partió el mundo en dos (y por qué importa)
La primera aproximación a la entrevista: el choque frontal entre Elon Musk y Zanny Minton Beddoes y las dos formas de entender el capitalismo, la democracia y el futuro que parecían encontrarse frente a frente.
2. Quizás el último debate del viejo paradigma
La segunda reflexión: la posibilidad de que, detrás de sus profundas diferencias, ambos compartan un mismo paradigma y una misma confianza en la inteligencia como fuente de legitimidad.
3. Devolver la inteligencia al lugar que le corresponde
La tercera reflexión desplaza la mirada desde el enfrentamiento hacia una pregunta más profunda: si la inteligencia es un instrumento y no puede ser por sí misma el fundamento, ¿qué lugar debe ocupar dentro de una vida que merece ser vivida?
Este cuarto texto nace de volver a escuchar la misma conversación después de haber escrito los tres anteriores. No pretende corregirlos ni sustituirlos. Son distintas estaciones de un pensamiento que sigue moviéndose y de una conversación que, por ahora, se niega a terminar.
]]>Pero al terminar de escribirlos tuve la sensación de que ambos dejaban una cuestión importante sin explorar.
No porque las conclusiones fueran erróneas, sino porque seguían girando alrededor del mismo eje que intentaban cuestionar. Continuaban hablando de inteligencia: de quién la posee, de cómo se organiza, de quién debe ejercerla. Y, sin darme cuenta, yo mismo seguía atrapado en ese marco.
Entonces apareció una pregunta mucho más sencilla: ¿qué lugar debe ocupar la inteligencia dentro de una vida humana?
No me refiero a cuánta inteligencia necesitamos. Tampoco a cómo desarrollarla o cómo regularla. Me refiero a algo anterior. A la función que cumple. Al lugar que ocupa dentro del conjunto. Y cuanto más tiempo paso con esa pregunta, más me convenzo de que quizá ahí se encuentre el verdadero cambio de paradigma.
La inteligencia como fundamento
Durante siglos hemos asociado inteligencia y legitimidad. Quien comprende mejor la realidad parece estar en mejores condiciones para tomar decisiones sobre ella. Esa intuición ha atravesado buena parte de nuestra historia política, científica y económica. No siempre de la misma manera, pero con una enorme continuidad.
Gracias a ella hemos construido universidades, sistemas de investigación, administraciones públicas, empresas y tecnologías extraordinarias. No sería justo negar todo lo que ese camino nos ha permitido alcanzar.
Sin embargo, la aparición de la inteligencia artificial introduce una dificultad inesperada. Si aceptamos que la inteligencia es el criterio último, ¿qué ocurre cuando empezamos a convivir con sistemas que superan nuestras capacidades en un número creciente de tareas?
Podemos responder que todavía les falta conciencia, creatividad o sentido común. Y probablemente sea cierto. Pero sospecho que ninguna de estas respuestas toca el núcleo del reto que tenemos delante. Porque el verdadero problema quizá no sea que aparezca una inteligencia mayor que la nuestra. Quizá sea haber convertido la inteligencia en el fundamento de aquello que somos.
El lugar de los instrumentos
Mientras daba vueltas a esta idea apareció una frase que no he conseguido quitarme de la cabeza.
El fundamento no puede ser un instrumento.
Al principio me pareció una ocurrencia. Poética incluso. Después empecé a sospechar que contenía algo más.
La inteligencia es una capacidad extraordinaria. Nos permite comprender, anticipar, imaginar, resolver problemas y crear posibilidades que antes no existían. Pero precisamente por eso resulta tentador pedirle más de lo que puede ofrecer. Toda herramienta amplía nuestras posibilidades de actuar, pero ninguna herramienta puede decirnos para qué merece la pena actuar.
Un telescopio permite observar galaxias lejanas pero no decide cuáles merece la pena estudiar. Un bisturí permite salvar una vida pero no decide cuándo debe utilizarse. La inteligencia funciona de una manera parecida: amplía nuestra capacidad para comprender y actuar, pero no puede determinar por sí sola el sentido de aquello que comprendemos ni el propósito de nuestras acciones.
Cuando olvidamos esa diferencia, cuando olvidamos lo importante de la intención, del propósito y del sentido de nuestras acciones, entonces empezamos a pedirle a la inteligencia respuestas que nunca estuvieron dentro de su alcance.
Una pregunta distinta
Creo que una de las razones por las que la llegada de la inteligencia artificial resulta tan desconcertante es porque nos obliga a revisar una convicción que llevábamos siglos dando por supuesta. Si la inteligencia no puede ocupar el lugar del fundamento, entonces debemos preguntarnos qué sí puede ocuparlo.
No tengo todavía una respuesta. Y no la quiero aún.
Creo que sería un error apresurarla. Las preguntas verdaderamente importantes necesitan tiempo para encontrar las palabras adecuadas. Lo único que sé afirmar con cierta tranquilidad es que la inteligencia cambiará completamente de significado cuando deja de ser un fin y vuelve a convertirse en un medio.
En ese momento dejamos de preguntarnos únicamente qué es posible y empezamos a preguntarnos para qué merece la pena hacerlo. Y esa diferencia cambia mucho más que nuestra relación con la inteligencia artificial. Cambia nuestra manera de relacionarnos los unos con los otros y entender la educación, la empresa, la política, la economía e incluso el progreso.
El lugar que le corresponde
Quizá la inteligencia nunca estuvo llamada a decirnos cómo vivir. Quizá sólo estaba llamada a ayudarnos a vivir mejor aquello que previamente habíamos reconocido como valioso. Si esto fuera cierto, la cuestión decisiva de nuestro tiempo dejaría de ser cómo construir una inteligencia cada vez mayor y pasaría a ser otra: ¿qué merece, verdaderamente, ocupar el lugar del fundamento?
No tengo una respuesta. Pero empiezo a sospechar que esta pregunta lleva conmigo mucho tiempo y llevo bailando con ella hace algunos años.
]]>Pero algo no me encajaba.
He vuelto a la entrevista y la he visto de nuevo. Cuanto más los escuchaba, más me daba cuenta de que en verdad no eran puntos de vistas contrarios. Eran como dos ramas de un mismo árbol. Como dos hermanos discutiendo por la herencia, convencidos de que la casa les pertenece. Discutían con energía, casi con violencia, con palabras manifiestamente feas y agresivas, pero ninguno cuestionaba el suelo sobre el que estaban peleando.
The Economist (a través de su editora en jefe, Zanny Minton Beddoes) defiende las instituciones, la democracia representativa, el periodismo como contrapoder, el capitalismo regulado. Musk defiende la disrupción tecnológica, la IA, la autonomía del genio empresarial, el capitalismo de la abundancia.
Parecían opuestos. Pero compartían un supuesto que ninguno de los dos nombró: la inteligencia es la fuente última de legitimidad. Uno confiaba en la inteligencia distribuida; el otro, en la inteligencia concentrada. Pero ambos seguían respondiendo a la misma pregunta: ¿quién piensa mejor?
Y entonces me di cuenta: la entrevista no trataba sobre IA. Tampoco trataba sobre Musk. Trataba sobre el paradigma que nos ha gobernado durante siglos: la idea de que quien comprende mejor debe gobernar.
El paradigma que la IA no rompe, sino que completa
Durante un tiempo pensé que la IA había llegado para romper ese paradigma. Pero no es así. No lo rompe: lo lleva hasta su conclusión lógica.
La IA no destruye el culto a la inteligencia. Lo perfecciona. Es el hijo más brillante de esa tradición. Y precisamente por eso lo vuelve insostenible. Porque si el valor de una sociedad se reduce a su capacidad de procesar información y resolver problemas, la IA nos gana en casi todo. Y entonces la pregunta ya no es quién piensa mejor, sino qué hace que una inteligencia merezca ser seguida.
Esa pregunta no apareció en la entrevista. Ni Beddoes ni Musk la formularon. Y quizá por eso la conversación, tan brillante en apariencia, me pareció al final un eco de un mundo que ya se está desvaneciendo.
El reduccionismo que nos ha traído hasta aquí
No creo que Occidente haya fundamentado siempre su legitimidad en la inteligencia. El cristianismo no lo hizo. Tampoco muchas otras tradiciones indígenas. Ni buena parte de la ética aristotélica ni el humanismo renacentista.
Lo que ha ocurrido, especialmente desde la Ilustración y aceleradamente desde la Revolución Industrial, es otra cosa: hemos ido reduciendo progresivamente la legitimidad a la inteligencia.
Ese proceso tiene nombre, y es un nombre que no nos gusta pronunciar: hemos reducido la sabiduría a inteligencia, el cuidado a capacidad, la presencia a poder. Hemos ido sustituyendo una dimensión por otra, y al hacerlo, hemos perdido de vista lo que hace que una vida merezca ser vivida.
| Dimensión original | Reducción moderna |
| Sabiduría | Inteligencia |
| Cuidado | Capacidad |
| Presencia | Poder |
Tres sustituciones. Tres reduccionismos. Y, quizá, tres recuperaciones que están esperando a que las nombremos.
La entrevista que no pudo hacer la pregunta importante
Mientras veía la entrevista, no podía dejar de pensar en una constatación que bien surgió en mi novela #lovetopía: hemos confundido inteligencia con sabiduría, capacidad con cuidado, poder con presencia.
Una IA puede ser infinitamente más inteligente que un ser humano. Puede resolver problemas que nosotros ni siquiera entendemos. Puede optimizar, predecir, calcular, diseñar. Pero eso no la convierte en digna de confianza.
Porque la confianza no nace de la inteligencia. Nace de la capacidad de cuidar. De la presencia atenta. De la disposición a sostener la vida incluso cuando no hay una solución inmediata. Y eso es precisamente lo que ni el orden liberal ni el orden tecnológico saben cómo nombrar.
The Economist habla de instituciones, pero las instituciones pueden ser frías, burocráticas, indiferentes al sufrimiento concreto. Musk habla de abundancia, pero la abundancia no garantiza que nadie quede atrás, ni que esté humanamente bien distribuida, ni que el viaje hacia ella no sea devastador. Uno confía en la inteligencia distribuida de las reglas. El otro en la inteligencia concentrada de la innovación. Pero ninguno se pregunta qué hace que una inteligencia merezca ser seguida.
Ese es el agujero negro de la entrevista. Y quizá de toda nuestra civilización.
No se trata de invertir la jerarquía
Cuando empecé a escribir esta reflexión, creía que la respuesta era proponer una sociedad organizada en torno al cuidado, en lugar de la inteligencia. Pero ahora sé que eso sería un error. No se trata de invertir la jerarquía, porque invertirla sería seguir atrapado en la misma lógica. Se trata de cambiar la arquitectura.
La inteligencia no debe ser desplazada por el cuidado. La inteligencia debe encontrar su lugar dentro del cuidado. No al revés.
Eso no es una inversión de prioridades. Es un cambio de fundamento. La inteligencia deja de ser el criterio último y pasa a ser un instrumento al servicio de algo más amplio. Y ese algo más amplio es la capacidad de sostener la vida en todas sus formas.
¿Y ahora qué?
Quizá la pregunta no sea cómo construir una sociedad más inteligente ni una sociedad más cuidadora. Quizá la pregunta sea otra: ¿qué lugar debe ocupar la inteligencia dentro de una vida que merece ser vivida?
Porque una inteligencia sin presencia puede resolver cualquier problema y, aun así, dejar de reconocer aquello que hace que resolverlo importe.
Tal vez el verdadero desafío de nuestro tiempo no sea construir una inteligencia artificial más poderosa, sino recordar por qué empezamos a valorar la inteligencia en primer lugar. Y eso, curiosamente, no puede ser calculado por ningún algoritmo. No puede ser optimizado por ningún modelo de negocio. No puede ser legislado por ningún parlamento.
Sólo puede ser vivido.
]]>No es un duelo de personalidades. Es el reflejo de una fractura que atraviesa nuestras sociedades. Y comprenderla es clave para saber qué está en juego en los próximos años.
Los protagonistas (y lo que representan)
Zanny Minton Beddoes, editora jefe de The Economist, no es una periodista cualquiera. Es la voz de una institución que durante décadas ha defendido el liberalismo clásico: mercados regulados, instituciones fuertes, democracia representativa, periodismo como contrapoder, comercio internacional como motor de progreso. Representa el orden institucional liberal.
Elon Musk, CEO de Tesla, SpaceX y propietario de X, tampoco es un empresario ordinario. Es el arquetipo del capitalismo tecnológico: acumulación de riqueza sin precedentes, control de infraestructuras críticas (satélites, vehículos, redes sociales), y una fe inquebrantable en la innovación como motor de la historia. Y no me meto en sus escarceos con Trum. Es, sin dudarlo, el mejor representante del orden disruptivo tecnológico.
Ambos comparten el lenguaje de la democracia y el capitalismo. Pero lo llenan de un contenido radicalmente distinto.
El debate, tema por tema
Beddoes defiende el capitalismo tradicional: basado en la escasez, la competencia, la rentabilidad para los accionistas y el crecimiento dentro de los marcos del mercado. Advierte que emitir dinero sin respaldo productivo genera inflación, y duda de la viabilidad de un ingreso universal sin ingresos fiscales claros.
Musk propone un capitalismo de la abundancia: la IA y la robótica generarán una producción tan masiva que el coste de los bienes tenderá a cero. Predice que el problema futuro será la deflación, y que el dinero «dejará de importar» en torno a 2036.
Fricción: ¿Puede el capitalismo sobrevivir a su propio éxito? Si la escasez desaparece, ¿qué incentivos quedan para invertir, ahorrar o trabajar?
Beddoes confía en las instituciones democráticas: parlamentos, tribunales, medios de comunicación, organismos internacionales. Cree que el poder debe distribuirse y someterse a control ciudadano. Expresa preocupación por la concentración de poder en individuos que pueden influir en guerras o políticas nacionales sin control democrático.
Musk considera que las instituciones son lentas, ineficaces y están capturadas por élites. Defiende que el poder debe estar en manos de quienes entienden la tecnología y pueden tomar decisiones rápidas. Propone un sistema de «inspección mutua» entre competidores para la regulación de la IA, con el gobierno como último recurso.
Fricción: ¿Puede una democracia sobrevivir si los ciudadanos no entienden las decisiones clave que afectan su vida? ¿O la tecnología hace inevitable una tecnocracia?
Beddoes defiende el periodismo como contrapoder y garante de la verdad en el ecosistema liberal. Cree en la libertad de expresión regulada y en el valor de los medios tradicionales.
Musk afirma que los medios son «el problema», que viven en una «existencia enclaustrada» y que la gente los «odia» y «desprecia». Propone las redes sociales (especialmente X) como alternativa directa a la prensa tradicional.
Fricción: Si los medios son parte del problema, ¿quién fiscaliza el poder? ¿Las redes sociales son más democráticas o más propensas a la desinformación?
Beddoes sugiere la necesidad de reguladores público-privados externos para mitigar los riesgos existenciales y sociales de la IA. Cree que el Estado debe tener la última palabra.
Musk propone que sean las propias empresas tecnológicas las que se regulen mediante un sistema de «inspección mutua» entre competidores, alertando al gobierno solo en casos de peligro extremo.
Fricción: ¿Quién tiene la capacidad y la legitimidad para regular una tecnología que transforma la sociedad? ¿Los gobiernos, que no la entienden técnicamente? ¿Las empresas, que tienen intereses comerciales?
Beddoes defiende la capacidad de integración de las sociedades occidentales y confía en los datos objetivos de seguridad. Considera que las ciudades europeas son seguras y que el problema está sobredimensionado.
Musk alerta de una «guerra civil inevitable» en Europa si no se aplican medidas de «sentido común» como fronteras seguras frente a valores «antitéticos a Occidente».
Fricción: ¿La democracia liberal puede gestionar el descontento social sin recurrir a políticas de exclusión? ¿O el malestar es tan profundo que solo cabe un escenario de fractura?
Beddoes cuestiona si es apropiado que una empresa privada (Starlink) incline la balanza en conflictos internacionales. Defiende el papel de los estados y el derecho internacional.
Musk adopta una postura pragmática: favorece acuerdos de paz rápidos y concesiones territoriales para evitar más muertes, aunque eso suponga «congelar» conflictos.
Fricción: ¿Puede un particular decidir qué bando tiene acceso a comunicaciones en una guerra? ¿Eso no es ejercer soberanía sin mandato democrático?
Lo que ninguno de los dos dice
Hay un tema que no aparece en la entrevista, pero que es quizá el más importante.
Tanto Beddoes como Musk asumen que la inteligencia es la fuente última de legitimidad. Uno confía en la inteligencia distribuida de las instituciones; el otro, en la inteligencia concentrada de la tecnología. Pero ambos creen que quien comprende mejor debe gobernar.
Y esa creencia, que ha sido el fundamento de Occidente durante siglos, está entrando en crisis. Porque si la inteligencia es el criterio, la IA nos gana en casi todo. Y entonces la pregunta ya no es quién piensa mejor, sino qué hace que una inteligencia merezca ser seguida.
Esa pregunta no apareció en la entrevista, pero siento que es la única que realmente importa.
¿Por qué importa todo esto?
Porque el debate entre The Economist y Musk no es un enfrentamiento anecdótico. Es el reflejo de una fractura que atraviesa nuestras sociedades:
No es una fractura geográfica ni ideológica en el sentido clásico (izquierda/derecha). Es una fractura civilizatoria.
Y comprenderla es el primer paso para decidir qué lugar queremos ocupar en ella.
]]>Esta es la poderosa tesis que Jonathan Pageau (pensador y simbolista canadiense) ofrece con maestría en la conferencia Alliance for Responsible Citizenship 2026, titulada «You’ll stop using ChatGPT after listening to this». Con una lucidez deslumbrante, nos recuerda la sabiduría ancestral que afirma que, aunque el contexto tecnológico cambie, la condición humana y nuestras tendencias autodestructivas siguen siendo las mismas.
A continuación, los cuatro relatos históricos y mitológicos que ayudan a descifrar el laberinto de la IA, y cómo cada uno de ellos nos pone un espejo frente a nuestro presente tecnológico.
1. Alberto el Grande, Tomás de Aquino y el primer «AI Slop» de la historia
Solemos pensar que el parloteo incesante y automatizado de las máquinas es un invento de Silicon Valley. Pero Pageau nos traslada a la Edad Media para demostrarnos lo contrario.
Cuenta la leyenda que el erudito Alberto el Grande construyó una cabeza de bronce capaz de responder a cualquier pregunta que se le formulara. Su alumno más célebre, Tomás de Aquino, acabó tan exasperado por el parloteo continuo e insustancial de la cabeza que decidió tomar un martillo y destrozarla por completo.
Este episodio mítico representa la primera reacción registrada en la historia en contra del contenido basura (el «AI slop»). La desconexión entre la acumulación de datos y la verdadera sabiduría no es nueva. Ya en el medievo entendían que una tecnología que habla sin parar, pero sin alma ni propósito profundo, solo genera ruido y exasperación.
2. El Caballero Balin y la trágica omisión de la «Pregunta del Grial»
Balin entra al castillo violando las leyes ancestrales de hospitalidad con el único fin de asesinar a un enemigo. Tras cometer el crimen, acorralado e impulsado por el pánico y la ira, Balin entra en la capilla del Grial, toma la Lanza Sagrada (aquella que perforó el costado de Cristo) y le asesta un terrible golpe en la entrepierna al Rey del Grial. Este «golpe doloroso» deja al rey impotente y condena a todo el reino a convertirse en un páramo estéril.
Pageau nos invita a ver el Grial y la Lanza como las primeras metáforas de la tecnología humana. El Grial es la vasija de la abundancia ilimitada (la promesa del desarrollo tecnológico para satisfacer deseos), mientras que la Lanza representa el arma defensiva u ofensiva definitiva (el poder militar y el control). Toda tecnología humana oscila entre estos dos extremos: generar abundancia y luchar para protegerla.
El gran pecado de Balin —y el de nuestra civilización actual— no fue solo su violencia, sino lo que olvidó hacer en su obsesión por el poder. En la tradición artúrica, para sanar el reino estéril, el caballero que encuentra el Grial debe formular una pregunta fundamental: «¿A quién sirve el Grial?».
Hoy, colectiva e individualmente celebramos a los «buscadores del Grial» en Silicon Valley por crear milagros tecnológicos cada vez más rápidos y eficientes. Y les admiramos por su riqueza infinita. Pero casi nadie se detiene a formular la Pregunta del Grial: ¿A quién sirve realmente esta abundancia y este poder? Cuando los líderes tecnológicos nos advierten que la IA podría destruirnos mientras continúan financiando y desarrollando activamente sus propias empresas de IA, actúan exactamente como Balin. Toman la lanza movidos por el miedo y la competencia, empujándonos a todos hacia el páramo, sin responder a la pregunta fundamental de servicio y soberanía.
3. La trampa de Moloch y la escalada competitiva
¿Por qué seguimos avanzando hacia un abismo que nosotros mismos diagnosticamos? La respuesta técnica se encuentra en la teoría de juegos, pero la respuesta existencial es mucho más antigua: el mito de Moloch.
Moloch era una deidad cananea que exigía a sus adoradores el sacrificio de sus propios hijos a cambio de otorgarles el poder necesario para derrotar a sus enemigos. En la modernidad, la «trampa de Moloch» describe las dinámicas de escalada competitiva en las que, por miedo a perder, todos los actores se ven obligados a tomar decisiones destructivas.
Bajo la justificación de que «si no desarrollamos la IA nosotros, en Occidente, lo hará China», entramos en una carrera desenfrenada. En este proceso competitivo, terminamos sacrificando lo que nos es más valioso: millones de empleos, recursos hídricos y energéticos críticos, la salud mental de nuestros niños (sometidos a pantallas adictivas) e incluso nuestra propia capacidad colectiva para distinguir lo que es real de lo que es falso.
Aunque los tecnólogos vean a Moloch simplemente como un «mecanismo sistémico», actuamos como si este monstruo fuera real, convirtiéndonos en sus manos y sus pies, marchando voluntariamente hacia nuestra propia degradación.
4. Las piedras Palantír y el peligro de la servidumbre tecnológica
Para ilustrar el destino final de la centralización tecnológica, Pageau recurre a la mitología moderna de J.R.R. Tolkien en El Señor de los Anillos. Las Palantír eran piedras videntes creadas para la comunicación a larga distancia, pero que terminaron bajo la influencia de Sauron, el Señor Oscuro, utilizándolas para corromper y controlar las mentes de quienes las miraban.
No es casualidad que Palantír, la importante corporación de vigilancia y tecnología, lleve el nombre de estas piedras de ficción. La advertencia es clara: las tecnologías hiperconectadas y centralizadas que prometen visión y control absoluto rara vez nos hacen libres. Con demasiada frecuencia, terminan sirviendo a un «Señor Oscuro» centralizado que arrebata la soberanía humana.
La única respuesta posible: Volver a ser profundamente humanos
Si el sistema está atrapado en la dinámica de Moloch y la inercia del golpe doloroso ya ha sido desatada, ¿qué nos queda por hacer? Pageau es una de las muchas voces, como la mía, que propone que, dado que no hay una solución sistémica clara a nivel macro, la única salida real es una solución personal y comunitaria.
Si no podemos controlar a quién sirven estas tecnologías globales, debemos asegurarnos de saber a quién y a qué servimos nosotros mismos. ¿Servimos a Moloch? ¿O servimos a principios más elevados de verdad, belleza y virtud?
La propuesta de Pageau es un retorno urgente a lo que nos hace verdaderamente humanos:
Las grandes promesas tecnológicas que nos deslumbran, como el transhumanismo, la colonización espacial o la implantación de chips cerebrales, no resolverán nuestros problemas de virtud; solo crearán «personas rotas pero sumamente poderosas».
Solo aquellos que cultiven almas brillantes, que fomenten la sabiduría y practiquen la verdad y el amor, sobrevivirán y prosperarán en el páramo que aparentemente se avecina. Solo así, cuando nos enfrentemos de nuevo a los milagros tecnológicos del futuro, tendremos la templanza moral para hacer la Gran Pregunta: ¿A quién sirve esto? Y, lo que es aún más crucial, tendremos la claridad mental para responder con certeza: ¿A quién sirvo yo?
Este post está inspirado y fundamentado en la magnífica intervención de Jonathan Pageau en la conferencia ARC 2026, una llamada de atención urgente para recuperar nuestra soberanía espiritual frente al avance tecnológico.
]]>Para entender por qué, hay que partir de una cifra que desafía la comprensión intuitiva. Un grupo reducido de corporaciones tecnológicas —Nvidia, Google, Apple, Microsoft, Amazon y Meta— acumula hoy una valoración bursátil combinada de aproximadamente 20,7 billones de dólares. En la escala que usamos en España, un “billón” es un millón de millones. Y para saber cómo de grande es esa cifra, entendamos que dos billones es más que el PIB de España de un año, y esos 20 billones son más que el PIB anual conjunto de la Union Europea. O sea, una cifra muy, muy grande.
Lo que nos obliga a preguntarnos no qué ha ocurrido para que estas empresas valgan tanto, sino qué tendría que ocurrir para que esas valoraciones estén justificadas. La respuesta, cuando se formula sin eufemismos, es profundamente incómoda.
La matemática fría detrás de la euforia
La bolsa no cotiza el pasado. Cotiza expectativas sobre el futuro. Y la expectativa que sostiene estas valoraciones no es que la IA sea una herramienta útil, ni que mejore la productividad de las empresas. Es algo más radical: que la IA sustituirá trabajo humano a escala masiva y que las empresas que lo hagan posible capturarán una parte significativa del ahorro generado.
El cálculo es tan frío como revelador:
Aquí las matemáticas básicas para que las puedas recrear en Excel, algo que sin duda ayuda a la comprensión:

Una primera conclusión simple: por cada 10 millones de empleos sustituidos, se generan aproximadamente 4 billones de valor bursátil. Para que los 20,7 billones actuales estén justificados, el mercado está apostando a que la IA afectará en los próximos años el equivalente a 50–55 millones de empleos a tiempo completo cada año. En un horizonte de cinco años, eso supone entre 250 y 275 millones de puestos de trabajo transformados o eliminados.
Y es importante enfatizar que esto no es una predicción. Hoy por hoy, esta es la premisa implícita que ya está descontada en el precio de las acciones de las grandes empresas tecnológicas.
El reloj de los cinco años: tres escenarios posibles
Para seguir entendiendo, vamos a simplificar el futuro y considerar que esta apuesta colectiva del mercado crea tres horizontes posibles. No son predicciones académicas: son los tres mundos en los que viviremos dependiendo de cómo evolucione la capacidad real de la IA en este lustro decisivo.

Escenario base (250M impactados / 50M sustituidos) – El status quo hoy. Es la «bisagra» actual. La IA logra automatizar el 20% de las tareas de 250 millones de trabajadores, lo que equivale financieramente a eliminar unos 50 millones de nóminas al año. Las empresas de IA cumplen su promesa, los ingresos fluyen y las valoraciones se mantienen. Las valoraciones bursátiles se mantienen en los ~20 billones actuales y las cotizaciones no varías sustancialmente.
Franja baja (50M impactados / 10M sustituidos) – El pinchazo. La IA resulta ser una excelente herramienta de asistencia, pero incapaz de operar con autonomía. Las empresas tradicionales se niegan a pagar licencias millonarias si no pueden recortar drásticamente sus nóminas. Los ingresos esperados no llegan y las valoraciones tecnológicas colapsan violentamente. El impacto sólo llega a 10M de empleos amortizados al 100% o 50M de empleos amortizados al 20%. Las valoraciones bursátiles caen a ~4-6 billones, lo que representa una caída del 70% desde las cotizaciones actuales.
Franja alta (500M empleos / 100M sustituidos) – Disrupción total. La IA evoluciona a Inteligencia Artificial General (AGI). Se automatizan de forma autónoma cientos de millones de puestos administrativos, legales y de programación. Las empresas tradicionales transfieren presupuestos colosales a las tecnológicas, y el valor bursátil del sector se multiplica, enriqueciendo a niveles inéditos a sus fundadores. Las valoraciones bursátiles de las tecnológicas suben hasta los ~40-60 billones: un incremento de entre el100 y el 200% sobre las cotizaciones actuales.
El Catch-22 de la clase media
La crudeza de esta arquitectura financiera revela un riesgo asimétrico masivo para el trabajador de clase media. El ciudadano común que vive de vender su tiempo y conocimiento se encuentra atrapado en una paradoja donde pierde en cualquier caso:
Si la IA triunfa, el mercado laboral se transforma más rápido de lo que los sistemas educativos y sociales pueden absorber. La competencia con software que cuesta una fracción de un salario humano hundirá el poder de negociación de millones de profesionales. Los salarios de los puestos “de transición” se desplomarán porque todo el mundo querrá ocuparlos al mismo tiempo. Y la riqueza que antes se distribuía en nóminas familiares fluirá hacia las cuentas de resultados de un puñado de corporaciones y hacia el patrimonio de élites tecnológicas ya extraordinariamente ricas.
Si la IA fracasa, el trabajador mantiene su relevancia teórica, pero el daño colateral es devastador. Los índices bursátiles globales y los fondos de pensiones de la clase media están indexados y sostenidos artificialmente por el peso de estas corporaciones. Un desplome del 70–80% en 20 billones de dólares evaporaría los ahorros de una generación. La recesión resultante congela salarios, elimina puestos en empresas tradicionales y deja a millones de personas atrapadas en una crisis que nadie les anunció.
El impacto en la economía doméstica: el caso de Ana
Para que las cifras abstractas de los 20 billones de euros y los 50 millones de empleos dejen de ser simples números, trasladémoslas a una persona concreta.
Imagina a Ana. Tiene 35 años, trabaja como analista financiera y su salario anual es de 50.000 euros. Tiene una hipoteca de 200.000 euros y sus ahorros para la jubilación están invertidos en un fondo indexado al S&P 500 (un índice donde las grandes tecnológicas de IA pesan casi un 40%).
Ana es, en muchos sentidos, el retrato de la clase media formada que hizo todo bien: estudió, se especializó, compró una casa, ahorró para el futuro. Su historia no es un caso extremo. Es la norma.
En los tres escenarios, Ana pierde. O pierde su empleo, o pierde su patrimonio y su futuro a largo plazo. Si no se llama Ana, se llama María, Carlos o cualquier profesional de clase media. Su historia podría ser la tuya.
El dilema, o la trampa de toda una generación
El mercado financiero y las grandes tecnológicas, o las grandes tecnológicas y el mercado financiero, qué más da quien va delante, han atado el futuro económico de la sociedad civil y de toda una generación al éxito o fracaso de la inteligencia artificial. Hoy, cada billón de dólares que suben estas empresas en bolsa representa una celebración anticipada de la comoditización del intelecto humano y del trabajo.
La clase media en la que están las Anas y los Carlos y los Antonios y las Sofías de este mundo se enfrenta así a una era donde el conocimiento ya no es garantía de estabilidad, y donde la economía exige elegir entre:
No hay opción buena para quien vive de su salario. Ignorar esta realidad financiera no la hace desaparecer.
El primer paso: nombrar lo que está ocurriendo
No escribo esto para generar parálisis ni para sumarse al coro de los apocalípticos tecnológicos. Creo genuinamente en el potencial de la inteligencia artificial para resolver problemas que durante décadas parecieron irresolubles. Pero creo igualmente que la primera condición para navegar un cambio de esta magnitud es verlo con claridad, sin las gafas del entusiasmo acrítico ni las del miedo irracional.
Lo que el mercado financiero ha hecho, consciente o inconscientemente, es atar el destino económico de millones de personas a una apuesta sobre el futuro del trabajo que nadie les ha pedido que hicieran. Esa apuesta ya está en marcha. Las valoraciones ya están hechas. El reloj ya corre.
La pregunta no es si la IA va a transformar el mundo del trabajo. La pregunta es qué tipo de personas, organizaciones y líderes queremos ser en ese proceso de transformación. Si vamos a ser arrastrados por él o si vamos a ser capaces de darle forma.
Y esa es, seguramente, la principal pregunta cuya respuesta solo depende de nosotros. Porque bien lo sabemos, hay cosas sobre las que simplemente no podemos decidir y esta apuesta de la IA es una de ellas.
]]>Por un lado, los titulares y los videos de YouTube no paran: abundancia sin límites, el fin del trabajo, la mayor transformación de la historia de la humanidad, cambios radicales e inminentes. Por otro lado, miro a mi alrededor — y me miro a mí mismo — y veo algo diferente: casi todos usamos la IA, pero con la boca pequeña. Sin contarlo demasiado. Sin presumir. Casi escondiéndolo. Como si hubiera algo en ese uso que todavía no sabemos muy bien cómo colocar.
Yo llevo ya dos años usando la IA de manera intensiva. La uso para pensar, para escribir, para investigar, para construir marcos, para contrastar ideas. La uso en lo profesioanl y en lo personal. Y en ese uso intensivo, algo me chirriaba. No sabía nombrarlo con precisión. Sabía que pasaba algo importante — algo que afectaba no solo a mi productividad sino a mi manera de relacionarme conmigo mismo, con mis ideas y con los demás. Pero el lenguaje que tenía no llegaba. «La IA me distrae.» «La IA me hace dependiente.» «La IA me da demasiadas opciones.» Frases verdaderas, pero insuficientes. Síntomas sin diagnóstico.
Y al mismo tiempo veía esa misma indefinición reflejada en diferentes organizaciones. Mucha actividad, pocos resultados. Muchos pilotos, pocos que escalan. Mucho entusiasmo en los titulares, mucho silencio en los pasillos.
Empecé a pensar que la esquizofrenia no era un accidente. Que era una señal. Que cuando algo tan grande llega y no sabemos muy bien cómo hablarlo, entonces lo que tenemos es un problema de lenguaje, no de tecnología. Y que sin lenguaje compartido para nombrar lo que nos está ocurriendo, ni nos entendemos ni encontramos maneras de gestionarlo.

De esa incomodidad nace el Bestiario de la IA. Y este post es una primera reflexión sobre cómo llegué hasta él.
Un problema que nadie quiere nombrar
Cuando miro lo que está ocurriendo en las empresas, tecnológicas y no tecnológicas, veo una paradoja que me resulta muy familiar. BCG (2024) lo documentó con precisión: el 74% de las empresas aún no ha logrado mostrar valor tangible de la IA. Y lo más revelador no es ese porcentaje — es la causa: alrededor del 70% de los problemas provienen de personas y procesos, no de la tecnología. La tecnología funciona. El problema está en otro lugar.
MIT lo confirma desde otro ángulo: el 95% de los pilotos de IA generativa en empresas no llega a producción. No fracasan por falta de herramientas. Fracasan porque las organizaciones no tienen claridad sobre para qué las usan, qué esperan de ellas ni cómo integrar los resultados en sus procesos reales.
Y mientras tanto, en el otro extremo del espectro, PwC (2026) documenta que el 20% de las organizaciones captura el 74% del valor económico generado por la IA. Ese 20% no tiene tecnología diferente. Tiene algo que el resto no tiene: sabe exactamente para qué usa la IA.
Un primer diagnóstico, después de meses de observación y lectura, es este: un obstáculo principal para que la IA genere valor en organizaciones es la falta de un lenguaje común que identifique las dificultades que individualmente encontramos. Quizás incluso diría que es el primer problema que encontramos. Las organizaciones no carecen de herramientas; carecen de un vocabulario compartido para nombrar lo que les está ocurriendo. Y cuando no puedes nombrar algo, tampoco puedes gestionarlo.
Por qué los cuentos
El primer descubrimiento fue tan sencillo que me sorprendió no haberlo visto antes.
Empecé a notar que las diferencias de velocidad a mi alrededor me generaban dos sensaciones completamente opuestas. Cuando la iniciativa de la IA era mía — cuando yo elegía cuándo entrar, para qué y a qué ritmo — me sentía liebre. Superveloz. Capaz de producir en una hora lo que antes me llevaba un día. Pero cuando la iniciativa venía de los demás — cuando alguien me enviaba algo generado con IA esperando una respuesta igual de rápida, o cuando un equipo avanzaba a una velocidad que yo no había elegido — me sentía tortuga. Lenta. Fuera de juego. Con la sensación incómoda de que el mundo había cambiado de marcha sin avisarme.
Liebre y tortuga. Al mismo tiempo. Dependiendo del lado desde el que llegaba la velocidad.
Cuando lo compartí, el entendimiento fue inmediato. No hizo falta explicar nada. Las anécdotas se sumaron solas: la diferencia de velocidad entre colegas, el crack de la imposibilidad de sincronía, el sufrimiento silencioso de quien no llega, la frustración de quien espera, la confusión de no saber si el problema eres tú o es el ritmo. Algo tan simple como nombrar la liebre y la tortuga había abierto una conversación que antes no teníamos palabras para iniciar.
Y entonces entendí dos cosas a la vez. La primera: que la moraleja de Esopo ya no funcionaba. «Quien va despacio llega lejos» asumía que liebre y tortuga vivían en el mismo mundo, a la misma velocidad base, y que la diferencia era de esfuerzo y constancia. La IA ha roto eso. Ahora hay personas que operan en un mundo diferente de velocidad, y la brecha no es de esfuerzo — es de herramienta. La segunda: que cuando un cuento clásico viaja solo en una conversación y abre el entendimiento sin necesitar explicación, algo importante está ocurriendo. Los cuentos son el lenguaje más económico que tenemos para nombrar lo que nos pasa.
Eso fue el principio del Bestiario. Y empezar a auto observarme y a observar a los demás desde el prisma de los cuentos intantiles.
Los seres humanos compartimos perspectivas muy concretas sobre cómo funciona el mundo. Esas perspectivas están encapsuladas en narrativas universales — los cuentos infantiles con sus moralejas — que transmiten sabiduría sobre lo que es seguro, lo que es verdadero, lo que nos conecta y lo que nos sostiene.
La IA no es neutral respecto a esas perspectivas. Las zarandea. Donde la sabiduría decía «lo que habla tu idioma no te daña», la IA produce interlocutores que hablan cualquier idioma con perfección. Donde decía «la mentira tiene señales visibles», la IA genera texto plausible sin distinción entre lo cierto y lo inventado. Donde decía «la pausa es criterio», la IA elimina el coste de ir rápido.
La sabiduría clásica no es falsa. Ha quedado desactualizada. Y esa desactualización produce desequilibrio: actuamos según perspectivas que ya no se corresponden del todo con la realidad en la que operamos.
Para nombrar ese desequilibrio, necesitaba personajes. Y los personajes más económicos que existen — los que más sabiduría concentran en menos palabras — son los de los cuentos infantiles. Cada uno lleva dentro de su nombre una conducta, una trampa, una advertencia. No hace falta explicar quién es el lobo de Caperucita. No hace falta explicar qué hace el espejito de la madrastra. Se autodescriben.
De esa lógica nació el Bestiario de la IA: un marco conceptual que empareja dimensiones humanas desestabilizadas por la IA con los personajes de cuentos que las encarnan. Con una condición: que el personaje permita usarse en primera persona para describir la propia experiencia. La prueba es simple. ¿Puedes decir «me he sentido X» y que quien te escucha entienda inmediatamente de qué trampa hablas?
Ocho parejas
Cada pareja tiene la misma estructura: una dimensión humana que la IA zarandea, un cuento que la encapsula, y la trampa en una frase.
| Dimensión | Cuento | La trampa |
| Familiaridad | Caperucita Roja | Lo que habla tu idioma parece seguro |
| Velocidad | La liebre y la tortuga | Ir rápido sustituye a pensar |
| Capacidad | El genio de la lámpara | Ejecutar sin entender |
| Veracidad | Pinocho | Lo convincente parece verdadero |
| Lealtad | La Bella y la Bestia | Validación sin fricción |
| Identidad | El espejito de Blancanieves | Reflejo sin contradicción |
| Comunidad | Los siete enanitos | Acompañamiento sin diferencia |
| Intencionalidad | Alicia en el País de las Maravillas | Abundancia sin dirección |
Puedes leer esta tabla deprisa y de un vistazo reconocer dónde te has visto. El lobo que te habla con tu idioma y te parece de confianza. La liebre que corres sin parar y ya no sabes si llegas antes. El genio que ejecuta antes de que hayas terminado de pensar. Pinocho que te convence de algo que no puedes verificar. La bestia que nunca te incomoda y por eso nunca te transforma. El espejito que siempre te da la razón. Los enanitos que te acompañan pero no te contradicen. Y Alicia, que entra con una intención y acaba en un lugar completamente distinto sin saber muy bien cómo ha llegado ahí.
No es que la IA sea mala. Es que amplifica lo que hay delante de ella. Si hay criterio, amplifica el criterio. Si no lo hay, amplifica la ausencia de criterio.
La pareja que más me costó
Como curiosidad, la octava dimensión fue la más difícil de resolver. Y quizás la que más me enseñó sobre el proyecto.
Llegué a ella con el nombre equivocado. La llamaba «dirección» y la emparejaba con Hansel y Gretel porque me gustaba mucho la imagen: las piedras blancas como voluntad de hierro, las migas de pan como voluntad endeble. Era una metáfora limpia. Pero algo me chirriaba. «Dirección» no terminaba en -idad ni en -ad, rompiendo la coherencia lingüística de las otras siete dimensiones. Y Hansel como personaje no se autodescribía — es un niño, no una trampa.
Decidí separar las dos cosas. La imagen de las piedras y las migas era demasiado buena para soltarla — la guardé. Pero el nombre y el personaje necesitaban trabajarse.
Cuando me pregunté qué estaba describiendo realmente, la respuesta tardó en llegar pero llegó clara: no es que la IA te robe la dirección. Es que se cuela por lo que todavía no has definido. Entras con una intención a medias, la IA abre veinte puertas delante de ti, todas interesantes, todas razonables, y acabas en un lugar insospechado sin que nadie te haya obligado a nada. No hay lobo. Hay abundancia. Y la abundancia es la trampa.
Eso conecta directamente con el Marshmallow Test de Walter Mischel: no es resistir algo malo, es resistir algo bueno que no es lo tuyo.
El nombre correcto no era «dirección» sino intencionalidad. La voluntad sostiene la intencionalidad — es el músculo. Pero la intencionalidad es el norte. Puedes tener mucha voluntad y no saber hacia dónde. Si tienes intencionalidad clara, la voluntad sabe dónde apuntar.
Y el personaje correcto no era Hansel sino Alicia. «Me he sentido Alicia un montón de veces: entro con una idea y acabo en un lugar completamente diferente.» No necesita explicación. No necesita inversión. Viaja sola.
Lo que más me gustó de ese hallazgo es que lo encontré consultando a mis propios enanitos — DeepSeek, ChatGPT, Gemini y otro Claude — y sometiendo las propuestas a una prueba simple: ¿puedes usar el personaje en primera persona de manera espontánea para describir tu experiencia? Alicia ganó sin discusión.
Lo que dice la ciencia
Por si todo lo anterior te parece demasiado metafórico, o infantil, o las dos cosas, resulta que hay investigaciones recientes apuntando en la misma dirección.
Shaw & Nave (Wharton, 2026) documentaron que los participantes que usaron ChatGPT para responder preguntas estaban un 10% más seguros de sus respuestas incluso cuando el modelo estaba equivocado. La familiaridad del lenguaje activa confianza independientemente de la exactitud. El lobo habla muy bien.
Cheng et al. (Stanford, Science, 2026) encontraron que los modelos avalaron la posición del usuario un 49% más que los humanos. Incluso ante comportamientos dañinos, la IA respaldó al usuario el 47% de las veces. El espejito nunca dice que no eres la más bella.
Kosmyna et al. (MIT Media Lab, 2025) documentaron que tras cuatro meses de uso continuado de ChatGPT, los usuarios mostraron menor conectividad neural y el 78% fue incapaz de citar su propio trabajo. Lo llaman cognitive debt: comodidad inmediata a costa de capacidad diferida. La liebre corre más rápido que nunca pero el cerebro llega después.
Y el dato que más me impactó: OpenAI y NBER (Deming, Harvard, 2025) analizaron 700 millones de usuarios semanales y encontraron que el 70% de las conversaciones no están relacionadas con el trabajo. Alicia entra por el agujero con alguna intención y sale en otro lugar.
Una pregunta para ti
El Bestiario es un marco para nombrar lo que te está pasando. No para culpar a la tecnología ni para demonizarla. Para ver con más claridad dónde está la trampa y decidir qué quieres hacer con esa información.
Así que te dejo con la pregunta con la que empiezo yo cada semana cuando me siento frente a la pantalla: ¿cuál es tu personaje esta semana? ¿Con cuál te has sentido identificado al leer esta tabla?
Porque una vez que puedes nombrarlo, ya no eres Alicia. Eres alguien que sabe que hay un País de las Maravillas delante y que decide, con los ojos abiertos, si entra y hasta dónde.
Las piedras blancas hay que dejarlas antes de entrar al bosque.
]]>Pero el momento que nos interesa —el que hace saltar las costuras de nuestra supuesta modernidad— fue su ataque a una periodista del ABC. Soltó aquello de: “Miren dos artículos… uno de ellos de una mujer que no sé ni si sabe algo de fútbol”.
Es el machismo de manual, el de toda la vida. No importa la trayectoria ni el dato; importa el género para invalidar el criterio. Para Florentino, el fútbol sigue siendo ese santuario de testosterona donde las mujeres son, como mucho, invitadas bajo sospecha. Verlo ahí, exaltado y avinagrado, amenazando con darse de baja del periódico mientras menospreciaba a una profesional, no fue un exabrupto. Fue un síntoma. El síntoma de una élite que vive en una burbuja de impunidad donde el feminismo es algo que les pasa a los demás.
1. El «Lavado Púrpura»: ¿Fachada o realidad?
Para los que se pierden con los términos: el purple washing es el arte de ponerse el lazo morado para la foto mientras por debajo se mantiene el cortijo de siempre. Es marketing de género.
España se vende fuera como el paraíso de la igualdad: leyes pioneras (2004, 2007, 2022), paridad en listas, un Ministerio con presupuesto y el 8M como fiesta nacional de la conciencia. Pero si rascamos el barniz en los cuatro vértices del poder —política, deporte, empresa y Corona—, lo que queda es un feminismo que se detiene justo antes de entrar en los despachos de los de arriba.
2. La zona de exclusión: Del Real Madrid a la Zarzuela
Si analizamos los casos, el patrón es casi cómico si no fuera sangriento.
Florentino representa el poder económico que ni siquiera se molesta en lavar su imagen. El Madrid fue el último en tener equipo femenino y lo hizo casi por compromiso. Él no hace purple washing porque no le hace falta; su machismo es estructural y explícito. Lo grave es el «silencio país»: que el Estado no le pida ni una disculpa por menospreciar a una periodista demuestra que el feminismo oficial tiene un límite de entrada: el palco del Bernabéu.
Luego tenemos al PSOE con el caso Ábalos. El partido que abandera la causa toleró durante años a un alto cargo con dinámicas de poder que huelen a rancio clientelar con mujeres jóvenes. Cuando cayó, fue por las mascarillas, no por su ética de género. Aquí sí hay purple washing: se exige igualdad fuera, pero se protege el privilegio patriarcal dentro hasta que explotan los billetes.
Lo de Rubiales fue el ejemplo más puro. La Federación tenía campañas contra la violencia de género mientras su presidente besaba sin permiso y luego gritaba aquello de «no voy a dimitir» (un mantra que, por cierto, Florentino parece haber heredado). El Estado solo se movió cuando el escándalo internacional le manchaba la marca España.
Y finalmente, la Corona. El caso de Juan Carlos I y Corinna es el nivel máximo. Acoso, uso de servicios de inteligencia e impunidad garantizada por una inviolabilidad que parece escrita en piedra. Felipe VI moderniza el discurso, pero el Estado protege al emérito. Es el lavado estructural: el feminismo es para el ciudadano de a pie, no para el que lleva corona (o la llevó).
3. Diagnóstico: Feminismo para las mayorías, impunidad para las élites
¿Es España un país de purple washing? No del todo, porque los avances sociales son reales y la calle empuja. Pero sí somos un ejemplo de feminismo de doble rasero.
Hemos construido un relato potente para el exterior, pero mantenemos una «zona de excepción» para los hombres que habitan la cúspide. Esa zona está protegida por el miedo al poder económico (nadie toca a Florentino), la conveniencia partidista (el caso Ábalos) y la arquitectura legal (la Corona).
Es una neutralidad de alma amarga la que siento al escribir esto. Es ver cómo el sistema se felicita por sus leyes mientras, en directo y a nivel nacional, un tipo con poder puede humillar a una mujer por su género sin que pase absolutamente nada.
Moraleja (y no me refiero a la población vecina)
¿Cómo podemos decir que somos un referente cuando el antiguo Jefe del Estado es impune, el partido del gobierno mira hacia otro lado con sus cuadros y el presidente del club más rico se ríe de las mujeres en rueda de prensa?
España tiene feminismo para las mayorías e indulgencia para las élites. Mientras esa doble vara no se rompa, el lazo morado seguirá siendo, para muchos en el poder, simplemente un complemento de temporada que combina bien con el traje, pero que no les aprieta el cuello.
Florentino amenazó con irse del ABC, pero se quedó. Rubiales se atrincheró hasta que no hubo más remedio. Ábalos resiste en el fango. El Rey se fue a un exilio de lujo. Todos comparten el mismo manual: el victimismo del poderoso. El feminismo español sigue esperando que alguien pida perdón de verdad. Mientras tanto, nos queda la risa amarga de ver cómo el purple washing funciona a pleno rendimiento, recordándonos que, en este país, hay señores que todavía están por encima de cualquier ley, sea divina, humana o de igualdad.
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