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Lo peor que podemos hacer quienes compartimos el amor por la naturaleza ante decisiones judiciales que nos enfrentan es enrocarnos en nuestras convicciones, defender posturas a ultranza y seguir alimentando la polémica. Porque cuando eso ocurre quien sale perdiendo es la naturaleza.
La pasada primavera el Tribunal Supremo estimó el recurso de Ecologistas en Acción, SEO/Birdlife y otras entidades conservacionistas para que, en base a los estudios científicos aportados por éstas, se ampliara el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras con algunas que habían quedado excluidas del Real Decreto 630/2013 (Ver Texto Consolidado en el BOE), como la carpa común (Cyprinus carpio) o la trucha arco iris (Oncorhynchus mykiss).
La incorporación a dicho catálogo supone la prohibición de poseer ejemplares vivos o muertos de estas especies, así como trasladarlos, transportarlos o comerciar con sus restos…
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Para cualquier amante de la naturaleza resulta insoportable escuchar a un jilguero trinando desesperadamente desde el interior de su jaula. La belleza de su canto, aflautado y polifónico como pocos, supone para nosotros un conmovedor lamento por la pérdida de libertad.
Conocido en Andalucía con el nombre de colorín por su bello plumaje, el jilguero luce una de las libreas más bellas entre los paseriformes. De tonos generales blancos y tostados, destaca la brillante parte frontal de su rostro, de color rojo intenso, rodeando el abultado pico rosado. Los ojos están ocultos en un antifaz negro, como el capirote y la nuca, en contraste con las mejillas de color blanco. De sus alas llama la atención la combinación entre amarillo y negro, muy visible en vuelo, lo que lo hace inconfundible incluso para el ornitólogo menos experimentado…
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Como cada San Juan la mayoría de nuestras comunidades se preparan para celebrar el solsticio de verano con el encendido de las tradicionales hogueras y el lanzamiento de todo tipo de petardos. Una costumbre que, sin embargo, llega en el peor momento del año para nuestros bosques: al inicio del estiaje, con buena parte de los árboles resecos y a punto de prender, como por desgracia comprobábamos la semana pasada en Carcaixent (Valencia), donde han ardido 4.000 hectáreas forestales en el primer gran incendio del verano.
Debido a ese elevado nivel de riesgo coincidente, hace años que desde algunas entidades ecologistas se pide una reflexión en torno a la manera de celebrar la tradición de San Juan y que dejemos de jugar con fuego, pues es demasiado lo que nos jugamos. Pero ya se sabe que promover el repaso de las tradiciones desde posturas medioambientalistas, aunque sea sin ánimo de eliminarlas sino de reinterpretarlas y ajustarlas a lo que hoy en día dicta el sentido común, es un ejercicio estéril.
Ya se trate de un caso intolerable de maltrato animal, de un absurdo derroche energético o, como en este caso, de poner en riesgo el patrimonio natural: las tradiciones en este país son intocables. Pero todo debería tener un límite, y ese límite ha de ponerlo la sensatez. Algo que sigue sin ocurrir, tal y como pudimos comprobar hace dos años en un esperpéntico ejemplo de necedad tradicional…
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Soy hijo, sobrino y nieto de agricultores. Tal vez por eso me siento tan unido a las gentes del campo y les profeso tan profundo respeto. Como Cicerón, también considero que “La agricultura es la profesión propia del sabio, la más adecuada al sencillo y la ocupación más digna para todo hombre libre”.
Sin embargo soy plenamente consciente del grave daño que han causado a la naturaleza y al medio ambiente las malas prácticas agrícolas de quienes, alejados de ese espíritu noble al que aludía el clásico, anteponen el máximo rendimiento de los cultivos al respeto a la tierra y acaban devastando los ecosistemas silvestres y la biodiversidad que acogen.
Pero no es de eso de lo que quiero hablarles, sino de todo lo contrario. Estoy en Extremadura, en un establecimiento de turismo rural situado a las afueras de Villanueva de la Serena (Badajoz). Esta vez he venido a esta maravillosa tierra no para disfrutar de la naturaleza (que también) sino para conocer de primera mano la experiencia de unos agricultores que han decidido hacer las paces con la tierra y cultivarla desde el respeto a la naturaleza y el medio ambiente practicando la agricultura sostenible…
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Se llamaba Zafra y era una majestuosa hembra de quebrantahuesos. Hace una semana apareció muerta en la ladera de una montaña del Parque Natural de Sierra Mágina, en Jaén. La imagen de los agentes de medio ambiente que la localizaron gracias al GPS que portaba y que subieron a recogerla es demoledora.
Sobre las rocas, uno de los animales más espectaculares de la fauna ibérica abatido por el veneno, con las alas abiertas y el cuerpo encorvado por el sufrimiento. Imagino la tristeza que debieron sentir los compañeros que procedieron a levantar su cadáver.
Tantos años de esfuerzo para sacar adelante a esta especie, tanto empeño en librarla de la extinción, tantas ilusiones depositadas en su reintroducción en Andalucía, tanto trabajo de tantos para que venga un malnacido y, sembrando el campo de veneno, nos robe la esperanza…
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Habitamos un territorio con una naturaleza privilegiada. Nuestros paisajes forman un variado mosaico de ecosistemas que acoge la biodiversidad más rica de toda la Unión Europea. Ése es nuestro principal patrimonio y el mayor legado que podemos transmitir a las generaciones venideras.
Sin embargo su conservación plantea un obstáculo importante: el de la alta densidad poblacional que presentan muchos de nuestros territorios y los variados usos del suelo que acogen. Unos usos que a menudo generan un elevado impacto medioambiental y/o pueden entrar en conflicto con la conservación de algunas de las especies más valiosas de nuestro patrimonio natural, un dilema que exige altas dosis de voluntad para alcanzar un pacto de convivencia.
Esta semana he tenido la oportunidad de recorrer uno de los territorios que acogen algunos de los espacios naturales mejor conservados, no solo de nuestro país, sino de toda la Unión Europea: Castilla y León.
Durante estos días he podido disfrutar observando osos pardos en las montañas de Babia, lobos en Sanabria o la Sierra de la Culebra, sisones y avutardas en Villafáfila, urogallos en los bosques del Alto Sil o los últimos hábitats del desmán en la Montaña Palentina …
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La playa de Vilassar de Mar a la que suelo acudir cada verano ha desaparecido. Como ocurre en otros tramos del litoral catalán la mar, esa mar recrecida y sobredimensionada de la que nos vienen alertando los científicos que estudian los efectos del calentamiento global, se las está zampando.
Los absurdos esfuerzos por intentar regenerarlas aportando arena desde barcos draga han resultado siempre baldíos, un lamentable despilfarro de fondos públicos con desastrosas consecuencias para los ecosistemas costeros, la rica biodiversidad litoral y la pesca artesanal. Habría resultado mucho más eficaz atacar las causas en lugar de intentar paliar los efectos con remedios tan costosos como ineficaces. Ahora quizá no estemos a tiempo de actuar.
Las principales causas de la desaparición de nuestras playas son, entre otras: la disminución en el aporte de sedimentos que transportaban los ríos, el asfaltado y cubrimiento de las rieras, la concentración de altos edificios en los paseos marítimos que actúan como pantallas a las aportaciones de los vientos o la construcción masiva de puertos deportivos que provocan un efecto sombra al retener la arena y alterar la dinámica litoral.
Todas estas circunstancias se van a ver agravadas de ahora en adelante por una de las principales consecuencias del calentamiento global: la subida del nivel del mar. Un aumento que, según algunos modelos elaborados por los miembros del IPCC (el panel de cambio climático de Naciones Unidas) podría alcanzar más de un metro hacia finales de este siglo…
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El inminente estreno de la película ‘El Olivo’, de Icíar Bollaín, viene a recordarnos el importante patrimonio histórico y cultural que representan nuestros árboles centenarios. Pero también la fuerte unión sentimental que algunas personas mantenemos con ellos. Somos ésos amantes de la naturaleza a los que a veces se intenta ridiculizar con la palabra “abrazaárboles”. Esta es la historia de uno de ellos.
Hace diez años mi amigo Miguel Ángel Soto, responsable de la Campaña de Bosques de Greenpeace, me animó a unirme a la campaña Libros Amigos de los Bosques organizada por ellos. La acción animaba a los autores y a las editoriales a editar sus libros en un papel libre de contaminantes y procedente de explotaciones forestales sostenibles, contribuyendo así al cuidado del medio ambiente y la conservación de los últimos bosques vírgenes del planeta.
La idea me pareció maravillosa y decidí …
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No hay manera. Como seguramente le ocurrirá a muchos lectores desde hace años, cada quince días recibo en mi buzón un folleto tamaño folio, de más de diez páginas y editado a todo color en papel satinado de pasta virgen (es decir, no reciclado) con el que el supermercado del pueblo o del barrio me comunica sus irresistibles ofertas.
Ni lo abro. Simplemente lo saco del buzón, lo rompo por su mitad (mientras suelto un lamento para mis adentros) y lo deposito directamente en el contenedor azul. Sé que no es la solución, tengo muy claro que el mejor residuo es el que no se genera, pero por lo menos con ese gesto propicio la recuperación de la pasta de papel desperdiciada de manera tan absurda mediante su reciclaje.
Pero reciclar ese folleto no es la solución. La solución es que dejen de echármelo en el buzón. Para anteponer la primera de las erres, la de la reducción (mucho más importante que la reutilización y el reciclaje) un día le pregunté al responsable del supermercado en cuestión qué podía hacer para acabar de una vez por todas con una situación tan absurdo como insostenible.
Mi intención -le argumenté- era que dejasen de echar su folleto quincenal en mi buzón para evitar así el derroche de recursos naturales y el impacto ambiental que genera el consumo de papel. Además -le enfaticé con un gesto de complicidad- de ese modo se ahorrarían el dinero que supone editar una revista tan cara que, en mi caso y en de la mayoría de la gente que conozco, va a parar directamente al contenedor sin abrir siquiera. No hubo respuesta por su parte. Unos días después entendí su silencio…
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Fue tras mantener una conversación con un amigo experto en ‘marketing’ de mercado. Me explicó que las grandes superficies comerciales y las cadenas de supermercados ganan mucho dinero con la edición y distribución de esos folletos. Al parecer tienen convencidos a sus proveedores de que las marcas que aparecen reseñadas venden más y por lo tanto les exigen un pago por aparecer. Cuanto más grande de sus productos es la imagen más dinero pagan las marcas.
Es decir, que el absurdo lo hago yo, porque el del súper se lleva una pasta de sus proveedores con la edición de cada folleto. Mi buzón es para él un argumento de venta: yo en realidad no soy su cliente sino su proveedor, el que le cede mi buzón para que me lo llene con su propaganda, por la que cobra mucho dinero. Tanto que a menudo obtiene más margen de la publicidad del folleto que de la venta de los productos que aparecen reseñados en su interior.
Por eso me dirijo a las marcas. En especial a esas marcas alineadas con la creciente tendencia social del respeto al medio ambiente, que son cada vez más. Unas marcas que se afanan en demostrar a los consumidores la voluntad de reducir la huella ecológica de sus productos. Unos fabricantes que apuestan por el desarrollo sostenible, por ahorrar materiales de envasado o reducir el consumo de agua y energía, y que sin embargo se prestan a esta absurda situación absolutamente injustificable: tanto desde la ecología como desde el sentido común.
Ellos, los fabricantes de productos de gran consumo, pueden hacer mucho para acabar con este estúpido malgasto de recursos naturales. Son muchas toneladas de papel al cabo del año si sumamos las numerosas cadenas de supermercados que persisten en recurrir al buzoneo de folletos: una estrategia publicitaria tan obsoleta como insostenible.
La mejor manera de acabar con la vetusta costumbre de llenar nuestros buzones de folletos de supermercado es rechazar aparecer en ellos. Dejen de pagar por esa publicidad totalmente ineficaz. ¿Creen que los consumidores del siglo XXI, que antes que consumidores son ciudadanos hiperconectados, cada vez más exigentes y comprometidos con el medio ambiente, dejarían de comprar sus productos por no aparecer en esos folletos? Hagan la prueba, tomen esa decisión y comuníquenselo a sus consumidores: hemos decidido dejar de aparecer en los folletos de buzoneo para evitar el malgasto de papel. Tal vez se lleven una agradable sorpresa.
En mi caso, y en el de mucha gente que conozco, les puedo asegurar que la confianza en las marcas no me la transmiten esos folletos. Muy al contrario: aparecer en esos papeles, ver sus productos en esa publicidad rancia y no deseada, puede convertirles en cómplices de ese derroche inútil de recursos naturales, y eso puede tener un efecto contrario. Cada vez más.
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Durante mi adolescencia trabajé como educador ambiental en el Campamento Félix Rodríguez de la Fuente instalado en el Refugio de Rapaces de Montejo de la Vega, en la provincia de Segovia, un espacio custodiado por WWF e integrado en lo que hoy en día es el Parque Natural de las Hoces del Riaza. La particularidad de este magnífico cañón fluvial y las peñas que lo rodean es que acoge la colonia de buitre leonado más importante de Europa.
Durante los diferentes turnos del verano era frecuente que los guardas trajeran a las instalaciones del campamento algún buitre herido o algún joven caído del nido. Aquellos hallazgos nos brindaban la oportunidad de estudiar de cerca las características de estas rapaces: su equipo biológico, las diferentes características de su plumaje o las herramientas con las que la naturaleza los ha dotado. Y era entonces cuando los jóvenes e inexpertos naturalistas –como los llamaba el gran naturalista- que asistían a aquella aula de naturaleza al aire libre descubrían que el buitre era efectivamente una rapaz, pero no cazadora, sino carroñera: incapacitada por tanto para acosar, atacar o capturar ningún animal vivo, sencillamente porque no están equipados biológicamente para ello.
Los buitres no tienen poderosas garras dotadas de aceradas uñas, como las de águilas o halcones, sino unas torpes zarpas de largos y gruesos dedos prensiles acabados en uñas de punta roma diseñados para agarrar, no para acuchillar. Sus picos son alargados y muy potentes, pero no son el afilado estilete de un azor ni la temible daga de un águila real, porque el pico del buitre no está diseñado para matar sino para arrancar, estirar o desgarrar.
Los buitres son aves veleras que aprovechan las corrientes térmicas para sostenerse en el aire sin el menor esfuerzo. Con una envergadura (la distancia de punta a punta de ala) de más de dos metros y medio estos pesados planeadores son incapaces de perseguir a ninguna presa porque no pueden cernirse, hacer un veloz picado o realizar el más mínimo requiebro. Y sobre todo no tienen el instinto del cazador: son aves necrófagas. Llevan miles de años especializándose en el ejercicio de una función fundamental: la de actuar como agentes sanitarios al hacer desaparecer los cadáveres de los grandes mamíferos salvajes y del ganado…
Los buitres son inmensamente holgazanes. Su ley básica es la del mínimo esfuerzo. Pasan la mayor parte de su tiempo “subidos” a las térmicas: las corrientes de aire caliente ascendente que les permiten planear sin pegar apenas un aletazo ni gastar energía. O instalados sobre los cantiles de los cortados rocosos de sus territorios, oteando el cielo en busca de una columna de congéneres que les anuncie la presencia de un animal salvaje o una res muerta que les sirva de sustento.
Por eso para cualquier naturalista aficionado resulta increíble que los diarios se hagan eco de las falsas noticias sobre los supuestos ataques del buitre a vacas y ovejas vivas. La mayoría de esas noticias son una muestra evidente del poco respeto que se le tiene en este país a la información ambiental y a la naturaleza en general.
A ningún periodista se le perdonaría afirmar que Messi anotó un triple en el último partido de básquet o que Fernando Alonso quedó segundo en los entrenamientos de moto GP. Sin embargo un reportero de renombre se atreve a escribir en titulares que “Un ganadero graba el ataque de una manada [sic] de buitres a una vaca que aún estaba viva” y aquí no pasa nada.
Pero es que a pesar de la aberración y la absoluta falta de rigor que demuestra alguien capaz de escribir que las aves vuelan en manada, el vídeo no muestra ningún ataque, sino que probablemente se trate del típico ganadero que intenta cobrar una subvención por ataques al ganado abandonando una vaca enferma en mitad del prado para ver si “pican” los buitres. Y por supuesto que bajan a comer. Porque la vaca no mueve un músculo y lleva horas agonizando estirada en el prado. Es una astucia a la que se enfrentan repetidamente los agentes rurales y que trae de cabeza a la administración, cansada de detectar estos intentos de fraude que paralizan y entorpecen el pago de indemnizaciones por los casos puntuales de ataques de fauna.
Son muchas las ocasiones en las que los buitres se aproximan a una oveja moribunda e incluso empiezan a alimentarse de ella en sus últimos estertores. También suelen aproximarse al ganado de montaña para alimentarse de la placenta de las vacas y caballos tras los partos. Ahora bien, afirmar que los buitres entran a cazar en las granjas o que pueden atacar a las personas es una auténtica barbaridad. Los buitres son lo que son y ni pueden ni saben ser águilas o halcones. Jamás un buitre se ha llevado por los aires a un cordero o un cabrito. Jamás han atacado a un animal sano. Y por supuesto jamás han perseguido a un ser humano.
Por eso ha sido tan descorazonador leer en las redes sociales el esperpéntico relato de un prestigioso director de diario que, tras escuchar la conversación de unos ganaderos, sale a pasear y se siente amenazado al verlos volar en el cielo o posados en las peñas. O entrar en el perfil de una presentadora de informativos para ver las imágenes de unos buitres alzando el vuelo sobre unas ovejas muertas y leer que se trata del “espectacular vídeo de un ataque de buitres a un rebaño”. Por favor.
Un poco de respeto hacia los buitres. Estas rapaces, tan impresionantes como inofensivas, son una joya de nuestra biodiversidad, una especie protegida por la ley que desarrolla un papel fundamental en la cadena trófica y que se encuentra amenazada en todo el planeta debido al tratamiento veterinario del ganado con diclofenaco y al acto criminal de colocar veneno en el campo. Los buitres ni cazan, ni atacan.
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