
Venecia, 08 de septiembre de 2026. Por fin llegó al Lido la pareja más esperada del cine. Penélope Cruz y Javier Bardem desembarcaron en Venecia para presentar Búnker, la nueva película de Florian Zeller, que compite por el León de Oro y convierte una crisis matrimonial en un inquietante retrato de los dilemas morales de nuestro tiempo. Zeller contó que escribió la cinta expresamente para ellos. En Búnker Bardem interpreta a Miguel, un prestigioso arquitecto español afincado en Londres que recibe la oferta de un multimillonario tecnológico para construir en Hawái un búnker de ultralujo donde su familia y sus amigos puedan sobrevivir durante al menos un año si el mundo colapsa. Su esposa, Sofia (Cruz), no puede aceptar la contradicción ética: ¿qué significa diseñar la salvación de unos cuantos privilegiados mientras el resto es abandonado?
La propuesta del proyecto y las dudas de Miguel sobre si debería hacerlo o no sacan a la superficie las fisuras de un matrimonio de 17 años y las visiones de ambos. La inspiración de Zeller, según contó en la rueda de prensa del Festival, surgió de leer una noticia sobre cómo Mark Zuckerberg había pedido construir un refugio secreto en Hawái. “Me pareció una paradoja fascinante”, explicó el director, “un hombre que había construido su fortuna conectando a millones de personas preparaba al mismo tiempo un plan para apartarse de ellas. De ahí nació una idea todavía más perturbadora: todos, en cierta medida, estamos tentados a vivir en un búnker. No necesariamente uno real, sino un búnker invisible”.
La película también observa cómo la tecnología ha modificado nuestra manera de relacionarnos. “Muy pocas personas en el mundo lo poseen casi todo actualmente. Poseen nuestra privacidad, nuestros correos, las plataformas en las que nos comunicamos. Y eso es algo que tenemos que cuestionar”, advirtió Zeller. En ese sentido, resultó especialmente interesante que la Mostra programara Búnker junto a Musk, el documental de casi cuatro horas de Alex Gibney sobre Elon Musk y la concentración de poder tecnológico, económico y político en manos de un solo hombre.
Sin estar conectadas formalmente, ambas obras plantean una pregunta común: qué sucede cuando quienes tienen la capacidad de transformar el mundo también pueden decidir quiénes quedan protegidos de sus consecuencias. La relación entre Cruz y Bardem le dio a la presentación una doble dimensión. Zeller reconoció que su condición de pareja real ayudó a construir la intimidad de los personajes, aunque ellos aseguran distinguir con claridad entre el trabajo y su vida privada. Cuando les preguntaron si durante el rodaje discutían como sus personajes, Bardem respondió, rotundo y divertido: “No, no, nunca”, provocando las risas de la sala.
Cruz explicó que aceptaron el reto porque confiaban en que Zeller “iba a proteger ese territorio íntimo y no les pediría utilizar elementos de su relación”. La rueda de prensa también evidenció la posición pública de ambos frente a los temas que atraviesan la película. “Sería muy contradictorio estar aquí con esta película y decir: ‘No quiero hablar de eso, no quiero hablar de política´. Es imposible”, afirmó Cruz. La actriz expresó su preocupación por la velocidad con la que el poder y la tecnología transforman nuestras vidas: “Nos tratan como marionetas y, pese a ser algo obvio, no reaccionamos. Y me da tristeza y rabia”. La actriz puso además el foco en quiénes tienen realmente capacidad para decidir: “En los puestos más importantes hay poquísimas mujeres entre quienes toman las decisiones”.

Tampoco dudó en referirse a quienes concentran ese poder tecnológico y económico y preguntarse por la aparente pérdida de empatía: “¿Qué mundo están dejando a sus hijos y a sus nietos? ¿Hay algún gen que les hace perder la empatía?”. Para la actriz, una de las alarmas que enciende la película es precisamente esa: “Estamos a punto de perder la conexión humana”. Y aunque observa un panorama “oscuro y preocupante”, encuentra una esperanza en las nuevas generaciones: “Los jóvenes se están dando cuenta de la manipulación y hablan de política más que antes”.
Su esperanza, añadió, está en ellos porque están dispuestos a hablar y debatir. Bardem defendió el derecho de cualquiera a pronunciarse sobre aquello que considera fundamental: “No importa si eres artista, actor, fontanero o taxista, tienes derecho a expresar tu verdad”. También reconoció el alcance de su propia plataforma: “Tengo este micrófono y los tengo a ustedes escuchándome, eso añade responsabilidad”.
Para él, Búnker invita a preguntarnos cómo miramos a los demás y qué ocurre cuando el miedo nos lleva a criminalizarlos o deshumanizarlos. Fue entonces cuando dirigió la mirada hacia Europa y el avance de posiciones de extrema derecha en el continente: “No creo que Europa, en su conjunto, esté reflejando lo que debería representar: los valores de una democracia y de una inclusión verdadera. Hay muchos países europeos que se están volviendo cada vez más extremistas”. Y al hablar de inmigración, trasladó esa reflexión a la responsabilidad de las sociedades privilegiadas frente a quienes se ven obligados a abandonar sus países: “Las personas escapan de las guerras, de la miseria y de lugares imposibles para vivir a 50 grados. Nosotros somos responsables. Nuestros lujos se basan en la miseria de alguien más, todos lo sabemos”, dijo con gravedad.


Venecia, 08 de septiembre de 2026. La jornada de la 83.ª Mostra de Venecia tuvo un marcado acento mexicano. Desde una ópera prima nacida en Tijuana y realizada a contrarreloj hasta el regreso de un clásico de Luis Buñuel y una adaptación de Mario Bellatin, México apareció en distintas pantallas y generaciones.
“Tijuana, todavía”: una ciudad lejos del estereotipo
Con apenas diez meses y un presupuesto de 200.000 euros, “Tijuana, todavía” llegó a Venecia como parte de Biennale College Cinema. La ópera prima de Gabriel Gutiérrez Morales, producida y protagonizada por Humberto Busto y Peter Filimonov, convierte esa carrera contrarreloj en una historia sobre identidad, migración, deseo y exilio. “La imagen de Tijuana que existe fuera de Tijuana no es nada cercana a lo que yo conozco”, explicó Gutiérrez. A través del encuentro entre Chava y Maxim, dos hombres queer de generaciones y contextos distintos, la película busca precisamente descubrir otras vidas posibles dentro de esa ciudad fronteriza. Esa búsqueda encontró un eco particular en Petr Filimonov, actor ruso queer cuya experiencia personal dialoga con la de Maxim y con quienes permanecen en su país: “¿Qué puedo hacer para las personas queer que todavía están atrapadas en Rusia?”, se preguntó. Para Busto, la experiencia significó además el reto de desarrollar, escribir, producir y estrenar una película “todo en diez meses”, apostando por un proceso profundamente colaborativo.

Buñuel vuelve a Venecia en tranvía
Siete décadas después de su estreno, “La ilusión viaja en tranvía” (1954), de Luis Buñuel, regresó a la pantalla gracias a una restauración presentada en Venezia Classici. El proyecto reunió al Museo Nazionale del Cinema de Turín, Fundación Televisa y la Cineteca Nacional de México. Desde hace dos décadas, Fundación Televisa trabaja en recuperar un acervo fundamental de la memoria cinematográfica mexicana. Su curador, Héctor M. Orozco, recordó que se trata de procesos largos, complejos y costosos, pero que ya han permitido restaurar más de 25 títulos, entre ellos “María Candelaria” y “Macario”. En Venecia, la respuesta confirmó que esa memoria sigue viva: la sala estuvo “llenísima”, con una importante presencia de jóvenes. Para Orozco, la cinta conserva la mirada de “un barrio mexicano de los años cuarenta, cincuenta”, capaz de dialogar con espectadores de otro tiempo y otro continente.
Nathalia Acevedo: belleza frente a un mundo hostil
La presencia mexicana continuó con “Salón de belleza”, adaptación de la novela de Mario Bellatin dirigida por Nathalia Acevedo. Tras cinco años de escritura atravesados por la pandemia, la cineasta decidió alejarse de una traducción literal del libro y hacerlo propio, siguiendo el consejo del mismo Bellatin.
Si la novela nació en los años noventa bajo la sombra del sida y la marginación, Acevedo encuentra ecos directos en el presente. “Hoy es más relevante que nunca”, afirmó al hablar de una pequeña comunidad que intenta protegerse de un mundo hostil marcado por guerras y profundas divisiones. Peces, acuarios y agua articulan una película en la que belleza y violencia conviven como reflejo de la condición humana. “Estamos llenos de bondad, pero también de una incapacidad para cuidar al otro”, señaló Acevedo, quien apuesta por un cine que no entregue todas las respuestas, sino que deje al espectador espacio para construir su propio diálogo.


Venecia, 07 de septiembre de 2026. Había algo de fiesta, de reencuentro y hasta de celebración familiar en la Sala Giardino en el Lido de Venecia. Desde que Gael García Bernal apareció rodeado por sus actores, amigos y cómplices —entre ellos Diego Luna y Ricky Martin, productores ejecutivos de la cinta—, el estreno de Hombre al agua tomó un aire distinto al de una función solemne de festival. Hubo abrazos, carcajadas y miradas de complicidad. Cuando las luces volvieron a encenderse tras la proyección, Gael se dejó abrazar por los aplausos. Sonreía como quien acaba de entregar algo íntimo.
Porque aunque Hombre al agua se disfrace de disparate, sátira y fábula, hay algo profundamente personal en la nueva película que García Bernal dirige. “Quiero insistir en que es una comedia”, dijo. Y quizá ahí está la clave. La cinta habla de temas profundos sin abandonar el humor ni cierta cualidad onírica. La historia comenzó a perseguirlo cuando Gael se convirtió en padre, según contó tras la proyección, “empecé a elaborar las primeras tres escenas con esas ideas maravillosas que aparecen durante el día, por la noche, con el insomnio o en los sueños y comencé a jugar con ellas. Eso fue hace ocho años. Desde entonces la fantasía empezó a convertirse en un guion”.
La paternidad alteró también su percepción del mundo y terminó filtrándose en Camilo, el salvavidas cubano que interpreta él mismo y que, después de rescatar a Abel —un poderoso empresario mexicano que estaba a punto de ahogarse en la playa de Varadero—, acaba atrapado en la vida que el magnate construye para él a raíz del accidente. “Empecé a pensar en mis miedos, mis preguntas, mis deseos y en esa sensación de que el mundo puede ser muy hostil cuando tienes un bebé. Pensé en cómo nos apropiamos de la vida de los otros. Es como abrir la lámpara del genio: te concede un deseo, pero ese deseo tiene un precio”, contó.
Así fue creciendo una fábula sobre “la crisis de la masculinidad, la paternidad, una separación, el cuerpo político de América Latina y, posiblemente, también un homenaje al cine”, compartió. La película se mueve precisamente así: entre la reflexión y el juego, con hechos, momentos de ensoñación y una cadencia que Gael entiende casi musicalmente. “Estoy muy de acuerdo con Alfonso Cuarón cuando dice que el cine está mucho más cerca de la música que de la literatura”, explicó.
Hasta encontrar el ritmo hubo que probar, equivocarse y volver a empezar. Pero, “nunca improvisamos —remarcó— Siempre exploramos. Y hay una gran diferencia. No era un accidente: descubríamos y probábamos cosas sabiendo lo que estábamos haciendo”. A ese juego entró Ricky Martin, estrella y productor ejecutivo, quien interpreta a un actor contratado por Juana (Esmeralda Pimentel), la mujer de Camilo. Martin recordó la humildad con la que Gael le propuso participar. “Empezó a contarme historias hasta que finalmente me dijo: ‘Me gustaría que formaras parte de esto’. Y yo pensaba: ‘¿Sabes quién eres? ¿Sabes todo lo que has hecho y lo que representas?’”. La respuesta fue inmediata: “Dime a qué hora y cuándo. Ahí estaré”. Para la estrella boricua, que escuchó por primera vez la palabra “¡Acción!” dentro de un set a los 15 años, venir con este filme a Venecia ha sido una bocanada de aire fresco. “Tengo 54 años y hoy me siento como un niño, porque todo se siente nuevo”. Del director destacó precisamente la libertad: “Todo está organizado y estructurado, así que nunca te sientes perdido. Te sientes protegido”.

Jorge Salinas (Abel) habló de lo que ha sido conocer a Gael desde sus comienzos pues coincidieron en El abuelo y yo (1992) y después en Amores perros (2000) y verlo ahora como director. “Tuve que descubrirlo como mi jefe, como un creador y enfrentarme al reto que me planteó: construir a un político mexicano sin reducirlo a la corrupción, encontrar también al ser humano”. García Bernal conoce bien el otro lado de la cámara. Debutó como director de largometraje con Déficit (2007), volvió con Chicuarotes (2019) y codirigió con Marc Silver el documental Los invisibles (2010), sobre migrantes centroamericanos que atraviesan México. Hombre al agua es su tercer largo como realizador.
Pero Venecia cerró esta noche un círculo mucho más antiguo, pues en 2001 Gael y Diego Luna llegaron al Lido con Y tu mamá también, de Alfonso Cuarón, y salieron compartiendo el premio Marcello Mastroianni a la revelación actoral. Veinticinco años después estuvieron nuevamente juntos: uno presentando la película que había escrito, dirigido, producido y protagonizado; el otro acompañándolo como productor ejecutivo. Y Gael no pudo dejar de reconocer ese largo recorrido juntos y dedicarle unas palabras especiales a su amigo y cómplice desde entonces, “quiero agradecerle a Diego que está aquí conmigo y con quien vine a Venecia a presentar la película que nos dio la sensación de que podíamos dedicarnos a esto. Gracias a esa cinta y a todo lo que después hicimos podemos vivir en este mundo fantástico que es el cine, que nos ha dado familia, amigos y mucha libertad de expresión. También nos ha dado una responsabilidad muy fuerte de querer contar y defender aquello que hemos ganado como sociedad e insistir en lo que todavía nos falta por conseguir además de continuar luchando contra la injusticia y muchas cosas más”.
Hacia el final de la presentación, la voz de Gael comenzó a cambiar con la emoción. “Esta película ha sido un sueño”, mencionó a los lugares a los que les dedica la cinta: Yucatán, Cuba, Brasil, México, Puerto Rico. “Gracias, cabrones”, dijo entre risas. Pero hubo una última dedicatoria. La más íntima: “a mi papá, que falleció cuando estaba pensando este proyecto”. La voz se le entrecortó y por un instante toda aquella fiesta pareció detenerse. Entonces Hombre al agua dejó de ser solamente el título de una película. Porque Gael sabe que el cine también sirve para eso: para lanzar una cuerda hacia quienes ya no están y, durante un par de horas, conseguir traer su memoria de vuelta a la orilla.


Venecia, 07 de septiembre de 2026. Hay lugares que parecen resistirse al tiempo y eso le pasa a Gael García Bernal con la ciudad en donde despegó su carrera cinematográfica. Han pasado 25 años desde aquella aventura alrededor de Y tú mamá también cuando él y Diego Luna apenas comenzaban a descubrir de la mano de Alfonso Cuarón hasta dónde podía llevarlos el cine. Ahora Gael regresó al Festival como director de Hombre al agua, una película íntima, libre y profundamente personal que contiene muchas de las preguntas que lo acompañan hoy: qué significa ser hombre, ser padre, pertenecer a un lugar y, sobre todo, seguir creyendo en el cine. Su paso por la alfombra roja tuvo algo poco habitual en un festival de esta magnitud. Más que una Premiere pareció una reunión de amigos.
Estuvieron Diego Luna, Ricky Martin, Esmeralda Pimentel, Jorge Salinas, Bárbara Islas y muchos de quienes hicieron posible la película delante y detrás de las cámaras. “Fue una noche impresionante que me seguiré saboreando, yo creo, toda la vida”, suspiró Gael en la charla realizada en una terraza con el Adriático de fondo la mañana siguiente. Enseguida apareció una de las ideas que atravesó la conversación: la película existe porque hubo un grupo de personas que quiso hacerla incluso cuando quienes tenían que financiarla no estaban convencidos. “Los que dan el dinero para las películas no querían hacer este proyecto, pero como espectadores también creemos que hay un gusto real por ver estas historias locas, díscolas, libres y amorosas”, compartió. Por eso la alfombra significó tanto, pues fue la culminación de una aventura hecha desde el deseo colectivo. Una pequeña insurrección cinematográfica. Gael no habla de cerrar círculos.

Prefiere imaginar el tiempo como una espiral: uno regresa a ciertos lugares, pero nunca exactamente al mismo punto. En Venecia, caminando hacia la alfombra roja junto a Diego, aparecieron inevitablemente los recuerdos. Aquellos días de hace un cuarto de siglo cuando comenzaban a descubrir no sólo una profesión, sino “la artesanía del cine”. Quizá Hombre al agua sea también una manera de agradecerlo. “¿Qué mejor forma de rendirle tributo a toda esta vida que haciendo una película?”. Pero volver al origen no significa quedarse en la nostalgia. La película utiliza la comedia para abrir preguntas bastante menos ligeras: la paternidad, Cuba, la corrupción de los sistemas políticos latinoamericanos y esa sensación contemporánea de que prácticamente cualquier gesto, palabra o deseo puede terminar convertido en mercancía. Frente a eso, Gael propone recuperar el ritual, el carnaval, la comunidad. Y sobre todo, volver a mirar a los otros. “Tenemos que trasladar la noción del amor a los cuidados”, remarcó.
La frase funciona como una pequeña brújula de toda la película. Camilo, su protagonista y a quién encarna, quiere ser padre y quiere ser uno bondadoso. Su relación de pareja ya no funciona y necesita encontrar otra manera de conversar, de relacionarse, de construir familia. En ese desplazamiento hay también un cuestionamiento de la masculinidad. “Quería hacer un cuento sobre esta redefinición de algunas cosas que nos dan una clave acerca de cómo podemos encontrar un mejor porvenir”. Al preguntarle por su propia vuelta al origen después de tantos años de carrera reconoció que la película tiene mucho de autobiográfica aunque la realidad de Camilo no sea la suya. “Así son las fábulas. Pero en esta historia esta Latinoamérica, mi identidad Argemex, los países en los que he vivido, mi familia y cierta nostalgia por una libertad de expresión que me tocó conocer, ejercer e incluso defender”, pensó.
Y está algo todavía más elemental: la importancia de la tribu. “También hubo una vuelta a lo esencial desde lo más práctico: llamar a todos mis amigos para que hicieran la película”. Todos dijeron que sí. La imagen contradice mucho a lo que asociamos con una industria gigantesca: en lugar de una maquinaria perfectamente calculada se trató de un grupo de personas subiéndose al mismo barco porque creían en la aventura. También hubo dos Gael dentro de esta historia: el actor y el director. No es la primera vez que García Bernal se dirige a sí mismo, pero, según contó el cineasta, el Gael actor sabe exactamente qué necesita el Gael director: “tiempo, calma, disfrutar y gozar el proceso”. Esa confianza fue esencial porque Hombre al agua no se construyó desde la obsesión por encontrar inmediatamente una solución, sino desde el deseo de explorar. “Ese es el problema en el que estamos hoy en día.
La creación artística está volcada en torno a resolver y no en explorar ni experimentar”. Ellos hicieron lo contrario. El guion fue una guía, no una prisión. Podían jugar, probar, permitir que los actores y los espacios transformaran lo imaginado. “Ese juego del cine me fascina”, explicó el artista. Aunque detrás de la libertad exista siempre el miedo inevitable de preguntarse si aquello funcionará. La experiencia, sin embargo, le ha regalado perspectiva. “Tan sólo estamos haciendo una película, no pasa nada si no funciona”. Pero después llega la precisión: si la película es buena sí pasan cosas. Como ejemplo recordó cómo mientras hacían Amores perros a nadie le importaba que estuvieran rodando aquella película.

El mundo seguía girando. Y, sin embargo, hoy le resulta imposible comprender Latinoamérica sin películas como la de Iñárritu, Ciudad de Dios o Nueve reinas, por mencionar algunos ejemplos. Gael sigue creyendo profundamente en el poder del cine, pero pone una condición: tiene que hacerse desde la libertad. No desde la fórmula ni desde la necesidad de satisfacer al algoritmo. Porque cuando una película nace únicamente para responder a aquello que supuestamente queremos consumir, corre el riesgo de convertirse en algo instantáneamente irrelevante: la vemos y al día siguiente la olvidamos.
Él busca otra cosa. Trascendencia, ritual, comunidad. Esa misteriosa capacidad del cine para transformar nuestra memoria mucho después de que las luces de la sala se hayan encendido. “Suena muy hippie romántico lo que estoy diciendo, pero creo en ello porque me tocó vivirlo así”. Antes de despedirnos es inevitable preguntarle por Ricky Martin. Gael sonríe. “La colaboración con él ha sido hermosa. Y estamos apenas comenzando”. Mientras el cineasta imaginaba la película sólo veía a una persona en aquel personaje.
Cuando finalmente consiguió hablar con Ricky comenzó a explicarle todas sus teorías sobre el proyecto. La respuesta de la estrella fue mucho más sencilla: “Quiero. Dime cuándo y a qué hora y yo voy”. Y Martin fue dispuesto a jugar y a entrar en ese carnaval. Gael habla de él con enorme cariño. Está agradecido de que un contemporáneo suyo forme parte de la película, la defienda y se la eche al hombro. Y termina describiéndolo de la manera más honesta: “Es famoso no sólo por todo lo que hace. Es famoso porque es buena persona”. No es extraño que Martin haya conectado con Hombre al agua, pues aunque es un filme que habla de muchas cosas termina regresando al mismo lugar: el amor.


Venecia, 02 de septiembre de 2026. El arranque de la Mostra se dejó seducir por la figura de George Clooney quién trajo a la ciudad de los canales una nostalgia luminosa. La de una estrella que recuerda que hubo una época en la que el mundo parecía un lugar más amable. Y es que el elegido para recibir este año el León de Oro a la carrera derrochó elegancia, inteligencia y una cualidad mucho más difícil de encontrar en estos tiempos: la capacidad de hablar de asuntos graves sin perder la frescura. En la rueda de prensa previa a la Ceremonia de apertura del festival italiano se le veía sereno. Pleno. Feliz.
También agradecido por el reconocimiento a una trayectoria que él mismo se encargó de relativizar varias veces con humor, pero sobre todo por poder seguir formando parte de un oficio al que todavía mira con asombro. No dudó en ahondar en su amor al cine, pero fue precisamente cuando habló de Estados Unidos cuando desapareció cualquier tentación de refugiarse en frases cómodas. “Siempre soy muy optimista”, comenzó diciendo, antes de admitir que su país atraviesa “un momento desafortunado”, una expresión que él mismo calificó como insuficiente. Entonces retrocedió hasta 1968. Recordó las ciudades estadounidenses en llamas, los asesinatos de Martin Luther King y Bobby Kennedy, la violencia que atravesaba el país y los tanques alrededor del Capitolio. Lo hizo para poner el presente en perspectiva, no para restarle gravedad. “Ya hemos atravesado otros momentos difíciles y este es uno de ellos”, aseguró. Después pronunció una palabra poco habitual en una rueda de prensa de cine: kakistocracia. “La kakistocracia es un país gobernado por las personas menos cualificadas”, explicó. “Creo que quizá ahora mismo tengamos una”, remarcó.
En una industria y en un momento histórico en los que tantos han aprendido a hablar sin decir nada, Clooney hizo exactamente lo contrario. Se posicionó. Habló de las próximas elecciones legislativas en Estados Unidos como un necesario sistema de controles y equilibrios y proyectó hacia 2028 la esperanza de recuperar “cierta normalidad”. Pero la parte más reveladora de su reflexión no tuvo que ver con partidos ni con campañas electorales sino con la decencia. “Hay que acabar con la idea de que la crueldad sea la base de todo, de que ser cruel y desagradable forme parte de la diversión y preguntarnos dónde ha quedado el sentido de la decencia”, afirmó. Clooney confesó sentirse avergonzado ante determinadas actitudes de quienes ostentan el poder en su país, pero se mostró optimista, “lo superaremos. Y saldremos mejores al otro lado”, concluyó.
La misma preocupación apareció cuando la conversación llegó a la inteligencia artificial, pues Clooney cree que la IA transformará profundamente la industria audiovisual y que tendrá consecuencias laborales inmediatas, “va a desaparecer una cantidad muy importante de empleos”, dijo. Mencionó específicamente a los profesionales de los efectos especiales y aventuró que la pérdida de puestos de trabajo podría alcanzar cifras cercanas al treinta por ciento, aunque se apresuró a aclarar que desconocía el número exacto. Lo que sí tiene claro es que Hollywood ha llegado tarde a la discusión.
“Nos ha pillado a contrapié”, explicó. Pero la parte verdaderamente inquietante de su reflexión no estuvo relacionada con el empleo ni siquiera con el futuro de las películas. Fue la verdad. “He visto vídeos míos que no soy yo”, contó. No hablaba de ficción. Hablaba de supuestas noticias en las que aparece diciendo cosas que jamás dijo o haciendo cosas que nunca hizo. Y a partir de ahí planteó uno de los escenarios más escalofriantes de toda la mañana, “¿qué sucede cuando un gobierno recibe un vídeo aparentemente real de Vladimir Putin anunciando que ha lanzado un primer ataque nuclear? ¿Cómo se distingue entonces la realidad de la falsificación?”, preguntó.
También contó que hace sólo dos días habló con uno de los mayores expertos mundiales en IA y las herramientas que hasta hace poco permitían detectar una imagen manipulada —marcas de agua, proporciones, anomalías visuales— están dejando de ser suficientes. Pero él teme algo todavía peor y es que cuando todo pueda falsificarse, también pueda negarse aquello que sí es verdad. Ese, explicó, es el peligro de “envenenar el pozo”: conseguir que la sociedad llegue a un punto en el que cualquier evidencia pueda responderse con dos palabras. “Eso es falso”. Durante generaciones aprendimos a repetir que no había que creer todo lo que leíamos. El nuevo desafío, dijo Clooney, será enseñar a la gente a no creer todo lo que ve. Y miró a los periodistas, “será difícil para ustedes hacer su trabajo porque bastará un error, una imagen falsa aceptada como auténtica, para erosionar la credibilidad de quien la publique”, agregó.

La conversación avanzó hacia el cambio climático y fue igual de directo, “estamos en un momento en el que muchas de las personas que ostentan el poder han decidido que el cambio climático es un engaño y que la ciencia no es real. Supongamos que tienen razón, ¿qué ocurriría si, aun así, decidiéramos limpiar el planeta? Se crearían millones de empleos verdes. Mejoraría la calidad del aire. Se reduciría la contaminación. ¿Cuál es el argumento en contra?”, remató. Pero el mundo no fue el único protagonista de la rueda de prensa. También lo fue el cine. “Necesitamos historias porque necesitamos mirarnos a través de los ojos de los demás. De lo contrario, no aprendemos nada los unos de los otros. Y cuando dejamos de hacerlo acabamos encerrados en nuestras propias burbujas y empezamos a demonizar a quienes están fuera de ellas”, advirtió. Para Clooney, un festival como Venecia sigue teniendo sentido porque permite que alguien llegue hasta aquí y descubra una película iraní, una vida que transcurre a miles de kilómetros de la suya, una realidad que quizá jamás habría conocido.
Cuando habló de su propia carrera, el tono comenzó a aligerarse. Reconoció haber tenido éxitos extraordinarios y fracasos igual de memorables. Algunas películas, recordó, fueron odiadas cuando se estrenaron y después encontraron una segunda vida. Otras envejecieron peor. “El momento lo es casi todo”, sentenció. También explicó por qué ha dejado temporalmente de dirigir, una actividad que asegura amar. La respuesta no tuvo nada que ver con Hollywood sino con sus dos mellizos de nueve años. “Actuar en una película supone ausentarse tres meses y permite cierta flexibilidad. Dirigir significa dedicar prácticamente un año a un proyecto, permanecer en una localización y renunciar a buena parte de la vida familiar. Ya no puedo hacer eso”, aclaró.
Clooney tiene 65 años y habló de envejecer con la misma mezcla de ironía y ligereza con la que parece enfrentarse a casi todo. “A esta edad todo es melancólico”, bromeó. “Te cepillas los dientes y piensas: mis dientes antes eran mucho más bonitos”. Pero enseguida apareció la gratitud. Habló de su esposa. De sus hijos. De la posibilidad de seguir trabajando cuando quiere. En un mundo obsesionado con aquello que va mal —y hay mucho, admitió, que va mal— defendió también la obligación de mirar lo que permanece intacto. “Sentimos el peso de las cosas y debemos sentirlo. Pero tenemos que acordarnos de celebrar”. También hubo tiempo para recordar a Brad Pitt y Matt Damon. Cuando alguien mencionó a sus dos amigos, activó la media sonrisa que lleva décadas funcionando como una especie de arma secreta en el actor. “No me caen bien esos dos. No hago nada con ellos”.
Y después confirmó que habrá otra película de Ocean’s en cuanto consigan cuadrar las agendas. La supuesta exclusiva duró apenas unos segundos. “En realidad ya se lo hemos contado a otra gente. Se lo contamos a todo el mundo”. Más risas. Y finalmente, Venecia. “Cualquiera que venga a esta ciudad y no se enamore de ella tiene algún problema”, bromeó. Y ahí estuvo de nuevo la inteligencia y la gracia. La conciencia del mundo y el placer de seguir viviendo en él. Con elegancia. Con humor. Con curiosidad. Pero sobre todo, con decencia.


Hay un momento del verano en el que la luz cambia. Anochece un poco antes, las sobremesas empiezan a acortarse y las maletas que abrimos con la sensación de tener tiempo por delante, vuelven a estar encima la cama. El final del verano tiene una melancolía particular: la conciencia de estar viviendo algo que, mientras sucede, ya empezamos a extrañar. El cine siempre ha reconocido esos momentos porque las buenas historias y esta época del año comparten algo esencial: ambas intentan detener el tiempo.
Aunque nuestra vida moderna intente convencernos de lo contrario, seguimos siendo seres estacionales. La luz influye en nuestro sueño, hormonas, energía y estado de ánimo. Por muchas pantallas y luces artificiales con las que vivamos, nuestro cuerpo todavía reconoce las estaciones y el verano continúa siendo una especie de regreso a la naturaleza. También, con suerte, a nosotros mismos. No es casual que tantas películas hayan elegido esta estación como territorio de transformación. Para el cine es un paréntesis, un lugar fuera del tiempo donde podemos convertirnos en alguien diferente. Call Me by Your Name lo retrata con maestría. El tiempo parece infinito entre bicicletas, libros, baños y tardes eternas. Pero todo importa porque sabemos que es efímero.

En Aftersun contemplamos las vacaciones desde la memoria: un lugar o un gesto cotidiano que se convierten en piezas con las que intentamos comprendernos a nosotros mismos y a quienes amamos años después. La psicología lleva años estudiando cómo esa emoción agridulce llamada nostalgia puede ayudarnos a conectar pasado y presente para reforzar nuestra sensación de pertenencia. Mirar atrás no siempre significa querer regresar. A veces lo necesitamos para poder seguir adelante. Y pocas cosas son tan cinematográficas como recordar. Elegimos quedarnos con ciertas escenas. Borramos otras.
Decidimos cuáles repetir hasta convertirlas en símbolos de una época. Y es que en la memoria una canción puede contener un estado de ánimo o un olor nos puede hacer sentir cerca de personas a las que les dijimos adiós. Por eso las películas que se centran en estas pausas nos recuerdan que los veranos importantes no son siempre en los que sucedieron cosas extraordinarias sino aquellos después de los cuales ya no fuimos los mismos. No sólo nos pesa que terminen las vacaciones. Nos despedimos también de una versión de nosotros: la que tenía tiempo, caminaba descalza, hablaba durante horas. Después regresan los horarios, los colegios, las reuniones, los correos, el tráfico. Con suerte habremos podido alejarnos un poco para recordar a quién echábamos de menos, qué conversaciones dejamos pendientes y qué parte de nosotros olvidamos entre tantas obligaciones.

Que la vida nos permita muchos finales de verano que no solo ocurran en agosto. Momentos para regresar a lo esencial y contemplar nuestra vida como quien observa la última escena de una película. Con un poco de nostalgia, sí. Pero también con la certeza de que, después de los créditos finales, podemos comenzar otras historias.
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Cada vez me cuesta más convencer a mis hijas adolescentes para que vean una película conmigo. No es que no les guste el cine. Lo que les cuesta es entrar en su ritmo. Prefieren una serie que pueden interrumpir cuando quieren o esos vídeos breves que el algoritmo encadena uno detrás de otro sin exigir nada. Si algo no las atrapa enseguida, un movimiento del dedo basta para seguir adelante. No es solo una cuestión de edad. Tengo la impresión de que es la forma en la que hemos aprendido a relacionarnos con las imágenes. Sin darnos cuenta, hemos educado la atención para otra clase de estímulos. El siguiente vídeo siempre promete ser mejor. La nueva recomendación está a un gesto del pulgar. Ya no permanecemos ante una imagen hasta descubrir qué tiene que decirnos.
Elegimos enseguida si merece nuestra atención. Y entonces aparece el cine. Cuando entro en una sala pienso en lo insólito de ese pacto. Durante dos horas dejamos de mandar nosotros. Alguien decide cuánto dura un plano y cuánto debemos permanecer junto a un personaje antes de comprender qué le ocurre. No podemos acelerar un silencio ni abandonar una escena porque creemos haber entendido lo esencial. Aceptamos que otro marque el ritmo. Y eso, hoy, resulta fascinante. Un rostro que tarda un instante más de lo esperado en reaccionar. Una habitación vacía que conserva la presencia de quien acaba de marcharse. Un personaje que duda antes de sentarse. No hacen avanzar la historia. Hacen algo más difícil: le dan profundidad. Los grandes cineastas siempre han confiado en esa paciencia. Chantal Akerman descubría lo extraordinario en la repetición de lo cotidiano.
Ryūsuke Hamaguchi entiende que algunas conversaciones empiezan justo cuando parecen haber terminado. Incluso Denis Villeneuve sabe que un silencio puede explicar más de un personaje que una página entera de diálogo. No hablo de películas lentas. La diferencia no está en el ritmo, sino en la confianza que depositan en el espectador. Por eso algunas películas siguen acompañándonos durante años. No porque recordemos cada giro, sino porque seguimos rumiando ciertas imágenes. La niña del abrigo rojo en La lista de Schindler. La bolsa de plástico movida por el viento en American Beauty.

El pasillo interminable de In the Mood for Love. Permanecen porque nos concedieron el tiempo para descubrir lo que escondían. A menudo se dice que el gran desafío del cine contemporáneo es competir con las plataformas, los videojuegos o el celular. Creo que el verdadero reto es recordarnos que mirar sigue siendo una forma distinta de estar en el mundo. Significa aceptar que no todo se comprende de inmediato. Que algunas emociones necesitan unos segundos más. Que una imagen puede contener más preguntas que respuestas. Que el silencio también cuenta. En una época obsesionada con controlar el ritmo de todo, el cine sigue siendo uno de los pocos lugares donde aceptamos renunciar a ese control. Y recordarnos que merece la pena dejar de pasar imágenes para volver a habitarlas.
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Hay necesidades humanas que no cambian nunca. Como por ejemplo la de amar y ser correspondido. Encontrar un propósito. Sentirse reconocido. Y pertenecer, por mencionar algunas. Búsquedas que siempre han acompañado a la ficción porque no podía ser de otra manera: somos seres profundamente sociales y pocas cosas han sido tan importantes para nuestra supervivencia como formar parte de un grupo. Durante miles de años, ser miembro de una “tribu” ha significado protección, cooperación y futuro. Lo que ha cambiado no es esa necesidad. Sino la forma en que la vivimos.
Las redes sociales no inventaron nuestro deseo de integrar un grupo. Lo que hicieron fue convertirlo en una identidad visible y en una moneda de cambio cultural. Hoy muchas personas no sólo quieren formar parte de algo; también necesitan que los demás sepan que forman parte de ello. De ahí que sea lógico ver cómo vivimos rodeados de fandoms, identidades digitales, códigos compartidos y conversaciones permanentes que parecen exigir no solo atención, sino afiliación. Ya no basta con ver una película, escuchar un disco o seguir una serie. Hay que verla cuando toca, entender las referencias, saber en qué formato merece la pena disfrutarla, participar en la conversación y, casi siempre, posicionarse. Y es que la cultura contemporánea ha convertido la pertenencia en una forma de estatus. Y la industria del entretenimiento ha aprendido a convertir ese deseo en parte del valor de una historia. Por eso muchas de las grandes producciones recientes, incluso cuando hablan de carreras de coches, superhéroes o cocinas, terminan girando alrededor de la misma pregunta: ¿dónde está mi sitio y quién decide si sigo perteneciendo a él? Si seguimos esa tesis es fácil pensar en ‘La Odisea’, de Christopher Nolan como el regreso de un héroe clásico con todo lo que lo rodea e implica. Pero, si se rasca un poco más, es evidente que lo que persigue Odiseo no es solo una victoria. Nos habla de la necesidad de un líder de recuperar un sitio que el tiempo amenaza con haber ocupado sin él. Mientras el héroe lucha por volver, otros pretenden quedarse con su casa, su familia, su autoridad e incluso su identidad. La verdadera amenaza no es morir en el viaje. Es descubrir que Ítaca ya no lo necesita. Si se analiza desde ahí, lo cierto es que es una idea sorprendentemente contemporánea.
Siguiendo ese hilo tenemos ‘F1’, de Joseph Kosinski. Una película que gira alrededor de un piloto veterano que no intenta ganar únicamente una carrera. Lo que lo mueve es la posibilidad de recuperar el derecho a pertenecer a un mundo del que fue expulsado. Lo que está en juego no es un campeonato, sino volver a ser reconocido por quienes un día dejaron de creer en él. Algo parecido ocurre en ‘Superman’, de James Gunn. El director podría haber contado una historia sobre un héroe invencible, pero prefirió preguntarse a dónde pertenece realmente su protagonista. ¿Es kryptoniano? ¿Es terrestre? ¿Puede formar parte de ambos mundos o está condenado a ser siempre un extranjero? El conflicto ya no solo consiste en derrotar al villano, sino en encontrar una comunidad que lo reconozca.

Las series desarrollan esta idea de una forma todavía más evidente. ‘The Bear’, de Christopher Storer nunca ha sido solo una historia sobre lo que se cuece entre los fogones de un negocio. Su fuerza se centra en mostrar a una familia elegida cuyos miembros necesitan sentirse útiles para seguir perteneciendo a ella. Cada servicio, cada discusión y cada crisis son, en el fondo, una negociación constante sobre quién sigue teniendo un sitio en esa comunidad. Lo que está en juego rara vez es únicamente el éxito del restaurante; es la posibilidad de que ese grupo siga existiendo.

Más ejemplos: ‘Andor’, de Tony Gilroy tampoco es únicamente una historia sobre la Rebelión. Es la épica de alguien que pasa de sobrevivir solo a descubrir que encuentra sentido cuando puede decir “nosotros”. La revolución funciona como un lugar de pertenencia. El viaje de Cassian no consiste en convertirse en un héroe sin propósito sino en uno cuya motivación está en lo que genera con los otros.
Esta tendencia narrativa coincide con un momento histórico en el que nunca había sido tan fácil encontrar comunidades. Los algoritmos nos recomiendan qué ver, pero también nos sugieren a qué conversación incorporarnos. Los fandoms ofrecen identidad. Las plataformas convierten cada estreno en un acontecimiento compartido. Pero eso tiene una consecuencia de la que hablamos poco: ha aumentado el coste social de la desconexión.
No ver la película del momento ya no significa únicamente eso. También implica quedarse fuera de la conversación durante días: no entender un meme. No captar una referencia. No participar en el debate, etc. La experiencia ya no termina cuando aparecen los créditos o en las conversaciones posteriores cara a cara. Ahora continúa en TikTok, Letterboxd, Instagram, X, YouTube durante mucho más tiempo. Quizá por eso fenómenos como ‘La Odisea’, de Christopher Nolan empiezan a debatirse incluso antes de estrenarse alrededor de cómo hay que verla, en qué formato o en qué sala. La experiencia ya no consiste únicamente en ver la película. También en ser de los que puede decir que la vio “como debía verse”. Lo mismo sucede con muchos grandes estrenos o con determinadas series: consumirlas es también una forma de ocupar un lugar dentro de una conversación colectiva.
En resumen: el cine siempre ha aspirado a reunir a la gente en una sala y a provocar conversaciones al salir de ella. No hay nada nuevo en eso. Lo que ha cambiado es que esas conversaciones ya no son solo la consecuencia de una película. Forman parte de la propia experiencia. Y, cada vez más, de su valor. Porque la producción cultural ha entendido que en la actualidad una historia no solo compite por nuestra atención. Pelea por convertirse en el lugar donde todos queremos estar hasta que llegue el siguiente “evento”. Así, no es casual que tantas películas y series recientes estén llenas de personajes que buscan desesperadamente un lugar al que pertenecer. De alguna manera, ellas también intentan construir ese lugar para nosotros.


Hay algo que este Mundial ha dejado claro incluso entre aficionados neutrales: cada vez nos cuesta menos enamorarnos de quienes no levantan el trofeo. Selecciones que nadie situaba entre las favoritas, jugadores desconocidos y países sin tradición futbolística han terminado conquistando al público sin necesidad de ganar. Nos han recordado que el deporte, como el cine, no siempre encuentra su mayor emoción en la victoria. Durante décadas, las grandes epopeyas se construyeron alrededor del héroe predestinado. El más fuerte, el brillante, el elegido para imponerse, el tocado por la fortuna. Pero hace tiempo que el mundo se ha vuelto más complejo y las personas ya no sólo se identifican con ese arquetipo.
A eso se suma que vivimos rodeados de liderazgos que han convertido la fuerza en intimidación. Trump, Putin, Netanyahu y muchos otros dirigentes han normalizado una manera de ejercer el poder basada en la confrontación permanente, la humillación del adversario y la exhibición del dominio. El resultado es paradójico: cuanto más agresiva se vuelve la realidad, menos fascinantes nos parecen los que siempre ganan. Por eso esta Copa del Mundo ha despertado una simpatía especial hacia los vulnerables. No porque hayamos dejado de admirar el talento, sino porque nos emociona más quien desafía las probabilidades que quien las confirma. Cada sorpresa deportiva se convierte en una pequeña revancha contra la sensación de que el mundo siempre pertenece a los mismos.
El cine lleva tiempo anticipándolo. Rocky, el personaje que hizo leyenda a Sylvester Stallone, no es inolvidable porque ganó un combate, sino porque soportó todos los golpes. Billy Elliot -protagonizado por Jamie Bell en la cinta de Stephen Daldry- no permanece en la memoria por convertirse en un gran bailarín, sino por seguir bailando cuando todo su entorno le decía que no tenía derecho a hacerlo. Más recientemente, películas como Anora (Sean Baker) o Los que se quedan (Alexander Payne) han vuelto a demostrar que la vulnerabilidad conecta con el público de una forma que la perfección jamás consigue.
Quizá la pregunta no sea si nos hemos cansado del éxito, sino de quienes parecen destinados a alcanzarlo. También por eso empiezan a emocionarnos personajes, equipos y relatos que antes ocupaban un segundo plano. No porque el triunfo haya dejado de importar, sino porque la incertidumbre se ha convertido en un bien escaso. En una época en la que demasiadas historias parecen escritas de antemano, cualquier posibilidad de alterar el guion se siente profundamente liberadora. Y es que no estamos viviendo una crisis del héroe, sino del poder.
Y cuando éste deja de parecernos admirable o seductor, nuestra mirada cambia. En momentos históricos saturados de matones, como los que vivimos hace tiempo, la bondad deja de parecer ingenua. La empatía se fortalece. Y los vencidos que se dejan la piel en el camino como nuestra Selección, terminan llevándose algo más valioso y difícil de conquistar: el corazón del público.


Quizá el verdadero tabú nunca fue el sexo, sino el deseo. Lo que durante mucho tiempo resultó menos habitual fue ver a una mujer, especialmente en la mediana edad, preguntarse qué quiere sin que la narración se apresurara a castigarla por ello. Durante años, el cine permitió a los hombres desear. A las mujeres, en cambio, les concedió con más frecuencia el lugar de ser deseadas. La diferencia parece sutil, pero cambia toda la historia. Quien desea actúa, se equivoca, rompe algo, toma decisiones. Quien es deseado espera. Quizá por eso resulta tan revelador el auge reciente de películas y series en las que el deseo femenino ya no aparece como una amenaza moral, sino como una forma de identidad.
Ahí se inscriben ‘Babygirl’ (Halina Reijn), ‘Deseo’ (Teresa Simone), ‘La idea de tenerte’ (Michael Showalter), ‘Dying for Sex’ (Shannon Murphy y Chris Teague), ‘La sustancia’ (Coralie Fargeat), ‘Una aventura en Marruecos’ (Susannah Grant), ‘And Just Like That’ (Michael Patrick King, Anu Valia, Cynthia Nixon, entre otros)… o incluso la última ‘Bridget Jones’ (Michael Morris) participan, desde lugares muy distintos, con sus aciertos y problemas, de una misma conversación: qué ocurre cuando una mujer deja de vivir solo en función de lo que esperan de ella y empieza a preguntarse qué quiere para sí misma. Lo interesante no es que estas historias hablen de sexo, sino que el deseo deja de funcionar como pecado narrativo. Antes, la mujer que deseaba demasiado solía acabar sola, humillada, castigada o convertida en advertencia. Era la egoísta, la mala madre, la ridícula, la que no sabía aceptar el paso del tiempo. Ahora no siempre acaba feliz, pero el relato ya no parece tan empeñado en corregirla.
En ‘La idea de tenerte’, el conflicto no nace únicamente de la diferencia de edad, sino de la mirada social que convierte el deseo de una mujer adulta en algo que debe justificarse. En ‘Babygirl’, la atracción abre una grieta incómoda en una vida aparentemente resuelta. ‘Dying for Sex’ lleva esa pregunta al límite: cómo quiere vivir una mujer el tiempo que le queda. Y ‘La Sustancia’, desde el terror corporal, expone con brutalidad la violencia de una cultura que deja de mirar a las mujeres cuando envejecen.
La paradoja es que este auge llega en una época obsesionada con los límites, el consentimiento y las relaciones de poder. Quizá precisamente por eso se abre ahora una pregunta más difícil: no solo qué no queremos que ocurra, sino qué sí deseamos que suceda. Porque nombrar el deseo también exige responsabilidad, escucha y una relación más honesta con una misma. En las conversaciones alrededor de ‘Deseo’ aparecía una idea persistente: cuánto tiempo podemos pasar viviendo según un guion escrito por otros. La pareja, la maternidad, el deber, la edad, la imagen, la culpa. Todo eso construye una especie de jaula respetable. El deseo, entonces, no aparece solo como impulso sexual, sino como posibilidad de desobediencia íntima.
Quizá no estamos deseando más que antes. Las mujeres han deseado siempre con la misma fuerza. Lo que está cambiando es que el cine empieza a dejar de tratar ese deseo como una crisis que hay que resolver. Empieza a mirarlo como una pregunta legítima porque durante décadas la pantalla enseñó a las mujeres a preguntarse si seguían siendo deseables. Ahora empieza a hacerles una pregunta mucho más profunda y, por eso mismo, liberadora: ¿qué deseas tú?
