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          LOS PRIMEROS RADIOLOGOS      
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Los primeros radiólogos

El 8 de noviembre de 1895, el alemán Wilhelm Conrad Röntgen descubrió accidentalmente la existencia de los rayos X. Mientras investigaba, como tantos otros colegas, los rayos catódicos sirviéndose de un artilugio de reciente invención, el tubo de Crookes (precursor de las actuales lámparas fluorescentes), observó casualmente una extraña fluorescencia en una placa de su laboratorio cubierta de platinocianuro de bario que cesaba al apagar el tubo. Reflejando su sorpresa, bautizó a esta radiación como “luz X”, y dedicó las semanas siguientes a una febril investigación de sus propiedades. A principios del año siguiente fue capaz de presentar públicamente un trabajo muy brillante que le valdría el Premio Nobel de física de 1901, y también las primeras “radiografías” tomadas de la mano de su esposa Bertha.



La noticia del descubrimiento de la luz X recorrió rápidamente el orbe científico. Pronto se propusieron aplicaciones de estos misteriosos rayos para examinar el interior del cuerpo humano, y fueron muchos los investigadores que se lanzaron, sin precaución alguna, a explorar estas utilidades. En tal efervescencia, los avances fueron numerosos, pero también las víctimas. Para obtener radiografías de una calidad aceptable se precisaban tiempos de exposición muy largos con unos rudimentarios aparatos de baja energía y alto poder ionizante. No fueron pocos los médicos, enfermos e investigadores que desarrollaron síntomas de enfermedad, como caída del cabello, lesiones cutáneas y anemias galopantes. Uno más osado, el ingeniero eléctrico Elihu Thompson, llegó a experimentar consigo mismo y se infligió deliberadamente quemaduras por rayos X en uno de sus dedos para analizar los efectos biológicos de la radiación.



También Thomas Alva Edison, el brillante inventor del telégrafo y la bombilla eléctrica, dedicó su genio a desarrollar técnicas fluoroscópicas que mejoraran la aplicación clínica de la radiología. Tras inventar el fluoroscopio, en 1898, llegó a investigar el uso en este campo de más de 1.800 sustancias diferentes. Hasta que su asistente y buen amigo Clarence Dally empezó a sufrir síntomas preocupantes: perdió el pelo y le aparecieron úlceras inflamadas en el cuero cabelludo. En los meses siguientes, Dally enfermó de gravedad, atormentado por profundas heridas ulceradas en las manos y los brazos. Murió, finalmente, de cáncer en 1904, siendo la primera víctima mortal por causa de los rayos X en los Estados Unidos.







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